Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Cine Italiano, Cine, Pasolini

Conmover sin emociones fáciles

En su tercera película, Uberto Pasolini logra que una historia real devastadoramente triste se convierta en un inspirador retrato de la relación entre padre e hijo

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Resulta paradójico que un guion que narra una historia devastadoramente triste se plasme en la pantalla en una película que transmite una inspiradora lección de vida. Ese es justamente uno de los aciertos que se apunta Nowhere special (Reino Unido-Italia-Rumanía, 2020, 96 minutos), que en España se estrenó con el inexpresivo título de Cerca de ti.

Su director y guionista es el italiano Uberto Pasolini (Roma, 1957). Pese a lo que su apellido lleva a suponer, no tiene ningún parentesco con Pier Paolo. Sí lo tiene con otro famoso cineasta, Luchino Visconti, quien era hermano de su abuelo paterno. Entre los veintitrés y los veintiséis años Pasolini fue banquero, pero en 1983 se inició en el cine. Una década después fundó la productora independiente Redwave Films. En su trayectoria en ese campo figuran cintas de Itsván Szabó (Meeting Venus), Alan Tyler (Palookaville, The Emperor’s New Clothes), Declan Donellan y Nick Omerod (Bel Ami) y Peter Cattaneo (Full Monty). Debutó tardíamente en la dirección con Machan (2008), a la cual siguieron Still Life, galardonada con el premio Orizzonti en el Festival de Venecia, y Nowhere special, que también concursó en ese certamen y que en la Semana Internacional de Cine de Valladolid se alzó con el galardón del público.

Al referirse en una entrevista al origen del guion de Nowhere special, el cineasta declaró: “Como yo no tengo imaginación, busco mi inspiración en el día a día y leyendo el periódico encontré esta historia. Leí un artículo en un diario inglés —donde vivo desde hace años— que hablaba de un padre soltero de 35 años que había pasado los últimos meses de su vida buscando una nueva familia para asegurar el futuro de su hijo. No tenía familia propia, tenía pocos recursos y la madre había abandonado al hijo unas semanas después del nacimiento. Los servicios sociales no me dijeron nada más por privacidad, pero simplemente con estos datos escribí un viaje y me puse en la cabeza del padre y del hijo”.

Asimismo, cuenta que conmovido por el artículo, comenzó a indagar e investigar sobre los procesos de adopción: “qué siente la gente que adopta y la que ha sido adoptada y cómo trabajan las personas de los servicios sociales que se dedican a los asuntos de adopción”. Eso lo llevó también a tratar de ponerse “en la piel de ese hombre” y de comprender “qué se hace para proteger a un hijo de cuatro años”.

En esencia, la película es bastante fiel al caso real en el cual se inspira. John es un padre soltero de 34 años, que se gana la vida como limpiador de ventanas. Es honrado y trabajador, y dedica su vida a criar a su hijo Michael, un niño de cuatro años a quien su madre abandonó al poco tiempo de nacer. Ambos llevan una vida simple, hecha de rituales diarios, en una relación de amor sin fisuras. Por desgracia, John padece una enfermedad terminal y solo le quedan unos cuantos meses de vida. Dado que no tiene parientes, decide invertir los meses que le quedan en buscar una nueva familia que adopte a Michael. En esa tarea cuenta con la colaboración de los servicios sociales, que además se ocupan de que él pueda ir a laborar sin tener que dejar solo a su hijo.

A quienes no hayan visto Nowhere special, ese resumen les ha de sonar terrible y los llevará a esperar lo peor. Mas contrariamente a esto, se trata de un filme inteligentemente controlado en el tono, que consigue que una historia tan dura se convierta en un retrato humano de la relación entre padre e hijo. La narración discurre alejada del dramatismo excesivo, del melodrama, de los golpes bajos, de las emociones fáciles. Eso responde a la concepción que tiene Pasolini respecto al tratamiento que debe dársele a los argumentos de ese tipo: “Cuanto más dramática sea la situación, más discreto quiero que sea el tono. Cuanto menos ruido, más te acercas a las personas”.

A lo largo de toda la película, la palabra muerte nunca se menciona. No se dan pormenores de la enfermedad que padece John (nunca se especifica cuál es), ni tampoco de su tratamiento. Se evitan, asimismo, las escenas lacrimosas de visitas al hospital. De hecho, al comenzar el filme el proceso de la enfermedad ya está en marcha. Más allá de que sabemos que John se dirige inexorablemente a un final oscuro, en el filme no hay escenas de dolor o tragedia. Pasolini desdramatiza la historia, lo cual es en cierto modo similar a lo que hace John con su hijo.

Mano a mano actoral minuciosamente desarrollado

Esa desdramatización es lograda en buena medida gracias a la labor de los actores. Es lógico por eso que el peso del filme recaiga en ellos. Según ha declarado Pasolini, siempre aplica la norma de pedir a estos interpretaciones discretas y sutiles. Que interioricen los sentimientos y consigan que lo dramático presente en el guion no lo sea en la pantalla. Eso es lo que hacen James Norton (John) y Daniel Lamont (Michael) en sus respectivos papeles.

La labor del primero es impresionante. Realiza un desempeño actoral suavemente modulado, capaz de comunicar mucho sin esforzarse. Encarna a un hombre sin educación, que tuvo una infancia difícil, pero que demuestra una gran sensibilidad. Comprende y asume sus obligaciones de padre y prepara a Michael para un futuro en el que su vida va a cambiar profundamente. Entiende que debe sacar energías en los momentos más difíciles y pensar solo en la felicidad de su hijo. Daniel Lamont, por su parte, asombra por su potencia expresiva y su desarmante mirada. Es increíble que un niño a quien el director describe como alegre, simpático y expansivo, interprete tan convincentemente a un personaje silencioso, tranquilo e introspectivo.

Norton y Lamont demuestran una gran compenetración. Es evidente que antes pasaron tiempo juntos para establecer un vínculo real. Eso le da a sus actuaciones una admirable autenticidad. En la pantalla se plasma en la relación de un padre amoroso y devoto, cuya dedicación diaria es reciprocada por su hijo. Ese aspecto es además importante porque estamos ante una muestra de cine cotidiano, lleno de sencillez y de rituales ordinarios. Michael lleva a su hijo a la escuela, juega con él en el parque, lo baña, lo despioja. Juntos asisten también a visitar a las familias candidatas a adoptar al niño, aunque John nunca le ha explicado qué sucede. Solo cuando en una ocasión Michael escucha la palabra adopción y le pregunta qué quiere decir, el padre se enfrenta a ese trance. Igual ocurre cuando quiere saber dónde está su mamá.

Ese mano a mano actoral que sostienen Norton y Lamont está desarrollado minuciosamente. Se sustenta casi por completo en lo que se omite, en mostrar en lugar de decir. Los diálogos entre padre e hijo no son muchos, y las secuencias que comparten son a veces mudas. Pero la conexión que existe entre ambos es tan profunda, que no requiere palabras. Se expresan a través del modo de mirarse, hablarse, comprenderse. Eso les permite crear momentos de cálida e íntima comunicación. Y a propósito de ese modélico ejercicio de contención y austeridad que distingue el filme, conviene anotar la ausencia casi total de música, un elemento que en este tipo de películas suele emplearse para manipular emocionalmente al espectador.

Además de narrar una historia en la que la vida triunfa sobre la muerte, Nowhere special es un emotivo relato sobre la paternidad. En su trato diario, John demuestra una comprensión, una entrega y un amor inmensos por su hijo. A pesar de que no estaba preparado para ello, sabe desenvolverse bien en su papel de padre soltero y reacciona ante las inquietudes de Michael lo mejor que es capaz. Hay un detalle que expresa cuáles son sus prioridades: las ropas que lleva el niño cambian y son nuevas y coloridas, mientras que John usa siempre la misma chaqueta y el mismo pantalón de chándal.

Otro acierto de Pasolini es haber escogido una situación muy especial. En la mayoría de las películas, la madre soltera es abandonada por el hombre. Aquí ese rol se invierte, y es este quien se queda solo a cargo del hijo. Por unas pocas referencias que John proporciona, se sabe que la madre de Michael es una chica rusa que, tras nacer él, no pudo soportar la añoranza por su país natal y regresó sin dejar ningún contacto. Nada más se dice, y tampoco se le sataniza. Asimismo, en los filmes en los cuales fallece uno de los padres, los hijos permanecen con la familia. Algo que en el caso de Michael no será así.

Igualmente inusual es otro aspecto tratado en el filme. En los procesos de adopción o de acogida, lo normal es que los padres no intervengan. En unos casos, porque han muerto; en otros, porque se les ha retirado la custodia. Quienes se encargan de tomar las decisiones son los trabajadores sociales. En el filme objeto de estas líneas, John está involucrado en la búsqueda de la familia adoptiva, aunque se halla en fase terminal de su enfermedad.

Nowhere special se inscribe dentro del cine realista inglés, aunque a diferencia de directores como Kean Loach y Mike Leigh, Pasolini se centra más en lo humano que en lo social. A los valores antes apuntados, a su filme hay que reconocerle la capacidad de narrar una historia tierna y emotiva, pero dura, en solo 96 minutos. Algo muy de agradecer en estos tiempos en que las películas de dos y media y hasta tres horas de duración abundan en las carteleras.