Actualizado: 19/01/2021 21:47
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Arte, Pintura, Retrato

El famoso artista que Cuba perdió

Aunque nació en Güira de Melena, Federico Beltrán Masses se formó y realizó toda su obra en Europa, donde se convirtió en el pintor de moda y en el retratista de lo que hoy llamaríamos la jet set

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En algunos sitios se alude a él como cubano. En otros, como hispano-cubano. Pero lo cierto es que el de Federico Beltrán Masses es un caso similar el de José María Heredia (me refiero al “afrancesado”) y de Joaquín Albarrán: nació en Cuba, pero pronto se fue de su tierra natal y desarrolló toda su ejecutoria en el extranjero.

Había nacido en Güira de Melena en 1846. Su padre era un militar de ascendencia catalana y parte de su familia materna era cubana. En 1893, sus padres regresaron a Barcelona, en donde Beltrán Masses comenzó a estudiar de pintura en la Escuela Superior de Artes e Industrias y en la de Artes y Oficios, la conocida Lonja. Completó esos estudios en Madrid, a donde se trasladó en 1905. Allí fue discípulo de Joaquín Sorolla y se dedicó además a analizar las obras de los grandes maestros en el Museo del Prado.

En sus primeros años, pintó paisajes y personajes del mundo rural. Pasó una larga temporada en los Picos de Europa, y de aquella estancia surgieron obras en las que plasmó tipos y costumbres montañeses. La maja marquesa, un cuadro de 1905, marcó un cambio en su estilo y su temática. Retomó el tópico de la maja española, pero lo renovó al mezclar los elementos tradicionales y regionales con el simbolismo. Fue el inicio de una nueva etapa de su obra, en la que las protagonistas pasaron a ser provocativas majas y gitanas seductoras. Beltrán Masses fue consolidando un estilo que se plasmó en unas obras alegóricas y cargada de simbolismos, y en unos retratos femeninos que rebosaban sensualismo y belleza, y no exentos de cierta atmósfera perversa y decadente. Algo, por cierto, que llama la atención, pues Beltrán Masses era un hombre muy católico.

La maja marquesa retrata a tres mujeres, dos vestidas y una desnuda con mantilla blanca. Esta última era una famosa lesbiana perteneciente a la aristocracia: María de la Gloria Collado y del Alcázar, más conocida como la Condesa de Gloria Laguna, una mujer independiente que no encajaba en los estrictos moldes sociales y que protagonizó algunos escándalos. Eso constituyó un motivo adicional para el alboroto moralizante que el cuadro suscitó. Beltrán Masses lo presentó a la Exposición Nacional de Bellas Artes, pero no fue admitido. El jurado lo calificó de “repugnante y ofensivo para la moral” y lo rechazó. Asimismo, argumentó que “podría creerse que el autor aludía a cierta individua marquesa y lesbiana que llevaba una vida de escándalo”. Para atenuar el revuelo, le pidieron al pintor que cambiase el título por Las majas, pero él se negó a hacerlo.

Tras el rechazo de la Exposición Nacional, el cuadro se expuso en la redacción de un periódico y después, en el Salón de Arte Moderno, que era su espacio idóneo. La propaganda gratuita que le dio el incidente con la censura hizo que muchas personas fueran a verlo. Recibió además comentarios muy entusiastas en la prensa. De acuerdo a los críticos, La maja marquesa mostraba el trabajo del artista en toda su grandeza y en su exuberancia de poderes técnicos y de desbordamientos emocionales.

También salieron en su defensa los pintores Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, Julio Romero de Torres y Marcelino Santa María. A propósito del lienzo, este último escribió: “Me atraen irresistiblemente los cuadros entonados; si además son armoniosos, se eleva para mí el mérito de la obra; y si a estas cualidades se suma la dulce coloración, entonces la atracción se torna en respetuoso acatamiento al mérito. Así veo yo el cuadro de Beltrán; no hallo otra cosa en La maja marquesa”.

En 1909 Beltrán Masses realizó su primera exposición personal en Madrid. Antes había participado en las muestras nacionales de 1906 y 1907, en las cuales se destacaron los retratos que pintó a Amelia Narezco y a su madre. Su personalidad artística empezó a definirse, aunque aún se mostraba indeciso y desorientado por crudos realismos. De esa etapa son ensayos de etérea vaguedad como Olimpia, Nuevas Hespérides, Estilo Whistler y Mascarones. También expuso, en 1914, en el Salón Parés, de Barcelona. Allí se pudieron ver, entre otras obras, Fruta escogida, La canción de Bilitis, Cielos nocturnos y Fiesta galante. Fue su consagración en Cataluña, que entonces representaba la vanguardia artística de España.

Aquel incidente con la censura fue una de las razones que llevaron a Beltrán Masses a irse a Francia en 1916. Se despidió de Madrid con una exposición en el Hotel Palace, que tuvo mucho éxito de crítica. La integraban cerca de ochenta lienzos, algunos de gran tamaño, en los que aparecían paisajes espléndidos, desnudos femeninos, cielos encantados, joyas. Resumían la tendencia plena de luz y exuberante de colorido que lo caracterizaban. Acerca de ellos, José Francis Francés comentó: “Regalo de la mirada y deleite del espíritu son estos cuadros, por lo grato de sus armonías y lo sugestivo de sus asuntos”. El rey Alfonso XIII asistió a la muestra para respaldar al pintor y compró uno de los cuadros, el titulado Noche galante, por mil pesetas. Tras eso, el pintor y su esposa se trasladaron a París, con el propósito de favorecer la carrera de él.

El himno de la forma, del color y de la luz

Desde que llegó a esa ciudad, Beltrán Masses pasó a relacionarse con lo más destacado del mundo artístico y mundano del momento. Le llevó poco tiempo en convertirse en el pintor de moda. Eso le permitió pintar sin premuras, sin abdicaciones y sin adular a quienes le pedían ser retratados. Pudo también conservar buena parte de sus trabajos, y presentar así en cualquier momento los capítulos de su evolución estética.

En 1922 una de sus exposiciones coincidió con la estancia de un joven cubano que se hallaba cursando estudios en Francia. Asistió a la muestra y además lo entrevistó. Se trataba de Jorge Mañach, quien escribió un artículo que se publicó en la revista Bohemia, y en el cual comenta:

“Entráis. Son salones lujosos: voluptuosidad de decorado, de alfombras, de delicado ambiente. Y en las paredes, voluptuosidad también: el himno de la forma, del color y de la luz; manchas y bocetos pintados a plena luna o a pleno sol, coloraciones intensas y fantásticas, menudos escorzos, elegancias sutiles, miriñaques, venecianas, Pierrot y Colombina, coplas y caracolas, mediodías y nocturnos, brocados que arden al sol, flores de primavera, fruta madura, cielos teñidos, cielos hondos y estrellados… todo lo que acaricia la sensibilidad externa, todo lo que es belleza de los sentidos: voluptuosidad, en fin… En otra sala, es como si vagarais a la luz lunar por un jardín de ensoñación, en que las flores, prendidas de sus macizos sombríos, tuvieran una iluminación propia. Pero serían flores raras de Alejandría y de Valencia, porque a ellas solo se semejan estas mujeres, pintadas con gamas de pétalo, que tienen, vistas de cerca, las cuencas de los ojos hondas y oscuras, las pupilas glaucas, los labios gruesos, indivisos, color de vino, como ciruelas o como entraña de granada o como pequeños corazones que se desangraran. Y si os alejáis, de manera que el detalle se esfume, no se dirían flores, sino lunas otra vez —lunas muy pálidas que cruzaran cielos profundos de verano.

“No os imaginéis serenidad, sin embargo. Avanzad. Aquí están los cuerpos, bellas formas de mujer, que se exhiben en desnudeces incastas, o se guarecen y complementan con ricas telas y fulminante pedrería. En los fondos, siempre azules, hay sugestiones sibaríticas. Aquí son esclavas, que tañen suaves instrumentos en la sombra de cobalto; allá son frondas cargadas de encendida fruta, pavorreales que epitomizan el iris en orgullosas turgencias, noches cálidas de venecianas góndolas, que hacen rielar sus fogatas y sus faroles sobre las aguas dormidas. Los cuerpos reposan en laxitudes inefables o se incorporan para prestar fijeza y solicitación a las pupilas brillantes; a veces se tuercen en espasmos de callada delectación. Es una pintura toda esta de idilio; pero de idilio delicadamente carnal, auspiciado por una naturaleza cómplice”.

Las exposiciones de Beltrán Masses estaban acompañadas de una gran cobertura mediática y los marchantes de arte se las disputaban. Su fama además se extendió más allá de las galerías. Muchas connotadas figuras de la aristocracia deseaban conocerlo y ser pintados por él. Era buscado y su presencia era requerida en las fiestas. Se hizo así de muchos contactos y conocía a lo más granado de la sociedad francesa. Sus clientes eran amigos suyos y se encargaban de divulgar su trabajo y de celebrar lo buen pintor que era.

En su extensa obra predomina el retrato. Y dentro de ese género, se le puede definir como retratista mundano, pues son predominantes los personajes de lo que hoy llamaríamos la jet set. Pintó a marquesas, príncipes, reyes, banqueros, empresarios, presidentes, embajadores, exóticos maharajás, así como a artistas, bailarinas, escritores. En sus lienzos se muestra un mundo de lujo y ostentación, de artificio y de mujeres que, ya estén vestidas o desnudas, están cargadas de sensualidad y erotismo. Estas son además extrañas y hermosas y los cuadros en los que aparecen poseen elegancia y refinamiento.

La obsesión por los detalles, la alegoría de las figuras y cierto decadentismo esteticista, son los rasgos distintivos de esos retratos. Al recrear a sus modelos, Beltrán Mases busca la belleza y lo mejor de cada uno, y se preocupa por reflejar su espíritu y su filosofía de vida. No le interesa pintar la realidad tal como es, sino que la enriquece mediante el recuerdo, la fantasía, el onirismo, la exótico. Sus obras tienen además un marcado componente descriptivo. Se detiene en los detalles y resalta las ropas y las joyas. En varios de los retratos, el entorno aparece como un fondo plasmado exhaustivamente y con una estética lujosa y ensoñada. Eso responde al antes apuntado interés del pintor por alejar sus obras de la realidad y situarlas en otro plano.

Venecia se convirtió en la ciudad de sus sueños

Los lienzos que corresponden a su pintura más libre se distinguen por la exaltación del color y de la noche que en ellos hace el pintor. En los mismos es fácilmente reconocible su preferencia por los tonos azules, lo cual dio lugar a que se hablara del “azul Beltrán”. Los empleó para captar el crepúsculo y la oscuridad de la noche. La seducción de esta es una presencia asidua en sus obras, en varias de las cuales aparece con un ingrediente de misterio difícil de descifrar. Igualmente son características sus “notas de color” u “horas de España”, que se hallan entre lo más difundido de su trabajo. Son retazos de una España de visiones flamencas, majas y romerías, añorada por él y recreada a través de la imaginación.

1921 marcó un punto de inflexión en su carrera y fue el año de su consagración definitiva. La Exposición Internacional de Venecia le dedicó íntegramente una sala de grandes dimensiones, al par que Cézanne y Ferdinand Hodler, un honor que raramente se dispensaba a un artista vivo. Asimismo, la Galería Uffizi, de Florencia, encargó su retrato para que formara parte de su colección de efigies de pintores famosos. Aparte de la resonancia en el mundo artístico, aquel viaje a Italia tuvo una gran importancia en la obra de Beltrán Masses. A partir de entonces, Venecia se convirtió en la ciudad de sus sueños y sus fantasías y pasó a ocupar un espacio significativo en su trabajo. El fondo arquitectónico y los canales se convirtieron en fuente de inspiración. Y en los cuadros que pintó después incorporó numerosos motivos venecianos.

Entre aquel año y 1943, Beltrán Masses expuso en varias ocasiones en Estados Unidos, España, Francia, Inglaterra, Bélgica. También recibió numerosas condecoraciones, como la Legión de Honor y la de caballero de la Orden de Malta, y fue nombrado miembros de las academias de Bellas Artes de Madrid, Barcelona, Zaragoza, Lisboa, París, así como de la Hispanic Society of America. Esos reconocimientos le servían para reafirmar su talento y para reconfortarse. Consideraba esenciales la celebridad y la aceptación, y en vida disfrutó de ambas.

Aparte de esos desplazamientos, su curiosidad lo convirtió en un gran viajero, lo cual facilitó la difusión internacional de su obra. Su fama le precedía y se relacionó con personas de muchas nacionalidades. Era extremadamente amable y simpático, lo cual contribuyó a que se ganase la admiración y la amistad de sus coetáneos. Eso hacía que fuera el mejor embajador de sí mismo y de su obra.

En 1924 viajó por primera vez a Estados Unidos para exponer en la Galería Wildenstein, de Nueva York. Uno de sus primeros admiradores allí fue Rodolfo Valentino, quien le fue presentado por el escritor español Vicente Blasco Ibáñez. Fue el actor quien le abrió las puertas de lo más granado de la alta sociedad norteamericana, así como el que le organizó su segunda exposición, en la cual la venta de sus obras superó los 150 mil dólares. Beltrán Masees retrató a Valentino dos veces, lo llamaba “mi querido hermano” e incluso llegó a darle clases. Cuando el actor falleció, sobre su cama estaba colgado el cuadro de su amigo La gitana, que junto con otros dos también de él desaparecieron sin que hasta hoy se hayan podido encontrar.

También en Estados Unidos Beltrán Masses se convirtió en el pintor favorito de la jet set y de las celebridades del cine. Varios de los artistas más conocidos de Hollywood fueron sus amigos y clientes: Charles Chaplin, Joan Crawford, Gloria Swanson, Douglas Fairbanks, Pola Negri. Retrató, asimismo, a miembros de familias adineradas como los Morgan, los Forbes, los Rothschild. Cuando estuvo en Nueva York en 1924, conoció a William Randolph Hearst, el gran magnate de la prensa, quien devino coleccionista y valedor de su trabajo. El pintor mantuvo con él una relación amistosa, viajó con él y su esposa Marion Davis por América y Europa y lo asesoró en la compra de obras para su colección de arte.

Su gusto por los viajes y su curiosidad por lo exótico lo llevaron en 1927 a la India y a Ceilán. Es probable que en la decisión de visitar esos países también tuviera algo que ver Anita Delgado, una bailarina española que se enamoró de un príncipe que la convirtió en maharaní de Kapurthala, y a quien Beltrán Masses había pintado en 1919. La estancia allí se reflejó en varios lienzos, si bien solo unos pocos son de temática hindú propiamente dicha. En ellos recrea imágenes de Madrás, que aparecen de fondo. A propósito de ello, es conveniente apuntar que ninguna de esas obras fue pintada al natural, sino en su estudio de París.

El desnudo más atrevido jamás pintado

Otra exposición notoria fue la que realizó en 1929 en la Galería New Burlington, de Londres. Al llegar, confesó que lo hacía “con los nervios de un niño que está todavía en la escuela de arte”. Y declaró que estaba a “la espera del veredicto con más miedo de lo que lo haría en cualquier otra capital del arte”. Aquella fue una exposición que no estuvo exenta de controversia. Entre los cuadros estaba Salomé, que aunque antes se había expuesto sin problemas en Venencia, escandalizó a los ingleses. En el mismo, según la prensa, Beltrán Masses había creado “el desnudo más atrevido jamás pintado”.

Fue el lienzo más polémico de un artista cuyo trabajo estaba asociado al escándalo. En Londres levantó ampollas y el día de la inauguración de la muestra fue prohibido, aunque al siguiente se pudo exhibir. El embajador español en Inglaterra intercedió, argumentando que el rey Alfonso XIII, quien era muy católico, había dado su aprobación al cuadro, lo cual quería decir que no lo consideraba inmoral.

Como suceder en estos casos, la efímera censura sirvió para incentivar el interés por verlo. En las primeras tres semanas se vendieron 17 mil entradas y 12 mil catálogos, y en la prensa se publicaron 192 artículos. Beltrán Masses recibió además muchos encargos. En octubre del 2012 Salomé se volvió a exponer en Londres, dentro de la exposición Blue Nights and Libertine Legends, y entonces su creador fue aclamado como “el genio del erotismo”.

Para Antonio de Hoyos y Vinent, Salomé es la obra maestra de su creador, “la que suspende de pasmo y cautiva en su inquietud muy antigua, y por lo mismo ultramoderna”. Y añade que “hay en ella una sensualidad tan densa, tan atormentada, tan violenta, que la figura de la hija de Herodías deja de ser una mujer y conviértese en un símbolo de cosas eternas, horrendas y escalofriantes”. Era el cuadro favorito del pintor y en vida se negó a venderlo. Según comentó en una ocasión, al pintarlo estuvo luchando durante “dos arduos meses con el color y las proporciones”.

Probablemente por haber pintado a varios bailarines, como Tórtola Valencia y algunos miembros de los ballets rusos de Diaghilev, Beltrán Masses se interesó por la danza. Eso lo llevó en 1929 a diseñar el vestuario y la escenografía para una actuación de la famosa Antonia Mercé “la Argentina”, cuyo retrato también pintó. A su vez, sus cuadros inspiraron a Martha Graham para crear el solo Portrait—After Beltran Masses. Lo estrenó en abril de 1926, en su presentación pública en Nueva York. Llevaba música de Manuel de Falla y formó parte de su primer concierto independiente. Después le cambió el título por Gypsy Portrait y hasta hoy se mantiene en el repertorio de la compañía fundada por ella. Al reseñar aquella presentación, la revista Dance Magazine escribió “Vestida con un pesado kimono dorado, haciendo movimientos con su cuerpo contra una pantalla de laca brillante, un tapiz romántico del siglo XII en colores llamativos, una corona de oro en la cabeza, a partir de un retrato moderno de Beltrán Masses, ágil y felina en su vestido de seda impecable de tiras negras y naranjas, y amapolas rojas en su cabello negro liso, Martha Graham presenta una serie de imágenes que encienden la imaginación y crean cientos de historias por cada gesto”.

Los años 30 marcaron el periodo de decadencia del artista y su pintura perdió el impacto de etapas anteriores. En 1943, ya enfermo, abandonó París y volvió a Barcelona. Debió adaptarse al gusto pictórico de la católica y encorsetada España franquista, por lo cual realizó cuadros de temática religiosa. También influyó el hecho de que su trabajo se concentraba fundamentalmente en el retrato de celebridades de la aristocracia, el cine y la alta burguesía. Esa sociedad que él retrataba fue amenguando, y en la misma medida lo hizo su fama. Hasta cierto punto, fue víctima de su propio éxito. Murió en 1949.

Hoy no es tan conocido como lo fue en su época, aunque sus cuadros aparecen en las subastas online. De vez en cuando se hacen esfuerzos para sacarlo del olvido, como la exposición Federico Beltrán Masses, un pintor en la corte de Hollywood, que se pudo ver en 2011 en el Museo Diocesano, de Barcelona.

En el artículo de Mañach antes citado, este escribe: “Y me despedí, pensando que había hablado con un gran artista encarnado en ordinaria humanidad. Sobre todo, pensé con tristeza que nadie, entre esos señores que lo aclaman, sospecha siquiera que Beltrán Masses nació allá, bajo el sol noble, en un rinconcito entre palmeras… ¡Triste sino el de las patrias pequeñas, condenadas a seguirlo siendo por no saber atraer o retener sus propios elementos de grandeza!”.

Lo cierto es que en vida del pintor, en el país donde nació nunca le demostraron aprecio. No fue hasta 1950 cuando el Patronato de Artes Plásticas del Lyceum vino a reivindicarlo al acoger la Exposición retrospectiva del pintor cubano Federico Beltrán Masses. Esa poca atención que le demostraron sus compatriotas Beltrán Masses se lo recordó a Mañach en la entrevista, en la cual le expresó: “En París han venido a comprarme cuadros latinoamericanos de todo el Continente: mexicanos, argentinos, chilenos… Pero jamás un solo cubano… Casualidad puede ser; pero ¿no es verdad que la patria de uno es la tierra que mejor lo trata?… Ni un solo cubano; ponga eso ahí…”. Y así lo hizo Mañach.