Actualizado: 20/07/2018 16:13
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La Tribu, Cuba, Periodismo

El país que somos

Deportistas exiliados, músicos célebres y del bajo mundo, poetas disidentes, emigrantes que atraviesan América Central, negociantes del mercado negro, balseros, policías, travestis, desfilan por este libro y conforman un retrato del cierre de un ciclo, de la travesía que fue la revolución

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Los sesenta fueron los años del hombre nuevo. Los setenta,
la supuesta consumación de ese supuesto hombre nuevo.
Los ochenta, las primeras erosiones del hombre nuevo. Los
noventa, el derrumbe abrupto, sísmico, del hombre nuevo.
Los dos mil, el cadáver danzante del hombre nuevo. Y esta
segunda década del veintiuno, el hombre que ya no importa
si es nuevo o no, sino simplemente que sea.
Carlos Manuel Álvarez Rodríguez

¿Qué razones pueden motivar a estudiar la carrera periodística a un joven en un país donde se hace uno de los periodismos más soporíferos, sumisos y aburridos del planeta? Al menos Carlos Manuel Álvarez Rodríguez (Matanzas, 1989) tuvo una muy convincente: arrebatar el lenguaje periodístico, devolverlo a su origen. Como bien ha comentado en un artículo, “las profesiones que más han sufrido en Cuba, con el consiguiente escarnio para sus practicantes, son aquellas que con el fin de adaptarlas a los caprichos del Gobierno se vieron sometidas a una violenta castración de sus principios y propósitos, arbitrariamente convertidas, de plano, en su reverso. Entre ellas, ningún atraco como el atraco cometido contra el periodismo, al que, de haber sido medicina, se le habría pedido que dejase morir a los pacientes, o que llamara catarro al cáncer”.

Y al argumentar su afirmación de que hay que devolver la labor periodística a su origen, expresa que “el lenguaje en Cuba está sumamente atrofiado y prostituido. El discurso del Estado secuestra conceptos, ideas y las vende de otra manera. Los hechos no son así. Y la intención se trata, simplemente, de devolverle al periodismo lo que el periodismo es. El periodismo no es propaganda, no es una repetición pasiva de discursos del poder político. Tiene que volver a su función. Tan simple como eso”.

Desde que finalizó la carrera, CMAR ha desarrollado una trayectoria como periodista en Cuba que él resume como “un alejamiento proporcional de los medios que están controlados por los aparatos de propaganda del poder. Un alejamiento hacia la periferia, que implicó trabajar en medios cada vez más pequeños, cada vez más a contracorriente, en los que es más difícil establecer un canal de comunicación directa con el lector. Pero, por otro lado, esa misma distancia (del poder político) es directamente proporcional a la libertad que se tiene para escribir”.

Reconoce que en su decisión hay una contradicción: ¿cómo justificar del todo la razón de ser de un ejercicio que ve drásticamente cortado el canal de flujo de información con los que deberían ser sus destinatarios o receptores principales? Por supuesto, el establecimiento de ese canal no depende de los periodistas, ni tampoco de los posibles lectores. Pero lo que sí depende de quienes se dedican a esa actividad “es su elección personal de hacer periodismo o de no hacerlo, y que, incluso, más cerca del ejercicio del periodismo está la decisión de no hacerlo en absoluto que la decisión de hacer propaganda o información rotundamente funcional a un poder político que, a su vez, impide, censura o minimiza el impacto de la información contraria a sus intereses, lo cual, de manera curiosa, es justo lo que define al periodismo, su propósito de desmontar, cuestionar, denunciar o matizar la verdad del poder; es probable que uno de los caminos a tomar sea el de la inmersión profunda en la web (casi hasta desaparecer, pero siempre dando pelea)”.

Era aún estudiante cuando dio a conocer sus primeros artículos en Cubadebate, un sitio web que él considera “la bandera de los medios oficiales de Cuba, el más políticamente activo y progubernamental”. Tras graduarse, colaboró en OnCuba, y comenzó una trayectoria independiente. Está convencido de que ese es el único espacio donde se puede realizar un periodismo real. Sus trabajos aparecieron en El Malpensante y El Estornudo. Esta última, una revista digital que fundó con un par de amigos a inicios de 2016 y de la cual es director editorial. En su descripción se lee: “Revista independiente de periodismo narrativo, hecha desde dentro de Cuba, desde fuera de Cuba y, de paso, sobre Cuba”. Cada columnista cuenta con una breve ficha que lo presenta. La de CMAR dice: “Bebedor de absenta. Grafitero del world. Nada encuentra más exquisito que los manjares de la carestía: los caramelos de la bodega, los espaguetis recalentados, la pizza de cinco pesos. Leyó un Hamlet apócrifo más impactante que el original de Shakespeare, con frases como esta, que repite como un mantra: «La hora de la sangre ha de llegar, o yo no valgo nada». Cree solo en dos cosas: la audacia de los primeros bates y la soledad del center field”.

La política no domina ni dicta el tono

Sus crónicas empezaron a divulgarse y pronto CMAR pasó a colaborar con regularidad en prestigiosos medios de otros países como The New York Times, The Guardian o BBC World. En 2015 ganó con uno de sus textos el Premio Iberoamericano de Crónica Nuevas Plumas. Ese mismo año, el programa “Ochenteros”, de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, lo reconoció como uno de los 20 autores latinoamericanos nacidos en la década de los 80 a tomar en cuenta. Asimismo, ha sido becario de la Fundación para el Nuevo Periodismo Gabriel García Márquez.

En mayo de 2017, fue incluido en la lista Bogotá 39 del Hay Festival, que selecciona cada diez años 39 talentos literarios latinoamericanos menores de 40. CMAR es, por cierto, el menor de todo el grupo. Un mes después, salía de la imprenta una recopilación de sus crónicas: La tribu. Retratos de Cuba (Sexto Piso, México-Madrid, 2017, 257 páginas), prologada por el argentino Martín Caparrós. Se trata de su segundo libro: en 2013 había obtenido en Cuba el Premio Calendario con el volumen de cuentos La tarde de los sucesos definitivos, que fue reeditado en 2015 en Uruguay por Criatura Editorial.

La tribu recoge dieciséis crónicas, catorce de las cuales aparecieron originalmente en publicaciones digitales como OnCuba, El Malpensante, El Estornudo, Aljazeera, Desigualdad. Univisión Noticias. Aunque fueron escritas como textos independientes y aunque abordan temas muy diversos, componen un retrato panorámico de la Isla en el período de dramáticos cambios ocurridos entre los años 2014 y 2016. Esa etapa desconcertante para los cubanos comienza con el anuncio hecho por Barack Obama y Raúl Castro del restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba. Y concluye con el fallecimiento de quien “fue el marabú que se extendió, como una plaga, sobre el tiempo histórico de Cuba”. Para contar este momento bisagra que vive la Isla, el autor de La tribu lo hace desde sus gentes.

Aquellos que se adentren en La tribu sin tener referencias sobre el mismo, deben estar advertidos de que su autor no ha querido escribir el libro sobre Cuba que todos esperan. En esas crónicas, el tema político aparece, por supuesto, pero como un componente más del día a día. No es el que domina ni el que dicta el tono de ellas. Más que tratarlo de modo directo, CMAR muestra cómo la política actúa en la vida cotidiana de los cubanos. Otro de sus objetivos ha sido presentar un espectro más amplio de esa realidad. Está convencido de que hay grandes zonas que son como un páramo, pues nadie las ha narrado con la profundidad con que deben tratarse.

A propósito de esto, el periodista y escritor argentino Martín Caparrós apunta en el prólogo de La tribu: “El muchacho es ambicioso. Quiere escribir sobre un país donde muchos se esfuerzan porque nadie lo escriba y los escriba: un país mal escrito, tan reescrito, cribado de silencios. Los que lo cuentan suelen velarse con alguna ficción, pero el muchacho prefiere declinar esos disfraces: contar historias sin cambiarles los nombres ni las caras, sin cambiarles la fuerza; haciéndose cargo de su carga (…) Hemos oído, leído, visto tanto de Cuba; sabemos tan poco sobre Cuba. Tenemos sensaciones, opiniones, murmullos —pero no sabemos”. La frase “contar historias” empleada por el prologuista debe tomarse en su sentido literal, pues el que CMAR escribe es un periodismo narrativo. Jorge Carrión incluso define sus crónicas como cuentos sin ficción, que “configuran un panorama más agrio que dulce de la Cuba de comienzos de siglo”.

¿Cuáles son algunas de las historias y personajes que conforman el recorrido íntimo por la Cuba de hoy en el que CMAR apela a la cotidianidad? En “Danzando en la oscuridad”, cuenta el caso de una exbailarina de Tropicana que ahora vive en el vertedero de basura más grande de la Isla. Abarca 104 hectáreas cuadradas y “desde su apertura, en 1976, fue considerado un «peligro medioambiental» y un «gran foco de contaminación»”. Al descomponerse, la materia orgánica se pudre y produce gas metano. Este se acumula y combustiona, por lo cual los incendios han proliferado durante décadas. La humareda fétida, el aire contaminado, el calor y los mosquitos en la noche hacen que estar allí sea imposible.

Sin embargo, eso no impide que decenas de buzos o recolectores viajen diariamente a aquel micromundo feroz. Unos van diariamente. Otros se quedan durante tres o cuatro días y realizan maratonianas jornadas de recogida. Los hay que vienen de otras provincias y hacen estancia de tres o cuatro meses, hasta que acumulan un dinero respetable. Y están, por último, quienes viven a tiempo completo en las inmediaciones, como Luz María. Fue bailarina en Varadero y luego en Tropicana. Tuvo que abandonar temporalmente el trabajo cuando su abuela se enfermó. Y al regresar de Oriente, lo había perdido.

Los buzos son perseguidos por la policía. Son acusados de propagar epidemias, pero cuando los sueltan vuelven al vertedero. Muchos caen presos de nuevo, pero no desisten. “Es un círculo vicioso en el que las fuerzas del orden tienen las de perder. Primero porque alguien que decide irse a la basura a sobrevivir ya debe haberlo perdido todo. Poco le importa lo que suceda con él. Y segundo porque quizás la única solución verdadera sería lograr que todos o buena parte de los puestos laborales fueran más rentables que colectar desperdicios para revenderlos. Y eso, en un país donde el salario promedio, unos veinticinco dólares mensuales, representa lo mismo que un par de días de sacrificio en el basurero, parece poco menos que imposible”.

La épica de la sobrevivencia

“Él fue a África para comprarse una casita y salir de aquí. Quería que nos fuéramos juntos. Él quería eso. Pero no viró, y ya le faltaba poco”. Son palabras de Justa Antigua, y se refieren a su hijo Reynaldo Villafranca, Coqui. Era enfermero y se incorporó a la Brigada Médica Henry Reeve, enviada por el Gobierno cubano a Sierra Leona, para combatir el ébola. Allí contrajo el paludismo y aunque fue atendido, no respondió al tratamiento. Para su madre, su hijo menor significaba la última posibilidad real que le quedaba “para salir del antro donde vive. Pero esa posibilidad se fue. El paludismo se la robó”.

Un tema que domina en esas crónicas es el de la sobrevivencia. Es lo que lanza a miles de cubanos a escapar de un país que es “el incunable de las crisis”. Su sueño es llegar a Estados Unidos. Antes se iban por el mar. Ahora la principal vía de emigración ilegal es la frontera mexicana. Dos de las crónicas, las tituladas “La ruta hacia el norte” y “Panamá selfies”, narran el calvario y las vicisitudes de quienes optan por ella. CMAR fue testigo de ese éxodo y comenta que, “a pesar del cansancio, no hay en esta multitud nadie excesivamente apesadumbrado. Es la ofensiva final, probablemente la espera más dulce de sus vidas”.

En Miami, donde pronto han de estar, “el tempo nacional se verá drásticamente violentado, suprimido, traumado”. Pero augura que “les irá bien, porque además cargan con el recuerdo del lugar del que provienen, un país que lamentablemente no supo ofrecerles demasiado, pero no será coser y cantar. No hay casi ninguna prueba factual por la que, a la larga, un cubano que se vaya a Miami tenga que pensar que no tomó la decisión correcta. Menos aún si ha quemado las naves, como todos estos”.

Otra crónica tiene como núcleo central el Malecón, “este largo muro que ciñe las carnes de la ciudad”. Después de prestarle atención, de mirarlo y observarlo, CMAR llegó a la conclusión de que funciona como “una especie de Inferno, círculos y círculos, y que lo único que había que hacer es recorrerlos”. Es precisamente lo que hace en ese magnífico texto, en el cual revela el Malecón como un caleidoscopio de Cuba que diariamente sostiene “las frustraciones, el ocio, las nostalgias y lo que sea que los habaneros vengan a dirimir al borde del mar”.

En “La muerte del maquinista”, el fallecimiento de Juan Formell le da pie para recorrer la trayectoria de Los Van Van. Acerca de esa popular agrupación, escribe: “Quien se haya educado en el feudo Van Van —y esto está lejos de ser un alarde de nacionalismo—, luego no podrá dejar de sentir algo diluido en la salsa, un exceso, tal vez, de metales, más agudos que graves. Como si la salsa frenara justo donde Van Van arrecia. Como si allí donde la salsa de raíces neoyorkinas cargara la atmósfera con cigarrillos y alcohol, Van Van lo hiciera con humo de hielo y marihuana”.

El libro, ya lo apunté, incluye dieciséis crónicas y no puedo referirme a todas. Hay, no obstante, un par de ellas que quiero destacar. Una es “El pitcher negro de las medias blancas”, donde CMAR relata el emotivo regreso del pelotero José Ariel Contreras. Escapó hacia Estados Unidos, donde pasó de ser un exiliado cubano a una rutilante estrella de las Grandes Ligas. La otra crónica es “Alcides, el inédito”. En palabras del periodista, “es el mayor poeta vivo de Cuba, y muy posiblemente el más honesto, el más injustamente silenciado, el que más alto precio ha pagado por su hidalguía y a quien las corrientes de moda no logaron subvertir ni la calderilla política comprar”.

Figuras del arte conceptual, deportistas exiliados, músicos célebres y del bajo mundo, enfermeros que cumplen misiones internacionalistas, poetas disidentes, emigrantes que atraviesan América Central para llegar a Estados Unidos, negociantes del mercado negro, prófugos del FBI que recalaron en la Isla, balseros, policías, travestis. Son los personajes que desfilan por el libro de CMAR y que conforman un retrato del cierre de un ciclo, de la travesía que fue la revolución. Su autor declara que no ha buscado integrarlos ni no integrarlos, ni demostrar a través de ellos una tesis previa. Tampoco encontrar un hilo conductor o una marca registrada de lo cubano. Es, afirma, la puesta en escena de un país. El país que somos.

CMAR forma parte de una camada de periodistas jóvenes cubanos que divulgan sus textos en medios alternativos a la prensa oficial. Una camada, como él la ha definido, “de recién graduados que no tiene nada que perder, ni hijos que alimentar, ni utopías ajenas que cumplir, ni casas que mantener, y que solo tendrían que ocuparse de sí mismos, algo que, como sabemos todos los que han tenido o tenemos veinte años, con arroz y chícharo basta”. Más que nuevo, el que hacen es un periodismo que está volviendo a serlo.

En el caso del veinteañero autor de La tribu, se trata de un periodista que aborda temas complejos con la extensión debida. El suyo es un periodismo elaborado, con un estilo a la vez fluido, elegante, poderoso. Y como señaló Leila Guerriero, posee una voz autoral cargada de recursos, en la que se percibe un manejo desenfadado y rotundo del español. Sus crónicas no solo merecen ser leídas por contar historias interesantes y bien contadas, sino porque además compensan con el placer de leer una excelente escritura.