Actualizado: 01/12/2020 17:54
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El crecimiento de un alma

En su más reciente filme, Fernando Pérez recrea ficcionalmente lo que debió ser la infancia y la adolescencia de José Martí

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Ver de cerca lo grande, marea.
José Martí

Escena donde aparecen José Martí (Damián Antonio Rodríguez Vidal) y Don Mariano (Rolando Brito)Foto

Escena donde aparecen José Martí (Damián Antonio Rodríguez Vidal) y Don Mariano (Rolando Brito).

La figura de José Martí (1853-1895) ha tenido una muy escasa presencia en nuestro cine de ficción (a excepción de la plástica, es algo que también se da en otras manifestaciones artísticas). Lo que se explica por las grandes dificultades que siempre conlleva el llevar a la pantalla grande la vida de personajes reales que, debido a sus grandes méritos, son objeto de veneración y conocimiento públicos. En el caso específico de Martí, hablamos además de un hombre a quien se han dado apelativos tales como apóstol, místico del deber, santo de América (no hago más que citar títulos de libros dedicados a él). ¿Cómo se puede recrear desde el cine, la literatura o el teatro la trayectoria biográfica de un apóstol, un místico, un santo?

A dos títulos concretamente se reducía hasta ahora la filmografía martiana. Uno es La rosa blanca (1954, coproducción cubano-mexicana), que desde antes de su estreno estuvo acompañado de la polémica, por haberse realizado por encargo del dictador Fulgencio Batista. Lo dirigió el mexicano Emilio El Indio Fernández, a quien se contrató por su gran prestigio. Su compatriota Mauricio Magdaleno, autor del libro Fulgor de Martí, pese a haber escrito el guión, no se cortó en calificar la película de “mala, malísima”. Y señaló que el director no entendió a Martí. Este no volvió a aparecer en nuestras pantallas hasta diecisiete años después, cuando llegó a los cines Páginas del diario de José Martí (1971), de José Massip. Mal recibido en su momento por espectadores y críticos, hoy son unos cuantos los que reconocen que se trata de un filme que es necesario revisitar y revalorizar.

Imagen del Martí adolescente (Daniel Romero Bildaín)Foto

Imagen del Martí adolescente (Daniel Romero Bildaín).

Uno de los que así piensa es Fernando Pérez (La Habana, 1944), a quien se debe la tercera obra que la cinematografía cubana ha dedicado a esa descollante figura. Para el realizador de filmes como Clandestinos, Madagascar, La vida es silbar y Suite Habana, un proyecto como José Martí: el ojo del canario (Cuba-España, 2010, 120 minutos) significaba un riesgo en más de su sentido. A la dificultad a la que antes aludí, se sumaba algo a lo cual se refirió Guillermo Cabrera Infante en su crítica de La rosa blanca: “Si la exacta dimensión de Martí ha escapado a todos sus biógrafos —utilizando mil mañas de la biografía—, ¿cómo pretender que sea el cine quien descubra a un hombre que jamás fue espectáculo? (…) Si hay vidas para pensarlas imposibles e imaginarlas milagrosas, una de ellas es la de Martí. Hacerla tangible, aunque sea por las sombras fugaces del cine, es como tratar de retratar la conciencia. Pues Martí es la conciencia de Cuba”. Asimismo conviene señalar que, a diferencia de las otras películas de Fernando Pérez, José Martí: el ojo del canario fue hecha por encargo de Televisión Española y Wanda Visión, como parte de la serie Libertadores. E igualmente, para él representaba su primera incursión en el cine histórico.

Lo primero que decidió hacer Fernando Pérez al aceptar tan comprometedor reto fue reconducir ese proyecto por encargo hasta transformarlo en una obra personal. Así lo expresó en una entrevista: “Una vez que acepté, me pregunté qué proyección podría dar yo de Martí, hasta que me di cuenta de que para hacer esta película debía ser una versión muy personal (…) José Martí: el ojo del canario es una película muy mía. Por eso yo digo que no es una biografía, aunque sí se basa en la historia y la respeta mucho. Es una visión subjetiva, mi interpretación de esa historia y de ese hombre. De lo contrario hubiera hecho un documental”.

Para esquivar lo que a juicio de Cabrera Infante es, en La rosa blanca, el error de la elección primera, Fernando Pérez no realizó una biografía filmada de Martí, sino que recreó ficcionalmente lo que debió ser su infancia y su adolescencia. Una vez que se ve su filme, hay dos razones fundamentales que confirman el acierto de su decisión. Por un lado, le evitó caer en la hagiografía y la exégesis sin matices, al no tener que recrear la etapa en que Martí desarrolló la actividad patriótica y literaria que lo hizo trascender. Por otro, se concentró en el período de su formación y su proceso iniciático. Unos años que arrojan luz sobre la figura del Martí adulto, pues reflejan lo que Beatriz Maggi definió como “el crecimiento de un alma”.

Otra imagen del Martí niñoFoto

Otra imagen del Martí niño.

Eso además obró a favor del filme en el aspecto estético. Acerca de la etapa que abarca la película no se sabe mucho, debido a que son pocos los testimonios y la documentación que existe. A la hora de redactar el guión, Fernando Pérez dispuso así de un mayor margen de libertad imaginativa, lo cual convino a su propósito de plasmar una visión personal de Martí. Y a propósito del guión, el de José Martí: el ojo del canario es el primero que el cineasta escribe solo. Anteriormente había contado con la colaboración de Jesús Díaz (Clandestinos), Mayda Royero (Hello Hemingway), Manuel Antonio Rodríguez (Madagascar) y Eduardo del Llano (La vida es silbar, Madrigal).

En la película se muestra a Martí como un niño cuya infancia y adolescencia transcurrieron en un medio ordinario. Se pone de manifiesto, sí, su especial sensibilidad, que lo hace ser, en ocasiones, silencioso, abstraído, melancólico. Pero por lo demás, aparece como un muchacho similar a otros tantos, con rasgos positivos y negativos, y con las incertidumbres, inseguridades y miedos propios de su edad. A los doce años no sabe defenderse de los abusos de dos compañeros de escuela, y le teme a los ladridos de un perro que se halla tras una reja. Pero de igual modo, acepta el castigo que le impone su maestro, con tal de no delatar a su amigo Fermín Valdés Domínguez. Y en un momento dado, se atreve a cuestionar la disciplina de un padre inflexible e intempestivo. Hay asimismo una brevísima escena en la que el adolescente descubre los placeres de la sexualidad. A través de ese tratamiento, Fernando Pérez busca dar el mundo interior y exterior del personaje y, sobre todo, ofrecer un retrato personal y creíble del mismo, desde la complejidad y la humanización.

Licencias narrativas que resultan legítimas

Otra escena de la película de Fernando PérezFoto

Otra escena de la película de Fernando Pérez.

Para crear algunas escenas, es evidente que Fernando Pérez se inspiró en textos del propio Martí, como si tratase de imaginar las vivencias de las cuales surgieron. El descubrimiento de la naturaleza cubana que hace el personaje del filme, durante su viaje con el padre a la zona de Hanábana, hace pensar de inmediato en las hermosas páginas que Martí dedicó a nuestra flora y fauna en sus diarios De Montecristo a Cabo Haitiano y De Cabo Haitiano a Dos Ríos. La señora pobre que acuna una niña, a orillas del mar, remite a la mujer y su hija enferma de “Los zapaticos de rosa”. Hay, en fin, otros ejemplos que no voy a mencionar. Esas escenas constituyen, ya lo dije antes, licencias narrativas que Fernando Pérez se ha tomado, pero que en el contexto de su película resultan legítimas y funcionan bien porque son plausibles y no traicionan la verdad histórica.

Cabrera Infante, y es la última vez que me voy a referir a su crítica, señala a La rosa blanca el haber impermeabilizado con una sequedad absoluta la figura de Martí. A lo cual agrega que “hubiera sido preferible un poco menos de rigor formal e histórico y un poco más de sentimiento. Y a veces se pudo lograr veracidad, sin perder emoción”. No adolece de ese problema José Martí. El ojo del canario, que posee la capacidad de emocionar y conmover. Consigue hacerlo, no obstante, con austeridad narrativa y contención, y uno de los méritos de su director es haber sabido sortear el escollo de los excesos melodramáticos y lacrimógenos en que pudieron desembocar algunas escenas. Véanse, para solo mencionar una de ellas, las imágenes en las canteras de San Lázaro, en las que Martí realizó trabajos forzados, después que un tribunal militar lo juzgó y condenó.

José Martí: el ojo del canario posee, pues, el acierto de no idealizar a Martí y ofrecer de él, en cambio, un retrato personal que, a la vez, es respetuoso y convincente. Fernando Pérez no se dejó tentar por el esquema del biopic ni de la ilustración al uso. Ha evitado además el lastre del didactismo, así como también la afectación y la retórica teatral, que tan frecuentes son en el cine histórico. Esos son, pienso yo, algunos de los aspectos que hacen que su película se vea con agrado e interés.

Foto tomada durante el rodaje del filmeFoto

Foto tomada durante el rodaje del filme.

El cambio de registro de un cine simbólico y metafórico a un drama biográfico-histórico, no ha significado para Fernando Pérez renunciar al rigor y el cuidado de la factura audiovisual que caracterizan su filmografía. José Martí: el ojo del canario posee así una gran fluidez narrativa y una esmerada y coherente puesta en escena, que está al servicio de la historia. Asimismo la ambientación de época y la búsqueda de las localizaciones alcanzan un nivel de calidad pocas veces vistos en una película cubana. Parte de ese mérito hay que atribuirlo a Erick Grass, quien se encargó de la dirección artística. A ese excelente acabado formal contribuye de modo decisivo la fotografía de Raúl Pérez Ureta, cuyo trabajo fue premiado merecidamente en el Festival Iberoamericano de Huelva. A los aspectos técnicos hay que sumar el buen desempeño del equipo de actores, dentro del cual, en mi opinión, se destaca particularmente Broselianda Hernández.

En el filme hay, como se desprende, de las líneas anteriores, mucho que admirar y aplaudir. No obstante, hay algunos aspectos que no alcanzan similar plasmación cinematográfica. El primero se refiere a la construcción del personaje de Don Mariano, el padre de Martí, de gran importancia en el filme. El guión lo ha concebido de una sola pieza, con lo cual el actor que lo caracteriza, Rolando Brito, pese a su innegable profesionalismo tiene pocas posibilidades de humanizarlo e incorporar otros matices. El historiador Pedro Pablo Rodríguez ha señalado esto y apuntó: “Para mí, Mariano no siempre estaba peleando”. Tampoco está bien trazado el personaje de Salustiano, el propietario del bodegón donde se produce el altercado entre “bijiritas” (cubanos independentistas) y “gorriones” (españoles y partidarios del régimen colonial). Resulta demasiado obvia la intención del director de ofrecer a través de él la imagen del “gallego bueno”.

Eso contrasta, por otro lado, con las escenas donde se ilustra la brutalidad de la represión de los voluntarios y la insensibilidad de las autoridades. No se trata, por supuesto, de cuestionar su inclusión, sino del tratamiento: Fernando Pérez subraya en demasía esos aspectos. Sucede algo parecido en la escena de la llegada a tierra del cargamento del barco negrero, en la que el director acumula imágenes para recalcar el carácter cruel e inhumano que recibían los esclavos. Da la impresión de que tuviera especial empeño en que, tras visionar su película, los espectadores no albergasen ninguna duda sobre lo malo que fue el colonialismo español y lo inhumana que fue la esclavitud.

Cartel de la película, diseñado por Gisella Monzón CaleroFoto

Cartel de la película, diseñado por Gisella Monzón Calero.

Muy pocos de esos señalamientos aparecen en los numerosos comentarios sobre el filme que se han publicado en la Isla. Todos se han prodigado en elogios y alabanzas, y da la impresión de que a algunos de quienes firman esos textos el diccionario de nuestro idioma les resultó insuficiente. La película de Fernando Pérez ha sido calificada así de extraordinaria, de excelsa. Hay quien confiesa que lloró durante la proyección y que al final, se quedó mudo. Otro expresa que es el filme que todo cubano anhelaba ver y con el cual, tras verlo, volverá a nacer. Y como si se tratase de una competencia para ver quien llega más lejos en los ditirambos, uno llega a afirmar que José Martí: el ojo del canario marca un antes y un después en el cine cubano.

Debe ser que, a medida que envejezco, va menguando mi sensibilidad y capacidad crítica como espectador. Pero debo confesar que no puedo suscribir valoraciones tan elevadas. En alguna medida, me tranquiliza el hecho de que el jurado del último Festival Internacional del Nuevo Cine Latinoamericano tampoco parece compartir esas opiniones, pues solo recompensó José Martí: el ojo del canario con los galardones de dirección y dirección artística (el primero de esos premios también lo recibió Fernando Pérez en el Festival Iberoamericano de Huelva).

Pero tampoco se trata de que José Martí: el ojo del canario necesite de esos galardones que la avalen. Es una obra de valores estéticos muy sólidos y notables, que además consigue una plasmación inteligente y sensible de la figura de nuestro Héroe Nacional. Eso, además de que dignifica y enriquece nuestra cinematografía, la hace merecedora de nuestra atención y nuestro aplauso.


Escena donde aparecen José Martí (Damián Antonio Rodríguez Vidal) y Don Mariano (Rolando Brito)Galería

Escena donde aparecen José Martí (Damián Antonio Rodríguez Vidal) y Don Mariano (Rolando Brito).