Actualizado: 23/02/2019 10:51
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Literatura, Literatura cubana, Poesía

De audacias y premoniciones

En su poemario más reciente, León de la Hoz hace un balance de encuentros y abandonos, en unos poemas que abordan asuntos como la familia, el amor, la identidad

Enviar Imprimir

“Este que veis no soy yo aunque quisiera.
Este que veis es la sombra del que estuvo
hace mil años con una cruz a la espalda.
Es la imagen de uno que quiso ser santo
y acabó siendo este que veis condenado.
Yo no soy ni este, ni estoy, ni aquí estaré.
Quizás quedé atrapado entre los muros de If
el día que elegí la vida de Edmond Dantés.
Tampoco puedo decir que soy este otro que escribe no ser el que escribe.
(…) He sido todo y no he sido nada, he sido todos
y sin embargo soy Nadie sin llamarme Odiseo.
Fui el errante sin destino como lo fueron Gulliver
y Robinson Crusoe antes de amar a Viernes.
Mi cárcel fue una isla que parecía un castillo
antes de ser redentor dejándome morir.
Adopté naufragios como cuerpos en la arena
y los cuerpos como islas que fueron patrias.
Mi soledad ha sido semejante en dolor
al de una isla abandonada por un náufrago”.

El poema al cual pertenecen los versos anteriores abre Vidas de Gulliver (Editorial Betania, 2018, Madrid, 99 páginas), el último poemario de León de la Hoz (Santiago de Cuba, 1957). He decidido reproducirlos porque operan como indicador de lectura de todo el libro. Este está integrado por 65 textos distribuidos en cuatro bloques: Vidas como islas, Islas como vidas, Agonías de Gulliver y Fotogramas inconclusos para una serie inconclusa. Y digo que operan como indicador porque anticipan varios de los temas y preocupaciones que recorren sus páginas.

En los versos reproducidos, León de la Hoz establece los paradigmas con los cuales se va a confrontar. En ellos menciona a Edmond Dantés, Robinson Crusoe y Gulliver, aunque es sobre todo con los dos últimos con los que establece los nexos más potentes. Uno vivió durante un cuarto de siglo en una isla desierta, que fue conquistando cada día. El otro se embarcó en viajes que lo llevaron a diferentes reinos y le aportaron nuevas perspectivas. Pero reducir ambos a tal simplificación sería elemental y reductor. Así, en el caso de Robinson el interés por sus aventuras se centra en las condiciones diarias de la resistencia. En el libro de Daniel de Foe no hay epopeya ni angustia metafísica, sino el relato del esfuerzo, a la vez humilde y prodigioso, del protagonista. Es el hombre que debe enfrentar la locura de la soledad en su isla. La suya es una lección de resistencia a la soledad con el trabajo cotidiano.

Por su parte, Gulliver es un hombre instruido y racional. Las conclusiones a las que llega en sus viajes afirman vehementemente su oposición al sistema de conquista-colonización y su horror a la especie humana. Exteriormente, es un ciudadano sumiso o indiferente. Pero su clarividencia aumenta en cada periplo por el relativismo que le inspiran los diferentes pueblos, y termina siendo un ser humano irreverente y sin reservas. Grita la verdad con todas sus fuerzas. No comulga con las apariencias y con el ritual de la monarquía. Asimismo, el humor que en ocasiones emplea constituye una de las expresiones de su pesimismo. Es profundamente hostil a la vida de los hombres y mujeres de su tiempo y a sus sistemas de valores. Los suyos los ha encontrado a través de la búsqueda que han significado sus recorridos.

Balance de encuentros y abandonos

En Vidas de Gulliver, León de la Hoz no recurre al confesionalismo directo. Opta por reencontrarse al adoptar los trazos de algunos de los personajes que menciona en los versos que antes reproduje. Hallamos así la realidad vista desde la óptica de un náufrago: “Cada día amanezco en la playa de una isla/ bañada por la espuma roja de su sangre./ Noche a noche me sueño llevando mi suerte/ de náufrago que maldice su salvación./ Solo acabará esta agonía el día soñado./ Aquel en que se acaben las playas de la isla/ y ya no tenga a donde llevar mi cuerpo./ Entonces me quedaré braceando en la noche,/ oyendo el rumor de las olas que me aman”.

Son poemas escritos con la experiencia que otorga la severidad de los años. Eso se advierte cuando hace el balance de encuentros y abandonos, que abarca asuntos como la familia, el amor, la identidad. También se pone de manifiesto en la revisión de algunos conceptos que pertenecen al sistema de valores inculcado del que tanto rendimiento suelen obtener algunas ideologías. Uno es el de patria, sobre el cual leemos: “La patria es este portal que me da techo,/ la columna donde apoyo la vejez y espero/ el remedio del tiempo para mis heridas./ Es el suelo o el sofá prestado donde sueño/ y dos huecos como balas que son mis hijos.// (…) Son dos o tres recuerdos y nada más,/ ni una rosa blanca ni una bandera,/ solamente yo, mi equipaje y el viento”. Asimismo, la propia idea del viaje como desplazamiento o traslado de un sitio a otro, es cuestionada: “De nada sirve la sed infantil de viajar/ en un mundo que da vueltas sobre sí./ Todo viaje es dar vueltas al vacío./ Viajan los que no tienen alas dentro./ (…) Los caminos que realmente necesitáis/ no están en los mapas, los tenéis dentro,/ han estado siempre en ti”.

A lo largo de todo el libro está presente la condición de insularidad. “Las islas fueron mi única morada”, expresa el sujeto poético. Sus otras vidas lo han llevado a “vivir en una isla sin mar” y le han llenado los bolsillos vacíos de islas. Y afirma: “Yo mismo soy una isla y vengo de otra”. Es esta “una isla vacía como un barco fantasma,/ que entra y sale de puertos que hay en mí,/ con diferentes nombres y formas engañosas./ (…) Es la isla que boga con la estrella metálica,/ oxidada, entre dos huesos en la bandera”. Un país que cabía en la mano, que se llevó “cualquier día para que no muriera” y que “ahora es un lugar de polvo en el viento”.

Quien se adentre en Vidas de Gulliver, entra en el libro de un escritor descontento con su entorno. Eso hace que su visión de la realidad sea amarga, desesperanzada y, en ocasiones, desolada: “Hoy nadie va a venir./ Tampoco espero hablar con nadie./ Ni siquiera sé si queda alguien/ que pueda saber mi nombre./ Me gustaría saber si hay otro en alguna parte/ a quien yo pueda llamar y preguntarle la hora”. Incluso cuando hay humor, es de registro amargo. En esos poemas, León de la Hoz hace además un recuento de lo vivido y vuelca en ellos un trasfondo existencial. De ahí, en buena medida, provienen su densidad y su intensidad.

No resulta fácil reconocer en estos versos al León de la Hoz de Coordenadas (1985) y La otra cara de la moneda (1987). Como ha comentado Sergio Chaple, en los poemas de aquellos libros su autor partía de íntimos resortes emocionales ofrecidos en un espacio de referentes literarios, en los que era visible el esfuerzo por lograr el dominio de un lenguaje cada vez más sugerente. Hoy, el autor de Vidas de Gulliver se halla instalado en su plena madurez creativa. Con su más reciente entrega, viene a cumplir el augurio anticipado al inicio de su trayectoria por César López, quien expresó que en su obra se afirma “no solo la posibilidad de creación futura, sino también una lectura plena de audacias y profanaciones”.