Actualizado: 22/01/2019 9:52
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El Monarca del Danzón

Se cumplen cien años del nacimiento de Antonio Arcaño, quien durante más de dos décadas dirigió la popular orquesta Arcaño y sus Maravillas

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Durante el 2011 fueron ampliamente festejados los cien años del nacimiento de dos relevantes figuras de nuestra música, Arsenio Rodríguez y Bola de Nieve. Dos días antes de que este año se despida, corresponde celebrar otro centenario que igualmente merece ser recordado. Me refiero al de Antonio Arcaño (La Habana, 29 de diciembre 1911-18 de junio 1994). Seguramente, para las nuevas generaciones su nombre es una vaga referencia y, en la mayoría de los casos, ni siquiera eso. Sus padres y abuelos, en cambio, lo han de identificar como el sobresaliente flautista que dirigió una popular orquesta, al frente de la cual se ganó el apelativo de El Monarca del Danzón.

Antonio Arcaño confirma el viejo refrán de que hijo de gato caza ratón. Provenía de una familia de músicos, y eso explica que ya desde niño demostró que iba a seguir esos mismos pasos. Había nacido en el barrio habanero de Atarés, pero su niñez y su adolescencia transcurrieron en Regla y Guanabacoa, dos poblaciones de añeja tradición musical. Inició estudios de solfeo y teoría con Armando Romeu Marrero, quien había formado en el ayuntamiento de Regla una pequeña banda con un grupo de adolescentes. Allí aprendió a tocar el clarinete y el cornetín. Un primo suyo, José Antonio Díaz Betancourt, lo guió en el aprendizaje de la flauta. Fue ese el instrumento por el cual Arcaño después se decantó, y por el virtuosismo con que lo ejecutaba fue considerado uno de los cuatro mejores flautistas del danzón en Cuba.

Sus padres lo matricularon en las Escuelas Pías de Guanabacoa, pero por razones económicas tuvo que abandonar los estudios. Empezó así a tocar en fiestas. Su primera actuación pública fue en 1927, en La Bombilla, en la playa de Marianao, un lugar a donde acudían dependientes de comercio y carboneros españoles a bailar pasodobles, jotas y otras expresiones musicales de su país. A partir de entonces, Arcaño empezó a estudiar técnicamente la flauta, al tiempo que acumulaba experiencia tocando en agrupaciones como las de Armando Valdespí, Tomás Corman Vidal y la Orquesta Gris, de Armando Valdés Torres. En 1934 participó en el estreno del conocido danzón Masacre, compuesto por Silvio Contreras Hernández.

A fines de 1935, el cantante y guitarrista Fernando Collazo fundó la orquesta Maravilla del Siglo y nombró a Arcaño director musical. Formaban parte de ella Virgilio Diego (violín), Jesús López (piano), Oscar Pelegrín (güiro), Ulpiano Díaz (timbales), Elizardo Arocha (violín segundo) e Israel López Cachao (contrabajo). Casi todos los danzones que estrenaron llevaban la firma de Orestes López, quien indistintamente ejecutaba el bajo, el cello y el piano. Collado, sin embargo, no poseía carisma para estar al frente de la agrupación y pronto la dejó para proseguir su trayectoria como intérprete.

Prácticamente esos mismos músicos pasaron a integrar La Maravilla de Arcaño, creada por este en 1937. Mantuvo ese nombre hasta 1941, cuando pasó a llamarse Arcaño y sus Maravillas. En esos primeros años los cantantes fueron Miguelito Cuní, René Márquez, Miguelito García, René Álvarez, Gerardo Pedroso y Rafael Ortiz (Mañungo). En cuanto al repertorio, incluía danzones de Silvio Contreras, Luis Carrillo, Ricardo Reverón, Juan Quevedo y Armando Valdés Torres. El tema musical con que la orquesta iniciaba sus presentaciones era la habanera La paloma, compuesta por el español Sebastián Yradier en 1860, tras una visita a Cuba.

En este repaso, es de rigor dedicar unas líneas a la fama que Arcaño alcanzó como flautista. Quienes tuvieron la suerte de escucharlo, aseguran que interpretaba ese instrumento como pocos en esa época. Conviene decir además que usaba una flauta de cinco llaves hecha de madera, y que hace años dejaron de fabricarse. Aventaja a las metálicas en la calidad del sonido, pero las posibilidades para su ejecución son más limitadas. A pesar de ello, Arcaño poseía la virtud de lograr que sonase afinada. La flauta, lo declaró en varias ocasiones, era para él su vida. En una entrevista que le hizo la compositora Marta Valdés, comentó: “Yo era un autocrítico redomado, siempre pensaba que nunca tocaba bien, y eso me llevó a estudiar tanto, a perfeccionarme tanto”. El disfrute que sentía al ejecutarlo llevó a Orestes López a escribirle dos danzones, Chifla, Arcaño y El que más goza. Acerca del segundo, Arcaño comentó: “Me lo dedicó a mi porque yo me divertía mucho cuando tocaba la flauta. Yo verdaderamente disfrutaba mi instrumento. Me sentía mal y me ponía a tocar, y se me olvidaba que no me sentía bien”. El sonido suave de su flauta dominó en la música de la orquesta hasta 1947, cuando una afección en los labios puso fin a su trayectoria como instrumentista.

Un as en cada instrumento y una maravilla en su conjunto

En marzo de 1943 comenzó a salir al aire la emisora radial 1010, que estaba en la calle Reina. En la inauguración actuó Arcaño y sus Maravillas, que a partir de entonces a pasó a contar con un espacio regular a las siete de la noche. El propio Arcaño reconoció que las facilidades y la libertad que allí les daban, contribuyeron mucho al desarrollo de la orquesta. Le dio además una mayor popularidad, pues su espacio era uno de los más escuchados. Lo patrocinaban la pasta dental Gravi y el jabón Dermos. La frase “Pita, Arcaño. Dale Dermos”, con la que el locutor Ruiz del Viso presentaba a la agrupación, llegó a ser muy familiar entre los oyentes.

Para esas presentaciones en la 1010, la agrupación adoptó el nombre de Orquesta Radiofónica de Antonio Arcaño. El tema de presentación dejó de ser La paloma, que fue remplazado por el danzón de Antonio Sánchez Reyes Arcaño y sus Maravillas. Asimismo Arcaño amplió el formato tradicional de las charangas y elevó la nómina de músicos, que llegaron a ser 17 (eso lo aplicó sobre todo a las cuerdas: llegó a utilizar 8 violines y 2 cellos).

De esa amplia radioaudiencia que llegó a tener la orquesta formó parte precisamente Marta Valdés, quien se ha referido a ello en su libro Donde vive la música. Allí recuerda que Ñica, una joven que ayudaba a su madre en los trajines domésticos, se las arreglaba siempre para sintonizar el radio en la emisora 1010, a la hora del programa de la orquesta de Arcaño. Cuenta Valdés que aunque no se explica bien cómo, durante años en su casa se escuchaba diariamente aquel espacio. Y apunta: “Arcaño fue, a mis siete u ocho años de edad, un elemento condicionador que preparó el terreno para que, años después, las sonoridades del feeling me parecieran lo más natural del mundo, en momentos en que ya tenía acceso al botón de sintonía del radio, y buscaba en el dial a Pepe Reyes, a Frank Emilio, a Reynaldo Enríquez”.

En la década de los 40, en uno de los bailes amenizados por la orquesta en los Jardines de la Cotorra, surgió el lema que a partir de entonces la identificó: “Un as en cada instrumento y una maravilla en su conjunto”. En efecto, en esa época en Cuba era poco común que una agrupación musical lograra un sonido cohesionado, al mismo tiempo que sus instrumentistas se destacaran individualmente por su virtuosismo. Arcaño sostenía la idea de que “la intuición, el oído absoluto y la creatividad juegan un papel importantísimo en la creación colectiva de una instrumentación”. Sobre este aspecto, la musicóloga María Teresa Linares ha comentado: “Esta creación colectiva, esta suerte de reunirse en un grupo de músicos geniales, en los que cada línea revestía particular importancia y la suma era un nuevo éxito, es lo que dio mayor impulso y relevancia aun género bailable cubano que desde 1879 venía siendo representativo de nuestra nacionalidad”.

En aquellos años, las sociedades o liceos estaban divididas en tres fracciones, que respondían al grupo étnico de sus miembros: blancos, mulatos y negros. Al igual que otras agrupaciones de esa época, Arcaño y sus Maravillas realizaba la mayor parte de sus actuaciones en las de mulatos y negros. Eso explica la gran cantidad de danzones de su repertorio que fueron compuestos en saludo a las sociedades de recreo de los distintos pueblos y barrios cuyas fiestas amenizaban. Algunos de los títulos que ilustran esto son Sociedad Antonio Maceo de Camagüey, Carraguao se botó, Club Social de Marianao, Aponte Sport Club, Liceo del Pilar, Avance Juvenil de Ciego de Ávila, Centro San Agustín de Alquízar. Sobre este detalle, hay una anécdota muy curiosa. Arcaño y sus Maravillas estrenó un danzón compuesto por Cachao titulado Club Social Buenavista. Cuando Ray Cooder estuvo en Cuba en 1996, lo escuchó interpretado al piano por Rubén González. Quedó tan impresionado, que dio ese nombre al disco compacto que entonces estaba grabado, y que tanta difusión ha tenido en todo el mundo.

El aporte de Arcaño y sus Maravillas a la evolución del danzón fue muy significativo, y consiguió que ese género musical se volviera a situar en los primeros planos de la preferencia del público. A eso contribuyeron aspectos como el ya mencionado excelente nivel de sus músicos (Orestes López y Cachao eran al mismo tiempo miembros de la Orquesta Filarmónica de La Habana), así como la presencia de un compositor como Orestes López, quien formó parte de la orquesta hasta su disolución. A él se debe en buena medida la creación del danzón de nuevo ritmo, precursor de lo que años después será el mambo. Arcaño recordaba que ya desde 1938 Orestes decía “mil veces mambo” para indicar que necesitaba repetir un estribillo muchas veces. Asimismo empezó a hacerse común la frase “vamos a mambear”. De esos años data también el danzón Mambo, compuesto por Orestes, y acerca del cual Odilio Urfé comentó: “En este danzón la rítmica sincopada del montuno oriental halló su verdadera expresión. Arcaño ayudó a precisar la personalidad del nuevo ritmo, restableciendo la costumbre de improvisar variaciones flautísticas”.

Igualmente importante fue la contribución como director del propio Arcaño. En esencia, no varió la estructura en tres partes que poseía el danzón (una para la flauta, una para los violines y la tercera para el guajeo o montuno, que viene a ser una especie de contrapunto entre ambos instrumentos). Pero sí introdujo ciertos cambios. Así, modificó la rítmica en el timbal y el güiro, que pasó a ser más marcada y exacta. Introdujo además la tumbadora, una innovación en este tipo de orquestas. Amplió las cuerdas y completó la base rítmica que exigía el danzón de nuevo cuño. La complejidad de los arreglos y la búsqueda de nuevos timbres hicieron que en algunas ocasiones se adicionaran la celesta, el campanólogo y el órgano. Y eliminó el predominio del piano como instrumento solista único.

Abrió el danzón a las expresiones universales

María Teresa Linares enumera otras innovaciones: un bajo sincopado, ejecutado por el piano o el bajo acústico; improvisaciones ejecutadas por la flauta. Eso, unido a la tumbadora, que hace un baqueteo en lugar del timbal, forma un “tumbao”, un “chanchullo” que mueve a los bailadores a cambiar la estructura coreográfica tradicional. El danzón de nuevo ritmo también obvia las tres introducciones del danzón tradicional, al dar mayor importancia y ampliar en mayores dimensiones lo que anteriormente había sido el montuno del danzón.

Algunas de esas innovaciones remitían a la tradición musical afrocubana, y al respecto Arcaño contó una anécdota. “Cuando tocaba en los bailes, los negros me decían: ‘Arcaño, tú no puedes ser blanco’. A lo cual yo les respondía: ‘Chico, yo soy músico, que es una raza especial. El tambor es parte de mi origen, de mi sangre?”. Arcaño además abrió el danzón a las expresiones universales. Marta Valdés recuerda su sorpresa cuando, andando los años, al revisar los archivos discográficos descubrió una versión de El jamaiquino, del Niño Rivera, interpretada por Arcaño y sus Maravillas. Le llamó la atención escuchar una celesta en la que identificó claramente a Frank Emilio. Esa presencia del jazzista en medio de una orquesta de danzón ilustra las vías por las cuales Arcaño enriqueció melódica y rítmicamente su repertorio.

El danzón mantuvo cordiales relaciones de colaboración con la música sinfónica. Aaron Copland integró en El Salón México (1936) una parte titulada Danzón. En el ballet Fancy Free (1944), Leonard Bernstein incluyó un fragmento de Almendra, de Abelardito Valdés. Y Darius Milhaud utilizó en su suite para piano Saudades do Brasil (1920), el danzón Triunfadores, de Antonio María Romeu. De igual modo, en varias ocasiones los creadores cubanos se inspiraron en obras del repertorio sinfónico. A ello se refirió Arcaño en una entrevista: “La orquesta era buena, pero se mantenía en la música tradicional. Entonces yo les di libertad a los músicos para que produjeran como sentían. Y los arreglistas empezaron a componer danzones con temas de Chaikovski, Wagner, Gershwin, Mozart. Hubo que ampliar la orquesta a dieciséis instrumentos, cuarteto de cuerdas, viola, cello. Yo siempre estaba abierto a todas las innovaciones. Claro que todo no fue color de rosa. Al principio, cuando yo tocaba a Mozart, el público, acostumbrado a Ñongo vivo, Almendra o El manisero, me comunicaba cierto malestar. Pero me la jugué. El nivel técnico ya no nos permitía seguir con el danzón tradicional”. La orquesta logró así que entre los bailadores se popularizaran danzones creados a partir de obras de Chaikovski (Los bombines, de Antonio Sánchez Reyes), Edvard Grieg (María Eugenia, de José Esteban Urfé), George Gershwin (Rapsodia en azul, de Orestes López), Serguei Koussevitzky (Canta, contrabajo, de Cachao), Franz Lehar (La viuda alegre, de Miguel Tachit) y Rachmaninov (Siempre te he querido, de Dora Herrera).

Arcaño y sus Maravillas disfrutó entre 1943 y 1948 de su etapa de mayor popularidad. De acuerdo al testimonio de su director, hubo meses en los que cumplieron 46 contratos. En lo que se refiere a grabaciones, su discografía es bastante amplia y recoge unos 200 temas. Su último disco es de 1948, aunque en los años 60 siete de sus fundadores se unieron a otros músicos, entre ellos Miguelito Cuní, para grabar con la Empresa de Grabaciones y Ediciones Musicales un longplay producido por María Teresa Linares. La orquesta se disolvió en 1958, y tras eso Arcaño se dedicó a dar clases y a formar nuevos instrumentistas (un talentoso discípulo suyo fue Joaquín Olivera Gavilán, quien llegó a captar exactamente su estilo). También fue colaborador del Centro de Investigaciones Folklóricas, que dirigía Odilio Urfé, y de la EGREM.

Algunos de los discos grabados por la orquesta se pueden comprar en sitios como Amazon y el Museo del Disco, en Miami. En Youtube hay videos de algunas de sus presentaciones. Asimismo el cineasta Oscar L. Valdés le dedicó en 1974 un documental. Ver esas imágenes y escuchar esos temas sirve para comprender por qué Arcaño y sus Maravillas logró satisfacer por igual a los bailadores y a los simples oyentes. Más de medio siglo después de que fueron creadas, esas composiciones sorprenden por su complejidad y audacia sonora, así como por su insuperable calidad. Y justifican, en fin, por qué a Antonio Arcaño se le bautizó como El Monarca del Danzón.