Actualizado: 15/11/2018 8:55
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Cine, Cuba, Eliseo Alberto

De «PM» a «En un rincón del alma»

A través de Lichi se revisa toda una etapa medular de la cultura cubana, marcada por la ruptura y el desgarramiento, causados por la política y la ideología

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Cuando apenas circuló PM, aquel inconcebible “paisaje antes de la batalla” fraguado por Alberto (Saba) Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal, en La Habana convulsa de mediados de diciembre de 1960, nadie pensó que esos serían los tremendos 13 minutos y 18 segundos (no 15 ni 14, como aparecen en varios registros) que conmoverían, para mal, a Fidel Castro. Desde la lanchita de Regla, pasando por las guaguas, las vitrinas aún atiborradas de las tiendas habaneras, a “La Rumba del Chori” en Marianao, con el fondo musical de “Me voy pa’ La Habana”, “Mujer perjura” y el Benny Moré, con los vapores de las friterías y los humos de un bar portuario, nadie podía suponer que lo iniciado por aquel “reposo del guerrero” era la nueva filmografía documental cubana, pero que tendría una vida tan fugaz como accidentada.

No era concebible, ni justificable, ni menos aún permisible para las nuevas autoridades —léase Fidel Castro— que, en los preliminares de una gesta heroica, algún cineasta pretendiera fijar el ambiente festivo, hasta entonces gozosamente irresponsable y despreocupado de los cubanos, quienes iban a hacer su entrada en la historia al precio de vidas, sangre y sufrimientos. Estaban a punto de convertirse en héroes, sin saberlo y a la fuerza, por un designio superior e inapelable.

Nadie entonces pudo suponer tampoco que ese primer indicio del free cinema cubano, esa muestra del “surrealismo socialista” como lo calificó uno de sus padres, Orlando Jiménez Leal, iba a ocasionar semejante hecatombe: PM fue el antecedente de Fuera de juego, como lo fue de las Palabras a los intelectuales y el Affaire Padilla. Pero primero no fue el verbo sino la imagen, es decir, el cine. Al final del escandalito por el documental, su mutilación y el hermético enclaustramiento en las bóvedas secretas, el corolario fue: “Se acabó la rumba, terminó la fiesta”, justo cuando apenas comenzaba…

Poco después el cine mundial (en especial el italiano y el francés) aportaría otros filmes de escándalo para las buenas conciencias revolucionarias en la Isla: desde aquella La dolce vita (1960), donde se reveló una degenerada (y muy tentadora) forma de existir de la burguesía decante, y sirvió hasta para una razzia que ni Fellini soñó; hasta Accattone (1961), que impuso, entre otras provocaciones, una forma de peinarse, para furia de los censores, convertidos a su pesar en estilistas.

Casi 60 años más tarde de aquellos polvos tormentosos, Jorge Dalton, a quien nadie puede negarle su más auténtica, intensa e íntima cubanidad por encima de muchos nacidos en la Isla, viene de nuevo con la carga a degüello de sus recuerdos: después de Herido de sombras dedicado a los platterescos “Zafiros”, acude ahora con En un rincón del alma, el poderoso testimonio de una vida intensa, recogido precisamente cuando ya ésta se le estaba acabando al protagonista, Eliseo Alberto de Diego y García Marruz, o, dicho más sencillo, Lichi Diego… Lichardo, ya con muchos alcoholes dentro.

Era casi inevitable que después de haber sido guionista de varias películas, Lichi terminara por ser no sólo actor, sino hasta protagonista en una de ellas: es un acto de justicia poética, que Dalton hizo posible. Porque el novelista no sólo era un narrador sino un actor nato: de modo progresivo, había algo dramático en su forma de modular la voz, esa irrepetible dicción que tanto batallaba con las “erres”, y su expirante respiración asmática, que transmitían una sensación de creciente angustia en el espectador o los oyentes. El cineasta ha capturado ese espíritu con una fidelidad conmovedora, y se adivina al mismo tiempo una profunda pena al hacerlo. Es un filme por el cual su realizador no puede ocultar haber pagado un alto precio emocional al hacerlo.

En un rincón del alma es el dramático testimonio de una vida al borde de la muerte, el balance final de esa existencia que empieza con la evocación de los antepasados, pero va más allá de su círculo hogareño estricto, e incluye todos aquellos miembros de Orígenes que fueron su familia ampliada. A través de Lichi se revisa toda una etapa medular de la cultura cubana, marcada por la ruptura y el desgarramiento, causados por la política y la ideología. Nunca antes y espero que tampoco de nuevo después, la familia cubana —tradicionalmente unida aun en sus naturales diferencias— se vio tan ultrajada y dividida.

Ningún conflicto anterior en toda la historia de la Isla significó tanto dolor y tanta confrontación como el que se evoca en este documental, creo que el más intenso de toda la cinematografía cubana. Además del testimonio íntimo y personal del entrevistado, Dalton ha logrado que sea además un “documental de documentales”, pues reunió un sorprendente conjunto de materiales de archivo que incluyen escenas inéditas y nunca vistas por el público: su otro mérito es la ejecución ejemplar de un testimonio no sólo estético e histórico, sino arqueológico y antropológico, de lo que ha ocurrido en Cuba en las últimas seis décadas. Especialmente violentas y crudas son las escenas del maltrato y la humillación dispensados por las fuerzas represivas, contra los “enfermitos”, los “elvispreslianos”, los “hippies”, los “afeminados”, “pájaros”, “yegüas” y “chernas” (aún faltaban muchos años para que se hablara de gays y lesbianas), que el Gobierno cubano atrapó en aquellas crueles redadas callejeras, con las cuales pretendían “depurar” a la sociedad de sus “lacras”, para forjar “el hombre (y la mujer) nuevos”, de indudable e indiscutible masculinidad y feminidad combativa y revolucionaria: los engendros resultantes de aquel experimento debían ser muy machos y muy hembras y, sobre todo, muy revolucionarios, hasta la vileza y la delación.

A los cubanos contemporáneos de Lichi que sobrevivimos nuestra juventud en aquellas condiciones, nos llega especialmente adentro lo evocado en este testimonio, que no es la antítesis del “realismo socialista”, ni “realismo sucio”, sino una poética de la memoria dolorosa, por todo lo que se ve en esos 93 minutos de intensidad concentrada. Lo que queda al final en el ánimo, es el canto mortal de un cisne que nunca bailó: es una rumba fúnebre, una triste pachanga, la banda sonora de una vida marcada por el dolor de una frustración realmente generacional y nacional.

Con toda la razón y pleno conocimiento de causa, decía Baudelaire que “no se pueden levantar los ojos al cielo, cuando se tienen los pies hundidos en el fango”: este documento fílmico contrasta lo idílico de un sueño impuesto, con la misma terrible realidad que lo desmorona, a través de la relación de su testigo y protagonista. Esa evocación, que al mismo tiempo es relato puntual, balance y dolida advertencia, quedará como uno de los pasajes más conmovedores de la cultura y la historia cubana de todos los tiempos. Lo que Lichi nos deja en una hora y media de palabras e imágenes, es quizás uno de sus mejores relatos: es el mismo tiempo un poco de La fábula de José, con algo de Esther en ninguna parte y Caracol Beach, con añadidos de La eternidad comienza un lunes y mucho de Informe contra mí mismo, pero hecho cine, con una tersura sin rupturas, un fluir del recuerdo y sus inflexiones que el cineasta ha sabido captar, aprovechar y respetar.

De ese modo la pieza resulta, más que el prólogo de una crónica del recuerdo, el desencantado epílogo de una epopeya. “Nosotros, los de entonces, no somos los mismos”, porque por encima de todos pasó implacable, no sólo la vida, sino un experimento cruel que a veces nos permite cerrar resignadamente algunas conversaciones complejas con personas ajenas a nuestra experiencia en una frase inapelable: “Ya estamos de regreso del futuro”.

Dalton es de una estirpe de guerreros y trovadores; así pues, de acuerdo con su entrevistado, narra el transcurso de la anti-epopeya. El texto fue en gran parte el resultado de una honda empatía entre los dos, no sólo por su antigua amistad que es casi un vínculo familiar, sino por compartir ambos una tristeza reflexiva con densidad semejante, originada a través de experiencias distintas, pero parejamente dolorosas, pues ellos han debido pagar un costo de dolor por ese sueño frustrado.

Lejos de ser una queja vacía de sustancia, se asume la nostalgia como una forma efectiva de la resistencia, y quizá hasta como un programa de gobierno futuro en la hipotética reconstrucción de un perfil y el rescate de una memoria perdida. Un hombre triste es un valiente en potencia, que lucha con sus demonios y los domina gracias a la memoria. Lichi, como aquel “último de los mohicanos” que retrató Fenimore Cooper (una de sus lecturas preferidas de infancia), vio con tristeza cómo su mundo se le fue desdibujando y quebrando, para caer finalmente desmoronado a sus pies en un montoncito de ceniza.

Lateralmente, quizá sin proponérselo, este filme expone también otro asunto: Cuba ha sido, a pesar de su falsa imagen exteriorista de ser una tierra de permanente alegría y desenfado, un lugar que quizá por contraste con su entorno natural, ha brindado muchos personajes poseídos por la más honda melancolía, que van desde Heredia, Milanés, Martí, Casal, Borrero, Loynaz y Varona, hasta los dos Eliseos. Quizá por eso, Eliseo Alberto hizo de la tristeza y la melancolía una vocación, un destino y una purificación.

De nada servía decirle: “Lichi, esa Habana que sueñas ya no existe, se fue, se acabó, kaput, c’est fini como Caprí.” Él, amorosamente necio, se empeñaba en reconstruirla en la memoria, e insistía pararse en su balcón de Tejocotes para tratar de ver, más allá del Ajusco, aquella orilla tan distante, ceñida por un malecón espumoso… Y eso, mucho más que los riñones, lo fue acabando cada día.

En un rincón del alma creo que culmina y cierra con plena certidumbre aquel ciclo que inició, a su pesar, PM. Son el alfa y el omega de una historia que afectó muchas historias personales, y cambió una forma de sentir y entender la vida para toda una nación: el enloquecido comienzo de un sueño y el amargo desenlace final en una pesadilla. Perdurará, por tanto, debido a su esencia como severo documento histórico, pero también como entrañable testimonio de que al final de cuentas, la historia la hacen los seres humanos más simples, como sujetos sensibles, ajenos a las fechas simbólicas, las grandes metas, o los sucesos heroicos que se les imponen, y quienes prefieren asumir sus existencias decorosa y dignamente, sin buscar triunfos ni glorias, sino sólo vivir, sencilla, callada y llanamente, nunca obligados a la epopeya.

Al partir, Eliseo Diego, el padre, nos heredó “el tiempo, todo el tiempo”. Cuando se nos fue Eliseo Alberto, el hijo, nos legó “la tristeza, toda ella” para que nos entendiéramos con ella. Por eso quizá logró también asumir como pocos cubanos esa atracción tan peculiar del mexicano hacia la muerte, que es la despedida o el hasta pronto según para cada quien. No sorprende entonces que en la gran ofrenda de muertos que ahora se levanta en el corazón mismo de su también patria mexicana, alguien muy sabia y atinadamente incluyera su retrato como una de esas presencias que nos acompañan y preparan.

El regalo que debemos agradecerle eternamente a Jorge Dalton es haber arrancado, guardado, pulido y ahora compartido, esa joya engastada de recuerdos y vivencias de un ser excepcional como fue Eliseo Alberto. Es, por tanto, un monumento de amistad y admiración compartida, pero también es una gran pieza para recuperar nuestro pasado y a partir de ahí poder reconstruir un futuro. Ese obsequio es una obra de amor y, por tanto, se hizo en pareja: Susy Caula, historiadora y compañera de Dalton, aportó como productora su sensibilidad, su firmeza y su entrega más allá de toda cautela, para conseguir todo lo que resultó necesario y coronar con el éxito una empresa generosa, pero sin apoyos ni patrocinadores.

Esa mirada postrera, estremecedoramente triste y profunda, que nos dirige Eliseo Alberto desde la pantalla en el cierre del filme, buen conocedor de que su final estaba ya muy próximo, es como un reto, una advertencia y una despedida, que se nos mete muy adentro y queda sembrada, precisamente, como esas grandes penas que producen la pérdida de los sueños, los amores y los adioses más terribles, en un rincón del alma.