Actualizado: 24/04/2018 10:27
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El opio de una quimera

Un holandés y una argentina narran en sendos libros testimoniales las experiencias que vivieron durante su estancia en Cuba

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Como él ha hecho notar, el holandés Theo Peters (1953) pertenece a la generación de jóvenes izquierdistas de Europa Occidental que la década de los 60 “comenzaron a manifestar en las calles su hartazgo con la democracia parlamentaria capitalista”. No es de extrañar por eso que, al igual que otros contemporáneos suyos, se sintiese atraído por la revolución de una pequeña isla del Caribe que desafiaba al imperialismo norteamericano en sus propias narices.

Era estudiante de secundaria cuando, casualmente, cayó en sus manos un ejemplar del Diario del Che en Bolivia. Tenía la ingenuidad romántica de un joven de quince años y aquella lectura fue la brújula que iba a marcar el rumbo que iba a tomar su vida. Cuenta que, mientras la mayoría de sus compañeros de estudio salían los fines de semana a bailar y divertirse, él se dedicaba con la disciplina de un monje a leer de la primera página a la última el Granma. Y añade: “Los larguísimos discursos de Fidel Castro, que el periódico siempre reproducía íntegramente, los estudiaba palabra por palabra, de tal modo que hasta hoy día soy capaz de recordar todavía párrafos enteros de algunas de sus intervenciones”.

Ese entusiasmo lo llevó por primera vez a Cuba, en el verano de 1972. Según confiesa, se hallaba “anestesiado por el opio de una quimera” y cometió la imprudencia de viajar sin visado y con solo $150. Nada más llegar al aeropuerto fue conducido a una oficina del Ministerio del Interior, en Marianao, donde lo sometieron a un interrogatorio duro pero correcto. Finalmente, logró convencer al oficial de que solo quería conocer el proceso revolucionario y, si se lo permitían, mostrar su solidaridad trabajando en el campo. El funcionario lo dejó entrar y además lo autorizó a quedarse en la casa de unos amigos. Era el primer extranjero, le dijo, a quien se le permitía esto, en lugar de la estancia en un hotel que era obligatoria. Lo hizo a condición, eso sí, de que sus amigos y él se presentaran cada semana en su oficina, para rendir cuenta de sus actividades.

Aquella primera estadía de la Isla fue el inicio de su idilio con la revolución cubana. Terminó a fines de los años 80 cuando su nombre ingresó “en la lista negra de quienes tienen vetada la entrada al paraíso revolucionario del Hemisferio Occidental”. El proceso que lo llevó a una profunda y amarga decepción lo ha narrado Theo Peters en el libro testimonial Quimera verde olivo. Memorias cubanas (Editorial Verbum, Madrid, 2015, 171 páginas).

En aquella primera estancia decidió ir a hacer trabajo voluntario en el campo, para conocer de cerca ese aspecto del que tanto se enorgullecía el régimen. Al otro día, amaneció de la cabeza a los pies lleno de picaduras de mosquitos. Pese a encontrarse debilitado por la falta de sueño, fue a plantar yuca. Apunta que el ritmo laboral era lentísimo, la supervisión del trabajo casi no existía y la inexperiencia de los voluntarios era clamorosa. No faltaron, eso sí, los cantos al son de una guitarra y una botella de ron que fue pasando de mano en mano. Pero nada de eso importaba: el trabajo voluntario “era antes que nada un arma propagandística del régimen. No se trataba de elevar la producción alimentaria del país, sino de demostrar que el cubano estaba dispuesto a sacrificarse, de forma altruista, por llevar adelante la revolución”.

Por intermedio de una amiga, logró ser recibido por José Llanusa, quien acababa de ser nombrado jefe del Plan Genético de Matanzas. Este le explicó los detalles técnicos de aquel proyecto lanzado por el Finado en 1970, con el propósito de catapultar a Cuba a la categoría de potencia ganadera. Tras escuchar las deslumbrantes cifras, Peters se preguntó “a dónde iba a parar semejante abundancia láctea y cárnica si lo que más faltaba en la dieta cotidiana cubana, como yo había observado, era la carne, la leche y sus derivados. Misterios de la planificación comunista centralizada de la economía”.

Regresó a Holanda con mal de amores, pues se había enamorado de Concha, la mujer en cuya casa se hospedó. Matriculó en el Instituto de Estudios Hispanoamericanos de la Universidad de Utrecht. Recobró la fe revolucionaria y asistía a las clases vestido con una chaqueta de cuero verde oliva, botas militares y una boina estilo Che Guevara. Por un compañero supo que las chicas le tenían pánico. Lo consideraban un tipo extraño y siniestro por su indumentaria guerrillera y carnavalesca. Una de ellas incluso comentó que tenía el temor de que algún día apareciese en el instituto con un Kalashnikov.

Con otros estudiantes creó un comité de solidaridad con Cuba, al que llamaron “Venceremos”. Pero empezó a tener divergencias de opinión con los demás miembros de la directiva y los enfrentamientos pasaron a ser constantes. Al final, lo expulsaron fulminantemente, aunque confiesa que en realidad para él fue un alivio: “No podía seguir formando parte de lo que se había transformado en una oscura secta estalinista que por encargo de la embajada de Cuba en Holanda elaboraba informes inquisitoriales sobre personajes holandeses que solicitaban visado para entrar en Cuba”.

A aquella expulsión se sumó otra. En 1975 llegó a La Habana con un grupo de turistas holandeses a los que tenía que acompañar en su recorrido por la Isla. Era la manera de poder ir a reencontrarse con Concha, de quien se enamoró en su primer viaje. Cuando fue a verla, se enteró de que se había separado, se había vuelto a casar y estaba esperando un hijo. Para él fue un golpe muy duro, la mayor decepción que había sufrido hasta entonces. Sin embargo, no estaba dispuesto a tirar la toalla y determinó quedarse un tiempo más para seguir discutiendo con la mujer de la que estaba enamorado. Pero sus planes se frustraron. Unos oficiales de la Seguridad del Estado se aparecieron en el hotel y lo detuvieron. Uno de ellos le dijo: “¿Qué habías tú pensado? Dices que viniste aquí para casarte con una mujer cubana; ¡pero esa mujer ya estaba casada, coño! Debes tener otros motivos para haber venido a Cuba. ¿Acaso eres un espía?”. De nada valieron sus explicaciones. Lo condujeron al aeropuerto y lo montaron en el avión para que regresara a Holanda. A Cuba, le advirtieron, no podía volver más.

La revolución sandinista, otro espejismo revolucionario

Tras fracasar en sus intenciones de establecerse en Cuba, trató de probar suerte en otros países de Latinoamérica. Probó en México, donde se casó con una mexicana, pero la falta de perspectivas de encontrar trabajo lo obligaron a volver a Holanda. Antes de salir, supo a través de su hermano que había recibido una carta de la embajada cubana en La Haya. Tras investigar su caso, la policía había llegado a la conclusión de que, en efecto, tras divorciarse de su anterior esposo Concha había iniciado los trámites para que él pudiese ingresar en la Isla con el fin de casarse. Estaba exonerado de toda culpa y la prohibición de entrar la habían eliminado. Pero para él ya era demasiado tarde: había comenzado a superar su frustrante obsesión con Cuba.

En 1980 su esposa y él se incorporaron al primer comité de solidaridad con la recién triunfante revolución sandinista en Europa. Fue, escribe Peters, “otro espejismo revolucionario, que el paso del tiempo se encargaría de poner en evidencia descarnadamente con el alumbramiento de una nueva casta revolucionaria privilegiada, como en Cuba, con los mismos abusos de autoridad, el mismo desprecio a los principios democráticos, el mismo afán de perpetuarse en el poder”. Ya entonces tuvo ocasión de ver cómo eran aquellos dirigentes, cuando sirvió de intérprete al comandante Tomás Borge durante su visita a Holanda. Un hombre autoritario, prepotente, que durante su encuentro con el líder histórico de la socialdemocracia holandesa y exprimer ministro hablaba con la boca llena. No menos despótico le pareció el chabacano comandante Omar Cabezas, quien en Managua ordenó a sus escoltas que cerraran la carretera en ambas direcciones para que él pudiese orinar cómodamente en la vía pública.

Cuenta su paso como corresponsal por la Agencia Nueva Nicaragua en Holanda, labor que continuó en México, a donde decidió volver con su esposa. Pero aún le quedaba por vivir el último episodio de su relación con Cuba. En un momento dado se quedó sin trabajo y un amigo le sugirió buscar empleo en Prensa Latina. No tenía ningún interés en laborar de nuevo al servicio de los cubanos, pero siguió el consejo y fue aceptado. Transcurridos algunos meses, el responsable político de la agencia, que jerárquicamente está por encima del corresponsal jefe, quiso hablar con él en privado. Estaban satisfechos con su labor, le comentó, pero pensaban que podía ser más útil para Cuba. Por ser holandés, se le facilitaba el acceso a la embajada de Estados Unidos: “Queremos que tú intentes ir a todos los actos que se celebren en la embajada para escuchar las opiniones que expresen los asistentes sobre Cuba y después haces un informe para nuestro embajador”. En otras palabras, le pedía que trabajase como espía o informante para la Seguridad del Estado. Amablemente rechazó la oferta, pero el comisario le recomendó que le pensara con calma.

Durante el tiempo que estuvo en Prensa Latina, conoció a personajes como Jorge Timossi, “uno de esos argentinos de izquierda que, incapaces de hacer la revolución en su propio país, abrazan una causa ya triunfante (…) para ejercer de inquisidores de la pureza revolucionaria en su país de acogida, muchas veces más prepotentes y más arrogantes que sus propios anfitriones”. También fue testigo de una conferencia de prensa en la que una pregunta incómoda provocó la ira del Finado. A estas alturas, anota, “yo ya sabía casi a la perfección, salvando algún matiz desafortunado, lo que se esperaba de mí (…) Escribir para Prensa Latina no solo implicaba someterte a la censura, sino que suponía interiorizar los códigos de censura de tal forma que la autocensura se imponía como reflejo natural de la subordinación asumida”. Esto coincidió con una inesperada oferta de trabajo en la Agencia Alemana de Prensa (dpa) en Ciudad México. Cuando comunicó su decisión de dejar Prensa Latina, lo sorprendieron con una contraoferta: un traslado a La Habana, donde tendría un apartamento en el edificio Focsa y un auto Lada.

Los privilegios materiales con los cuales querían comprarlo respondían no tanto a que valorasen sus habilidades profesionales, sino al miedo al daño propagandístico que su independencia periodística pudiera causar. Y en efecto, no estaban equivocados. Pocos días después de incorporarse a la dpa, Peters dio a conocer en el diario mexicano Excélsior una serie de artículos sobre la disidencia cubana y sobre la terrible situación económica de la Isla en el Período Especial. Poco después de que se publicaran, Pedro Margolles, director de Prensa Latina, se quejó enfurecido al jefe del servicio español de dpa en México. Reclamó que no lo consultase antes de admitir a quien era un “renegado que había dado una puñalada por la espalda a la revolución”. A partir de entonces, nunca más le han permitido regresar a Cuba. Se vio obligado así a renunciar a su sueño de “poder pisar nuevamente las calles de mi querida Habana y de volver a aspirar su inconfundible olor, esa extraña mezcla de fruta tropical podrida combinada con gasolina mal consumida y sal marina”.

Quimera verde olivo está escrito con un estilo directo, que evita las florituras y las complicaciones sintácticas. Su autor adereza su testimonio con anécdotas y con una saludable y efectiva dosis de humor. Todo eso contribuye a que sea un libro muy ameno y se lea de un tirón. Pero su verdadero valor reside en su alcance desmitificador y en las demoledoras verdades con que revela, como comenta Roberto Casín en el prólogo, “los trances de un joven holandés de 19 años integrante de esa generación de europeos que se fueron con el corazón en la mano en la década de los 70 a La Habana, embrujados por cantos de sirena y que —al igual que infinidad de cubanos— perdieron, embaucados, los mejores años de su vida”.

Un viaje soñado y un cambio radical

Otra bien distinta fue la experiencia vivida en Cuba por Mónica Sorín Zocolsky (Argentina, 1943) y que ella ha narrado en el libro testimonial Cuba, tres exilios. Memorias indóciles (Editorial Verbum, Madrid, 2015, 362 páginas). Residió allí por tres décadas y fue protagonista activa y entusiasta del proceso revolucionario. Su descubrimiento de la otra cara —“su lado monstruoso”, como Abilio Estévez apunta en la contraportada— de aquella esperanzadora quimera fue lento, pero finalmente se produjo cuando, como ella expresa, “la realidad que me había construido, estallaba por los cuatro costados”.

Su larga permanencia en Cuba fue, en su caso, algo natural. Su padre y su madre, ambos médicos, eran comunistas. Así que ella nació comunista y bebió esa ideología junto con la leche materna. Eso la lleva a escribir: “El comunismo vino con mis entrañas, constituido de modo visceral: ansias de un mundo diferente y mejor, de un hombre nuevo. Dato importante este, para comprender todo lo que vendría… para yo misma intentar comprender todo lo que vendría, en mí: años de vitalidad deslumbrante, con aquella sensación de que eres parte de un todo que da sentido a tu devenir”.

Sorín dedica el primer capítulo de su libro a evocar su infancia y adolescencia en Argentina. En esa etapa, el ambiente familiar fue decisivo en la formación de su conciencia ideológica. Algo que se manifestó tempranamente y que la llevó a militar activamente en la Federación Juvenil Comunista. Durante un viaje que, entre otros países, los llevó a México, sus padres asistieron a una recepción en la embajada de Cuba y allí los convencieron para que se diesen un saltito a la Isla. La hija, por su parte, para entonces deseaba integrarse a un proceso de transformación social y había determinado irse a Cuba. A eso se sumó la buena impresión que sus padres trajeron de su recorrido por la Isla, y que los hizo aceptar la propuesta de irse a trabajar por un año, renovable si la experiencia era satisfactoria. Fue así como ella, sus padres y su hermano Claudio partieron hacia Cuba, a donde llegaron el 23 de mayo de 1962. Acerca de ello, Sorín Zocolsky apunta: “No podía imaginar cuán radical cambio supondría, para toda mi existencia, este viaje soñado que duraría, no una primavera, sino treinta años, cuatro meses y cuatro días. Con sus noches”. Tenía entonces dieciocho años.

Al llegar, los hospedaron en el Hotel Habana Libre, donde estarían hasta que les asignaran vivienda, de acuerdo a lo estipulado en el contrato para Técnicos Extranjeros firmado por los padres. Al día siguiente de arribar, Sorín fue con su padre al Rectorado de la Universidad de La Habana, con el objetivo de entregar la documentación para incorporarse a la carrera de Psicología. Otro tanto hizo su hermano, quien matriculó en un instituto tecnológico y luego cursó una ingeniería.

Al referirse a los profesores, habla con especial afecto de Rafael Bernal del Riesgo, un prestigioso catedrático “con una importante obra escrita y con valiosos antecedentes en luchas de carácter social, desde joven”. Al año siguiente, le tocó ser testigo de cómo a su venerado maestro le celebraron un juicio censor orquestado por la presidenta de la Federación de Estudiantes Universitarios de la Escuela de Psicología, una representante típica de la mediocridad oportunista que empezó a proliferar. Como consecuencia, Bernal del Riesgo fue separado del cuerpo docente y relegado a otro tipo de labor. Sobre aquel incidente, Sorín Zocolsky comenta: “En este instante veo una irónica paradoja: aquella maniobra había sido armada por una dirigente de la FEU, organización en la que Bernal —en sus años juveniles— había sido impetuoso luchador, junto a Julio Antonio Mella”.

El machismo leninismo

Sorín Zocolsky confiesa que sus primeros tiempos en Cuba hubo dos sacudidas que le fueron duras de elaborar, procesar y asumir. Anota que, de hecho, nunca se acostumbró a ellas y años después varios de sus trabajos profesionales se orientaron en una dirección reparadora y, en la medida de lo posible, transformadora. Esas dos cosas fueron la ya mencionada mediocridad oportunista y la actitud sexista de los hombres. Respecto a esta última escribe: “El machismo cubano me duele. Me duele esa arraigada idea de que hay que demostrar a cualquier costo la virilidad, certificar la hombría. Me duele por nosotras, las mujeres. Y también, en muchos casos, por ellos”. Eso lo notó incluso en dirigentes connotados, lo cual la lleva a recordar que no por azar en Cuba se acuñó la frase de “machismo leninismo”.

Pero de igual modo, destaca valores de los cubanos que la impresionaron. Cuenta que, desde su llegada, las escenas entrañables de la vida diaria la cautivaron y crearon en ella nuevos hábitos, nuevas maneras de convivencia. Una de las primeras cosas que constató fue que, cuando esperaba la guagua, si alguien se daba cuenta de que buscaba infructuosamente en su cartera la moneda para pagar el importe del pasaje, siempre había un desconocido que con toda naturalidad se la ofrecía. Asimismo, se refiere a “los infinitos ¡coño! con que el cubano expresa asombro, admiración, pena, alegría, miedo, expectativa, sorpresa, enfado, nostalgia y hasta ternura (para todas las gamas sirve ese coño)”.

La autora hace un detallado recuento de lo que fue su vida en esos años. Dedica páginas a la etapa de sus estudios universitarios, su boda en 1966, su graduación al año siguiente, el nacimiento de su hijo Ginesito. Asimismo, hace un pormenorizado relato de los proyectos que realizó como psicóloga y que incluso la llevaron a desplazarse a otras provincias. También habla de su colaboración en otras áreas, como el Comité de Solidaridad con Vietnam, Cambodia y Laos, del que fue miembro. Cuenta que publicó además dos libros, Siglo XX: ¿crisis del amor? (1987) y Padres e hijos: ¿amigos o adversarios? (1989), que estuvieron por varias semanas entre los títulos más vendidos. Se refiere, en fin, a muchos otros aspectos, pero enumerarlos desbordaría el espacio de esta reseña.

Cuba, tres exilios… es, como afirma Abilio Estévez, un libro hermoso y sincero, que además está profesionalmente escrito. Pero con esa misma sinceridad, confieso que llegué a la última página con la misma impresión que una amiga de la autora tuvo tras leer un texto donde esta plasmó sus experiencias en el Central Caracas: hay un excesivo tono de fervor y orgullo patriótico, de militancia casi religiosa. Por supuesto, hallamos unos cuantos comentarios críticos sobre hechos como los efectos negativos de las Escuelas en el Campo, el argumento de que la justicia social es más importante que la libertad para justificar la dictadura del proletariado, las exclusiones por motivos políticos, religiosas y de orientación sexual, la represión de los homosexuales. Pero no hay un cuestionamiento de la revolución, que en definitiva los engendró y por la cual Sorín Zocolsky declara sentir una “absoluta devoción”.

¿Tuvieron que pasar treinta años para que una persona tan inteligente se diera cuenta de que estaba viviendo bajo un régimen totalitario en toda la extensión de la palabra? En definitiva, bastaba con aplicar la lógica elemental: ¿verde y con pinchitos? Guanábana. A manera de justificación, ella confiesa su “ignorancia acerca de los procesos políticos” y su “casi suicida idealización de los procesos revolucionarios”. Y agrega: “A mí me llevó una eternidad darle la vuelta a muchas cosas y otra eternidad poder ponerle palabras. Cada quien tiene sus tiempos y tampoco es obligado que lleguemos a las mismas conclusiones”.

Al final de su libro, Sorín Zocolsky afirma que estas son sus memorias, y que se impuso escribirlas en absoluta soledad para no ceder a posibles miradas divergentes. Por supuesto, es un derecho que nadie ha de negarle. Corresponde a cada lector aceptar su visión de la realidad cubana y determinar si coincide con sus puntos de vista o, por el contrario, le parece excesivamente idealizada.