Actualizado: 05/10/2022 21:23
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Literatura, Literatura soviética, Memorias

Desde Rusia, sin amor

En su testimonio autobiográfico, Elena Gorokhova narra las memorias de una chica inteligente y curiosa que lucha por crecer y florecer bajo un sistema social engañoso, censor e incesantemente mezquino. Un Estado burocrático y represor bajo cuyo triunfalismo late una sordidez que impregna cada detalle de la vida cotidiana

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Acerca de la vida de los rusos durante la terrible etapa en que gobernó Stalin, existe una abundante literatura autobiográfica y testimonial. No ocurre lo mismo, en cambio, respecto a las décadas posteriores, cuando el proyecto comunista se asentó para luego esclerotizarse. O para no sonar tan categórico, al menos en nuestro idioma son escasos los libros de ese carácter que se han publicado.

Justamente esa etapa de la vida en la Rusia soviética es la que recrea Elena Gorokhova (Leningrado, 1955) en Un montón de migajas (Gatopardo Ediciones, Barcelona, 2019, 374 páginas, traducción de Carles Andreu). En el libro, narra sus recuerdos de la infancia y la primera juventud durante las décadas que van de la tibia y breve apertura de Nikita Jrushov a los grises y opresivos años de Leonid Brezhnev y el desastre de la guerra de Afganistán. Rusia no era ya el país majestuoso de los zares y las novelas del siglo XIX, sino un estado totalitario y desesperado por restituir su orgullo lesionado y su poder. Algo que hoy el despótico Vladimir Putin busca agresivamente conseguir.

Ya desde la primera página, al referirse a su mamá Gorokhova adelanta cuál es su visión de aquella sociedad: “Nacida tres años antes de que Rusia se convirtiera en la Unión Soviética, mi madre acabó siendo un reflejo de mi patria: autoritaria, protectora y difícil de abandonar. Nuestra casa era la sede del Politburó, y mi madre, su presidenta perpetua. Dirigía las sesiones en nuestra cocina, delante de una olla de borscht, con un cucharón en la mano, ordenándonos que comiéramos con una voz que hacía temblar a sus alumnos de anatomía. Superviviente de la hambruna, del terror de Stalin y de la Gran Guerra Patria, nos controlaba y protegía con férrea determinación. Lo que le había pasado a ella no iba a pasarnos a nosotros. Nos mantenía apartados del peligro, de la experiencia y de la vida misma con un estrecho abrazo que protegía nuestra inocencia al mismo tiempo que nos sofocaba”.

Sus padres crecieron en una época muy dramática. Pertenecían a la primera generación que saludó el proyecto socialista rebosante de energía y entusiasmo, y recibieron una educación basada en los preceptos de la ortodoxia soviética. Pero Gorokhova nació en los 50, pertenecía a una generación diferente. La Revolución de Octubre, la Gran Guerra Patria, el sitio de Leningrado, todo eso era para sus coetáneos parte de la historia. Al igual que muchos de estos, ella era cínica y estaba desilusionada.

Desde niña fue curiosa e inteligente, y a medida que fue creciendo descubrió que tras el triunfalismo oficial había verdades que los adultos le ocultaban. Eso marca el inicio de un proceso de desengaño gradual, que la hace darse cuenta de la sordidez que impregna cada detalle de la vida cotidiana. Aquel es un estado sumido en la bancarrota material y moral, y da de él esta gráfica y aguda definición: Es un autobús en hora punta. No puedes respirar, no puedes moverte y no puedes abrirte paso hasta la puerta para salir.

A través de los retratos trasmitidos en su familia, Gorokhova conoció historias sobre los horrores cometidos durante la revolución bolchevique. Un tío de su mamá fue detenido. Dos semanas después, la esposa se enteró de que en una ocasión en un restaurante había contado un chiste que ni siquiera era político. Todos los presentes lo habían oído ya con anterioridad y hasta les pareció insulso y sin gracia. Pero en el reino del terror estalinista nada era inocente, especialmente si era divertido. La madre de Gorokhova no podía entender que un hombre tan ingenuo, manso y sumiso como su tío pudiera ser arrestado. Sin embargo, se empeñó en creer que Stalin no estaba al corriente de aquella injusticia, que “no era más que el resultado de una lucha de poder contra los principios soviéticos entre sus corruptos subordinados”.

Años escolares llenos de terrores sutiles

La autora de Un montón de migajas también apunta que cuando estudió en la Facultad de Medicina, su madre hizo uso de su fuerza de voluntad y aprobó todos los exámenes, incluidos el de cirugía y el de anatomía. Pero el más importante de todos era el de comunismo científico, un curso articulado en torno a un puñado de citas de Marx, Engels y Lenin. Constituía un requisito indispensable para graduarse en cualquier universidad de la Unión Soviética, un territorio que abarcaba once zonas horarias.

Gorokhova siguió los ritos obligados que debían cumplir los niños y las niñas en la Unión Soviética. En el tercer grado, hacerse pionera, llevar la pañoleta roja, aprenderse el saludo “¡Siempre listo!”. A los catorce, cambiar la pañoleta por la insignia del Komsomol. Pertenecer a esa organización era un requisito indispensable, pues de lo contrario el acceso a la universidad le estaba negado. Como muchas personas decentes, trató de conservar la cordura en una sociedad patas arriba, cuya doctrina sobre el brillante porvenir nada tenía que ver con la realidad del presente. Para esos hombres y mujeres, el reto cotidiano consistía en mantener una chispa de ilusión en un mundo desencantado. Un mundo en el que encima de una cola para comprar papel higiénico que da vuelta a la esquina, hay un cartel en el cual se puede leer: “Gracias al Partido por el bienestar del pueblo”.

Cuando empezó a estudiar, los años escolares de Gorokhova estuvieron llenos de terrores sutiles, pues en el crepúsculo que siguió a la muerte de Stalin la maquinaria del miedo y la propaganda continuó funcionando a buen ritmo. Su profesora de Historia sentía un auténtico fervor cuando enseñaba la Revolución de Octubre. Pero su explicación sobre el gobierno provisional era algo turbia, pues nunca aclaraba “cómo se las arregló el gobierno para sustituir al zar, y por qué terminó derrocado, si en definitiva había sido el destronado zar quien había conducido al país a aquel lamentable abismo que había requerido la intervención revolucionaria”.

A Gorokhova tampoco la convence su explicación de la historia de Pávlik Morozov. Delatar a su padre porque ocultaba sacos de harina en el sótano y hacer que lo enviasen a Siberia, no le parece una acción muy heroica. Pero opta por no decir nada acerca de la entrega y el coraje del chico: “No se discute lo que dicen los libros de Historia, simplemente finges estar convencido (…), del mismo modo que en el parvulario fingías comerte el pan untado con mantequilla rancia”.

En cambio, tuvo una profesora de Literatura que fue audaz, e introdujo lecturas de los clásicos rusos que se apartaban de las versiones oficiales. Les habló a los estudiantes del amor en Eugenio Oneguin, de Pushkin, algo que nunca se mencionaba en el colegio, al menos no en su acepción romántica. Los alumnos solo escuchaban hablar mucho del amor a la patria y del amor al Partido Comunista, pero nunca del amor al prójimo. La profesora les habló además de un Pushkin que no aparecía en los textos oficiales. Un Pushkin que no dejaba pasar a una mujer sin conquistarla, y que escribió un libro de poemas tan indecentes, que no se podía publicar en ninguna parte, mucho menos en un libro escolar. Eso lleva a Gorokhova a preguntarse: “¿Se trata de dos hombres distintos, uno, un ejemplo de decoro que nos observa desde un cuadro, y el otro, un pervertido y un vividor?”.

A través de los ojos suspicaces y de su mente despierta e inquisitiva, va describiendo un sistema educacional que se rige fielmente por los parámetros marcados por el partido. Los hechos más cándidos e insignificantes adquieren una connotación ideológica. Trimestralmente, los pioneros estaban obligados a asistir a una reunión (para garantizar la asistencia, las puertas del colegio permanecían cerradas durante dos horas). Una alumna pasó una nota a un compañero, pero fue interceptada por una profesora. La obligaron a disculparse y a prometer que nunca más volvería a hacerlo. La nota simplemente decía: “Te quiero, K”.

Las personas se comportan como piezas de un engranaje

A los alumnos se les escamoteaba y ocultaba la información relacionada con el sexo. Al acercarse a la pubertad, Gorokhova intuye que su hermana y otras amigas suyas saben algo que ella ignora. Todos, comenta, comparten un secreto oculto y vergonzoso, que ella no tiene modo de descubrir. Intenta hallar la respuesta en los libros. Pero no en los libros publicados en la Unión Soviética, “pues estos se empeñan en no hablar de un secreto que, indecente y deshonroso, queda consignado a los libros del putrefacto liberalismo occidental”. Cree que por fin lo averiguará en una película norteamericana que la escuela ha programado: Los hombres que la amaron. ¿Puede haber un título más directo y excitante?, se dice. Sin embargo, al finalizar la proyección, sigue sin comprender nada. Se siente desalentada porque, una vez más, le han sustraído lo que quería saber.

Entre todas las chicas que conoce, solo una llamada Masha Mironova es la única que lleva medias de nailon. Las demás se ponen lifchiks, una especie de camisetas de las que cuelgan elásticos con broches de caucho. En ellas se sujetaban las medias de algodón que se les enroscaban a las piernas como serpientes. Masha también era especial poque sabía hablar un idioma misterioso y poco común: el inglés. Lo estudiaba en uno de los pocos colegios bilingües de Leningrado, sin duda un lugar para los elegidos.

Vive con su madre en un apartamento que a Gorokhova le parece fascinante. Lo que más le asombra del mismo es que posee una habitación que no está destinada a ninguna función básica, y en la cual ella y Masha se podían sentar a charlar, mientras hojeaban revistas exóticas. La denominan “sala de estar”, y eso llevaba a Gorokhova a pensar invariablemente en “elegantes señoras vestidas con volantes y con rizos de color castaño, y en caballeros con bigote fumando puros”.

Para los estándares soviéticos, su familia vivía con cierta comodidad. No podían presumir de abundancia, aunque tampoco pasaban hambre. Vivían además en un apartamento bastante espacioso, aunque con solo dos habitaciones y ninguna con un nombre definido. En una había dos camas y un televisor encima de un arcón, y junto a este un tocador con un espejo de tres cuerpos. La otra habitación la ocupaba su hermana Marina, y de ella da esta descripción: “un parqué destartalado que lleva años sin encerarse; un papel pintado con flores que en su día fueron amarillas y un alféizar desconchado con macetas de aloe y unos brotes mustios que mi madre utiliza para la ensalada”. Por eso, cuando regresaba del apartamento de su amiga Gorokhova comenta que la cama de sus padres, su sofá rojo y el espejo de tres cuerpos para ella “tienen un aspecto triste y vetusto de muebles disparejos, obligados a una coexistencia carente de alegría”.

En su libro, revela asimismo la escala humana de aquella sociedad desmoronada. Las personas se comportan como piezas de un engranaje. No tienen rostro ni demuestran sentimientos. Eso lo ilustra una anécdota que narra en su libro. Su padre estaba enfermo y, pese a haber militado en el partido durante cuarenta años, su familia tuvo que suplicar al comité de distrito para que lo admitiesen en el hospital. La madre tenía que prepararle caldo de pollo y llevárselo en unos tarros, pues las enfermeras y los camilleros robaban la comida de los pacientes. Un día, le pidió a su hija que llamara al hospital para saber el estado del padre. Copio lo que escribe Gorokhova:

“Al otro lado del teléfono oigo cómo la secretaria de información rebusca entre sus papeles, bromea con alguien y se ríe.

“—Murió ayer por la noche —informa la voz desde el otro extremo de la ciudad, una voz femenina normal y corriente, acostumbrada a dar noticias poco corrientes.

“Su voz suena un poco como la de Irina Petrovna, aunque mucho más severa porque esta mujer habla en ruso. Se oye un clic seguido de una señal larga, monótona, interminable”.

Inmunizada contra las falsedades y las consignas

Cuando tiene edad suficiente para reflexionar y pensar por sí misma, se da cuenta de que en su país impera la mentira institucionalizada. Las personas están obligadas a tener dos caras: una pública y otra secreta. Esta última había que guardarla dentro de sí misma como “preciosos trozos de salami húngaro”. Revelarla era demasiado peligroso, de ahí que seguía el consejo de su abuela: “Oculta tus pensamientos, lo que llevas dentro no lo puede tocar nadie”.

La deshonestidad era una condición esencial para sobrevivir y por eso se practicaba en la vida cotidiana. Resultaba tan esencial, que en ruso existe una palabra para definirla: vranyo, fingimiento. Como apunta Gorokhova, las reglas eran simples: “Ellos nos mienten, nosotros sabemos que nos están mintiendo, ellos saben que sabemos que nos mienten, pero mienten de todos modos, y nosotros fingimos que nos lo creemos”. El delirio comunista del paraíso sobre la tierra era eso, un montón de vranyo. Creció así en ese ambiente de hipocresía que detesta.

Descubrir la verdad sobre el lento hundimiento del régimen soviético le dio inmunidad contra sus falsedades y contra las consignas de su desvencijada máquina de propaganda: “Yo soy inmune a los artículos plomizos del Pravda, estoy vacunada contra la línea oficial de la tía Polia, en el parvulario. No presto ninguna atención al monótono zumbido del programa Vremya que mi madre conecta a las nueve, antes de acostarse. No me cuesta nada ignorar las imágenes granuladas de desfiles militares y soldados que marchan ante banderas ondeando al viento, que se supone que deben despertar fervor patriotico”.

En los años 60, escuchó por primera vez la palabra inglés, que le sonó majestuosa y foránea. Surgió así su primer amor, que era subversivo por considerarse el idioma del capitalismo, y que para ella se convirtió en una pasión de por vida. A los diez años empezó a estudiarlo, en contra de los deseos de su madre. Y a medida que fue adquiriendo dominio y fluidez aumentó su rechazo a aquel régimen que era incapaz de satisfacer las necesidades más primordiales de la población.

En su libro, cuenta que en la última clase preguntó a su profesora el significado de una palabra: privacy. Esta estudió la frase en la cual aparecía, se ruborizó y no supo contestarle su duda. Consultó entonces el grueso Diccionario Oxford y las dos leyeron la definición de aquel vocablo tan extraño. Finalmente, la mujer admitió que en ruso no disponen de la palabra privacidad. “No existe, así de fácil. Aunque sí tenemos reclusión, lo mismo que aislamiento. Pero privacidad, no”, le dijo. Eso dejó desconcertada a la alumna: “Qué extraño, me digo, que una palabra inglesa no tenga traducción. ¿Significa eso que los ingleses saben algo que nosotros no sabemos? ¿Acaso la misteriosa ‘privacidad’ es un invento del capitalismo occidental, algo que a nosotros, herederos únicos de un brillante futuro, nos falta?”.

El inglés le sirvió para satisfacer sus ansias de libertad y de buscar nuevos horizontes. Gracias a sus conocimientos de ese idioma, obtuvo un trabajo temporal como profesora y guía de turistas extranjeros. En sus charlas con sus estudiantes, estos se quejan de que en la cafetería de la universidad la comida es horrible, pese a que poseen un plan especial de alimentación. A Gorokhova, en cambio, lo que les sirven le parece estupendo y por un rublo se llena la bandeja de manjares exquisitos que engulle en un rincón. Pero sin saber bien por qué, siente como si su presencia allí fuera ilícita, como si no mereciera toda esta comida difícil de conseguir y de la cual los estudiantes norteamericanos se burlan.

Narradas con sutileza, ironía y perspicacia

Robert, un estudiante norteamericano, le ofrece casarse con ella para que pueda emigrar. Una oportunidad que, como le insiste una amiga suya, solo se presenta una vez en la vida. El joven se queda sorprendido cuando ella le explica que para viajar al extranjero se necesita el infame visado OVIR, que “se expende de vez en cuando (nunca de buen grado y siempre después de rechazar a la mayoría de los candidatos)”. En el resto del mundo, le comenta él, los visados son para entrar en otro país. “Es que nosotros somos distintos del resto del mundo”, le aclara ella.

Gorokhova descubre entonces que todas sus excompañeras quieren algo más de lo que esa sociedad les ofrece y también se van a casar con europeos. Una de ellas, llamada Lyuba, le cuenta que no le permitieron la entrada en el hotel para extranjeros donde se hospedaba su prometido. El portero además la acusó de ser una puta, “aunque todo el mundo sabe que en nuestro país las putas, lo mismo que los sintecho o los parados, no existen”. Y antes de que la chica se marchara, el portero incluso se permitió tocarle el culo.

Tras la boda con Robert, Gorokhova tuvo que presentarse en la oficina del decano de la universidad, una cita obligada que organizó el secretario del partido del departamento. Tras confirmarle que se iba a Estados Unidos, el decano le expresó: “Es una lástima, cada vez que formamos a un buen alumno, un candidato de posgrado, Occidente nos lo arrebata de las manos. Qué se le va a hacer. Deberemos tener más cuidado a la hora de contratar mujeres jóvenes y solteras para enseñar a alumnos norteamericanos”.

Le pregunta después a qué estado irá y al saber que a Texas, le dice: “Ah, el estado donde asesinan a presidentes”. Y le aconseja: “Eso sí: deberá procurar que no la despidan, ni ponerse enferma, ni envejecer… No hay red de seguridad, no hay colectivo. Cada cual va por libre”. No menos negativa es la imagen que su madre tiene del país a donde su hija emigrará: “La gente pide limosna por la calle y duerme debajo de un puente, y todo el mundo va por ahí con una pistola”.

Gorokhova llegó a Estados Unidos en 1980, con veinticuatro años. Su matrimonio con Robert duró poco, pues fue concertado para que pudiese salir de Rusia. Estudió un doctorado en Pedagogía y Lingüística y trabaja como profesora de ruso y de inglés como segunda lengua. Se volvió a casar y tiene una hija para quien KGB y Pravda son tan solo los nombres de dos exclusivas discotecas de Nueva York. En 1988 su madre se les unió y hoy vive con ellas en Nueva Jersey. Allí, apunta su hija, “dispone de un apartamento del tamaño del que compartíamos en Leningrado, y todos disfrutamos de nuestra privacidad, algo que intenté encontrar en el idioma ruso y en una vida rusa, hasta que me di cuenta de que allí no existía”.

A diferencia de Las cenizas de Ángela, del irlandés Frank McCourt, obra con la cual a menudo se la compara, Un montón de migajas no trata de una familia que vive en la pobreza, sino de una sociedad empobrecida en la que las personas se hunden en las privaciones y la gris cotidianidad de sus vidas. Redactadas originalmente en inglés, se trata de unas memorias conmovedoras, en las que, además de su historia personal, la autora recrea la historia de Rusia en la segunda mitad del siglo XX. Están narradas con fluidez y con una prosa evocadora y sensual, que combina sutileza, ironía y perspicacia. Todo ello hace que se lean con tanto interés como disfrute.

Acerca de Un montón de migajas, el escritor sudafricano y Premio Nobel de Literatura J.M. Coetzee ha comentado: “La historia de una joven de brillante inteligencia, llena de curiosidad por el mundo, que lucha por crecer y florecer bajo un sistema social engañoso, censor e incesantemente mezquino. Elena Gorokhova transmite toda la fealdad de la vida cotidiana en la Rusia soviética, así como sus humillaciones, pero también despierta a su poesía estrangulada y sumergida. Una lectura apasionante”.