Actualizado: 18/10/2017 20:02
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Literatura, Periodismo

El peregrino quehacer de la pluma

Una antología rescata del olvido a Rafael Suárez Solís en su faceta de periodista, una actividad en la que logró conjugar con buena fortuna periodismo y cultura

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Hacía la friolera de cincuenta años —y que alguien me rectifique si estoy errado— que no se publicaba un libro de Rafael Suárez Solís (Avilés, España, 1881 - La Habana, 1968). El último fue Un pueblo donde no pasaba nada: novela del tiempo quieto (1962). De acuerdo al Diccionario de la literatura cubana, dejó inéditas varias obras de teatro y las novelas El libro del mal amor y La torre de los papalotes, pero hasta hoy siguen sin ver la luz.

Por eso hay que agradecer al investigador Jorge Domingo Cuadriello por haberse dado a la labor de recopilar en un volumen una selección de la vasta producción periodística de Suárez Solís. Me refiero a Periodismo y cultura (Editorial Oriente, Colección Diálogo, Santiago de Cuba, 2012, 295 páginas), de cuya publicación quiero dar noticia en las líneas que siguen. La antología incluye textos fechados entre diciembre de 1924 y mayo de 1958 y que están distribuidos en ocho bloques temáticos: Cultura general, Lengua y literatura, Teatro, Pintura y escultura, Música, Ballet, Cine y Artículos costumbristas. Eso ilustra la diversidad de campos de los cuales Suárez Solís se ocupó. En cambio, los 71 textos antologados solo dan una pálida idea de lo mucho que escribió. Según confesó él mismo, la cifra alcanza los 17.000 artículos (se lo reveló en una carta al caricaturista Juan David que el compilador cita en la introducción).

Suárez Solís incursionó en el ensayo, la novela, el teatro. Pero fue en el periodismo donde desarrolló una actividad más sostenida e intensa. La inició, como apunta Domingo Cuadriello en su documentada introducción, cuando en 1908 pasó a trabajar en el Diario de la Marina. Empezó como corrector, pero tras cumplir durante algunos años esos deberes, pasó a redactar las crónicas de teatro. Fue el comienzo de “su larga y ascendente carrera periodística”, que luego lo llevaría a desempeñar funciones de “reportero del puerto, articulista, editorialista, director, entrevistador e incluso de cronista social”. Fue firma asidua en el Diario de la Marina, pero también colaboró en publicaciones como El País, La Voz, Crónica, Información, Tiempo, Alerta, El Mundo, Carteles, Pueblo, Bohemia. Eso lleva a Domingo Cuadriello a comentar que, dados los numerosos medios en los cuales escribió, “seguir puntualmente esa esencial faceta de su quehacer intelectual resulta un arduo empeño”.

Para realizar la selección de textos que conforman el libro, su compilador se concentró en los trabajaos relacionados con la cultura. En ese campo, apunta, Suárez Solís alcanzó un elevado nivel que lo sitúa en un plano cimero inobjetable, junto a José Antonio Fernández de Castro, Luis Amado-Blanco, Mirta Aguirre y Rafael Marquina. Entre los méritos que justifican esa valoración, Domingo Cuadriello señala su sólida formación cultural, que obtuvo por la vía autodidacta y por el constante afán de superación; y la calidad de su prosa, “si bien elevada, siempre dirigida a lograr una inteligible comunicación con el lector”.

Eso le ganó ser leído y seguido con atención y respeto, e incluso tomado en cuenta. Esto último Domingo Cuadriello lo ilustra con un fragmento de un artículo de abril de 1926, en el que Suárez Solís reprocha amablemente a Jorge Mañach el “no acometer todavía el empeño de escribir un ensayo sobre el choteo (…) Como Bergson estudia la risa y Baroja el humorismo, Mañach debe tratar fundamentalmente del choteo”. Un par de años después, Mañach dio a conocer su famoso ensayo Indagación del choteo, que se abre con esta dedicatoria: “A Rafael Suárez Solís, que con la flecha alta de su ironía levantó la caza de estas meditaciones”.

En vida, la labor como periodista de Suárez Solís fue reconocida por colegas y escritores. Entre otros, lo hicieron José María Chacón y Calvo, César García Pons, Ángel Lázaro, Miguel de Marcos. También Juan Marinello, quien con motivo de arribar Suárez Solís a sus ochenta y cinco años le dedicó un trabajo aparecido en la revista Bohemia. En él, aprovecha para sugerir “si no estaría en lo oportuno ofrecer una relación de sus artículos de más enjundia y sorpresa”. Asimismo resalta que “el oficio periodístico ha hecho de él un clásico en vida, un clásico del más peregrino quehacer de la pluma”. De hacerse esa selección, afirma Marinello, “asomarían con mucha frecuencia la ciencia y la gracia”. Y “señalaría, como algunos hitos chinos, la presencia de una vejez inmune al deterioro, iluminada por el entendimiento y la sonrisa”.

Escritos con rapidez, pero nunca con superficialidad

Varios de los méritos señalados por Marinello se confirman al repasar las páginas de Periodismo y cultura. Aunque en todo momento Suárez Solís tuvo en cuenta la fugacidad del momento y la rápida asimilación por parte del lector, imperativos estos de la prensa diaria, logró dar a sus textos un mayor calado y una adecuada dosis de enjundia. Todo ello, sin perder amenidad y frescura en el estilo. Y precisamente esto último es un importante acierto a destacar: Suárez Solís supo acuñar un estilo propio, que se plasmó en una prosa cuidada, de rico vocabulario, limpia de afectación y retórica.

Esos textos fueron redactados a partir de la premisa de informar sobre hechos que formaban parte de la actualidad más inmediata: el estreno de una puesta en escena del Patronato del Teatro, la publicación de El reino de este mundo de Alejo Carpentier, la celebración del Día del Idioma, un concierto de la Orquesta de Cámara de La Habana dirigida por José Ardévol, la exposición de Cundo Bermúdez en el Lyceum, la proyección en los cines habaneros del filme italiano El limpiabotas… Tenían que publicarse de modo que coincidieran con esos eventos, pues de lo contrario perderían vigencia y serían pan viejo. Asimismo no resulta aventurado imaginar que en más de una ocasión, Suárez Solís los terminó justo a tiempo para salir a entregarlos al linotipista y que no lo pillase la inexorable hora del cierre. Pero como bien señala Domingo Cuadriello, son artículos escritos con rapidez, pero nunca con superficialidad.

Para tratar de convencer de lo que digo, ilustraré con algunos ejemplos. En febrero de 1940, Suárez Solís publicó en el diario Información un artículo titulado “María Zambrano”. En el mismo toma como pretexto la llegada a Cuba de la insigne ensayista y filósofa española para reflexionar sobre el descuido de la hospitalidad. “En la postura del anfitrión no puede haber descuidos”, afirma. Asimismo al referirse a “la aristocrática española que ha venido a honrarnos la morada”, se pregunta: “¿Qué nos está pasando en La Habana para que la venida de María Zambrano no nos ponga festivos, majos de espíritu, con aquel aire de anfitriones que antes usábamos al mostrarnos honrados cuando un viajero de tamaña nobleza se apeaba al borde de los fosos?”.

Muy representativo de las mejores cualidades de la escritura de Suárez Solís, es este otro fragmento: “María Zambrano es uno de los viajeros españoles que con más derecho a manteles y aposentos han pasado por La Habana. Y dicho queda que nos referimos a un convivio y una convivencia espirituales. Si alguna aristocracia queda en toda la redondez de lo hispánico es la de la cultura. Después de varios siglos anodinos —lento proceso de una larga decadencia— España empezaba a encontrarse a sí misma con la conducta que le había hecho nacer ilustre. No nos olvidemos que el idioma castellano es obra de poetas, y que el poeta por antonomasia en la cultura española es el pueblo según su libro —su Biblia— sin escritura que es el Romancero. Pero la poesía, en oposición a las demás artes, no es una manera de vivir. Es, por el contrario, un no poder vivir sin anhelar. Y así fue como en la hora del descubrimiento España se encuentra, renace, al lado de la filosofía”.

En otro trabajo de diciembre de 1939, titulado “Teatro Universitario”, escribe sobre el grupo Iota-Eta y dedica espacio a su montaje de El convidado de piedra de Pushkin, en “la deliciosa versión de Manolo Altolaguirre”. Acerca del escritor ruso, apunta que “es una superación de la cultura rusa, y el teatro de un pueblo, como otro arte cualquiera, ha de iniciarse por la infancia. Ha de nacer. Transplantarlo es proponerse algo tan efímero como nacer por generación espontánea”. Expresa esto porque supone que el grupo Iota-Eta eligió las obras inaugurales, con el objetivo de “investigar las facultades de los artistas en proyecto”. Tras esto, en opinión de Suárez Solís, se debe pasar a descubrir también a los autores nacionales. Y comenta que el teatro cubano “ha de empezar por el principio. Y en el principio es la esencia. Y la esencia está en lo popular. Bien entendidos que se ha de llamar popular a todo lo que es pueblo en el mejor sentido de la nación, con todas sus miserias y todas sus riquezas, a condición de que unas y otras sean compartidas social y temperamentalmente”.

Incluso a los artículos costumbristas Suárez Solís logra imprimirles un sello personal. En ellos, la presencia del humor no resulta tan importante como usualmente lo es en esta manifestación (compárese, por ejemplo, con las estampas de Eladio Secades). No buscan la carcajada ni la risa fácil. Suárez Solís incluye además pocos ingredientes propiamente costumbristas, así como escasos detalles de color local. Sus textos son incluso más reflexivos. De uno de ellos, publicado en abril de 1949, copio este fragmento: “Elijo siempre que puedo el asiento más incómodo de la guagua para conseguir de vez en cuando el derecho a ir sentado. Ese sobre las ruedas de atrás a cuyo ocupante las mujeres con faja no dedican las sonrisas de la conmiseración. Se les ofrece el asiento donde se va con las piernas encogidas y suponen que les recomendamos un plan dietético. Y vuelven la cabeza como diciéndonos: ‘Estoy así de gordita a petición de mi marido’”.

Los artículos recopilados en Periodismo y cultura han resistido bien el paso de los años. Mantienen parte de su vigencia y, como apunta Domingo Cuadriello, aportan una lección perdurable. En estos tiempos nuestros en los que los periódicos digitales y los blogs proliferan como la verdolaga, muchos de los que allí escriben pueden aprender no pocas enseñanzas a través de la lectura de estos textos.