Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Literatura

Dos debutantes y un veterano

Acerca de los primeros poemarios publicados por Javier L. Mora y Yoandy Cabrera y la antología de su obra que ha editada Almelio Calderón Fornaris

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I

Antes de obtener en 2012 el Premio David con Examen de los institutos civiles (Ediciones Unión, La Habana, 2012, 72 páginas), el bayamés Javier L. Mora (1983) solo había publicado la plaquete Esto (también) lo hemos visto en algún lugar (2011). Sin embargo, la salida del libro galardonado bastó para atraer la atención sobre su poesía, que se sustenta en una propuesta de clara determinación experimental.

Además de cursar estudios de Filosofía en la Pontificia Universidad Urbaniana de Roma, Italia, Mora es graduado en Letras por la Universidad de Oriente. Para obtener ese título redactó una monografía sobre la poética del grupo Diáspora(s). Apunto ese dato porque resulta pertinente tomarlo en cuenta cuando se lee Examen de los institutos civiles. En esos poemas, Mora retoma, desarrolla e incluso radicaliza los aspectos esenciales de aquel grupo que —cito sus palabras— se erigió !como antítesis de lo que se venía realizando en el plano literario cubano a inicios de los noventa!. En aquel contexto, ese trabajo creativo fue importante por !su expresa voluntad de ruptura y su diálogo perpetuo con la poesía como creación, como poiesis, en la pesquisa incesante de lo nuevo!.

Ruptura, neovanguardismo, experimentación con el lenguaje, facturación de textos híbridos, libertad de escritura, son las notas dominantes en Examen de los institutos civiles. En él su autor recogió 28 poemas que están distribuidos en tres bloques o secciones —Colisiones, Manejos del ojo, El aire extraño—, y que adoptan estructuras y formas inesperadas. Así, !Criptografía fundamental (algunos materiales falsos y verdaderos)! está construido a partir de enumeraciones, un recurso que Mora también emplea parcialmente en !Mi nieto en Alemania! y !El aire extraño (Examen de los institutos civiles: otros materiales encontrados)!. Asimismo en otros poemas incorpora diálogos, así como notas a pie de página.

Como parte de esa búsqueda de nuevas formas y estructuras, en las cuales el poeta incorpora muchas de las ganancias de las vanguardias históricas y contemporáneas, en !La medida prestada! inserta lo que viene a ser el negativo de una foto de la libreta de abastecimiento de productos alimenticios. La ilustración va acompañada de dos ¿citas? que corresponden a José Lezama Lima y Dante. Imagen y texto conforman así un objeto-poema o un poema visual. Algo a lo cual de alguna manera alude Ismael González Castañer, por cierto miembro de Diáspora(s), en las breves palabras que aparecen en la contraportada del libro: !Lector, este poemario debe leerse a la manera de deconstrucción, a medio camino entre la denotación y el performance, con el objetivo de que usted también —como el poeta mismo— pudiera ponerse en escena y suceder!

En efecto, en esos poemas alienta una marcada voluntad performática, un propósito de convertir el texto en escena. Eso debió tenerlo presente Oscar Cruz, cuando expresó: !Salgo y entro complacido de mi lectura de esta función que es Examen de los institutos civiles!. Señala además un aspecto significativo: !la apoteosis del ensamblado, la técnica del collage!. Eso hace que en el libro se pase !de la alta cultura a lo coloquial; de la sofisticación a la nimiedad; de lo refinado a lo vulgar; de la lógica de la meditación al flujo de los pensamientos; del espacio literario al pictórico!

Un libro como este suscitará inevitablemente las reacciones usuales respecto a las dificultades que plantea su lectura. A propósito de esto, alguien cuyo nombre olvidé anotar dijo que la facilidad no es una categoría literaria, sino un pretexto que gustan esgrimir los holgazanes. El propio Mora escribe, con algo de ironía: !Ah! Es difícil pesquisar en semejante todo argumental!/ —explica./ !Ininteligible y oscuro, muyyyyy oscurooooooo!/ —me dice finalmente,/ y pasa a ocupar otras labores!. A él le interesa evidentemente otra forma de recepción, que implique al lector de una manera más activa e inteligente. Asimismo y como él se divirtió escribiendo los poemas, le ofrece además a este la posibilidad de que también se divierta.

A lo largo de todo el libro hay una corriente de subversión. En su comentario del libro, Oscar Cruz señaló el procedimiento con que Mora caricaturiza con su escritura el modelo retórico que prevalece en buena parte de la poesía cubana de hoy. Eso se pone de manifiesto además en las referencias intertextuales y en el aparato seudo científico de las notas a pie de página. Entre estas últimas, escojo este delicioso ejemplo: !Ea! Se trata de dar luz a lo escondido y ciego de algunos conceptos… (anjá! mi estimado Quevedo: porque oscurecer lo claro es tachar y no escribir; y quien habla lo que otros no entienden, primero confiesa que no entiende lo que habla. Cierto, de lo contario, la nota anterior evidentemente tendría orientación… Lo que obliga al largo gesto que significa un ooooooohhh final y depresivo!

!Escribir apretándolo todo, con todo, también con uno mismo. Si la poesía está en el desgarramiento (en la fricción, en la hendidura) se escribe entonces con todo lo que se puede ver a través de esa abertura: todo aquello que llamamos realidad. Y ahí está el riesgo: creo que la escritura es también el pensamiento, la intentio mentis, que sigue necesariamente a la experiencia!. Así ha definido Javier L. Mora su quehacer literario. Con Examen de los institutos civiles lo ha iniciado con una propuesta desacralizadora, creativa y estimulante.

II

En una página que aparece al final de Adán en el estanque (Editorial Betania, Madrid, 2013, 86 páginas), su autor anota: !De lo que he escrito durante los últimos diez años (2003-2013), esto es lo que he salvado del fuego. El libro es, por tanto, la celebración de una década de fe en la poesía y la palabra!. La lectura de este su primer poemario denota el alto nivel de exigencia que Yoandy Cabrera (Pinar del Río, 1982) aplica a su escritura: Adán en el estanque es una obra capaz de satisfacer el gusto literario más exigente.

Elina Miranda, quien firma el prólogo, expresa que Adán en el estanque no es una mera acumulación de poemas, sino un libro organizado a la manera de un bildungsroman, una novela de aprendizaje. Siguiendo esa pauta, el primer bloque (Doméstica) recrea la infancia. En el segundo, que tiene el mismo título del libro, el yo poético empieza a descubrirse a sí mismo y a formularse inquietantes preguntas sobre la propia existencia. Por último, en En los altos trirremes posee la madurez necesaria para enfrentar las contingencias vitales: el amor, el destierro, la soledad.

En textos como !Alameda de Paula!, !Doméstica!, !A Porthos, mi perro!, !Convivium!, !A mi padre!, el yo poético se sumerge en el arqueo de la memoria. Los años de la niñez son evocados desde la distancia, que aquí no solo es temporal, sino además geográfica. A ese grupo de poemas pertenece también !Mi madre teje un mantel!, del cual copio los versos finales: !Mi madre teje un mantel/ donde aparezco despeinado,/ recién abierta la ventana al día,/ y empujo la puerta, rompo/ el estambre con mi paso,/ dudoso, perdido/ en la escalera de mosaico,/ hacia abajo,/ y mis ojos se nublan, ebrios/ por las primeras pintadas/ de un fulgor desconocido!

A lo largo del libro está muy presente la huella helénica, una cultura con la que pues Cabrera está muy familiarizado. Obtuvo una licenciatura en Filología en la Universidad de La Habana, donde después impartió clases de Lenguas y Literaturas Clásicas. Tras radicarse en España, cursó una maestría en Filología Clásica en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente está por terminar un doctorado en esa especialidad. Las referencias a las cuales me refiero no aparecen en Adán en el estanque a manera de citas cultas o pedantes, que el escritor inserta con el único propósito de alardear de sus conocimientos. Están incorporadas orgánicamente dentro del discurso poético y como ha señalado Elina Miranda, prestan una nueva dimensión al entorno familiar y a las inquietudes fundamentales del ser humano en sus circunstancias presentes. De ese modo, !los viejos mitos rejuvenecen bajo la mirada del poeta!. Esas resonancias además no se reducen al mundo grecolatino, sino que abarcan también personajes y pasajes bíblicos.

A veces la remisión a ese universo cultural se limita al título del poema (!Parábola de Ícaro en bicicleta!). En otros textos, al apunte en un verso (!es el más honrado de los hermanos de Electra!). Cabrera administra esas referencias con la misma parquedad con que utiliza los elementos formales. Su poesía nada tiene que ver con lo que en España se denomina culturalismo, una corriente que privilegiaba los temas culturales de origen libresco. Sus tributarios negaban cualquier elemento que tuviera que ver con la vivencia y uno de ellos, Luis Alberto de Cuenca, la llamó !esa horrible palabra!

!He tenido amigo otro sueño/ mi cabeza/ mientras descansaba sobre tus rodillas/ duras y espigadas como robles/ andaba por páramos silenciosos/ hasta que pude tocar el corazón de la bestia/ hasta que hurgué en el pecho del enemigo/ como quien penetra en un santuario/ y pude ver tu rostro/ abrirse entre las ramas/ entonces callé me detuve/ abriste tu corazón/ desde el corazón de la bestia/ y me diste de beber/ como un dios en medio de los cedros/ me diste agua!. Como ponen de manifiesto esos versos, Cabrera apuesta por la contención formal y por un premeditado despojo de toda complejidad en el lenguaje.

Pero tras esa apariencia de sencillez, hay una escritura sumamente trabajada, que alcanza altas cotas de tensión expresiva y de capacidad de estimular al lector a la reflexión. El escritor es parco en su decir, obstinado en dar cuenta solo de lo esencial. Y pese al tono confesional y discreto que adopta en varios de los textos, logra una poesía intensa, en la que no faltan las indagaciones meditativas.

Aunque se trata de su primer libro, en Adán en el estanque Yoandy Cabrera habla con una voz ya constituida. Merece, por tanto, que mantengamos una llamada de atención sobre su obra por venir.

III

En !Almelio en persona!, el escritor Pedro Marqués de Armas cuenta cómo conoció a Almelio Calderón Fornaris (La Habana, 1966), a mediados de la década de los 80. Y comenta: !Hay un domingo particularmente curioso en mi memoria, cuando leí en una hoja suplemento del periódico Juventud Rebelde algunos de los poemas de Fragmento para un caballo de aire, su primer cuaderno, el cual publicaría más tarde no con la imagen previsible del tiovivo, sino con la de un animal mitológico soñado por Magritte. Este poemario lo convirtió en uno de los poetas más precoces de aquella generación —llamémosle Generación de los Ochenta—, situándolo sin duda como heraldo de cierto surrealismo insular, algo filosófico e irredento!

El texto de Marqués de Armas sirve de prólogo a De la pupila del ahorcado (Efory Atocha Ediciones, Madrid, 2013, 90 páginas). Se trata de una antología en la cual Calderón Fornaris recoge textos que forman parte de los dos libros que ha publicado, el ya citado Fragmento para un caballo de aire (1983) y Las provincias del alma (1992). Incluye además otros pertenecientes a los cuadernos inéditos Los pardos muros, Poner orden en mis tierras y Los dados de la noche. En total, 58 poemas que permiten tener una visión panorámica de su trayectoria literaria a lo largo de tres décadas.

La alusión al surrealismo hecha por el prologuista es pertinente, pues constituye una clara influencia en la escritura de Calderón Fornaris. Él mismo se encarga de reconocer esa filiación en uno de los textos de Poner orden en mis tierras: !El surrealismo detonó hacia el principio de todas las estéticas. Ha puesto un huevo en mi obra. Tiñó a las ciudades de otra lluvia. Sembró los océanos de árboles. Bañó los bosques de peces. El surrealismo enseñó su sangre negra, le otorgó más poder al suicidio, hizo más feliz a la muerte. Creó a un hombre nuevo. Creó su propio surrealismo; despertó al poeta de su timidez. Con el surrealismo aprendí los distintos modos de cavar un túnel!

Calderón Fornaris no sigue los postulados surrealistas en lo que tiene que ver con el automatismo síquico y la ausencia de todo control ejercido por la razón (!Escribid rápidamente, sin asunto preconcebido, tan rápidamente que no recordéis lo escrito ni os sintáis tentados a releerlo!, proclamaba André Breton). No deja en manos del azar la potestad de elegir las palabras a su antojo. De ese movimiento ha asimilado aspectos como la libertad imaginativa y el rechazo de una visión informativa o descriptiva de la realidad. Este último tiene puntos de contacto con uno de las propuestas fundamentales del grupo Diáspora(s): la de una literatura !desterritorializada!, sin referentes contextuales inmediatos. Algo que la poesía del autor de Fragmentos para un caballo de aire cumple a rajatabla.

En cualquier caso, el de Calderón Fornaris es, como apuntó Santiago Méndez Alpízar al presentar en Madrid De la pupila del ahorcado, un surrealismo peculiar, absurdo y divertido, a la vez que lacerante. El poeta ha hecho del mismo el sistema expresivo para crear un discurso con personalidad propia. Como temas conductores, hallamos un desolado latido vital y un escepticismo existencial, que estaban ya presentes en sus primeros textos. Así, en !Fragmentos y parábolas!, perteneciente a Fragmento para un caballo de aire, se lee: !Marinero sin techo/ vagabundo sin flauta/ se llama Almelio/ está enfermo/ y yo lo ayudo desde el fuego/ a preparar/ su ataúd de doble fondo!

No hay en esos textos el más mínimo asomo de registro amable o de complacencia con el lector. Tomando en préstamo unas palabras del español Fernando Aramburu, se puede decir que De la pupila del ahorcado está exento de lo que con mayor rapidez suele caducar en materia de arte: el detalle cómico y la mezquina anécdota. Es, por el contrario, un libro que contiene desesperanza y desolación para dar y tomar: !¡TODO HA MUERTO!/ Ha muerto el tiempo pasado./ Ha muerto el tiempo presente./ Ha muerto el futuro./ Los dioses se abren a una nueva cruz./ Y el cielo gotea./ Solo a través del suicidio el tiempo se conquista!

En sus dos últimos cuadernos, Calderón Fornaris se mantiene fiel a su estética y su universo poético. Pero como nota novedosa, en ambos se advierte una apuesta por la economía. Si antes predominaban los poemas más o menos largos, ahora al escribir aplica una radical síntesis: !Boscaje/ rico en caza// Hombre/ en extinción!. El libro se cierra con un texto, !4!, que se reduce a un verso. En él, el poeta se permite una módica nota de optimismo: !El aliento es lo que queda!

Con De la pupila del ahorcado, Almelio Calderón Fornaris comparece de nuevo ante los lectores tras dos décadas de silencio. Darle de alta en su parca bibliografía es, pues, motivo de júbilo. Quiero concluir estas líneas, como corresponde, dándole a él la palabra: !María Kodama Adolfo Bioy Casares Jorge Luis Borges/ Almelio Calderón y yo, hacemos pompas de jabón/ mientras miramos ilusoriamente a la luna que se disgrega/ en la taza de té!