Actualizado: 23/09/2022 21:11
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Baquero, Literatura, Literatura cubana

El ingrato papel del aguafiestas

Una antología de ensayos y artículos demuestra que Gastón Baquero fue un pensador íntegro y sin miedo, que asumió la responsabilidad de no callarse y denunció y desmontó tópicos

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En vida, Gastón Baquero se preocupó de recoger en libros parte de los ensayos y artículos sobre literatura, arte e historia que había escrito. Lo hizo en Ensayos (1948), Escritores hispanoamericanos de hoy (1966), Darío, Cernuda y otros temas poéticos (1968), Indios, blancos y negros en el caldero deAmérica (1991) y La fuente inagotable (1995). Aparte de esos títulos, póstumamente se han publicado además otras compilaciones similares, tanto dentro como fuera de Cuba.

En cambio, en ese rescate ha quedado olvidado el quehacer periodístico en el cual Baquero se ocupó de temas sociales y políticos. He confeccionado la bibliografía de esa labor y puedo asegurar que en el Diario de la Marina (1945-1961) esos asuntos son los que cuantitativamente dominan en la labor que desarrolló en ese medio a lo largo de varias décadas. No así en Información (1944-1945), donde los textos referidos a esas temáticas son más bien pocos.

No soy dado a desenvolverme en el terreno de las especulaciones, en las conjeturas puramente teóricas. Pero me atrevo a decir que este desinterés, llamémoslo así, por esa copiosa parcela de la faena periodística de Baquero tiene mucho que ver con los calificativos que a lo largo de su vida recibió a causa de sus ideas políticas. Lo tildaron de hombre de derecha, de reaccionario, de batistiano, y eso, quiérase o no, ha condicionado a priori la opinión que se tiene sobre esos artículos en los cuales expresó sus opiniones. Y aquí entramos en el terreno de esas calificaciones tan vagas y tan convencionales que, como comentó Francisco Ichaso, no convencen a nadie. Calificaciones que se deben por lo general a “esos Linneos de vía estrecha incapaces de entender nada si no apelan a la cuadrícula o al cartabón”.

Al respecto, Ichaso agrega para sustentar su argumento: “Esta clasificación tan vaga, tan convencional, no satisface a ningún espíritu exigente. «Siempre se es pompier de alguien», ha dicho Cocteau. Siempre se está a la derecha o a la izquierda de alguien. Frente a ciertos radicalismos delirantes, bien de un extremo, bien del otro, la mente más avanzada resulta cautelosa o la más moderada resulta progresista”.

Un sambenito que crea hábito

Pero ya se sabe —o debe saberse— que en este sentido nada hay que se pueda hacer. Desde siempre han abundado aquellos que se dedican a encasillar a las personas con etiquetas, como si se tratasen de especies animales o vegetales. Y una vez aplicados y puestos en circulación esos rótulos, resulta muy difícil, casi imposible, escapar de ellos. A esto se refirió Jorge Mañach en uno de sus artículos, donde expresa:

“Basta que alguna vez le hayan colgado a usted gratuitamente un sambenito cualquiera y que se haya insistido un poco en él —cosa en que los comunistas, sus derivados y sus apóstatas suelen ser expertos— para que eso críe hábito. De nada le valdrán al así calificado ni sus opiniones escritas ni sus actividades vividas. Rectificar o dejarse convencer es lo que más trabajo les cuesta a los vagos de la inteligencia, a los que tienen interés en que alguna verdad no prospere, o simplemente a los que no pueden contener las ganas de ser desagradables”.

Es difícil concebir algo más injusto, por todo lo que reduce y deja fuera, que el sintetizar y caracterizar la existencia y la ejecutoria de una persona con una palabra o una frase. Eso es precisamente lo que hacen los “forjadores de la vida ajena”, como los llama Ichaso: ajustar algo tan complejo al molde mezquino elaborado por ellos. Para ello, se pasan la vida observando al hombre o la mujer objeto de su atención, para tratar de pillarle un gazapo, denunciarle una falta o sorprenderle una contradicción.

Desde joven, cuando se inició en el periodismo, a Baquero le tocó desempeñar, como él mismo admitió, el ingrato papel del aguafiestas, “del pesado señor que llega con el jarrito de agua fría a cortar el hervor y a reducir el entusiasmo prematuro, el regocijo enloquecedor y enloquecido”. En los primeros artículos que se pueden leer en la antología La reacción necesaria. Ensayos y artículos (1944-1990) (Ediciones Homagno, 2022, 412 páginas), se advierte cómo ya sus opiniones desencadenaron un alud de cartas de los lectores, e incluso uno le escribió para preguntarle por qué era reaccionario. Fue un sambenito que le acompañó casi hasta el final de su vida y al cual dedicó espacio en más de una ocasión.

Eso tenía mucho que ver con su opinión sobre las revoluciones. No se oponía a ellas, pero pensaba que la única revolución deseable es aquella “que dé un revés a la injusticia, pero sin poner otra mayor en su lugar; una revolución que signifique echar los cimientos de algo mejor y no volar las paredes del hogar materno”. Rechazaba la injusticia, el mal reparto del bienestar material, pero discrepaba en cuanto a que el único modo de erradicar esos males era mediante una violenta trasmutación de regímenes y derrumbes de sistemas.

Rechazo visceral del comunismo

De ahí viene su visceral rechazo del comunismo. No creo que en las décadas de los 40 y los 50 pueda encontrarse otro periodista que se dedicara con tanta tenacidad y tanto empeño a combatir una ideología que para él era enemiga de la civilización y de la conciencia humana y que atentaba contra la libertad en todos sus aspectos. No le importaba que al hacerlo estaba clamando en el desierto. Tampoco que, desde las páginas del diario Noticias de Hoy, los comunistas cubanos lo cubrieran de insultos, calumnias y vejámenes. Estaba convencido de que ante el comunismo solo cabe la acción, pues más allá de las diferencias políticas, se trata de la defensa de la propia existencia. Quienes se proponen hacer que triunfe e implantarlo, buscan “sustituir todo el mundo que tenemos, defectuoso, pero abierto a la reforma y a la superación, por un régimen que declara abolida la conciencia individual y abre proceso a Dios y a su iglesia”.

Baquero siempre se mantuvo vigilante y conservó la misma perspicacia. Ni siquiera se dejó engañar cuando, tras la muerte de Stalin, en el XX Congreso del Partido Comunista de la Unión Soviética se inició una crítica directa del llamado período del culto a la personalidad, por ser ajeno a la ideología marxista. En fecha muy temprana advirtió:

“Son los de hoy igual que Stalin, o peores que Stalin. Buscan lo mismo que Stalin buscó, y emplean las mismas armas de hipocresía, cambio de táctica, oportunismo que Stalin empleara. Cae dentro de su filosofía de la vida mancillar la memoria de un muerto que en el fondo de su corazón veneran, si a cambio de esto pueden conseguir que la ideología gane un solo centro en su batalla por avanzar dentro de los países libres de la tierra”.

Eso le dio la lucidez para darse cuenta, con una anticipación que hoy asombra, de lo que se le venía encima a Cuba. El primer signo que lo alertó de ello fue el empleo de la violencia para derrocar a la dictadura de Batista. Cuando estaba ya en marcha la lucha armada, escribió un artículo donde se preguntaba: “Si hoy queman escuelas públicas, que son el hogar de la enseñanza de los pobres, ¿qué concepto tienen de la enseñanza y de la cultura, y cuál sería su conducta si llegaran al poder?”. Hoy ya sabemos la respuesta.

A partir de septiembre de 1958 dejó de escribir en el diario del cual era jefe de redacción. Hasta entonces, Baquero había abogado por que se agotaran todos los medios para lograr una solución sin convulsiones, sin desórdenes, sin radicalismos. En un momento histórico en el cual se hablaba de la revolución como una necesidad, defender un pensamiento como el suyo tenía que caer mal, pues para los partidarios de la violencia toda opinión moderada es una traición. En esas circunstancias, Baquero llegó a la conclusión de que el periodista no tenía nada que hacer, pues todo lo que pudiese realizar era baldío.

En abril de 1959, publicó en el Diario de la Marina uno de sus textos más difundidos: “Palabras de despedida y de recomienzo”. Los hechos lo pusieron en una disyuntiva: no podía aplaudir una dictadura que cometió horribles errores y horrores: el derramamiento de sangre, la censura de prensa, el imperio del terror como norma de gobierno. Pero de igual modo, tampoco estaba dispuesto a apoyar lo que venía y que muy pocos entonces sospechaban. Se contaba entre los viejos reaccionarios que creen que “la revolución conduce siempre a un crimen mayor que el que quiere evitar, y a una destrucción paridora de miseria mayor que la denunciada”. En medio del desbordamiento de júbilo del pueblo, entendió que aquel júbilo no era el suyo. Optó, pues, por el silencio y, algunos meses después, por el exilio. Allí siguió expresando y defendiendo las ideas en las que creía y de las cuales se sentía orgulloso, “por maltratadas, incomprendidas y vilipendiadas que hoy se hallen”.

Hay dos aspectos de sus ideas y opiniones políticas que incluso aquellos que discrepan con ellas están obligados a reconocerle. El primero es que responden a convicciones muy sólidas, que Baquero mantuvo y defendió hasta el final de sus días. Nunca cambió de casaca, nunca renunció a su ideología. Pensaba que el miedo a defender las ideas que van contra la corriente o que son estigmatizadas como nocivas, constituye la mayor de las cobardías. Y que quien tiene un pensamiento como el suyo ha de mantenerlo con cierta lógica y ser consecuente consigo mismo. Lo hizo hasta el final de su vida, rechazando con terquedad un dicho yoruba según el cual “cuando uno se hace viejo, ya no se deja enredar en batallas”.

Anticipó verdades que después la realidad validó

Por esa razón tuvo que pagar un precio. El estigma de conservador y anticastrista lo acompañó durante las cerca de cuatro décadas que vivió en España. En su libro Gastón Baquero: el hombre que amaba las estrellas, el escritor Carlos Barbáchano recuerda que durante la etapa en la que buena parte de la intelectualidad española babeaba con la revolución cubana, esta consideraba a Baquero un reaccionario, un “gusano”. Por su parte, el régimen franquista, que nunca rompió relaciones diplomáticas con la Cuba castrista, tampoco veía “con buenos ojos a un poeta negro y, por si fuera poco, homosexual”.

Eso hizo que durante unos cuantos años Baquero sufriera un rechazo y unos recelos que le dificultaron el establecerse de forma normal en España. De acuerdo a Barbáchano, esto se multiplicó en la transición democrática. Agrega que, asimismo, se le cerraron muchas puertas durante los primeros años de gobierno del Partido Socialista Obrero Español, “afecto en un principio al castrismo”. Esto lo ha corroborado el también español Miguel García Posada, quien al morir Baquero escribió que, pese a ser “uno de los grandes poetas cubanos de este siglo, un poeta imprescindible de la lengua”, el sectarismo y el maniqueísmo determinaron su suerte crítica.

El otro aspecto que me parece relevante es la lucidez y la agudeza demostradas por Baquero en sus análisis. Particularmente en los que trata asuntos de mayor calado se anticipó a expresar verdades que después la realidad se ha encargado de validar. Pienso en los numerosos trabajos que dedicó a poner al desnudo aquella grandiosa utopía que fue el comunismo. Lo hizo en los años 40, 50 y 60, cuando la suya era, junto a unas pocas más, una voz disonante. Entonces advirtió sobre lo que casi nadie quiso escuchar, pues la quimera comunista era muy rentable gracias al uso dialectico de la mentira. Los textos escritos por él en 1990 que se pueden leer en esta compilación vinieron a confirmar aquellas críticas y denuncias suyas sobre una ideología que, como afirma el filósofo ruso Yuri Kariakin, hoy ha perdido el derecho al poder.

Detrás de estos textos, hay un pensador íntegro y sin miedo, que asumió la responsabilidad de no callarse y denunció y desmontó tópicos. Baquero es especialmente sólido al expresar sus críticas. Demuestra una notable capacidad para argumentar y defender el andamiaje de sus criterios. En sus artículos hay no solo una honestidad esencial, sino además rigor y calidad en la escritura. El suyo constituye un periodismo intenso y estupendamente escrito, pero que siempre es ameno y de lectura asequible.

Creo que no debo extenderme más, pues esos textos hablan por sí solos. Quienes lean la compilación objeto de estas líneas encontrarán a un hombre que, reaccionario al fin, reaccionó contra los geófagos insaciables que despojan al campesino de su único patrimonio, la mendicidad infantil, los gobiernos que aspiran a mantenerse en el poder sin oposición, la perpetuación de las injusticias sociales, el odio y el desprecio al negro por el solo hecho de su color, y que defendió la libertad personal como fuente de salvación eterna para el alma humana.

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