Actualizado: 20/07/2018 16:13
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Cosecha de tres huertos

Los últimos libros publicados por Pedro Marqués de Armas brindan la posibilidad de conocer la producción más reciente de un autor polifacético, que en cualquiera de esos campos acredita con creces su singular talento

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Pedro Marqués de Armas es un autor que se desenvuelve en varios frentes. Prueba de ello son sus últimos libros, cada uno de los cuales se inscribe en un género literario diferente: el poemario Óbitos (Bokeh, 2015, 128 páginas), la novela La vida trunca del Coronel Felino (Aduana Vieja, Valencia, 2016, 196 páginas) y el volumen recopilatorio Prosa de la nación. Ensayos de literatura cubana (Casa Vacía, Richmond, 2017, 161 páginas). Esos tres títulos brindan la posibilidad de conocer la producción más reciente de un autor polifacético, que en cualquiera de esos campos acredita con creces su singular talento.

Óbitos reúne la poesía escrita por Marqués de Armas entre 2003 y 2014. Corresponde en su totalidad a su etapa fuera de la Isla y fue creada en ciudades europeas como Coímbra, Grosseto y Barcelona, donde ahora reside. En esos años, su autor acumuló los seis cuadernos en que, más que dividido, está articulado el libro: Para una lengua muerta (2003-2006), Eso que soñé grande (2009-2011), Educación de rigor, Virus del Nilo (2012-2014), Fragmentos de Walker (2007) y Posdata cubensis. Más que una antología, Óbitos es, pues, un compendio de su faena poética en esos once años.

Ya desde sus primeros libros —por el segundo, Cabezas (2002), mereció el Premio Julián del Casal—, Marqués de Armas se instaló en un lugar destacado entre los creadores que se dieron a conocer a inicios de los 90. Óbitos viene a confirmar por qué hoy es una de las voces más justificadamente valoradas. Es la cristalización espléndida y madura de una obra poética rigorosa y exigente, marcada por la fidelidad y la coherencia.

El poema sin título que sirve de pórtico al libro sintetiza algunos de los principales atributos que definen su escritura: “también tú/ en el óbito (fíjate qué/ palabra) de la Historia// por un velo a-/ somado”. Estamos ante una escritura seca, ajustada, que tiende a lo mínimo. Que prefiere la sugestión y la economía expresiva, pero que al mismo tiempo pone de manifiesto su gusto por el idioma y por su riqueza. Acerca de ello, en un penetrante y lúcido ensayo Pablo de Cuba Soria ha comentado que la breve, pero significante obra de Marqués de Armas “es ejemplo de cómo, en un sentido de ganancia, es posible transitar del desbordamiento verbal al dique seco, cerebral y conceptual; de cierta exuberancia al seco ruido atroz”. Y hace notar que, en su caso, más que de una desbarroquización o un anti-barroco, se puede hablar de un accionar barroco menos común: “implosivo, tenso, árido, a base de tachaduras y veladuras, todas ellas pensadas a contrapelo de la exuberancia”.

Temáticamente y aunque posee un aliento unitario, Óbitos es un poemario variado, como si su autor quisiese reflejar la heterogeneidad del mundo. Sus poemas se nutren de la realidad, de la cultura, de lo imaginario. Son frecuentes las referencias y alusiones al pasado, pero no se oculta que Marqués de Armas siempre habla de nuestros días. En su tratamiento de la historia hay además un propósito desacralizador, algo que también aplica al recrear figuras reales. Véase, por ejemplo, los poemas “(Gundlach)” y “(Variación)”, en los cuales pone en contrapunto al naturalista cubano nacido en Alemania Johanes Christopher Gundlach y al poeta José Lezama Lima. O el titulado “III”, que a continuación copio: “Como el suyo se fue discretamente por encima del sueño del Soviet, no llegó con su torre a ningún lado. Copitos de algodón cayeron sobre las consignas y terminó Tatlin entre gallinas y pavos elaborando una máquina de vuelo (para uso personal). ¡Qué ocurrencia! Cebar de ese modo el orgullo y despertar con plumas en la cabeza”.

Por el libro desfila una amplia galería de personajes, célebres unos, anónimos otros. Junto a Isaac Brodsky, Deineka, Gundlach, Lezama Lima, hallamos negros en trajes de dril cien, niños, enanas enfermizas, policías, mendigos, carboneros, ancianos, vendedores ambulantes, damas con pamelas, viejas actrices que regentan pensiones baratas, “ingenieros de bigotes variablemente mussolinianos”. Y chinos, muchos chinos: “Qué puede un chino en Sibanicú/ sino apoderarse de un apellido/ vasco tal vez// Y rodar una existencia sin ramas/ (desde luego/ no híbrida)// Qué podría semejante salto/ transgénico en su/ trashumamiento// Ningún ratón adiestrado/ en echar bibliotecas abajo/ apresaría (jamás)/ aquel santiamén”.

“Toda esa gente en aprieto/ toda esa gente a la sombra/ de qué”, es protagonista en la mayor parte de los poemas que conforman Fragmentos de Walker, en los cuales Marqués de Armas sabe descubrirlas en las imágenes tomadas en Cuba por el fotógrafo norteamericano: “uno de los dos policías negros/ se sopla la nariz con un pañuelo/ muy blanco// junto al busto del apóstol/ remedo de pensamiento”. Y a propósito de ese cuaderno, resulta oportuno apuntar que en el libro se aprecia una orientación textual que tiende a lo fotográfico. Marqués de Armas aplica un registro de cámara fotográfica que mira hacia adentro a la vez que capta todo a su alrededor.

Pensar la poesía y lo poemático desde otro lado

En varios textos, Marqués de Armas hace explícita su poética. Sin embargo, lo hace a través de aquello que su poesía no es y dirigiéndose a interlocutores no identificados (acaso poetas de otras generaciones). Así, en “Conato” expresa: “Estas no son palabras de la tribu. La vida que aquí llevamos es otra cosa. Más bien una diligencia, como cuando hablamos hasta tarde”. Y en “Pampilhosa” escribe: “Para nosotros, la poesía es un ejercicio. Para ustedes, tal vez un don./ Nosotros, la hicimos con las piernas/ cuando podíamos haber ido en coche./ Pueblos, pasos a nivel —escapados del progreso/ para nuestro ejercicio, a gachas./ O si prefieres, de soslayo./ Como aquel Pampilhosa con su disco de carbón,/ sus torres insufribles/ y su falta de señales”.

Otro inteligente lector del libro de Marqués de Armas, Javier L. Mora, comentó: “Indagación y sondeo. Recuentos de los enterramientos (magníficos) de una época, donde el tiempo parece detenido en el poema, hinchado hasta lo increíble para no dejar escapar eso que podría llamarse su «salud mental»: el reflejo que lo hace sempiterno, su permanencia. Con algo de guion fílmico y ojo de cámara lista para la instantánea en frío, déjanse ver, en este libro, los costurones de un cadáver recompuesto: aquel de la historia, que a fuerza de mostrarlo, revela lo que subyace abajo: los afeites de la construcción de un sistema político, las apariencias propias de la modernidad”.

“El poeta es mitad creador y mitad crítico”, afirmó en una carta Juan Ramón Jiménez. Si bien es algo que no puede decirse que constituye una regla que en todos los casos se cumple, es cierta en el del poeta del que aquí me ocupo. Prueba de ello son los dieciocho textos que ha recopilado en Prosa de la nación. El título del libro, por cierto, resulta cuando menos curioso, pues trece de los trabajos están dedicados no a prosistas, sino a poetas y a poemas. Como ha señalado Carlos A. Aguilera, podría haberse llamado Prosa de la nación poética. “Y no solo porque por sus páginas desfilen poetas (o delirantes): Casal, Lezama, Piñera —el de “La gran puta” y no el de los Cuentos fríos—, Escobar y Juan Carlos Flores. Sino, porque mirado en conjunto, es uno de los pocos estudios sobre poesía cubana —otro sería La última lectura de Orlando, de Pablo de Cuba, publicado también recientemente— que intenta pensar la poesía, el poema, lo poemático desde otro lado”.
José Lezama Lima y Virgilio Piñera son los autores a quienes se dedica más atención y espacio. Entre los ensayos dedicados al primero, quiero destacar “Fragmentos no tanto a su imán”. En su lectura de su poemario póstumo, Marqués de Armas encuentra “varios movimientos de retirada; no diría ya de vaciamiento, pero sí de retirada”. El poeta “experimenta el barroco como cárcel, el sistema poético como horror y la metáfora como algo que va perdiendo espesor y por tanto valor de cambio dentro de su escritura”. Un desvío que fue precipitado por su encierro civil, por la crisis que experimentó en los setenta. “La escritura se presenta entonces —sostiene Marqués de Armas— como registro contra-civil, no como respuesta ni mucho menos como denuncia, pero sí como huella que muestra una relación diferente con el afuera”.
De los textos sobre Piñera, dos se centran en el poema “La gran puta”, escrito a fines de los años 60 y que permaneció inédito por casi dos décadas. Marqués de Armas lo considera uno de los más intensos y diferentes de su autor, y apunta que en él “asume un lenguaje que muestra no pocas cuestiones de orden privado y público”. Y expresa que no conoce “otro poema escrito en Cuba donde el discurso privado del escritor sea tan abiertamente social (…) Esto lo distingue del modo común de hacer poesía en Cuba, incluso, del modo digamos clásico, del propio Piñera”.
El interés por los libros finales de los grandes escritores que lo llevó a Fragmentos a su imán, lo lleva al Diario de José Martí. A pesar de tratarse de registros diferentes, afirma que en ambas obras hay un corte abrupto que afecta la escritura, intensificado por la cercanía de la muerte. En ese sentido, “son escrituras escapadas. La muerte deviene pregunta que no tiene más respuesta que la puramente textual (o reciamente vital), aun cuando aparezca recortada por la historia. Aun cuando una particular relación con la historia conforme el borde de esta herida”.
Marqués de Armas escribe también sobre tres escritores suicidas a quienes trató personalmente: Juan Carlos Flores, Miguel Collazo y Ángel Escobar. En ese aspecto, es pertinente anotar que en su ensayo sobre el Diario de Martí ya descubrió “una pulsión letal suicida” que viene desde El presidio político en Cuba. Apunta que en las cartas que el Apóstol escribió a Mendive, cuando aún era un adolescente, asoma la promesa del suicidio, que será ahogada en su propia facticidad. Y comenta: “Acaso en esta isla el suicidio no es, de una parte, padre apagado, dócil, laborando con bueyes escuálidos, una tierra letal, en desarraigo; y madre, de otra, indiferente a su propia utopía”.
En sus ensayos, Marques de Armas pone de manifiesto una capacidad analítica que no hace el juego a la improvisación ni al apriorismo. Eso se evidencia en unos textos llenos de interpretaciones reveladoras. Conviene advertir, no obstante, que Prosa de la nación no es un libro de fácil lectura. Al menos no lo ha de ser para aquellos habituados al estilo y a los métodos de abordar las obras literarias que más priman. Estamos ante trabajos profundamente reflexivos, y eso hace que su discurso despliegue un elevado nivel de abstracción. Asimismo, su autor emplea en ellos una objetividad y una precisión quirúrgica que entre nosotros son poco usuales. Lo cual es muy saludable.
Primera incursión en la narrativa
Con Prosa de la nación y Óbitos, Marqués de Armas ha vuelto a géneros frecuentados antes por él. En cambio, con La vida trunca del Coronel Felino incursiona por primera vez en la prosa de ficción. Su novela es la reconstrucción de la vida de varios de los participantes en la guerra de 1895 hoy olvidados. Pero pese a lo que eso induce a pensar, no se trata de una novela histórica. Es el relato de la investigación realizada por su narrador para rescatar del olvido a aquellos cubanos que se levantaron en armas contra el dominio colonial español.
Unas reliquias familiares —un retrato y un diario— entregados al narrador como bienes que debían conservarse, es el origen de la pesquisa que constituye el núcleo central de la novela. Con el paso de los años, el papel de guardián de aquellos fondos dio paso a “cierto afán intelectual, al comienzo no deliberado, y cierta añoranza”, que desembocaron en lo que el narrador define como “ficción afectiva, especulativa”. Acerca de cómo la idea maduró hasta decidirlo a iniciar la faena de indagar, apunta: “Seguramente empezaron por la madre, cuyo retrato colgaba en medio de la sala. Luego vino el muerto como tal. Abrieron el escaparate, sacaron un álbum gris y fueron mostrando fotos de antepasados. Se dijeron algo entre ellos y, acto seguido, lo presentaron como el Coronel Felino Álvarez Duarte, ayudante de Gómez y Maceo a su paso por la provincia de Matanzas”.
Buena parte de lo que se narra en la novela es real. Lo es, en primer lugar, el personaje del Coronel Felino, tío del padre de Marqués de Armas, y sobre quien este supo por primera vez a través de sus tías. Es real también el hecho de que, al igual que el narrador en primera persona que conduce la novela —en algún momento, alguien lo llama Perucho—, al morir esas tías el escritor recibió como reliquias familiares unas fotografías del insigne insurrecto. Y asimismo es cierto que un caprichoso azar hizo que encontrase en la Biblioteca Nacional José Martí la única biografía que existe sobre su antepasado. Posteriormente, otros hallazgos adicionales vinieron a enriquecer aquella información. A partir de todos esos materiales, se va conformando la vida del Coronel Felino, durante la guerra independentista de 1895.
En lugar de convertir en ficción ese material histórico, Marqués de Armas optó por lo que él llama una investigación novelada. Dio forma y estructura narrativa al rastreo seguido por la voz ficcional, lo cual también hace de La vida trunca del Coronel Felino una novela de la investigación. Esto que pudo haber dado lugar a una obra intelectual y escasamente atractiva para el lector medio, se materializó en una novela sencilla, asequible e imaginativa gracias a un tratamiento inteligente, animado e imaginativo.
Uno de los elementos inventados que Marqués de Arma introdujo es el personaje de Modesto Piloto. Este nació en la zona de Jagüey Grande, trabaja como profesor en la Universidad de la Laguna, y de acuerdo al amigo suyo que puso al narrador en contacto con él, es un supremo conocedor de la Cuba rural y, en especial, de fenómenos como el bandidismo y sus entramados en la guerra del 95. En el primer encuentro, el narrador constata que estaba ante una de esas personas que viven exclusivamente para sus obsesiones, además de ser una lumbrera. Desde el principio se entendieron bastante bien y el profesor aceptó de buen grado colaborar con el compatriota en sus “extensas, atropelladas y, en última instancia, inconclusas investigaciones”. En cierta medida, el académico contribuye a que el narrador tenga claro que, si bien no quería escribir una novela, tampoco iba a renunciar a abordar el proyecto en clave afectivo-especulativa, tanto más por haber sido acariciado por él durante varios años. Y concluye: “Quiero salvar a Felino, aun a riesgo de reinventarlo, de la tremenda desmemoria”.
Antes anoté la habilidad del autor para que uno quiera seguir leyendo. Igualmente es de destacar la perspicacia de Marqués de Armas para desentrañar y estudiar a fondo los documentos históricos que cita a lo largo del libro. Sabe leer entre líneas en textos escritos desde la óptica del contrario, y tampoco pasa por alto las opiniones también interesadas y no pocas veces insidiosas de los cubanos. En su obsesiva reconstrucción de los trabajos y los días del Coronel Felino, ante la falta de la fidelidad documental apela a la especulación y la verdad novelesca:
“Casi visualizamos la caída, el trayecto hacia sus exequias: Alacranes, Santa Rita. En cambio, nada se sabe de lo ocurrido en la finca Santa Rita aquel 15 de enero, el mismo día que llegó el cine a La Habana. Podemos imaginar a unos mambises desarrapados enterrando a toda carrera un dinero, tirando el cinturón de cuero forrado del líder, y aun, traducir a otras lenguas las palabras que se cruzaron al verse perdidos. No obstante, si rebobináramos, como si se tratara, efectivamente, de un filme, podríamos establecer tres secuencias: el conspirador, el estratega, el invisible paladín. A este último toca experimentar en cuestión de semanas, y tras quince meses de agotadora campaña, la muerte de maceo y la destitución de Lacret. ¡Cuál no sería su estado de ánimo! ¡Tanto más cuando tiene que encarar tan peliaguda misión en un último intento por abastecer a las calamitosas tropas y mantenerlas en pie de guerra! ¿Iba Mayía Rodríguez a acometer tras ello la prometida segunda invasión? Se trata, no puedo estar más convencido, de un movimiento en el vacío y, por ende, de un vacío muy a propósito para el Coronel Felino, cuya relación con la muerte consiste justamente en la disolución”.
Aunque no es su tema central, de la novela se derivan otras interpretaciones y referencias tangenciales. Hay así una reflexión sobre la identidad cubana como algo fallido, debido a haber brotado de la guerra del 95 y de los infortunios y la orfandad posteriores. Lo hace notar Modesto Piloto, quien opina que aquel conflicto bélico “acabó para siempre con los nervios del país, condenándolo a la orfandad, la intemperie y la repetición”. Pero una vez más insisto en que el procedimiento en que se sustenta la narración hace que La vida trunca del Coronel Felino se convierta en una lectura nada aburrida ni intelectual.