Actualizado: 23/10/2017 23:51
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Cristi Puiu, Cine, Cine rumano

El mundo a escala reducida

No muchos cineastas se arriesgarían a realizar una película de 173 minutos de duración, rodada en su mayor parte en el interior de un apartamento. Es lo que ha hecho el rumano Cristi Puiu en su último y excelente filme

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En la sección oficial del Festival de Cannes del año pasado compitieron dos filmes rumanos: Sieranevada, de Cristi Puiu, y Los exámenes, de Cristian Mungiu. Ambos fueron muy ovacionados y el segundo se alzó con el premio al mejor director, compartido con Oliver Assayas por Personal Shopper. A esos dos títulos se sumaba Dogs, de Bogdan Mirica, seleccionado para la sección Un Certain Regard. Si se toma en cuenta que en ese país se ruedan unas veinte películas al año, eso significa que un quince por ciento de esa producción formó parte del programa del festival de cine más importante del mundo. El hecho vine a confirmar algo que desde hace ya varios años es una verdad incuestionable: esa pequeña cinematografía vive un período de efervescencia creativa que la ha situado con inusitada fuerza en un primer plano internacional y la ha convertido en un referente del mejor cine que se hace hoy en Europa.

La presencia de los cineastas rumanos en Cannes es habitual y data ya de varios años. En ese sentido, hay que reconocer que el festival les ha servido de plataforma de lanzamiento y ha contribuido de modo significativo a la difusión de sus películas. Gracias a los premios obtenidos allí, varios de ellos han tenido una gran distribución y han podido estrenarlas en muchos países. Ese es el caso de Mungiu, quien recibió en 2007 la codiciada Palma de Oro con Cuatro meses, tres semanas, dos días. Por su parte, Puiu obtuvo en 2005 el premio a la mejor película de Un Certain Regard por La muerte del señor Lazarescu. Esta película fue precisamente la primera que llamó la atención de los críticos sobre el movimiento que después pasó a ser conocido como la Nueva Ola Rumana.

El filme de Mungiu se estrenó internacionalmente el año pasado. Ahora le ha tocado el turno al de Puiu, que ha llegado a los cines de varios países (en España se ha podido ver a partir de julio). A propósito de la génesis de Sieranevada, su director expresó en una entrevista: “Todo viene de mi historia personal, de la comida que siguió al entierro de mi padre. Unos años más tarde, en 2012, uno de mis coproductores me preguntó si tenía un nuevo proyecto, y se me ocurrió contar de manera muy subjetiva lo que sucedió durante esa comida. La idea también surgía de la constatación de que las historias que componen nuestras propias historias personales son en realidad ficciones. A partir de ahí, corresponde al espectador construir su propia ficción, pues la historia de Sieranevada podría suceder en cualquier lugar: yo invito al espectador a acompañarme. Además, tenía la intención de ir en una dirección bastante radical”.

Y en efecto, con este su cuarto largometraje Puiu ha realizado su proyecto más radical y ambicioso. No son muchos los cineastas que se arriesgarían a realizar una película de 173 minutos de duración, rodada, con excepción de un par de secuencias, en el interior de un apartamento de Bucarest construido durante la era comunista. En los seis o siete espacios del mismo dieciséis personas aguardan el inicio del ritual religioso que los ha reunido allí. Súmese a eso que durante todo ese tiempo no ocurre gran cosa, más allá de algunas discusiones que se suscitan, y ya me dirá el lector si no estamos ante una cinta radical que, así descrita, puede amedrentar a muchos potenciales espectadores.

Sieranevada posee la falsa apariencia de una comedia costumbrista, con algunas pinceladas de humor negro. La trama tiene lugar tres días después de los atentados terroristas contra el semanario satírico Charlie Hebdo. Lary es un médico cuarentón cuyo padre murió hace cuarenta días, y con ese motivo sus familiares se han reunido en el apartamento de uno de ellos. Van a homenajear al difunto según una tradición de su pueblo natal. Esta incluye la presencia de un sacerdote ortodoxo y la bendición por este de un traje, que será llevado por el miembro más joven del clan. Sucede, sin embargo, que el clérigo se retrasa notoriamente. El encerramiento hace que la situación se complique y que la reunión no transcurra como estaba prevista.

Señalé antes que el filme da la falsa apariencia de ser una comedia costumbrista, y pudo haber derivado en una obra superficial. Pero en manos de Puiu el costumbrismo es otra cosa, pues él sabe sortear y trascender sus peligros. Bajo su aspecto naturalista, Sieranevada hace una radiografía de un segmento de la sociedad rumana contemporánea, si bien los problemas que aborda poseen un alcance universal. Ese microcosmos intergeneracional formado por la variopinta familia es un reflejo del mundo a escala reducida.

Ante la prolongada demora del sacerdote, lo único que pueden hacer las personas reunidas en el apartamento es hablar. Sus conversaciones van de lo anecdótico y lo banal a lo afectivo, lo irracional, lo reprimido. Hablan de religión, política, memoria histórica, odios clasistas. Uno de los debates que se suscitan tiene como centro las teorías conspirativas surgidas a partir de los atentados terroristas del 11 de septiembre. Un cura se queja del comportamiento de los ateos respecto a los dogmas religiosos. Una vieja amiga de la familia reivindica y defiende las bondades de la era comunista, lo cual da lugar a que una mujer reaccione y recuerde que uno de sus familiares estuvo detenido por motivos políticos. Una nieta del difunto expresa su nostalgia por un remoto régimen monárquico, del cual seguramente sabe muy poco.

A medida que avanza el filme, los vínculos entre los personajes se van haciendo claros. Asimismo, se revelan intimidades y afloran infidelidades, rencillas entre hermanos, miedos, heridas del pasado que no han cicatrizado y otros conflictos. Pero Puiu es un cineasta talentoso, inteligente y sutil y no permite que todo eso desemboque en enfrentamientos violentos u ofensivos. Todo queda en amagos de rupturas, en desencuentros. Al final, todos se sientan a la mesa y disfrutan de la comida que el sacerdote ha bendecido.

Puesta en escena de muchas capas

Uno de los aciertos de este notable filme es la cantidad de áreas de la vida y el pensamiento que consigue abarcar. A las antes mencionadas se pueden agregar otras como el antisemitismo, la fidelidad, el sistema capitalista. No menos importante es el hecho de que al expresar los personajes sus puntos de vista, eso permite enfrentar el problema de lo que es verdad y lo que no lo es, lo que se pone en tela de juicio y lo que no. Puiu muestra sus reacciones y es posible que a través de ellas trate de encontrar alguna verdad. En ese sentido, Sieranevada debe interpretarse como su manera de cartografiar un mundo en el cual ya no es posible comprobar ninguna verdad.

Al ver la película, puede pensarse que buena parte de lo que se ve en la pantalla surgió a partir de improvisaciones. Pero Puiu, quien además escribió el guion, ha aclarado al respecto: “Hay algo de improvisación, pero no en el sentido de poner la cámara a filmar y dejar a los actores libres para hacer lo que quieran. En esta película, he hecho cosas que nunca antes había hecho, como pensar los diálogos el mismo día de rodaje y decirme a mí mismo: Ya veré en el montaje”. Lo cierto es que, aunque a veces da la impresión de ser un documental (es como si el espectador se hubiese colado en el hogar de una familia rumana cualquiera), Sieranevada es un filme preciso, minimalista, en el que el contenido y la forma están indisolublemente integrados. Es de una densidad apabullante y su virtuosa puesta en escena posee muchas capas. Es además un proyecto eminentemente cinematográfico y resulta difícil imaginarlo como obra de teatro o como novela.

Puiu logra el milagro de mover los dieciséis personajes en el no muy grande espacio del apartamento. Su dirección constituye un verdadero bordado de movimientos y situaciones, que se disfruta tanto por los diálogos como por la planificada estructura formal. Esto es, en este caso, particularmente destacable, pues se trata esencialmente, ya lo anoté, de un filme de interiores. Las puertas se abren y se cierran constantemente, para que familiares y amigos entren o salgan. Ese auténtico concierto coreográfico es uno de los hallazgos del director y su equipo de rodaje, que consiguen que la cámara esté siempre en el lugar exacto para captar lo que sucede.

Y a propósito de esto, para planificar el uso de la cámara —muchas veces llevada al hombro— Puiu se basó en una tradición de la religión ortodoxa, según la cual el alma de una persona que muere no deja el cuerpo, sino que sigue vagando libre durante 40 días. En la película, la cámara adopta el punto de vista del difunto, como si este mirara a los vivos por última vez. Al ser alguien que no puede intervenir en la acción, se limita a contemplar lo que allí está ocurriendo. “Un poco como en la historia del cine, donde se prefiere decir que la cámara es una persona invisible”, ha comentado el cineasta rumano.

El inteligente guion está construido a la manera de un rompecabezas. Sin embargo, Puiu no proporciona al espectador todas las piezas. Suceden cosas que no se ven ni se oyen, y de las que solo llegan frases aisladas, fragmentos de escenas. Eso lo obliga al espectador a armar la historia con una información incompleta. Pienso que esto tiene que ver con algo expresado por el cineasta: “La idea de la película también surgió de la constatación de que las historias personales son en realidad ficciones. A partir de ahí, corresponde al espectador construir su propia ficción, pues la historia de Sieranevada”.

Otro acierto es también la concentración temporal y espacial como herramienta creativa (el filme sigue las unidades teatrales de tiempo, lugar y acción). Todo ocurre en el mediodía e inicio de la tarde de un sábado. El metraje coincide casi exactamente con el tiempo cinematográfico. En cuanto al segundo aspecto, la claustrofobia y la superficie del apartamento tensan los vínculos entre los personajes y limita el propio espacio entre ellos. El ámbito espacial se erige así en entidad dramática por antonomasia, ya que determina su sicología, sus relaciones, sus comportamientos. Vuelvo a citar a Puiu, quien declaró: “Quise demostrar que se puede contar una historia épica sin salir de un pequeño espacio cerrado. Si usas las distintas habitaciones como diferentes focos narrativos, y las alternas al ritmo de las puertas que se abren y se cierran, una cena familiar puede convertirse en algo parecido a un campo de batalla”.

Resta agregar que Puiu retrata ese microcosmos familiar con una mirada ácida, no exenta de humor. Asimismo, el filme está realizado con largos planos secuencias y con ese realismo puro y duro que caracteriza al cine rumano. Cuenta además con un excelente grupo de actores, que hacen el trabajo homogéneo que se espera en una película coral. Solo queda que me refiera brevemente al título, que ha dado lugar a distintas interpretaciones y sobre el cual el director ha dado varias explicaciones. De todas, la más sencilla es, ha dicho él, que algo que lo saca de quicio es que en cada país le ponen un título diferente a sus películas. Así que al terminar Sieranevada se dijo: “Escogeré un título que funcione en cualquier idioma y que no pueda ser cambiado”.