Actualizado: 19/01/2019 3:35
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Exposiciones, Arte, Pintura

De la desconocida belleza

Una exposición en el antiguo Colegio de Belén puso de manifiesto que los coleccionistas privados de Cuba poseían obras de pintores tan famosos como Goya, Rubens, Velázquez, Murillo y Franz Halls

Enviar Imprimir

Un Durero, cuatro Goyas, un Greco, dos Guido Renis, un Franz Hals, trece Murillos, un Sebastián del Piombo, dos Riberas, tres Rubens, un Rafael, un Van Dick, dos Tizianos, un Van Eyck… ¿Pueden reunirse en una exposición tal cantidad de obras de pintores tan renombrados, capaces de entusiasmar a cualquier aficionado al arte? Quienes me hacen la merced de leer estas líneas, pensarán con toda la razón del mundo que la unión de esa constelación de nombres solo puede ocurrir en las principales pinacotecas de alguna de las linajudas ciudades europeas: París, Roma, Londres, Madrid… ¡Pues no! Aunque muchos se resistan a creerlo, esa exposición acaeció hace noventa años en La Habana.

Semejante milagro tuvo lugar en el antiguo Colegio de Belén. Allí se expusieron, en febrero de 1928, una cincuentena de cuadros pertenecientes a coleccionistas privados. Desde las páginas del diario El País, el nunca suficientemente elogiado Jorge Mañach identificó las dos colecciones más notables que existían en la Isla y que él tuvo el privilegio de conocer: “la de los Malpica, que celaba con deleitado orgullo el memorable Conde Kostia, pésimo crítico de arte, pero exquisito gustador de lo bello; y la colección del señor José Gómez Mena, que es, probablemente, la más cuantiosa y acaso la más importante que tenemos en Cuba”. A ellas agregaba la también valiosísima del señor Mignorance. Esta y la de Malpica estaban compuestas de lienzos antiguos. En la de Gómez Mena, por el contrario, predominaban los pintores modernos, particularmente, los españoles (Zuloaga, Sorolla, Chicharro, Anglada Camarena, Joaquín Mir).

Semejante concentración de belleza alargaría los colmillos al más reputado coleccionista. Pero de igual modo, le despertaría un lógico recelo. El mismo recelo que sentiría si alguien le dijese que en su biblioteca posee un original de Shakespeare. Algunos de aquellos cuadros podían ser falsificaciones, o bien una copia de escuela. Pero tampoco hay que olvidar que en Cuba existían criollos adinerados, y como apunta Mañach, “¿por qué no han de poder los pesos cubanos lo que pueden los pesos del Norte?”.

Asimismo, como a continuación agrega, “muchos de los lienzos más célebres de los museos, ¿no andan constantemente en tela de juicio, sometidos a las disputas de todos los críticos y eruditos habidos y por haber?”. Recuerda también Mañach que para afirmar que “un cuadro no es de determinado autor, es preciso que lo contraríe de un modo evidente la visión de la inspiración y la técnica habitual del maestro”. Pero incluso en ese caso, cabe la posibilidad de que se trate de una obra de su etapa incipiente. Parejamente, la afirmación positiva, que atribuye la obra a determinado artista, muchas veces ignora “el mimetismo de escuela, cuando no la simulación expertísima de una aprovechada posteridad”. Ante tales disyuntivas, ¿quién se atreve a ponerle el cascabel al gato o, por el contrario, a despojarlo de él?

Para tener una idea —muy vaga, por supuesto, pues solo ha de ser nominal— de lo que los asistentes a aquella magna exposición tuvieron la oportunidad de ver, lo único que hoy nos queda es revisar el catálogo. De acuerdo al mismo, de Francisco de Goya se exhibieron dos cuadros pequeños, que según el experto juicio de Mañach, parecían tener todos los indicios de lo auténtico. De Alberto Durero, el artista más famoso del Renacimiento alemán, había una tabla. El barroco español Bartolomé Estaban Murillo estaba copiosamente representado, gracias al aporte de la viuda de Valdivia. A él pertenecían los lienzos María y el Niño, Judith con la cabeza de Holofernes y Ecce Homo. Y menciono también el Cristo yacente de Sebastián del Piombo, acerca del cual Mañach comenta que está pintado “con una probidad magnífica que ya es rara vez de nuestro tiempo”.

Un verdadero milagro que difícilmente se podrá repetir

Junto a las de esos grandes nombres, aparecían obras de otros creadores que, sin estar a ese nivel, constituyen figuras de indudable valía. Ilustraré con algunos. Uno de ellos es Antonio María Esquivel y Suárez de Urbina, quien fue uno de los más estimables epígonos que tuvo Goya. Su estilo, basado en un cierto eclecticismo que algunos califican de “templado”, se distingue por un equilibrio técnico entre la corrección del dibujo y las calidades cromáticas. De él se incluyeron en la exhibición del Colegio de Belén un par de lienzos, que eran propiedad de los dos dueños de “La Venecia”, una conocida tienda de arte de La Habana.

Otro artista presente en la muestra fue el malogrado y también español Eduardo Rosales Gallinas. Varios años de su vida transcurrieron en la capital italiana, donde llevó a cabo un intenso trabajo, como demuestran sus numerosos dibujos, bocetos y cuadros. A esa etapa debe corresponder su Vista de Roma. Y para no extender más la enumeración, lo cual suele causar aburrimiento, termino citando Los granujas, del inglés Joshua Reynolds. De él se ha dicho, quizá con un punto de exageración, que es el mejor pintor británico de todos los tiempos. Lo que sí resulta inobjetable es su importancia como retratista. Partiendo de ­las enseñanzas de Antonio van Dyck y de Godfrey Kneller, Reynolds reformó el concepto tradicional de la ­retratística británica y desarrolló principios que se ajustan siempre al tipo de encargo, avivando las efigies a menudo con elementos dramáticos que acercan las imágenes a la pintura de historia.

Aquella exposición fue un verdadero milagro que difícilmente se podrá repetir. Se debió a la generosidad de los coleccionistas privados, quienes, gracias al tenaz empeño de los organizadores, aceptaron que sus valiosas obras estuvieran accesibles al público por algunas semanas. En el plano de las artes plásticas, representó el acontecimiento más importante que se había realizado hasta entonces en la Isla. Y al decir de Mañach, se tuvo la impresión de que “no acaece esta exposición en la flamante y americana ciudad de San Cristóbal de La Habana, sino en alguna de esas linajudas ciudades europeas, de caudalosa herencia clásica. Por lo menos, en alguna urbe de cresos yanquis, capaces de juntar, en un santiamén, santuario lato de obras maestras universales”.

Aparte de las obras que salieron a la luz en aquella exposición, hay razones para pensar que no eran las únicas existentes en Cuba. La pista la da también Mañach, en un artículo que publicó en abril de 1923. Allí escribe una carta pública a Antonio Rodríguez Morey, a la sazón director de Museos Nacionales. Le informa que Emilio Velo, profesor de la Academia de San Fernando de Madrid, quien entonces residía en Cuba, estaba dolorosamente apremiado de vender los cuadros que posee (no se especifica el motivo de su apremio). Se trata de cinco originales “de cabal prestigio” y de seis copias “de valor intrínseco y docente muy innegable”.

El primer grupo lo integraban San Francisco de Asís, de Murillo, Una moza, de Ignacio Pinazo, una virgen del italiano Giacomo Cignarolli, Desnudo de mujer, de Antonio Cortina, y una acuarela de Laureano Barrau, maestro de Mariano Fortuny. Entre las copias estaban tres hechas por Carreño: Felipe II, de Alonso Sánchez Coello, Felipe III, de Velázquez, y Carlos IV, de Goya. Asimismo, a las mismas se sumaba una de Concepción, de Murillo, firmada por Francisco Pradillo.

Mañach admite que no tiene confianza en el éxito de las gestiones de Rodríguez Morey, y por eso apela a algún mecenas o coleccionista para conseguir que las obras se quedasen en Cuba. Dado que las mismas se pusieron a la venta a “precios reducidísimos”, no resulta osado afirmar que lo más probable es que fueron adquiridas. Lo cual significa que pasaron a formar parte de los lienzos extranjeros que contribuyeron a hacer de La Habana un “santuario lato de obras maestras universales”.