Actualizado: 19/01/2019 3:35
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Literatura, Narrativa, Novela

El placer de leer buenas novelas

Acerca de tres títulos, pertenecientes a un ruso, un ucraniano y un irlandés, que no deben pasar inadvertidos para quienes disfrutan la buena narrativa

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He mirado el calendario que tengo al costado de una de las estanterías y el número 1 destacado en rojo en enero, pertenece al pasado. Estamos ya en 2019, y ahora empieza la curiosidad por saber qué nos ha de traer de nuevo el año nuevo. Para eso, claro, habrá que aguardar a que vaya discurriendo. En cambio, lo que sí podemos hacer es balance de lo que nos dejó 2018. Pero no teman, lectoras y lectores, lo que sigue no es una de las consabidas listas que se suelen hacer por estas fechas. Dios Jehová Nuestro Señor se encargará de librarme de esa tentación, pues es una faena de la cual otros se ocupan cumplidamente. Sencillamente, de la abundante cosecha editorial del año que acabamos de despedir he seleccionado tres títulos que entonces no me dio tiempo a reseñar. Tres recomendaciones sobre las cuales este cronista quiere llamar la atención, y que no deben pasar inadvertidas para quienes disfrutan la buena narrativa. Por suerte, quienes se sientan motivados a leerlas están a tiempo de comprarlas o bien sacarlas prestadas de alguna biblioteca.

Un prodigio de contención y precisión

Voy a empezar con un clásico. Eso quiere decir, como ha recordado el académico español Carlos García Gual, una obra inactual, capaz de hablar de cosas que están más allá de nuestro presente efímero; que pervive porque es capaz de sugerir lecturas apasionadas a los lectores de cualquier época. El clásico al cual me refiero lo firma Iván Turguéniev (1818-1883) —al igual que Luis Alberto de Cuenca, prefiero diptongar la segunda “e” de su apellido, para que la pronunciación se asemeje a la rusa—, quien pertenece al llamado Siglo de Oro de la literatura rusa. De todos esos grandes autores, fue el que tuvo más afinidad y conexión con Europa. Se conoció tempranamente en el mundo de habla hispana y la mayoría de sus obras se han traducido. Constituye por eso una novedad la publicación de Punin y Baburin (Nórdica Libros, Madrid, 2108, 109 páginas), que por primera vez ve la luz en castellano traducida por Marta Sánchez-Nieves.

Se trata de una novela corta editada en 1874 y que es uno de los textos más autobiográficos de su autor. Se inicia en 1830, cuando el narrador —ahora un hombre viejo y enfermo, que piensa más que nunca en la muerte— tenía 12 años (edad que coincide con la de Turguéniev en 1830). Es huérfano y vivía en una rica hacienda propiedad de su abuela, una mujer que trata con crueldad a los campesinos. Un personaje que está inspirado directamente en la madre del escritor.

El hecho de haber pasado la temprana juventud en la hacienda materna, le permitió a Turguéniev observar la vida de los siervos y las relaciones de estos con el amo de la peor manera: su madre, una mujer riquísima, tenía un temperamento enérgico y tiránico y daba una vida miserable a los campesinos. Cuando ya era adulto, su hijo intercedió por ellos, lo cual hizo que la madre suprimiera la asignación que le daba, obligándolo a vivir en la miseria pese a la cuantiosa herencia que le esperaba. Se dice que la imagen de esa terrible situación de los campesinos que Turguéniev dio en sus novelas y cuentos influyó en Nicolás II, cuando se estaba preparando la liberación de los siervos. Algo de lo cual el creador de Padres e hijos se jactaba.

Los dos personajes que dan título al libro forman una singular pareja. Tras hablar un rato con Punin, el narrador concluye que “nunca antes había conocido o hablado con una persona así”. Es entrañable, encantador y un poco corto de entendederas, pero emplea citas mitológicas y a veces habla en versos. Posee una fuerte propensión a inventar y exagerar, y con todo se sorprendía y se entusiasmaba. El adolescente pasaba horas y horas en su compañía y para él representaba un auténtico placer escuchar sus relatos. Leían juntos y tenían sitios secretos para que nadie los descubriese.

Después el narrador se entera de que había estudiado en un seminario, “pero como no soportaba las «azotadas» ni sentía en su interior disposición por el estado eclesial, se hizo seglar, con lo que pasó todo tipo de calamidades y acabó convirtiéndose en vagabundo. «Y de no haberme cruzado con mi benefactor Paramón Semionych solía añadir Punin (no nombraba a Baburin de ninguna otra manera), ¡estaría hundido en una ciénaga de desgracias, excesos y vicios!»”.

En cambio, el primer encuentro con Baburin despertó en el narrador “un sentimiento hostil que al poco tiempo se mezclaría con algo parecido al respeto. ¡Y también le tenía miedo! No dejé de tenérselo ni siquiera cuando en su trato conmigo desapareció su brusca severidad de antes”. Es republicano, culto, preparado y como le define Punin, “dignísimo, de costumbres muy rigurosas, que se sale de toda regla”. Anda errabundo por todo el país y sobrevive con los trabajos temporales que se le presentan.

En el capítulo que transcurre en 1830, el narrador no tiene oportunidad de conocerlo bien. Pocos días después de haber sido contratado por la abuela Baburin fue despedido, por interceder por un siervo que iba a ser deportado. Es una especie de prerrevolucionario, no tiene pelos en la lengua y demuestra la osadía de decirle a la señora lo que piensa: “Tales disposiciones, me atrevo a añadir, solo conducen al descontento… y a otras consecuencias dañinas, ¡Dios me libre de ellas!, y su esencia no es otra cosa que el exceso de la autoridad dada a los señores terratenientes”.

Antes de abandonar junto con Punin la hacienda, Baburin le dice al narrador: “Una lección para usted, joven señor: no olvide lo sucedido hoy y, cuando sea mayor, intente dar fin a estas injusticias. Tiene todo un buen corazón, y su carácter todavía no se ha echado a perder… Cuídese… ¡así no se puede seguir!”. El narrador no es insensible a las reivindicaciones de Baburin respecto a la esclavitud de los siervos, aunque su simpatía no lo lleva a comprometerse. No obstante, este deja en él una influencia: “Desde el momento de mi ingreso en la universidad me había vuelto un republicano no menor que el propio Baburin. ¡Con placer hablaba del conde de Mirabeau y de Robespierre! Qué digo Robespierre… ¡Encima de mi escritorio tenía colgadas dos litografías de Fouquier de Tinville y de Joseph Charlier!”.

Los siguientes capítulos se desarrollan en 1837, 1849 y 1861, y la acción se traslada de la hacienda a Moscú y San Petersburgo. Ese período de dos décadas y pico que cubre la novela fue crucial en la historia de Rusia. Es una etapa marcada por el inicio del reinado de Nicolás I y el ascenso al trono imperial de su sucesor, Alejandro II. Fueron también años convulsos, en los cuales se produjo una fuerte insurgencia revolucionaria, que a su vez dio lugar a una ola de represión. En el plano literario, es la época de gran esplendor de la literatura, en la cual se dieron a conocer varios de sus autores más universalmente conocidos. En ese contexto político, social y cultural se inserta el drama narrado en Punin y Baburin. Turguéniev lo sugiere sutil e inteligentemente a través de breves referencias. Por ejemplo, en una carta que recibe el narrador su remitente escribe: “¡Ayer nos llegó el manifiesto del 19 de febrero!”. Se trata del documento con el que Alejandro II declaró la emancipación de los siervos.

Aparte de las novelas sobre las cuales descansa su fama —Nido de hidalgos, Padres e hijos, Rudin, Humo—, Turguéniev escribió numerosos cuentos y novelas cortas. Entre estas últimas, Punin y Baburin se destaca como una de sus joyas. En ella da muestra de la sutileza de estilo y la perspicacia psicológica que tanto estimaron Henry James y Flaubert. Obra realista, con algunos residuos románticos, de tono triste y pesimista, está escrita con lucidez y con extrema sensibilidad. Y como anotó José María Guelbenzu al comentarla, “es un prodigio de contención y precisión, nada falta y nada sobra. (…) Hay en la obra una mezcla de convicción, melancolía y piedad que casan a la perfección con la actitud vital de Turguéniev. Y una eficiencia y frescura de dicción que ningún amante de la belleza se debería perder”.

Novela negra con pingüino

“Un maravilloso retrato de la alienación postcomunista” (The New York Times); “Delicioso: un cruce perfecto entre Woody Allen y el Coronel Kurtz de Joseph Conrad” (The Spectator); “Fresca, divertida, inteligente, emotiva. Una de esas novelas que amas con devoción” (Nick Hornby). Esos comentarios se refieren a Muerte con pingüino (Blackie Books, Barcelona, 2018, 280 páginas). Su autor es Andrei Kurkov (San Petersburgo, 1961), quien, aunque sus padres son rusos, es ucraniano y vive en Kiev. Su novela conoció antes dos ediciones en castellano, pero con títulos diferentes: Picnic sobre el hielo (Plaza & Janés, 2001) y Muerte ajena (Debolsillo, 2002). Este último es el más cercano al original, que se puede traducir como Muerte de desconocidos.

En el panorama literario de su país, Kurkov constituye un caso atípico. Los escritores ucranianos que cuentan con lectores se pueden contar con los dedos de una mano. De hecho, hasta hace muy pocos años el 90 por ciento de los libros que allí se vendían estaban publicados en Rusia. En tan desolador escenario, Kurkov logró todo un récord en la historia más reciente de Ucrania: de Muerte con pingüinos se vendieron 150 mil ejemplares. Es además el autor de mayor reconocimiento internacional y sus obras están traducidas a 35 idiomas. Esa fama, no obstante, le llegó tras quince años de trabajo y de dedicarse a auto publicar y distribuir sus libros. Ninguna casa editorial aceptaba sus originales y acumuló 600 cartas de rechazo. Fue gracias a Daniel Keel, director de la casa editora Diógenes, de Zúrich, que por fin vio la luz, en 1996, Muerte con pingüino, novela que lo catapultó a la fama que hoy disfruta.

“Misha había aparecido vuelto con un chez Viktor hacía un año, cuando el zoo estaba repartiendo animales hambrientos a quien pudiera darles de comer. Viktor había pasado por allí y había vuelto con un pingüino rey. Su chica lo había abandonado hacía una semana y se sentía solo. Pero Misha le había traído su propia soledad y ahora el resultado eran dos soledades complementarias, que daban más la impresión de interdependencia que de amistad”.

Esa es la presentación de los dos protagonistas, que se lee en la primera página de la novela de Kurkov. Viktor Zolotaryov es un hombre de mediana edad, fracasado, solitario e insulso. Es periodista, pero no tiene trabajo ni tampoco amigos. Ha acabado conviviendo con un pingüino deprimido y fuera de sitio, al que debe consolar, además de alimentar con pescado congelado. Dos seres unidos por una amistad imposible.

La vida de ambos cambia radicalmente cuando Viktor recibe la llamada telefónica del redactor jefe de un importante diario. Lo va a ver y recibe la inesperada oferta de un singular empleo: “Estamos detrás de un autor de talento para escribir las necrológicas, un maestro de la concisión. La idea es que sean algo sucinto, lacónico, ultramoderno. ¿Me comprende?”. Lo que más sorprende a Viktor es que no debe esperar a que se produzcan las muertes para redactar los obituarios: “¡No, claro que no! ¡Es mucho más interesante y de mayor responsabilidad! Lo que tendría que hacer es componer una lista de estelas —así es como llamamos aquí a las necrológicas— que incluya diputados, gánsteres e incluso gente del mundo de la cultura mientras todavía están vivos. Pero sobre todo quiero que escriba sobre ellos como nunca se ha hecho. Por el relato suyo que he leído, creo que es usted el hombre indicado para hacerlo”.

Para empezar, le ofrece un salario de 300 dólares. Eso por realizar una actividad cómoda y tranquila. ¡Menuda oferta! A Viktor le parece bien y antes de irse, el redactor jefe le comenta que va a necesitar un seudónimo. Y añade: “Por su propio interés más que nada”. Siguiendo sus instrucciones, Viktor revisó los diarios para ver de quiénes escriben y copió sus nombres en un cuaderno. Solo en los primeros periódicos halló más de sesenta.

Varios días después, salió publicada su primera estela. El redactor jefe le comenta que ha recibido llamadas de colegas de otros medios, que estaban verdes de envidia. Según ellos, él había inventado un nuevo género de necrológicas. Por supuesto, el mérito era de quien las redactaba, aunque le insiste: “Pero debe permanecer en el anonimato, mientras yo recibo las felicidades ¡y las patadas!”. La labor de Viktor pasa a adquirir un matiz siniestro cuando los protagonistas de sus notas empiezan a morir en el mismo orden en que él ha escrito sobre ellos. Perecen además en extrañas circunstancias: caen por una ventana, son abatidos a tiros o estrangulados. Empieza a comprender entonces que está atrapado en una trama absurda y violenta. Cuando trata de averiguar más, el redactor jefe le advierte: “En cuanto le dijera para qué sirve lo que hace, es usted hombre muerto… Esto no es ninguna película”.

Esa breve sinopsis del argumento de Muerte con pingüino sugiere que se trata de una novela negra. En efecto, lo es, solo que una muy peculiar, alejada de tópicos y clichés. Narra una historia de crímenes y trapicheos sucios, que se ambienta en la Ucrania postsoviética. En ese sentido, traza un retrato feroz y demoledor de una sociedad en la que la criminalidad y la corrupción se han extendido por casi todas las esferas. Pero al mismo tiempo es una obra que posee grandes dosis de humor y que es a ratos melancólica, a ratos disparatada, a ratos tierna. Otro de sus hallazgos es la creación del personaje de Misha, sin el cual la novela sería otra.

Acerca de la razón que lo llevó a incluir un pingüino, Kurkov declaró: “Los pingüinos son animales muy soviéticos. No saben vivir fuera del grupo. Están programados por la naturaleza, como la gente fue programada por el Partido Comunista. Enseguida se desorientan si están solos. Si uno se comporta mal es o porque está loco o porque es un líder”. Y al ser interrogado sobre el interés que más de dos décadas después sigue despertando su novela, expresó: “Muerte con pingüino aguanta el paso del tiempo porque es más humano que político y porque habla de la soledad y la melancolía, que siguen siendo temas que importan a la gente”.

Amor en tiempos de guerra

Del mismo modo que Muerte con pingüino es una novela negra atípica, sobre Días sin final (Alianza Editorial, Madrid, 2018, 274 páginas) se puede afirmar que no es un western al uso. Es además una obra que participa también de otros géneros: la epopeya historia, la novela de aventuras. El encasillamiento que menos le cuadra es de novela gay, pues aunque su temática así la cataloga, trasciende esa etiqueta. Su autor es Sebastian Barry (Dublín, 1955), quien con este libro se ha consagrado como uno de los autores irlandeses más relevantes de hoy. Ha sido reconocido con los principales galardones literarios de su país y es el único que ha obtenido dos veces el Premio Costa.

Días sin final es el cuarto título de la saga narrativa de las familias McNutty y Dunne. Está narrada en primera persona por Thomas McNutty, un joven de 17 años que vio morir a toda su familia de inanición. Para escapar de la Gran Hambruna que azota Irlanda, emigra a Estados Unidos en 1850. Allí conoce a John Cole y entre ambos surge una historia de amor. Durante dos años, se ganan la vida disfrazados de chicas en teatros de variedades, para alegrar a los mineros de Missouri. Luego se alistan en el ejército y participan en la colonización de las tierras de los nativos y, posteriormente, en la Guerra de Secesión. En medio de las penalidades sangrientas de un país creado sobre un gran genocidio, viven también momentos llenos de vitalidad y fascinación. Y terminan formando una familia muy peculiar, cuando adoptan a Winona, una niña sioux.

Sebastian Barry ha escrito una novela emotiva, desgarradora y hermosa, que se desarrolla en un contexto de dureza y violencia. Cuenta una historia que habla sobre la guerra, la muerte, la supervivencia, y sobre un amor que es capaz de triunfar sobre todas ellas. En ese sentido, es atinado el comentario de The Observer de que constituye “todo un canto a la vida”. Es, ya lo apunté antes, todo lo opuesto a un western clásico, y además posee una complejidad no muy habitual en ese género. Está muy bien documentada y construida. Asimismo, posee unas escenas bélicas maravillosamente narradas, que se alternan con otras de una inesperada belleza y una conmovedora ternura. Estamos ante un caso poco usual de obra que combina popularidad con calidad literaria.

Uno de los aciertos de esta historia de “dos personas muy discretas que se habían visto amenazadas y habían pasado muchos peligros”, lo constituye el hallazgo de una voz narrativa que, en principio, no cabe esperar que sea creíble, pero que resulta absolutamente convincente y plausible. El relato de Thomas McNutty combina encanto, asombro, capacidad metafórica, palabras del argot, observaciones agudas, y es una de las razones que hacen que no se pueda abandonar la lectura:

“En la sangre anida una vieja tristeza, como una segunda piel, y otra nueva que enloquece y alborota los salones de la razón. Abandona a Winona. Estoy pensando que no volveré a ver a John Cole. ¿Cómo encontrar palabras para explicarle lo sucedido? Un hombre que solo cuenta con ceros en su haber no puede recibir un uno por respuesta. Aquella noche recorrimos la mitad del camino de vuelta y montamos la tienda de los oficiales; pronto todo queda iluminado por lámparas. Las praderas se extienden, oscuras y frías, por todas partes y los centinelas tararean sus canciones en voz baja como si los acallara una noche vertiginosa de estrellas visibles e invisibles. Las compañías se van a dormir y los hombres parecen estar satisfechos. Han hecho algo muy bueno, han rescatado el corazón de su mayor, al que veo garabateando en unos mapas con su hija al lado”.

Para escribir esa historia, era necesaria una sensibilidad especial. A Sebastian Barry le llegó cuando su hijo Toby salió del armario (a él está dedicada la novela). A propósito de eso, comentó en una entrevista: “A los 16 años y había dejado de ser el chico jovial que era. Su madre y yo le veíamos triste y preocupado y no sabíamos por qué. Un día entró en nuestra habitación y nos dijo: ‘Soy gay’. (…) Fue un momento de alivio para todos. Entonces entendí la sensibilidad que hacía falta para escribir la novela. Es bello que Thomas sea tan bello y que las lectoras del libro se enamoren de Cole por cómo lo describe y lo siente McNulty. Sin mi hijo, ese personaje no habría sido posible. Si no es políticamente correcto, me da igual”.

En Días sin final, la relación amorosa de Thomas y John está narrada con mucha naturalidad, al punto que nunca llega a llamar la atención como un amor diferente. No se hace ninguna mención a la misma hasta que, tras varias decenas de páginas, Thomas apunta: “Y entonces follamos silenciosamente y después dormimos”. Lo dice con absoluta llaneza y luego se desentiende del tema. Más adelante, vuelve a aludir a ello de igual modo, al expresar: “John es un hombre alto y delgado, y puede que su cara no sea muy expresiva. Le gusta tomar sus propias decisiones y luego actuar. Es el dueño de mi trasero, quiere lo mejor del mundo para Winona y no descuida a sus amigos”. La historia que Sebastian Barry cuenta en su novela nada tiene que ver, pues, con la de los torturados sentimientos de los dos cowboys de Brobeback Mountain, el relato de Annie Proulx que Ang Lee llevó al cine.

No conozco el original en inglés, así que no puedo valorar la calidad de la traducción de Susana de la Higuera Glynne-Jones. En todo caso, su versión al castellano es muy solvente y mantiene los principales valores literarios que se le reconocen a su autor. Este, por cierto, dio a conocer que en Hollywood adquirieron los derechos de su libro. Tiemblo al pensar en qué pueden convertir esta magnífica novela suya, sobre la cual el diario británico The Times ha comentado que “está muy cerca de convertirse en una obra maestra moderna”.