Actualizado: 24/06/2022 11:47
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Como no lo soñó Martí

En su novela más conocida, Carlos Loveira hizo una aguda crítica de las primeras décadas de la República, comida por la plaga funesta de los generales sin batalla y los doctores con títulos falsos

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La novela Generales y Doctores del escritor cubano Carlos LoveiraFoto

La novela Generales y Doctores del escritor cubano Carlos Loveira.

La vida de Carlos Loveira (El Santo, Las Villas 1882-1928, La Habana) supera con amplio margen la de los propios personajes de sus novelas. En 1928, en una entrevista que le hizo el cuentista Armando Leyva, a la pregunta de si había sido obrero antes que escritor él respondió así:

“Al principio de mi vida, fui obrero en todo lo que pude. Aquella familia de Matanzas, en cuya cocina enfermó de muerte mi madre, emigró cuando se supo que venía [Valeriano] Weyler. En New York, vendiendo dulces y frutas en las calles, aprendí el inglés. Fui expedicionario desde Tampa. La experiencia como filibustero me sirvió más tarde para dos capítulos de Generales y doctores. Entré en Camagüey con las fuerzas libertadoras. Saber inglés era entonces algo así como encontrarse uno, de la mañana a la noche, con un acta de representante en la mano. Vivía bien. Después, hasta las piedras comenzaron a saber inglés, y tuve que ser retranquero, guardaequipajes, conductor de trenes de caña, y más tarde maquinista, jefe de trabajos de construcción. Fui todo eso en el Canal de Panamá, en el Ecuador, en Costa Rica, el noble y generoso país que dio fraternal abrigo a los impacientes conspiradores cubanos, grandes de la patria: los Maceo, Cebreco, Crombet, Loynaz. En Costa Rica fui un costarricense más, pero un costarricense mimado, dentro de mi modesto ambiente de empleados y obreros

“(…) Obrero aficionado a la letra de molde, caí en el socialismo (…) Fui leader de acción nacional e internacional. Mis últimas labores dentro del laborismo fueron en Washington, al lado de Samuel Gompers, donde llegué a ser secretario de habla española de la Federación Americana del Trabajo. Escribí mi primera novela por necesidades de la propaganda socialista. Los Inmorales tenía por objeto secundar la campaña por el divorcio en Cuba. La crítica, con una extensa, espontánea y múltiple dedicación me metió en el caletre que yo tenía madera de novelista (…) Claro: seguí escribiendo novelas, al principio a una por año. Que no deja de ser velocidad (perniciosa velocidad) si no se olvida que ha sido labor al margen del Negociado, las comisiones, los viajes oficiales y los Congresos en el extranjero”.

Ese resumen, por supuesto, dista de recoger todas las actividades y peripecias de Loveira a lo largo de los cuarenta y seis años que duró su existencia. Parte de esas vivencias las ordenó y plasmó en el libro De los 26 a los 36. Lecciones de las experiencias en la lucha obrera (1908-1917), que le publicó en Washington, en 1917, The Law Reporter Printing Company. Muchas de ellas las recreó además en sus dos mejores novelas, Generales y doctores (1920) y Juan Criollo (1928). En el protagonista de la primera, por ejemplo, es fácil identificar rasgos del propio autor. Así, Ignacio García, su narrador y personaje central, nació como él en un pequeño pueblo del interior. Es hijo de español y cubana y, al igual que el escritor, perdió a su padre cuando era un niño. Emigró a Estados Unidos al anunciarse la llegada a la Isla del general español Valeriano Weyler. En ese país se relacionó con los emigrados revolucionarios y se enroló en una expedición que partió de Tampa rumbo a Camagüey. En fin, creo innecesario extenderme más, pues con lo apuntado se advierte que como escritor Loveira incorporó materiales autobiográficos.

Loveira además expresó su convicción de que la novela será perdurable y cada vez más dominadora. Pero a condición, advertía, de que sea “la novela de los hombres que han vivido la vida intensamente. Confesiones o indiscreciones, como la ha llamado alguien. Por lo tanto, novela con amores, celos, pasiones de todas clases, que conmuevan, que presenten el gran drama humano, con grandes emociones teatrales. Así, Daudet, Galdós, los novelistas rusos: los que nos dejan la huella imborrable de cada uno de sus libros”.

Bajada de bandera de EEUU en el Palacio del Gobernador General, el 20 de mayo de 1902Foto

Bajada de bandera de EEUU en el Palacio del Gobernador General, el 20 de mayo de 1902.

Esa concepción de la novela aparece aplicada por él en Generales y doctores, de cuya salida, por cierto, este año se cumplen nueve décadas. En opinión de muchos, se trata de su mejor obra, aunque también hay quienes reconocen en Juan Criollo una mayor suma de valores. Generales y doctores es, en efecto, un libro que desarrolla una trama en la que hallamos amores, celos, pasiones y dramas humanos. La acción tiene lugar en diferentes escenarios. Se inicia en Matanzas y luego se desplaza a Placeres, el pueblo donde Ignacio García pasó su primera infancia. De ahí pasa a los círculos de los emigrados cubanos en Nueva York. Vienen después escenas ambientadas en la manigua, durante la guerra hispano-cubano-americana. Y los capítulos finales ocurren, en su mayor parte, en La Habana. La historia que se narra cubre de 1894 a 1919, esto es, desde el año anterior al grito de Baire, con el que comenzó nuestra última guerra de independencia, hasta las dos primeras décadas de la recién nacida república. La novela está dividida en tres bloques, titulados expresivamente En días de tristeza y duda, En días de fe y heroísmo y En días de incertidumbre y desconcierto.

No fue Loveira un novelista de personajes, pero pese a ello consigue crear en el protagonista una figura interesante (a él debe sumarse Juan Criollo, en donde retrata a un antihéroe picaresco y arribista). Es un joven inquieto, achispado, un tanto ingenuo y de profundos sentimientos patrióticos, a través del cual se muestran con claridad las tres etapas que recorre el país: de los días de tristeza y duda, que corresponden a los años entre las guerras del 68 y el 95, a los de fe y heroísmo, cuando el anhelo de independencia de los cubanos parecía estar próximo a cristalizar, para terminar en los de incertidumbre y desconsuelo, cuando ya es evidente que se ha frustrado “el primer ensayo de República, comida como por un cáncer por la plaga funesta de los generales y los doctores”. Pero a pesar de que es testigo de cómo el esfuerzo de los cubanos vino a parar en una caricatura de democracia, el joven mantiene sus ideales y confía en el porvenir. Al final de la novela, cuando La Habana está paralizada por una huelga general de incierto desenlace, expresa: “Pero yo no estoy triste ni sobresaltado. Muy opuestamente: en esta situación veo una prueba de energía, de vigor popular”.

Una República “de mentiritas”

Más propiamente anarquista que socialista, Loveira ofrece una imagen altamente crítica de la sociedad cubana. En la novela se muestra cómo de la esterilidad y la violencia de la colonia, el país pasó a una República “de mentiritas”. Para hacerlo, se vale de una galería de personajes entre los cuales mencionaré a dos. Uno es el Nene, timador, pendenciero, chulo y jugador, quien al terminar la guerra salió lavado de toda culpa y llegó a ser sucesivamente general del Ejército Libertador, alcalde y congresista. El otro es Don Pepe, el tío de Ignacio García, quien llegó a la Isla sin recursos y logró enriquecerse gracias a sus agallas. Una vez instaurada la República, cuando ve la posibilidad de convencer a su sobrino para que entre en la política, le comenta sin pudor: “Necesito un puntalito entre esa gente. Tú sabes que tengo muchos intereses en el Gobierno: contratos, concesiones, negocios, ¿eh? Y aunque dicen que esos líricos no van a ninguna parte, me conviene asegurarme. Por si acaso”.

Junto a esos personajes, Loveira hace desfilar, entre otros muchos, a viejos autonomistas y comerciantes españoles que antes lisonjeaban al Capitán General y gritaban “mueras” a los mambises, y que ahora aparecen reconvertidos en próceres ilustres. Esos y otros exponentes de la realidad nacional el escritor los compendia en el nombre con el cual bautizó su novela, los generales sin batalla y los doctores con títulos falsos. Significativamente y como si la realidad quisiese confirmar a la ficción, el mismo año en que se publicó su obra el general Mario García Menocal abandonaba el sillón presidencial, que pasó a ser ocupado por el doctor Alfredo Zayas.

Los cubanos izan la bandera nacional en el Palacio del Gobernador General, el 20 de mayo de 1902Foto

Los cubanos izan la bandera nacional en el Palacio del Gobernador General, el 20 de mayo de 1902.

A Loveira no le faltaban condiciones como novelista (escribió también algunos cuentos, pero hasta hoy andan dispersos en revistas como El Fígaro, Cuba Contemporánea y Social). Sabe narrar con fluidez y administrar la tensión dramática y el suspense para captar la atención del lector. Asimismo, sin ser elaborada, su prosa alcanza en los mejores momentos un buen nivel de eficacia y vitalidad. Véase, a manera de ejemplo, esta descripción del primer día de la huelga general: “No circulan los tranvías. Están cerrados fondas y cafés. En el puerto hay tranquilidad de domingo neoyorquino. La noche anterior no hubo recogida de basuras, y las calles ofrecen el aspecto de largos vertederos o de santísimas callejas jerosimilitanas. La ciudad está envuelta en un como hálito de mortales presagios. Los policías, taciturnos y recelosos, circulan en parejas. Tintinean las ambulancias rodando veloces por las calles limpias de vehículos. Los pocos que circulan son máquinas potentes que desafían las puntillas rompegomas regadas por los huelguistas y los noveleros que no faltan nunca a dar contingencia a motines y algaradas. Cuando estalla una goma, el pánico se extiende como una correntada eléctrica por los grupos, que se deshacen como por arte de magia en un tropel de carreras y de ruidosos portazos”.

Pudo haber sido mejor novelista, pero por un lado no pasó de la enseñanza elemental y tuvo una formación autodidacta. Y es obvio que la vida tan agitada que llevó sólo le permitió realizar lecturas rápidas y dispersas. Por otro lado, encontró bastantes facilidades para editar en su época y sus libros fueron elogiosamente comentados, lo cual no le ayudó. No poseía, como él mismo reconoció, el hábito de revisar sus originales. Le comentó a Armando Leyva que “la lucha por la vida me ha obligado, en mis primeros libros, a lanzarlos el mismo día en que ponía fin a las cuartillas hechas a lápiz, a pluma, a máquinas de diversas marcas, sobre una silla, en el tranvía, en el trasatlántico”. Admitió que Juan Criollo fue la única obra que “ha estado en salmuera”. Aun así, declaró que “al final, se resiente de cierta precipitación, por huir del horror de los dos tomos. Pude podar en las primeras doscientas páginas, pero me dolía (…) No sé, no puedo hacer esa maravilla de concisión que hacen otros”.

Todo eso lo llevó a caer en evidentes descuidos formales, a escribir con un estilo desaliñado, a precipitar los finales, a hacer saltos desconcertantes en la narración (en Generales y doctores, en el paso del segundo al tercer bloque se pierden muchos hechos significativos). Y como ha comentado Mario Parajón, en sus novelas agolpa, sin mucha sutileza, incidentes y más incidentes, aventuras y más aventuras, en las vidas tristes y desamparadas de sus personajes. En contraste, Mirta Aguirre destaca la riqueza contextual que envuelve sus ejes argumentales y que lo aleja ejemplarmente de toda resequedad esquemática. De igual modo señala como aciertos la correlación de balance que establece entre el tema central y los motivos accesorios, la lenta y pareja progresión ascendente de sus capítulos, su reposada capacidad narrativa y su sentido general de las proporciones arquitectónicas de la novela.