Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Literatura cubana, Exilio

Brevedad, irreverencia y sátira

En su nuevo libro, Juan Cueto-Roig ha reunido un puñado de textos que poseen dos cualidades que por lo general los lectores agradecen y disfrutan: la concisión y la capacidad de hacer reír

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En la nota introductoria que incluye al inicio de Fruslerías (Editorial Silueta, Miami, 2016, 98 páginas), Juan Cueto-Roig escribe: “Como su nombre lo indica, Fruslerías contiene un poco de todo (como en quincalla), un todo que todavía no sé cómo llamarlo: viñetas, epigramas, divagaciones… Tuve que añadir un subtítulo para darle una definición aproximada: Elucubraciones, Divertimentos y Contracuentos. Una colección de ideas y comentarios que me fueron saliendo al paso a lo largo de los años. El común denominador es la brevedad, la irreverencia, la sátira”.

En esas líneas, su autor ha resumido el contenido y el estilo del libro. En efecto, se trata de textos breves, escritos de manera independiente y que se caracterizan por el empleo del humor en su modalidad satírica. Dos cualidades, la brevedad y la capacidad de hacer reír, que por lo general los lectores agradecen y además disfrutan (sorprende por eso que los autores en todo el mundo que las emplean no sean más). Adelanto que quienes así piensen, han de encontrar en Fruslerías una lectura que no los ha de defraudar.

En unos casos, se trata de narraciones cortas. Otros textos son, como los define su autor, elucubraciones. Hay asimismo cavilaciones a partir de pasajes bíblicos, divagaciones lingüísticas, divertimentos poéticos. Y en el bloque final, titulado Contracuentos, Cueto-Roig reproduce minicuentos de otros autores (Augusto Monterroso, Arturo Pérez Reverte, Muriel Sparks…) para establecer con ellos una suerte de contrapunteo jocoso.

En 1945, el escritor gallego Wenceslao Fernández Flórez al ingresar en la Real Academia Española leyó un discurso titulado “El humor en la literatura española”. En el mismo expresó: “La gracia abrillanta las ideas, las adorna, las hace amar, las adhiere a la memoria, vierte sobre ellas una luz que las vuelve más asequibles y claras. Y, al mismo tiempo que las aguza, pone en esa punta un beleño que hace sus heridas mortales, cuando se trata de lastimar”.

Eso se aplica en los textos de Cueto-Roig. El suyo no es un humor costumbrista, chabacano o de trazo grueso. Posee siempre su pizca de ingenio, que obliga al lector a pensar para comprenderlo. Incluso le exige tener determinada información, determinada cultura. En otras palabras, es un humor que requiere, como los vinos de marca, catadores finos, pues no está al alcance de todos.

Apoyo lo que digo con un par de ejemplos. “Envío a una poetisa desordenada” funciona si el lector tiene un conocimiento por lo menos elemental de la obra poética de Carilda Oliver Labra. De igual modo, los “Apuntes para la eventual biografía de cuatro mujeres legendarias que fueron la inspiración de varios compositores” los han de disfrutar quienes estén familiarizados con la música tradicional cubana. Todo ello, sin embargo, no quiere decir que el humor de Cueto-Roig sea ni mucho menos intelectual.

De hecho, Fruslerías se incluyen varias muestras de humor travieso, socarrón y nada blanco. Tal es la décima inspirada en un cuento de Raoul García Iglesias, acerca de un cura de apellido Parada. Cuando se dirigía la parroquia, el buen señor tenía que pasar frente a un prostíbulo. Siempre que lo hacía, una de las mujeres de mala vida se asomaba a la ventana y en tono procaz y lascivo, le gritaba su apellido. Con ese pie forzado, Roig-Cueto escribió la décima que a continuación copio:

“Relato aquí la ocasión

en que el clérigo Parada

a una mujer descarada

le dio una buena lección.

La de antigua profesión

y del más bajo abolengo

al verlo por su realengo

su apellido le gritó;

y el cura le contestó:

—La tengo, mi’ja, la tengo”.

Este cronista confiesa que fueron varias las ocasiones en que se rio a carcajadas durante la lectura del libro. Y ya se sabe que contrariamente a la sonrisa, la risa no se puede falsificar o fingir. Cueto-Roig lo consigue con un humor sin crueldad, sin veneno, sin acritud, y con una prosa escrita con corrección y pulcritud. Con Fruslerías prueba que el humor es una faena muy seria. Lo dijo ya el antes citado Fernández Flórez: “Hacer llorar será siempre más fácil que hacer sonreír. El don de ponerse grave lo tiene cualquiera”.

Como invitación a la lectura del libro de Cueto-Roig, aquí les dejo con una breve selección de algunos de sus textos. Pensándolo bien, pudiera usar un término acuñado por él y llamar a esta mini antología “verycuetos”. No les deseo que los disfruten porque eso ya lo doy por descontado.

“Por más que lo buscó, no apareció el dichoso imperdible”.

“Igual que la i latina y la y griega, todas las letras deberían expresar explícitamente su linaje o nacionalidad”.

Lúbrica: dícese de la mujer que usa cremas cosméticas o ungüentos medicinales en exceso”.

“La madre soltera le puso a su hijo Diosdado. Nadie se le creyó, todo el pueblo sabía quién había sido el dador”.

“Nunca perdió la esperanza de recibir la carta que tanto anheló durante los últimos cuatro años de su vida. A punto de expirar, preguntó si ya había pasado el cartero”.

Cuando una persona fallece, el sentido del oído es el último en morir. Sabia que es la naturaleza: así nos enteramos de lo que dicen de nosotros cuando nos creen muerto”.

“Dionisio García, después de haber estado toda la mañana analizando la trascendencia del hombre en el universo, tomó la decisión: para el almuerzo ordenaría masas de puerco fritas, arroz, frijoles negros y natilla catalana”.

Macorina: famosa meretriz cubana que por complacer los insistentes ruegos de un lujurioso fue sorprendida en un cine de Guanajay poniendo la mano donde no debía. El individuo, cuyo miembro viril la joven manoseó, era un discapacitado conocido en el pueblo como «El bobo de la yuca»”.