Actualizado: 16/11/2018 9:59
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Traducciones, Literatura, Poesía

De la traducción y la creación

Acerca de una antología de poemas de Joseph Brodsky y un volumen de haikus y tankas de Ernesto Hernández Busto

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Hay que festejar que nuevamente la poesía del ruso-norteamericano Joseph Brodsky (San Petersburgo, 1940-Nueva York, 1996), Premio Nobel de Literatura en 1987, está accesible a los lectores de habla hispana. Se debe a la reciente publicación de la antología El explorador polar (Kriller71 Ediciones, 2018, 165 páginas), que reúne 32 textos traducidos por el cubano Ernesto Hernández Busto y el argentino Ezequiel Zaidenwerg. El primero se encargó de trasladar los escritos en ruso y el segundo, de los que su autor compuso en inglés.

Cuando aún consumía su juventud en un campo de trabajo forzado, cumpliendo la condena por “parasitismo social” (sí, ese delito existía en la Unión Soviética), Brodsky fue dado a conocer en Estados Unidos en Verses and Poems (1965). A aquel volumen siguió después Selected Poems (1971), prologado por W. H. Auden, quien se convirtió después en su hermano espiritual y al que consideraba “la mente más privilegiada del siglo XX”. En agradecimiento a que debía su fama internacional a quienes vertieron su poesía a otros idiomas, especialmente al inglés, Brodsky dedicó parte de su tiempo a trabajar con poetas mayores y traductores de renombre en la traslación de su obra. Él mismo era políglota y además del inglés, dominaba el polaco, el italiano, el español (un dato escasamente conocido es que tradujo poemas de Virgilio Piñera y Pablo Armando Fernández).

Vivió en Rusia hasta 1971, año en el que fue “invitado” a emigrar bajo amenazas. Tras su paso por Europa, se estableció en Estados Unidos, cuya nacionalidad adoptó en 1977. Alcanzó un perfecto dominio del inglés, que le permitió redactar directamente en ese idioma su producción en prosa. La integran ensayos, artículos, reseñas, conferencias, introducciones, conferencias, un material que él recogió en los libros Less Than One: Selected Essays (1986), Watermark (1992) y On Grief and Reason (1996) (en España, el primero se publicó dividido en dos: Menos que uno y La canción del péndulo). Brodsky, sin embargo, consideraba la prosa como un mal necesario, que aceptaba por encargo y por imperativos económicos.

En cambio, el ruso fue la comarca portátil que siempre reservó para la poesía. Durante su último viaje a España, en una entrevista en el suplemento cultural Babelia declaró: “He escrito varios poemas en inglés y no están mal, pero son y serán siempre algo secundario, al igual, por ejemplo, que mis ensayos. El ruso es mi lengua materna, y no tengo la menor intención de abandonar algo que llevo haciendo ya los últimos 35 años. En otras palabras, componer poemas en ruso es para mí un proceso orgánico, y esa clase de procesos nunca es objeto de elección”.

Según él, el poder expresivo del ruso está además en su potencial fonético, “en sus cláusulas subordinadas, en el uso del participio y en todos esos giros gramaticales que el inglés sencillamente no posee”. Joseph Holyoque, exdecano de la Universidad de Massachusetts, recordó: “A veces estaba hablando con sus alumnos y de pronto sufría un rapto de inspiración, sacaba unos papeles del bolsillo y anotaba unas cuantas cosas en ruso”. Lo que usualmente hacía Brodsky era traducir al inglés los poemas que escribía en ruso, lo cual conllevaba un empobrecimiento y una simplificación de los textos originales. A propósito de lo antes apuntado por Brodsky, al reseñar So Farth (1996), su poemario póstumo, John Bayley comentó en The New York Times: “Brodsky is not a great poet in English, but a great Russian poet”.

Me he extendido sobre este aspecto porque contribuye a justificar el valor de El explorador polar. Solo una pequeña parte de los libros de Brodsky editados en español fueron traducidos del ruso. Entre ellos hay que destacar los preparados por Susana Lacasa y Ramón Buenaventura (Parte de la oración y otros poemas, 1991) y Ricardo San Vicente (No vendrá el diluvio tras nosotros, 2000). Este último, un reconocido especialista en literatura rusa, incluyó en aquella antología ocho versiones hechas por Ernesto Hernández Busto y José Manuel Prieto. En cambio, otros traductores, como Alejandro Valero (Etcétera, 1998), Horacio Vázquez Rial (Marca de agua, 2008) y José Luis Rivas (Así por el estilo, 2009), trabajaron a partir de las versiones en inglés del propio Brodsky.

Sumergirse en las páginas de El explorador polar, permite conocer al mayor poeta ruso de la segunda mitad del pasado siglo. Heredero de los grandes creadores de las décadas de los 30 y los 40 —Anna Ajmátova, Osip Mandelstam, Marina Tsvetaieva, Boris Pasternak—, la obra de Brodsky está a caballo entre la herencia rusa y la moderna tradición inglesa. Fue un autodidacta apasionado, lo cual, como hizo notar otro Nobel, el polaco Czeslaw Milosz, lo hizo impermeable a las formas del pensamiento impuestas y aceptadas durante mucho tiempo en la desaparecida Unión Soviética. Eso hace que su poesía esté en las antípodas de la de contemporáneos suyos como Evgueni Evtushenko y Andréi Voznesenski.

Estamos además ante un poeta al que no resulta fácil caracterizar, pues, entre las dificultades que plantea, está la de que posee una pluralidad de registros. No es, sin embargo, la única, y en ese sentido quiero citar lo que expresó el escritor y traductor costarricense Gustavo Adolfo Chaves: “Nadie sabe qué hacer con Joseph Brodsky: poeta apolítico a pesar de su exilio, barroco a pesar de su disciplina clásica, clásico a pesar de sus mentores vanguardistas, fascinado por la civilización cristiana a pesar de ser judío. Sigue relativamente incomprendido por una cultura occidental dispersa, donde la poesía no ocupa el lugar central que él desde siempre le asignó. Nació durante el estalinismo, pero mantuvo sus concepciones artísticas e ideológicas contrarias al poder. Fue un chico con problemas bajo la educación formal en la era socialista. De adulto, su conducta no varió. Se exilió y fue profeta en el lado opuesto del mundo”.

Se esforzaba en minimizar el exilio

Sorprende que en la etapa que vivió en la Unión Soviética los celadores ideológicos se ensañaran tanto con él, pues nunca escribió poemas políticos. Por eso, cuando le concedieron el Premio Nobel, no se lo otorgaban a un disidente, sino a un creador, a un artista. Asimismo, a diferencia de Solzhenitsin restó importancia a sus incidentes trágicos, y batalló tenazmente contra la dramatización de su vida. En las entrevistas, se esforzaba en minimizar el exilio, que consideraba un retiro voluntario, un “cambio de imperios”. Tampoco cedió al activismo que le demandaban sus compatriotas de la emigración, que se habían quedado en la concha del eslavismo y desconfiaban del malvado Occidente (de nuevo, cito palabras de Milosz). Su activismo era literario y su mundo, el de la gran poesía. Desconfiaba también de la fama y de la publicidad. Pensaba que “un poeta no tiene por qué estar en el centro de la sociedad, no tiene por qué exponerse ante la vida pública”.

Para Brodsky, la poesía es, ante todo, un arte de “referencias, alusiones, paralelos lingüísticos y figurativos”. Fue un defensor de las formas tradicionales y prestó gran atención al metro y la rima. Esto último, que varios de sus traductores al español pasan por alto, lo ha cuidado Hernández Busto, quien seguramente sabe que la literatura rusa no desarrolló el verso libre hasta décadas recientes y que además la rima es en ella una suerte de vehículo del espíritu eslavo. Ejemplo de ello es el poema “No salgan de los cuartos”, al cual pertenecen estos versos: “No salgan de sus cuartos, no enciendan los motores./ Porque afuera el espacio se hace de corredores/ y en contador acaba. Si toca una juerguista,/ sobreponte al asombro antes que te desvista.// No salgan de sus cuartos. Eviten un resfrío./ Estas cuatro paredes… ¿qué mayor desafío?/ ¿Para qué ir a un lugar y regresar cansado,/ idéntico, de noche, pero más mutilado?// No salgan de sus cuartos. Y bailen bossa nova/ con zapatos sin medias en mitad de la alcoba/ (sobre el cuerpo desnudo, un abrigo estrujado)./ Has escrito mil cartas: una más, demasiado”.

Brodsky concebía el quehacer poético como un objeto de conocimiento que ayuda a la comprensión del mundo. Por eso conjugaba el virtuosismo formal con una reflexión inteligente y pausada, de la cual le viene al lenguaje su belleza. Su obra posee además dos condiciones primordiales que distinguen a los grandes poetas: la síntesis y el don visionario. No le gustaba la poesía hermética, pero de igual modo rechazaba la palabra fácil y carente de iluminación. Aunque no puede decirse que sea un poeta intelectual, en varios de sus textos empleó una sintaxis intrincada y un potente discurso metafórico, que pueden hacer densa la lectura. Pero eso solo ocurre, ya digo, en una parte de su producción. En la restante, hallamos una escritura envolvente y sólida, hecha, como ha comentado Jaime Siles, “de sonidos antiguos, ritmos nuevos, dolor en grandes dosis, cultura en algo más que ráfagas y cordilleras y mares y océanos de saber”.

Fue además un poeta cosmopolita y viajero, algo que se unía a su sentimiento de apátrida: “Un día abandoné mi patria y desde entonces soy un nómada, con lugares diferentes en los que me detengo para pasar temporadas más o menos largas, otras veces cortas. Detesto el aspecto melodramático que está asociado a la palabra exilio. Yo me muevo, pero nunca me he sentido como un exiliado, sino que tan solo vivo en el extranjero”. Esas andanzas le dieron una visión melancólica, patética y, en ocasiones, sarcástica de paisajes y sitios.

Dedicó páginas a Londres, Cape Cod, Roma, Venecia, Florencia. Amaba mucho a Italia, país al cual viajó numerosas veces. Con su primer sueldo de profesor de la Universidad de Michigan se compró un boleto a Venecia, ciudad sobre la cual escribió Marca de agua. Apuntes venecianos, un breve libro en prosa acerca de los diecisiete inviernos que pasó en la que, en sus palabras, es “la mayor obra maestra que produjo nuestra especie”. En El explorador polar se puede leer “Divertimento mexicano”, que también pertenece a esa vertiente cosmopolita. Es un excelente y extenso poema dividido en varias partes, y está dedicado a su amigo Octavio Paz. Para Hernández Busto, es un texto de tono voluntariamente paródico, donde se repite el torneo moderno entre analogía e ironía.

Aparte de aportar la mayor parte de las traducciones, Hernández Busto firma la excelente introducción, titulada “Como un pez en la arena. Para leer a Joseph Brodsky”. En ese texto que antecede a la selección de poemas de Brodsky, hace un despliegue de conocimientos, ideas y estilo. Viene a recordarnos que la traducción es una lectura exigente, más aún: es la forma suprema de lectura. Asimismo, es de rigor elemental encomiar el notable nivel del trabajo de los dos traductores, quienes han hecho su trabajo con tanto oficio literario como inspiración. Leyendo sus versiones, entendemos por qué a Brodsky se le considera un gran poeta.

Homenaje a la poesía clásica japonesa

Unos meses después de que El explorador polar salió de la imprenta, vio la luz Jardín de grava (Godall Edicions, Colección Alcaduz, Barcelona, 2018, 97 páginas). En ese libro, Hernández Busto juntó, como explica en la breve nota que aparecer al inicio, “una serie de poemas breves (haikus y tankas) que son también homenajes, diálogos y apropiaciones”. En unos casos, se trata de versiones de idiomas que apenas conoce. Otros, son alusiones, guiños y resonancias, “poemas que no hubieran existido sin los autores que menciono”. Y en el último de las cuatro secciones en que están distribuidos los textos, agrupa “ejercicios propios”, aunque aclara que eso “no significa que las secciones anteriores lo sean menos”.

Es un libro que tiene, pues, un estrecho vínculo con su quehacer como traductor. “Traducir, expresó, es sencillamente otra manera de escribir, otra manera de crear y pensar desde la escritura”. A Hernández Busto se deben versiones a nuestro idioma del inglés, el italiano, el portugués, el latín, el francés (ha publicado varias ediciones de sus impagables Cuadernos de Traducciones, que regala a los amigos). No obstante, ha declarado que es algo que hace de forma electiva, y se resiste a convertir la traducción en un oficio para ganarse la vida. Pero de igual modo y aunque tardíamente, es pertinente recordar que ya se había dado a conocer como poeta capaz de defenderse por sí solo. Lo hizo en 2016 con Muda, que el ensayista mexicano Víctor Manuel Mendiola saludó como la reaparición de “un modo refinado de escritura lírica que parecía irremediablemente perdido”.

Jardín de grava es, ante todo, un homenaje a la poesía tradicional japonesa. Su autor ya se había acercado a ella en La sombra en el espejo. Versiones japonesas (2016). Asimismo, en Muda figuraban algunos haikus. Y también cabe incluir entre las prendas del “paréntesis japonesista” que lo ha mantenido ocupado los últimos años, su Diario de Kioto (2015). En ese homenaje, Hernández Busto sigue el honkadari, una técnica literaria que concibe la alusión como una forma de ofrenda y respeto. El título de su libro alude al karesansui, el “jardín seco” que en la tradición budista Zen se consagra como lugar de meditación.

Tanto el haiku como el tanka se distinguen, ante todo, por su economía límite. Hernández Busto cumple esas y otras exigencias formales y lo hace en unos textos colmados de madurez y dominio estilístico: “Anzuelo, a veces,/ y otras noches guadaña:/ luna menguante.// Azuzo sombras/ mientras la luna duerme/ sola en mi cuarto”. Tanto en las versiones como en los poemas propios, está presente la admirable capacidad de esas estrofas de perpetuar un trazo momentáneo, un instante precioso: “Igual que siempre/ llega la primavera:/ siempre distinta”. Sus haikus y tankas no son una simple traslación de esas formas o una trillada reverencia a lo oriental, sino que denotan una cabal comprensión de que tras ambos hay una sensibilidad, un patrón particular de belleza y una forma específica de percibir el mundo. Solo así ha podido lograr su autor tan admirable derroche de sutil profundidad, delicadeza, encanto y capacidad de sugerencia.

El libro de Hernández Busto da pie a una interesante reflexión sobre los nexos existentes entre traducción y reescritura. El ya fallecido Ángel Crespo, uno de los traductores más respetados de España, defendía que las traducciones literarias deben ser tratadas como parte de la obra de un poeta, ya que la labor de recreación que aporta es esencial. Y no le falta razón. Boris Pasternak trasladó al ruso a Shakespeare con un sello inconfundiblemente personal y se permitió un gran margen de reelaboración. Giuseppe Ungaretti hizo otro tanto con los sonetos del gran escritor inglés. Al realizar una traducción aproximativa del japonés, partiendo de traslaciones literales de otros idiomas que conoce bien, Hernández Busto asume esa labor como un mecanismo que le activa la imaginación. Es otro camino para su escritura personal, lo cual legitimiza su derecho a reconocer también como propias sus versiones de otros autores.

Y a propósito de estos dos libros que aquí se han reseñado, llama la atención que han contado con unas tiradas muy exiguas: 500 en el caso de El explorador polar, 300 en el de Jardín de grava. Ya se sabe que la poesía no tiene público, sino lectores. Pero, ¿tan pocos tiene en nuestro ámbito lingüístico? De ser así, hay que reconocer con tristeza que los que corren son, para darle la razón al viejo Brecht, malos tiempos para la lírica.