Actualizado: 19/10/2017 11:37
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Literatura, Literatura colombiana, Periodismo

El paraguas, las bicicletas y la letra X

Pese a su alta calidad, el periodismo de Gabriel García Márquez no interesaría hoy si no existieran los cuentos y las novelas. Sin embargo, en ambas facetas el colombiano fue siempre un estilista

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Para la inmensa legión de lectores con la cual cuenta en los cuatro puntos cardinales del planeta, el colombiano Gabriel García Márquez (1927 - 2014) es el excelente narrador de títulos como Cien años de soledad, El amor en los tiempos del cólera, Doce cuentos peregrinos, La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada… Pero antes de ser un escritor mundialmente conocido, se dedicó durante muchos años al periodismo diario en periódicos de su país como El Universal, El Heraldo, El Espectador.

Esa copiosa producción fue recogida en varios volúmenes por Jacques Gilard. En la introducción al primero de ellos, Textos costeños (Bruguera, Barcelona, 1982), este comenta que García Márquez se inició en el periodismo unos ocho meses después de publicar su primer relato de ficción. Es decir, que “la obra diarística y la literaria se desarrollaron, en los primeros años, de manera más o menos simultánea”. Gilard admite que, pese a su alta calidad, su periodismo no interesaría hoy si no existieran los cuentos y las novelas. Y señala que, sin embargo, es difícil separar ambos aspectos: “García Márquez, como periodista y como escritor, es y ha sido siempre un estilista”.

Tiene razón Gilard cuando afirma que eso resulta más sensible en los casos en que se trataba de “llenar un espacio, de decir cosas —a veces muchas cosas— a propósito de poco o de nada. Entonces todo venía a ser cuestión de estilo: de manera de decir las cosas y también de manera de plantear, con lo cual se amplía bastante la estrecha noción de estilo”. Esto yo lo pude constatar hace poco, cuando revisé unos cuantos de los artículos recopilados por Gilard en los cuatro volúmenes de Bruguera. En especial, disfruté mucho el hallazgo y la lectura de una serie de trabajos acerca de objetos y situaciones a los que, por formar parte de nuestra vida más cotidiana, muchas veces no les damos todo su valor.

El primer texto que encontré fue su delicioso “Ensayo sobre el paraguas” (18 de mayo de 1950). Es el artículo que el hombrecillo de la esquina, a quien García Márquez ve todos los días, escribiría si pudiese hacerlo, para elevar “a la noble categoría de letras de molde” todo lo que él sabe acerca de esa prenda, “menos negra que verde, que oscila en su brazo como un murciélago enorme que el hombrecillo lleva a todas partes para defenderse no tanto de la lluvia como de los perros y los acreedores”.

El caballero, así, escribiría que “el paraguas sirve para muchas cosas, menos para lo que su nombre indica. Sirvió a los poetas surrealistas para hacer buenas metáforas: «La noche abre su paraguas agujereado por la lluvia». Sirvió a los supersticiosos para que se muriera alguien cuando el paraguas era abierto dentro de la casa. Sirvió a los autores de narraciones policiales, como elemento identificador del misterioso hombre que llevaba en una mano un paraguas y en la otra una bomba de tiempo. Sirvió a los precursores de la aviación y de su adiestramiento más cercano, el paracaídas, para romperse la crisma por tres veces consecutivas, antes de que cantara el gallo. Sirvió al torero bufo para pintarle a la muerte caricaturas en la espalda. Sirvió para romperse en los momentos de más urgencia y para enredarse en los flecos de las cortinas de los almacenes en los instantes más inapropiados. Sirvió para todo”.

Sin embargo, como sabe el hombrecillo, “lo primero que se debe proteger en un armario de la casa cuando hay amenaza de lluvia es el paraguas (…) Para pasear bajo la lluvia —como, entre otras cosas, solo han podido hacerlo los poetas franceses con sus respectivas amadas, sin pescar una pulmonía fulminante— se han inventado objetos más apropiados y ordinarios, como el abrigo de gabardina, como el sobretodo de material sintético, como la ruana y, en fin, como el periódico de más de doce páginas. Pero el paraguas no. Esto último tiene apenas una respetable dignidad de víspera, una función exclusivamente anunciativa. Cuando el hombre común sale a la calle con su paraguas, puede asegurarse que va a llover, aunque el plegable aparato no pueda protegerlo a la hora de la verdad”.

Un mueble vestido de frac

Mis hipotéticos lectores han de convenir conmigo que es un texto delicioso. Tanto como lo es “El génesis de las bicicletas” (24 de junio de 1950). Su título adelanta ya el tema que García Márquez desarrollará: “Cuando el hombre logró ponerle pedales a su propio equilibrio, inventó la bicicleta. No hizo nada más que eso, pues ni siquiera las ruedas eran indispensables. Las ruedas existían ya, en alguna parte del mundo, aguardando a que los hombres aprendieran a mover los pies en el aire, cómodamente sentados en su centro de gravedad (…) Luego vinieron los manubrios. El hombre habría podido existir indefinidamente sin ellos, porque la tierra era redonda y habría podido dirigirse a cualquier sitio con solo conservar la dirección inicial. Pero cuando hubo un hombre que se rompió la crisma para inventar la bicicleta, hubo otro que se rompió la suya para inventar las esquinas. Y entonces se hicieron necesarios, indispensables los manubrios”. De ese modo, “de descubrimiento en descubrimiento, la mentalidad humana fue evolucionando, proyectándose para nuevas formas de vida, hasta cuando los mortales, fatigados de pedalear por el mundo, lograron desvincular la bicicleta del movimiento. E inventaron la silla”.

A un instrumento musical, el piano de cola, García Márquez dedicó un artículo publicado el 24 de noviembre de 1954. Comienza así: “No sé si Ramón ha dicho que el piano de cola es un mueble vestido de frac. Si no lo ha dicho, ha debido decirlo, para hacerle justicia a ese admirable instrumento que es antes que nada, una tesis de perfección arquitectónica”. Apunta luego que al igual que los seres humanos, los instrumentos están divididos en escalas sociales. Por ejemplo, en los bajos fondos de la sociedad instrumental está el acordeón, hecho al ambiente de las tabernas. Es el vagabundo, el depravado que de vez en cuando abandona el callejón de los malos olores y se detiene en la puerta de las casas, a mirar los bailes”.

En cambio, el piano de cola “estará siempre en la alta sociedad de los instrumentos. Aclimatado al ambiente de la champaña y de la orquídea, en donde habrá siempre un perfume equívoco y una palabra sin concluir, cortada al borde de la confesión por el filo de las uñas (…) Ningún mueble puede disputarle su soberanía de equilibrio, su trazo perfecto de ala nocturna, sostenida en la nada, en los cuatro soportes torneados cuya fragilidad vacila entre el silbo y el tecleo suelto y distraído”. Y de nuevo García Márquez se refiere a Ramón, quien debe de haber dicho que “el piano de cola vive siempre vestido de etiqueta”.

Acerca de un medio de transporte muy usado en Europa, pero no mucho en Estados Unidos, García Márquez escribe en un texto titulado “Los trenes se volvieron ciudades” (21 de octubre de 1952). Cuenta allí que una campesina colombiana, cuando vio por primera vez un tren dio esta definición: “Es una cocina cargando un pueblo”. Lo dijo después de ver “una locomotora enorme, pesada, que ennegrecía los árboles y las estaciones desde el primer viaje”. Y después apunta: “Hubo una línea ferroviaria que llegó a ser, literalmente, la madre de todos los trenes del mundo. El Oriental Express. Un buen turista se sentía estafado si en el vagón en que atravesaba los Balcanes no se cometía, por lo menos, un asesinato”.

García Márquez agrega que esa experiencia “era mejor que ir al cine, más emocionante y real porque era una manera de estar dentro de la película. Allí viajaban los grandes estafadores internacionales, los tahúres y los príncipes. Todo el mundo revuelto en una confusa mescolanza social que hacía de los trenes europeos unas cosas muy interesantes y sobre todo muy peligrosas”. Lamenta que ahora el encanto de los trenes se ha perdido. “Ahora se viaja bien, con cinematógrafo, aire acondicionado y seguro de vida. Lo que carga la cocina ya no es un pueblo: es una ciudad. La cocina misma es una estufa. Y con tanta comodidad, tanta eficiencia y tanta higiene, las cosas han cambiado de tal modo que en los vagones de los ferrocarriles se ha perdido hasta la posibilidad de que a los viajeros les salga un fantasma”.

En “El complejo de los zapatos crujientes” (7 de abril de 1951), recuerda el caso de un hombre jovial, alegre, siempre conforme con su vida y con la de los demás, que un día dejó de serlo. “Todo porque compró un par de zapatos que crujían como las bisagras de un portón”. Eso lleva al escritor a comentar que “el menos tímido de los hombres es incapaz de sobrevivir a la dura prueba de un par de zapatos crujientes, de esos que se adelantan al transeúnte como una sonora e indiscreta tarjeta de visita (…) El más insignificante, el que puede pasar inadvertido por las calles de la ciudad con un piyama cebrado de amarillo, cubierto de cascabeles; el menos visible, indiscreto y llamativo de los hombres, se convierte, en virtud del despiadado crujido de sus zapatos, en el personaje central de cualquier acontecimiento colectivo”.

El vegetariano, un político de la digestión

¿Existe alguna solución para “amordazar ese chirrido que debe ser algo tan grave como un castigo de Dios, como una penitencia que debemos cumplir para expiar todos los malos pasos dados en la vida”? La respuesta de García Márquez es desalentadora y no deja lugar a la esperanza: “No hay una fórmula efectiva para remediar el crujido de los zapatos. Podrá introducírseles en agua todo el tiempo que se quiera; podrá cambiárseles la suela; podrá, martirizando los pies, dando la sensación de que quien los lleva está subiendo constantemente por una invencible y metafísica escalera de tablones desenclavados”.

Pasando de los objetos a las personas, García Márquez escribió sobre los vegetarianos (21 de octubre de 1950). Los califica como “una especie de santos varones, entregados por entero al culto casi sagrado de las remolachas y los espárragos”. En contraste con los carnívoros, que comen sin ningún afán proselitista, los vegetarianos “no se limitan a disfrutar del desabrido placer de sus lechugas, sino que manifiestan un permanente espíritu de expansión, una constante disposición de hacer del mundo entero una bola cubierta de vegetarianos por todas partes, donde los bueyes no sean otra cosa que instrumentos para arar la tierra o para transportar las legumbres”.

Apunta que mientras la posición del carnívoro humano es pasiva, la del vegetariano es beligerante. El primero cuando acaba de consumir una dorada pierna de carnero, se recuesta en su butaca sin otra intención que la de darle curso a su digestión. El segundo, en cambio, “no bien acaba de consumir su plato de ensalada, cuando ya está escribiendo una apología al rábano o un poema a la espinaca, con la intención marcada de iniciar una campaña de reivindicaciones. Un vegetariano es un político de la digestión, un rabioso predicador de sus preferencias. Es, más a fondo, un teólogo, que ha complicado de manera inexplicable las funciones digestivas con las prácticas religiosas y para quien un plato de zanahorias cocidas es la síntesis de toda la sabiduría universal”.

Hay algunos textos dedicados a las costumbres de los humanos. Entre ellos he seleccionado “El amor por teléfono” (20 de febrero de 1955). García Márquez opina allí que la invención del teléfono acabó con el sentido romántico de las ventanas. Dice no estar seguro de si esa circunstancia ha facilitado o, por el contrario, ha traído nuevas complicaciones a la siempre incómoda tarea de hacer el amor. Lo único que le parece evidente “es que con la devaluación sentimental de la ventana el aspecto procedimental del ejercicio amatorio se ha vuelto menos arriesgado, pero también más costoso. Es el tributo que la humanidad civilizada paga a la técnica, solo por haberle evitado al hombre la incomodidad de cargar, además del amor, que ya pesa bastante, dos metros y medio de escalera”.

Señala que la ventana tenía sobre el teléfono la ventaja económica de que no precisa de una tarifa mensual. Era, además, “un pedazo de casa que se quedó sin construir y a través del cual la familia disfrutaba del muy racional privilegio de tener sin costo alguno y sin ninguno de los riesgos elementales, una considerable cantidad de intemperie regada por toda la casa y hasta dentro de las alcobas”. García Márquez vuelve al teléfono para comentar que con él, las relaciones amorosas han degenerado en una intrascendente complicidad técnica entre un hombre y una mujer. Y concluye: “Un teléfono ocupado puede interpretarse de muchas maneras, incluso como una equivocación de número. Con la ventana, en cambio, el amor estaba defendido de estos riesgos. Porque con su escalera al hombro, sus silbidos convencionales y su propia integridad física puesta a prueba no existía la menor posibilidad de que al subir hasta los balcones de su amada, un caballero respetable y honesto se equivocara de número”.

En “Viernes” (3 de septiembre de 1954), el escritor colombiano defiende que es preciso reivindicar ese día de la semana. Llama a considerarlo no como “una agobiadora prolongación del jueves, sino una angustiosa pero esperanzada anticipación del sábado”. Afirma que si se eliminase el viernes y se saltara directamente del jueves a los ocios del fin de semana, “significaría una abreviatura de la vida que haría los años mucho más largos, pero que en cambio eliminaría este melancólico problema de terminar la semana esperando a que deje de ser viernes”. Porque, sostiene García Márquez, ese es el problema: “A quienes no son supersticiosos les importa exactamente nada que el viernes sea viernes. Lo que les importa es que el viernes no sea sábado, que sea una cuña temporal entre un día en el que no se puede hacer nada más que trabajar y otro día en que las preocupaciones laborales quedan aplazadas indefinidamente, aunque en la intimidad del corazón se sepa, sin que mucho se crea, que tarde o temprano volverá la vida a comenzar en lunes”.

La letra de la discreción, de los silencios oportunos

Voy a concluir esta pequeña antología del excelente periodismo garciamarquiano con dos artículos dedicados a sendas letras del alfabeto. El primero se titula “La importancia de la X” (5 de mayo de 1950), y su autor lo inicia expresando la admiración que siempre ha tenido por la X. “Parada en su penúltimo espacio del alfabeto, entre una W políglota y de caprichoso sonido y una injustificada Z, cuya única función parece ser la de complicar inútilmente la composición ortográfica, la X se abre de brazos, en perfecto equilibrio amoroso, y espera su turno que es, casi siempre, el más importante”.

En su opinión, es una letra con legítimos títulos nobiliarios: “Antes que la J árabe y bostezadora, echara su anzuelo en las aguas de nuestro idioma, la X estuvo adelantada a Ximena —la Campeadora— y hacía más legítimo y añejo a nuestro buen Xerez. Después, debió haber un golpe de estado. Alguien debió perder la batalla alfabética, cuando la J entró dando mandobles y tomó por asalto el puesto de benemérita y, en cierta manera, muchas de las posiciones de la G”.

En la máquina de escribir parece ser la letra menos usual, “la más inútil para quienes no tenemos ningunas relaciones de derecho privado con México, ni tenemos el oído acostumbrado al Xilófono, ni manifestamos el menor interés arqueológico por el hacha de Sílex, ni encabezamos manifestaciones antisemíticas u otras cualesquiera que justifican en nosotros una acusación por xenofobia, ni tenemos suficiente sensibilidad artística para dedicarnos a la xilografía; nosotros ni siquiera sabemos qué pitos toca el saxofón, ni si el fox es música civilizada o el axioma digno de ser tenido en cuenta como fundamente filosófico; nosotros, digo, aparentemente no haremos nunca uso de la X”.

Sin embargo, argumenta García Márquez, “para quienes escribimos en máquina la X es una letra más necesaria que ninguna otra. Es la letra de la discreción, de los silencios oportunos, del callar cuando se debe; la letra de las rectificaciones privadas. La X, en fin, es para nosotros el único recurso que nos queda después del sincero examen de conciencia (…) Es por eso por lo que hoy, después de haber pasado un día angustioso tratando de encontrar un alimento adecuado para esta jirafa diaria, me he formulado la única pregunta posible: ¿xxxxxxxxxx?”.

La otra letra homenajeada es la H, y García Márquez incluyó su elogio en “Hay que tener mala ortografía” (9 de septiembre de 1952). En ese texto, confiesa su especial predilección por esa letra: “Parece que es la letra más combatida, denigrada e injustificada del alfabeto castellano. Sin embargo, y acaso por eso mismo, es preciso convenir en que la hache es la única letra con personalidad. Suprimirla sería una medida absurda, un disparate legal. Lo único que yo admitiría en relación con ella es que se permita a cada quien colocarla como le venga en gana, con la seguridad de que la hache sobreviviría a esa experiencia. El error, hasta ahora, ha consistido en que se consulte, para la utilización de la hache, el punto de vista de los académicos. Lo que hay que consultar es el punto de vista de la hache (…) Saltaría entonces como la liebre del refrán, en donde menos se le espera, como en ese prodigioso cartel que constituye un victorioso testimonio de la superioridad de la hache sobre los recursos humanos: «Se asen flores hartificiales»”.