Actualizado: 18/10/2021 10:15
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Artes Plásticas

El hechizo del talento

A propósito de la exposición 'Pitching', de Alejandro Aguilera y Radcliffe Bailey.

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Hace unos días se inauguró en la Universidad de Emory, Estados Unidos, la exhibición del artista cubano Alejandro Aguilera y el norteamericano Radcliffe Bailey. El título de la exhibición lo dice casi todo: Pitching. En el argot beisbolero esta palabra significa lanzar duro y con precisión una bola al home, y evitar que el bateador le conecte. En esta oportunidad, sin embargo, pitchear es una metáfora del trabajo de estos dos artistas, de su pasión por el deporte y de su conexión vital con las raíces.

Conozco a Alejandro desde hace años y nunca olvidaré la primera vez que fui a Atlanta a asistir a una de sus exhibiciones. Entonces, Atlanta recién comenzaba a agrandarse, por el boom inmobiliario de la época, y la ciudad me parecía enorme, cosmopolita y llena de vida. Después de todo, Atlanta es la ciudad más grande del Sur de Estados Unidos, por lo cual no me extraña que Alejandro —quien siempre se ha sentido atraído por las grandes urbes— la hubiera escogido como su segundo hogar.

Luego he regresado por varios motivos a esta ciudad, pero nunca ha sido como aquella vez en que tuve la oportunidad de ver, por vez primera y con total asombro, el taller de trabajo de Alejandro, su colección de pintura y escultura, que tenía dispuesta por toda la casa, incluso en el patio, como si fuera un auténtico atelier o una de esas bóvedas secretas de un museo antiquísimo.

Para que se tenga una idea de la diversidad de las piezas que contenía aquel cuarto (todas hechas por Alejandro), debo decir que en el comedor de la casa había un mesón mexicano enorme, cuyas gavetas eran tan largas y anchas que cabía una eternidad de cosas. En sus bordes, Alejandro había claveteado unas manos de madera que daban la impresión de pertenecer a comensales invisibles, de otro mundo o de otra época.

En otro lugar, recostado a la pared, había un enorme cuadro de un azul profundo, donde se leían unos versos de Martí pintados sobre la tragedia del remolcador 13 de Marzo; y más allá, en un rincón, una fauna de animales tan tiernos como simbólicos entre los que se encontraban el Tweety de Walt Disney, y un rinoceronte negro, que se miraba extasiado, como Narciso, en el espejo de un lago de madera. ¿Qué mundo era aquel de la niñez que nos interrogaba con tanta perspicacia desde los rincones del taller? ¿Dónde estaban los niños desparecidos bajo las aguas del remolcador en aquella plancha imponente de acero?

No me imagino que habría dicho Walt Whitman al entrar en una habitación como esta, qué catálogo enorme sacaría de un taller de sueños como el de Alejandro; pero para mí fue como entrar en el reino mitológico y borgeano de la realidad y fantasía, con la posibilidad además de tener al mismo Alejandro explicándome, con una paciencia y una humildad que nunca he conocido en otro artista, cada uno de estos objetos. ¿Para qué las palabras cuando las piezas hablan por sí solas?

Creo que si sería posible volver al deslumbramiento de la niñez, como según los románticos, la Biblia y las vanguardistas de principio del siglo XX decían que debe hacer el hombre para obtener la verdadera sabiduría, tendría que regresar a un momento parecido a ese, donde se unen perfectamente la belleza, el conocimiento y el privilegio de verlo todo por primera vez.

Ese es el misterio de las piezas de Alejandro, la mirada hechizada de los niños, los marginados y los suicidas. Por eso cualquiera que visite la galería de la Universidad de Emory seguramente saldrá con la misma impresión que salí yo aquella noche: reconocerá en ellas las de un auténtico creador y uno de nuestros maestros.