Actualizado: 11/11/2019 11:18
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Estalinismo, Literatura, Literatura rusa

El pasado con ojos nuevos

Pese a ser una autora bisoña, Guzel Yájina ha iniciado su andadura con la seguridad y la madurez de una veterana. Lo ha hecho con una novela que cuenta la epopeya de una mujer en una de las etapas más brutales del estalinismo

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Desde que se publicó hace cuatro años, la novela Zuleijá abre los ojos (Acantilado, Barcelona, 2019, 541 páginas) ha tenido una magnífica recepción. En Rusia obtuvo, entre otros galardones, los premios Gran Libro y Yásnaia Poliana. Los críticos la acogieron muy favorablemente. El escritor y crítico Pavel Basinsky comentó en Rossiyskaya Gazeta: “La alquimia que permite la transformación de un tema histórico trágico en gran prosa es inmensamente difícil. Aquí somos testigos de un debut novelístico muy fuerte, esa clase de novelas que hemos estado esperando por mucho tiempo. Y lo importante es que la alquimia ha funcionado: el tema ha sido transformado en literatura”.

Esa acogida se extendió a los lectores, que en el país eslavo tienen la tradición de ser muy exigentes y a los que les sigue interesando el tema de la historia del país durante el período soviético. Entre esos lectores estuvo el primer ministro ruso, Dmitri Medvedev, quien elogió la novela. De esta se han hecho además tres adaptaciones al teatro, así como una serie de televisión de ocho capítulos protagonizada por la excelente actriz Chulpan Jamatova, y que se estrenará en el otoño. Asimismo, Zuleijá abre los ojos cuenta con una treintena de traducciones, lo cual pone de manifiesto el interés que también ha suscitado en el extranjero.

Resulta difícil pensar que se trata de la primera novela de Guzel Yájina (Kazán, 1977), escritora de expresión rusa, aunque de raíces tártaras. Y es que pese a ser una autora bisoña, ha iniciado su andadura con la seguridad y la madurez de una veterana. Precisamente una escritora que sí puede presumir de veteranía, Liudmila Ulitskaya, ha saludado la obra de Yájina con estas palabras: “Un debut maravilloso. Zuleijá abre los ojos posee la principal cualidad de la literatura genuina: va directo al corazón. Una novela que es un poderoso himno de amor y ternura en el infierno”.

Varios de los críticos que han comentado la novela han señalado que se nutre de la gran tradición de la narrativa rusa. Y en efecto, en sus páginas son perceptibles ecos de autores como Tolstói, Dostoievski, Gógol, Bulgakov. La obra de Yájina se inscribe además en una riquísima tradición de la literatura rusa, la de las novelas monumentales —en francés se denominan roman fleuve, novela río—, que por su abundancia constituyen casi un género.

Fue León Tolstoi quien inició esa manifestación con Guerra y paz (1878), una de las grandes obras de la literatura universal. Igualmente pertenecen a ella Crimen y castigo (1866), Los demonios (1871-1872) y Los hermanos Karamazov (1879-1880), de Dostoievski, el otro nombre fundamental de la narrativa rusa de esa etapa. En el siglo XX, los ejemplos son abundantes, y para limitarme a algunos títulos relevantes mencionaré El Don apacible (4 volúmenes) y Campos roturados (2 volúmenes), de Mijaíl Shólojov, la trilogía Tinieblas y amanecer (1920-1941), de Alexéi Tolstoi, integrada por Las hermanas, El año 18 y Mañana sombría, y Vida y destino, la extraordinaria novela de Vasili Grossman.

Al igual que en esas novelas, en Zuleijá abre los ojos su autora no podía menos que adoptar una amplia escala: la historia narrada lo requería. Esta se desarrolla en un período particularmente convulso de la historia de Rusia, que va desde 1930 hasta 1946. Yájina lo recrea para contextualizar lo que constituye el eje central de la novela: el proceso de reinvención, crecimiento y liberación de su protagonista, que a los treinta años enfrenta una nueva vida y tiene el valor de vivirla. Eso en medio de hechos para ella difíciles de comprender, como lo eran la represión de los terratenientes y los campesinos con propiedades, el Gran Terror, el gulag, la Segunda Guerra Mundial, las deportaciones masivas.

Este último, el de los holocaustos silenciados, fue durante décadas un tema tabú en la Unión Soviética. Los primeros que sufrieron las deportaciones fueron los alemanes de la zona del Volga. Al inicio de la invasión nazi fueron desterrados a Asia Central, acusados de colaborar con el enemigo. Bajo esa misma acusación fueron deportados los tártaros y después los chechenos, que residían en sus agrestes y perdidas aldeas en el Cáucaso.

El tema de las deportaciones solo pudo salir a la luz en la etapa de la perestroika. Entonces se publicaron obras como Una nube dorada dormía (1988), de Anatoli Pristavkin, traducida al castellano en 1991. En esa novela, el exilio de los chechenos aparece de manera tangencial. Trata de dos niños huérfanos que son enviados a un orfanato en una zona del Cáucaso donde antes habían vivido los chechenos. También cuenta con edición en nuestro idioma El abuelo, con la cual Aleksander Chudakov ganó el Premio Booker Ruso a la mejor novela de la década. Uno de los capítulos está dedicado a los chechenos e ingusetios que llegaron desterrados al norte de Kazajistán.

Y a propósito de la novela de Yájina, viene a cuento recordar que en la edición de 2016 el Festival de Eurovisión lo ganó Jamala, ucraniana, aunque nacida en Kirguistán, con la canción 1944. La compuso ella misma y, a pesar de que no menciona a los tártaros ni a Stalin, en ella cuenta la historia de su bisabuela, una de los miles de tártaros deportados de Crimea en la década de los 40. Era una veinteañera y tuvo que irse con sus cinco hijos, uno de los cuales no sobrevivió al viaje. Su esposo estaba luchando con el Ejército Rojo y no pudo proteger a su familia. La mujer solo pudo regresar a su tierra al cabo de varios años. La letra de la canción compuesta por Jamala es en inglés y tiene un estribillo en tártaro que recrea frases que la cantante escuchó a su bisabuela: “No pude pasar mi juventud aquí, porque os llevasteis mi paz”.

Deportada por ser una kulak

Zuleijá, la protagonista de la novela de Yájina, es una joven tímida y sumisa de religión musulmana, que vive en una aldea tártara. A los quince años se casó con Murtazá, un hombre rústico que le dobla la edad. Convive con su suegra, a quien ella en secreto llama la Vampira y que la trata despectivamente y castiga por no darle nietos (tuvo cuatro hijas, pero todas murieron). Desde que amanece hasta que cae la noche, hace los trabajos más duros de la casa, y también ayuda a Murtazá en el bosque helado. Debido a la educación que ha recibido, no es consciente de su condición de esclava, ni del menosprecio con el que su esposo y su suegra la tratan.

Durante una de las habituales confiscaciones de alimentos, se produce un altercado entre Murtazá y el oficial de “la Horda Roja” (“a Zuleijá no se le dan bien esas palabras rusas demasiado largas cuyo sentido desconoce. Por eso llama a toda esa gente para sus adentros «la Horda Roja»”), y el primero es muerto a tiros. En cuanto a Zuleijá, el presidente del sóviet rural viene después a comunicarle: “Te deportamos por ser una kulak. Una kulak de primera categoría. Una activista contrarrevolucionaria. Tu deportación ha sido aprobada por la asamblea del Partido. Y la isba nos la quedamos para que sirva de sede al sóviet rural”. Y le dan cinco minutos para que recoja lo imprescindible.

Junto con otros campesinos del pueblo, es conducida a la GPU (siglas de la Dirección Política Estatal) de Kazán, capital de lo que ahora se llama la Tartaria Roja. Cuatro meses después de estar encarcelados, el grupo de kulaks emprende el viaje hacia su lugar de destierro. Antes de que los carguen en un tren de transportan ganado, Ignatov, designado comandante del convoy de veinte vagones, les dice: “Lleváis mucho tiempo bebiendo la sangre del campesinado trabajador. Ahora os ha llegado la hora de expiar vuestra culpa y ganaros el derecho a la vida en nuestro complejo presente y, sobre todo, en el futuro claro y luminoso que legará, con toda seguridad, muy pero que muy pronto…”.

El recorrido desde Kazán hasta un sitio perdido a orillas del río Angará, en Siberia, dura seis meses. Durante el mismo varios centenares de personas mueren. A eso se añade que cuando eran llevados desde Krasnoyarsk en una barcaza, esta naufraga debido a la sobrecarga de pasajeros y solo unos cuantos sobreviven. Zuleijá, que ha descubierto que está embarazada, está a punto de morir, pero es rescatado por Ignatov. Este ha recibido la orden de aceptar la responsabilidad de fundar con los sobrevivientes un pueblo, una colonia de trabajadores. Para iniciar esa tarea, solo cuenta con fósforos, sal, cuerdas, sierras, cuchillos, cacerolas. Y munición, como le comenta su superior, “para cargarse a todas las fieras de la taiga” y “para dar plomo a tus salvajes, como se les ocurra amotinarse”. Para él, una botella de aguardiente, para que ahogue las penas por la noche.

En medio de la taiga, los 156 desterrados empezaron a construir un poblado, desde cero y con lo esencial. Por sugerencia de uno de los deportados, lo llaman Semruk. En realidad, el nombre original era Siem Ruk (Siete Brazos), pero por distracción de la secretaria del Partido en Irkutsk, “enormemente contrariada porque la víspera no pudo comprar unas medias de hilo de Persia al precio de tres rublos en el mercado negro”, al teclear Siem omitió la i. Así que el pueblo quedó registrado con un nombre ligeramente distinto, pero igualmente eufónico.

Allí Zuleijá dio a luz a un niño, al que llamó Yuzuf. A partir de ese momento, dejó de pensar en otra cosa que no fuese su hijo. Se olvidó de Murtazá, de la Vampira, de las tumbas de sus hijas. Rezaba también con menos frecuencia, y cuando lo hacía, rezaba deprisa. Se había convencido de que la mirada de Alá no llegaba hasta aquellos remotos confines. Aprende a cazar y empieza a hacer cosas que en otro tiempo le habrían parecido vergonzosas o imposibles. Con el tiempo, su opinión sobre Ignatov va cambiando y termina unida a él en una relación sentimental. Para entonces, ya no son víctima y verdugo. Después de haber pasado 16 años en Semruk, a él lo han destituido por haberse negado a tomar parte en una conjura.

La Zuleijá que al inicio del libro abre los ojos y se levanta cuando todavía está oscuro, es otra diferente a la de las páginas finales, que también abre los ojos cuando “el sol la golpea, la ciega, le corta la cabeza en pedazos”. En medio del horror de aquella época terrible, se ha encontrado a sí misma. La novela relata admirablemente su despertar y su liberación en el destierro. A través de ella, Yájina refleja la energía de la condición humana y su capacidad de adaptarse a los contextos hostiles. Es un personaje sólido, bien definido, vigorosamente trazado, que se queda indeleblemente impreso en nuestra retina mental.

No obstante, esos aciertos hay que extenderlos a los otros caracteres importantes e incluso a algunos subalternos. Entre ellos se impone citar a Ignatov, a Yuzuf, a Wolf Kárlovich. Este último es un profesor alemán que padece una peculiar enfermedad psiquiátrica: vive dentro de un huevo. Se niega a ver lo que pasa a su alrededor, y lo consigue gracias al huevo: este deja pasar los sonidos y las imágenes que le agradan, a la vez que bloquea rigurosamente todo aquello que pueda causarle la menor incomodidad.

El estalinismo desde otra perspectiva

En lo que se refiere a su visión del estalinismo, es pertinente apuntar que Yájina lo examina desde una perspectiva que, en algunos aspectos, difiere de la de la mayor parte de las obras rusas escritas en las décadas anteriores. Como cabe esperar, en su novela da una imagen crítica de aquel período, pero no le confiere un marcado carácter de denuncia. El hecho de no haber vivido esa etapa hace que la examine desde la distancia. Eso la lleva a tratar de mostrar, a través de la historia narrada, que incluso entre tanto sufrimiento, ilegalidad y represión, el ser humano podía ser capaz de lograr pequeñas victorias, como la lograda por Zuleijá. Yájina narra en su novela una historia de injusticia y pena, pero también de la emancipación y el renacer de una mujer.

Mientras muchos escritores tratan de comprender la historia de las etapas más oscuras del estalinismo, Yájina ha hallado un modo de ver aquella etapa con ojos nuevos. Al respecto, cito estas declaraciones suyas: “Pienso que para los lectores modernos es muy importante comprender cómo la luz y la oscuridad más tenebrosa existieron al mismo tiempo. Cómo la gente que vivía en el infierno estalinista tenía el coraje de enamorarse, tener hijos y vivir simplemente”.

Una de las fuentes que la escritora empleó para redactar Zuleijá abre los ojos fueron los recuerdos de su abuela, cuya muerte la estimuló a escribirla. Eso, unido a sus propias vivencias en Kazán, le sirvió para incorporar elementos de la cultura tártara. En especial, en los capítulos correspondientes a la primera parte recrea usos y costumbres propios del medio rural. Asimismo, a lo largo de la novela aparecen numerosas palabras provenientes del idioma tártaro. Otros pasajes ilustran la religión musulmana que profesa Zuleijá, lo cual incluye su creencia en milagros, fantasmas e ingredientes mágicos. Durante todo el tiempo que pasó en Semruk, nunca pudo averiguar si hay espíritus en el bosque, pues en sus recorridos por colinas, barrancos y arroyos nunca se ha topado con ninguno. En varias ocasiones se le aparece la Vampira, hasta que un día ella se atreve a enfrentarse a ella: “¡Fuera de aquí! ¡No te atrevas a volver a aparecer por aquí nunca más! ¡Esta es mi vida y tú no me das órdenes! ¡Fuera! ¡Fuera!”. Todo ese mundo sobrenatural es aceptado con normalidad por Zuleijá, pues forma parte de sus concepciones religiosas. Por eso se integra en la trama sin que la novela se resienta.

Además de estar coherentemente ambientada en el contexto histórico y de tener un escenario muy bien topografiado, Zuleijá abre los ojos es una novela hermosa, honda y hábilmente construida. Posee un poderoso discurso narrativo, que se sustenta en una armonía entre el relato de los hechos y el estilo literario. Respecto a este último aspecto, hay que anotar que la prosa de Yájina sorprende por su madurez estilística y por destilar potencia, belleza y expresividad:

“Zuleijá no es capaz de seguir reteniendo el dolor en su interior y este sale a raudales, lo inunda todo en derredor: el agua brillante del Angará, el verde malaquita que cubre riberas y colinas, el peñasco en que está ella y la bóveda celeste surcada por la blanca espuma de las nubes. Las gaviotas cortan el aire con sus alas como navajas. Y eso duele. El viento doblega las hirsutas copas de los pinos. También duele. Los remos empuñados por Yuzuf se clavan en el río impulsando la barca hacia el horizonte, hacia el Yeniséi. Duele, igualmente. Mirarlo a él duele. Ay, si pudiera cerrar los ojos, quedarse a ciegas, no sentir nada, pero…”.

Esos valores literarios se mantienen en la versión al castellano, pues han sido magníficamente trasladados por nuestro compatriota Jorge Ferrer. La suya es una traducción impecable, que nos hace sentir que estamos leyendo una obra que no necesita intermediarios. Su trabajo merece, pues, ser celebrado y agradecido. Nos hace recordar algo que se atribuye a José Saramago: si los escritores hacen la literatura nacional, los traductores hacen la literatura universal.