Actualizado: 01/06/2023 1:49
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CON OJOS DE LECTOR

Cubano, exiliado y homosexual

Son esas las tres marcas principales del personaje protagónico de 'El horizonte de mi piel', la novela autobiográfica de Emilio Bejel.

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En las palabras que se reproducen en la contraportada de El horizonte de mi piel (Editorial Aduana Vieja, Cádiz, 2005) se definen las tres marcas principales de su personaje protagónico: es cubano, exiliado y homosexual. Es, pienso, un modo atinado de resumir los hechos esenciales que conforman la trayectoria vital que Emilio Bejel (Manzanillo, 1944) narra en esta novela autobiográfica, que en realidad participa más del segundo género literario que del primero.

En todo caso, al apuntar esto último quiero decir que El horizonte de mi piel no participa de lo novelesco en la misma medida en que lo hace Antes que anochezca, de Reinaldo Arenas, obra a la cual algunos niegan su condición de memorias, debido a que no siempre se atiene a los hechos reales y a que alcanza en muchos momentos las proporciones delirantes de la ficción en estado puro. Bejel, sin embargo, tampoco ha querido redactar una obra autobiográfica al estilo tradicional, como lo puede ser Confieso que he vivido, de Pablo Neruda. Para ello, se vale precisamente de un tratamiento del material y de unos recursos literarios que remiten de modo inequívoco a la narrativa. Hay además en las primeras páginas del libro una dedicatoria que conviene atender: "A todos los personajes, reales o ficticios de esta narración".

El horizonte de mi piel está construido a partir de capítulos o segmentos más o menos breves (la extensión promedio es de cuatro páginas) que tienen entidad en sí mismos, pero que a la vez van armando un hilo argumental similar al de las novelas. A través de éste seguimos la trayectoria vital del narrador/ protagonista, desde su niñez en Manzanillo hasta algunas décadas después, cuando acepta un puesto como profesor de literatura hispanoamericana en la Universidad de Colorado en Boulder. Pero al igual que ocurre en tantas obras de ficción, los hechos no siempre se atienen a la linealidad cronológica: en algunas ocasiones el narrador vuelve atrás en el tiempo o bien adelanta sucesos que tendrán lugar después. Están, por otro lado, los siete poemas que se incorporan al texto, y que se refieren, desde otra perspectiva, a personas de las cuales se habló en ese mismo segmento. Asimismo está el sueño con Ava Gardner que se cuenta casi al final del libro. En fin, son algunas —existen otras— de las estrategias literarias empleadas por Bejel.

Pero al lado de esos artificios tan legítimos, El horizonte de mi piel acumula una considerable cantidad de elementos que invitan a que se le lea como algo más que una obra de ficción, a la que no cabe aplicar aquello de que "cualquier parecido con personajes y hechos reales es pura coincidencia". No es posible pasar por alto que el narrador/ protagonista se identifica como Emilio Bejel, ni que lo que cuenta coincide con bastante exactitud con las vivencias del autor. Están además las noticias de los periódicos que se reproducen, y en las cuales se puede seguir un incidente real que se suscitó alrededor de la concesión de la permanencia a Bejel cuando era profesor en la Universidad de la Florida. Insisto sobre este aspecto porque, a mi juicio, es precisamente en el cual el libro consigue sus valores más significativos, sin que con ello desmerezca sus méritos literarios.

En un contexto como el nuestro, una obra como El horizonte de mi piel resulta además especialmente saludable en el doble sentido del término, es decir, sana y cuya salida es digna de ser saludada. En Cuba, y en general en toda la literatura en lengua española, escasean los libros autobiográficos, los deslindes de la intimidad. Como he expresado en otra ocasión, los autores prefieren imitar al calamar y arrojar tinta para borrar sus huellas. A este desértico panorama, Bejel viene a aportar un ejercicio de memoria, en el que rememora su existencia con fruición, mirada serena, suave humor y honestidad.

Los primeros capítulos corresponden a los recuerdos de la infancia en Manzanillo del narrador, cuya familia pertenecía a la clase media. Al triunfar la revolución, le tocó ser testigo y partícipe de las divisiones que empezaron a crearse dentro de muchas familias cubanas. Su mamá y su madrina simpatizaban con el nuevo gobierno, aunque también eran muy católicas; algunos de sus primos y tías eran "fidelistas", pero no comulgaban con la religión. El narrador participaba de ambos bandos, mas cuando llegó el momento de tomar partido por uno, expresa que se encontraba "más del lado de la iglesia que del gobierno". De aquellos primeros años recuerda con horror los juicios y fusilamientos transmitidos por la televisión. "Tanto mi familia como yo todos éramos antibatistianos furiosos, comenta, pero no estábamos preparados para aquella carnicería". Y señala que su toma de posición al lado de la iglesia acaso tuvo que ver con "estos fusilamientos y otros abusos que comenzaron muy temprano una vez que la revolución arribó al poder".


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