Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Martí, Periodismo

El planeta Martí

En su último libro, Francisco Morán se aparta de los caminos trillados y de los estudiosos de José Martí que insisten y refuerzan su condición de santo y apóstol

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En la introducción a su antología de textos críticos La fuente inagotable (2008), Gastón Baquero escribió: ”¿Otro libro sobre Martí? ¿Y por qué no dejamos en paz los cubanos a este hombre por un largo tiempo, larguísimo tiempo, tanto como es larga y aburrida la mención constante de una vida y de un pensamiento que hacemos muy bien en venerar, pero sin exhibir tanto? Verbalmente o por escrito, la admiración filial, la concepción cuasi religiosa que nos despierta, se hacen empalagosas. Casi siempre suenan a oportunismo, a hipocresía?”.

Sin embargo, él mismo se encarga de justificar, algunas líneas después, la edición de un libro más, en este caso el suyo, sobre el que llama el planeta Martí: “La única respuesta de que dispongo es esta: hay que escribir o hablar sobre él, sean cuales sean nuestras posibilidades de agregar algo a lo mucho ya dicho, porque la magnitud de su genio, la riqueza de su personalidad, no están agotadas por el océano de páginas y de palabras que pesa sobre él”.

Las palabras de Baquero vienen a cuento a propósito de la salida de un nuevo libro sobre José Martí (hasta donde sé, es el segundo aparecido este año; el otro es ¿Fue José Martí racista? Perspectivas sobre los negros en Cuba y Estados Unidos, de Miguel Cabrera Peña). Me refiero a Martí, la justicia infinita (Editorial Verbum, Madrid, 2014, 740 páginas). Los lectores de este diario tienen ya noticia sobre el mismo, pues la semana pasada se publicó aquí la entrevista que le hice a su autor, el crítico, poeta e investigador Francisco Morán. Vuelvo ahora sobre su voluminoso estudio porque pienso que, lejos de tratarse de otro libro sobre Martí, constituye una valiosísima aportación a la abundante bibliografía ya existente.

Lo primero a señalar es la voluntad de Morán de apartarse de los caminos trillados. Baquero apunta la condición cuasi religiosa que despierta Martí, lo cual ha dado lugar a un verdadero culto. Existe una tradición de lecturas que va desde Mitología de Martí (1939) hasta Vida y obra del Apóstol José Martí (2004), de Cintio Vitier, que insisten y refuerzan su condición de santo y apóstol. En la introducción que antes cité, Baquero se remite a un antiguo artículo suyo “donde exponía el temor que siempre he sentido a una deificación o mitificación tal, que se le eleve tanto, se le aleje tanto de nosotros (la gente común, el pueblo suyo), que se nos vuelva invisible, inasible, inimitable, celestial, no humano”. Y en uno de los textos incluidos en La fuente inagotable, recuerda que “en Cuba se llegó a celebrar la Cena Martiana, en la noche víspera del nacimiento, con evidente imitación de la Cena de Nochebuena, que celebraba el nacimiento de Cristo”.

En su libro, Morán reflexiona sobre el lugar que el otro ocupa en la escritura y en la vida de Martí. Ese otro lo persigue sobre todo, aunque no exclusivamente, en las figuras del obrero, el inmigrante europeo, el anarquista. Centra su estudio en el período que va de 1875 a 1894, lo cual lo obliga a seguirle los pasos a Martí por México, Nueva York, Liverpool. Ubica su libro en el contexto de los estudios martianos, pero como se encarga de precisar, propone, desde su perspectiva, “una reflexión tanto sobre las ideas más aceptadas acerca de los problemas que presenta el texto martiano, como de las maneras en que este ha sido (o no) encarado”.

Para poder acometer el proyecto, además de leer minuciosa e inteligentemente los textos de Martí, revisó con igual cuidado y paciencia los trabajos de sus más importantes estudiosos. Esa labor lo llevó a acumular una bibliografía que muchos de esos especialistas le envidiarían (ocupa 19 páginas del libro, en letra pequeña), así como a descubrir en ella aspectos y ángulos poco conocidos. Entre otros, escojo para ilustrar con un ejemplo los trabajos que Juan Marinello dio a conocer entre fines de los años 20 y fines de los 40. En uno de ellos, titulado “Martí y Lenin”, Marinello expresa que en Martí falta “una interpretación social”, lo llama “gran fracasado”, y concluye: “Admirarlo así, solo en el valor permanente de su vida de hombre, vale tanto como dar la espalda de una vez a sus doctrinas”. Morán destaca el valor de esos textos como “una alternativa de crítica energética de Martí desde la izquierda”. Asimismo comenta lo importante que sería para los estudios martianos el recuperar esos trabajos; pero puntualiza: “Lo que no quiero que se confunda es mi abierta intención de leer a Martí, insisto, desde la izquierda, con la de hacer una crítica izquierdista de Martí”.

Gracias a la minuciosa pesquisa de los pasos perdidos de Martí realizada por Morán, salen a la luz aspectos y hechos que otros estudiosos no atendieron o bien prefirieron pasar por alto. Por ejemplo, para mí como lector fue una sorpresa descubrir la existencia de Martí City, un municipio cubano fundado en Ocala, Florida (solo Carlos Ripoll se había referido al mismo). En su origen, como demuestra Morán mediante pruebas documentales, el sentimiento patriótico se mezcló con los intereses capitalistas norteamericanos. Martí City recibió la visita del propio Martí, quien entonces pronunció un discurso en inglés en el banquete que le ofreció “lo más rico y respetable” de Ocala (la frase es de un cronista de The Ocala Banner).

Un detalle curioso es el juego de pelota que allí se celebró el 10 de octubre de 1893, y al cual asistió la colonia cubana. Se enfrentaron dos equipos, a los cuales se llamó “Patria” y “Martí”. En los artículos de la prensa que dan noticia del mismo significativamente no se dice cuál de los dos ganó. Morán cuenta que en su búsqueda en bibliotecas dio con las memorias de uno de los jugadores que tomó parte en aquel juego, y allí aparece el nombre del equipo vencedor. Sin embargo, anota que “esa revelación resolvería un problema que es mejor que quede confinado al reino de la posibilidad infinita. O a la elección de los lectores”.

Un incidente laboral ocurrido en México

Hay hechos de la vida de Martí que algunos de sus estudiosos prefieren ignorar, pues no se ajustan a la imagen de él que se ha creado y perpetuado. Pienso que uno muy representativo de esa postura es la intervención de Martí en un incidente ocurrido en julio de 1875, que tuvo como consecuencia el despido de un grupo de impresores y operarios del periódico mexicano La Revista Universal. Martí, quien había empezado a colaborar en ese medio, publicó, con el seudónimo de Orestes, un artículo en el cual justifica la medida de los dueños del diario: “Nuestros operarios han sido despedidos porque, habiendo ofrecido que vendrían a trabajar en la tarde del Domingo, y sabiendo que se les necesitaba para un trabajo urgente, dejaron sola la imprenta; y no cumplieron ni con su compromiso de venir, ni con su deber de avisar que no venían.// Esta conducta no es tanto más dolorosa cuanto que en la imprenta de La Revista han sido siempre tratados con una bondad que de seguro no osarían desconocer”.

Un par de días después, Martí vuelve sobre el tema y escribe: “Los cajistas que despedimos por la falta grave de habernos dejado en el atascadero el domingo, se pasean hoy con aire de víctimas propalando acusaciones ridículas contra nosotros.// Ellos saben que hicieron mal y que la medida fue necesaria; pero algo tienen que decir para justificar su falta.// Ojalá escarmienten”. En ese breve texto, se refiere a “la huelga de los impresores”, que en un trabajo anterior había contrastado con la llevada a cabo por los sombrereros, esta sí justificada. Para él, “la huelga es perfectamente justa, cuando hay para ello motivos que lo sean”.

En su libro, Morán incluye un dossier con los textos que se publicaron entonces. Además de los escritos por Martí, se pueden leer las respuestas a los mismos aparecidas en las páginas del diario El Socialista, órgano oficial del Gran Círculo Obrero. Gracias a ese hallazgo, podemos tener acceso a los argumentos de la otra parte involucrada en la polémica, es decir, los trabajadores. Concretamente, se trata de la Carta Abierta a Vicente Villada, director de La Revista Universal, dirigida por Juan de Mata Ribera, uno de los dos editores de El Socialista, y de dos artículos que aparecieron firmados por Espartaco, en los cuales se responde a lo expresado por Martí en los suyos.

En la Carta Abierta, Villada expresa que dejaría sin contestar las apreciaciones que se hacen en el primer texto de Martí “si estas no fueran de trascendencia tal que previniesen a los artesanos en contra de sus hermanos los tipógrafos, haciendo aparecer a estos como ingratos a los distinguidos favores que les dispensan sus patrones, y sobre todo, si ellas no sentaran como base que los impresores están perfectamente remunerados”. Asimismo llama la atención sobre un detalle que dista de ser menor: “Se habla de la huelga de impresores, como de un hecho consumado o decidido, y en esto están equivocados los señores redactores del citado periódico. Aun no se trata de eso”.

Este último comentario es importante, y Espartaco vuelve a él en el primero de sus artículos: “Por otra parte, ¿quién habló a la Revista de huelga? ¿por qué prejuzgan los acontecimientos sin tener la seguridad de que vendrán? —Esto se puede traducir por la alarma del conculcador, por el sobresalto de una conciencia no segura, al ver el derecho y la justicia”. Si La Revista Universal no hubiese hablado del asunto, comenta Espartaco, los obreros despedidos también hubieran callado. Pero se “ha tratado de denigrarlos llamándolos públicamente inconscientes e ingratos, y por todo esto ellos, por nuestro conducto, alzan su voz para vindicarse públicamente”.

Ya antes, Villada había revelado la verdadera razón por la cual los impresores no asistieron a laborar el domingo: “Se desea, y se está llevando a cabo, la perfecta organización de la Sociedad regeneradora del arte de Gutenberg, no porque la antigua no haya correspondido a los fines y deseos de los iniciadores, sino porque, esencialmente mutualista, su reglamento prohíbe tratar otras cuestiones que las de beneficencia, y también porque no hay en ella una mayoría de individuos que lleven el honroso título de impresores”. En otras palabras, el motivo de su ausencia al trabajo no respondió a una huelga, sino a haber asistido a una reunión de carácter sindical.

Espartaco, por su parte, se refiere a las presiones ejercidas por la administración de LaRevistaUniversal para impedir el éxito de la asamblea: “Desde antes que se efectuara la reunión en San Lorenzo, se había prevenido a los trabajadores de la Revista, por uno de sus empleados principales, y de la manera más brusca, que el que firmase la convocatoria sería despedido. Con este precedente, los cajistas, al ser citados para trabajar el domingo en la tarde, creyeron fundadamente que era un pretexto que se tomaba para impedirles asistir a la reunión; y lo creyeron con tanto más fundamento, cuanto que ese mismo día se les detuvo la raya, a pesar de tener el dinero para ella el administrador de la imprenta”. Espartaco proporciona además otro argumento que, en su opinión, “pone en mal predicamento la justicia de la Revista”: “uno de los cajistas, no concurrió a la reunión, pero sí faltó a la imprenta por ir al teatro, y sin embargo, a este individuo no se le despidió, quizá porque no incurría en la verdadera culpa, o por cierto favoritismo…”.

Crean un mito y rehúsan reconocer al ser humano

Al referirme a este hecho no trato de afirmar que esa era la postura definitiva de Martí respecto a la cuestión obrera. Tal afirmación ni siquiera necesitaría ser refutada, pues en su biografía y su obra hay ejemplos que prueban lo contrario. La grandeza de Martí además no admite la más mínima duda. De lo que se trata es de no caer en rejuegos maniqueos con los cuales se busca decidir de antemano qué es y qué no es importante en su trayectoria humana y literaria. Quienes así obran, buscan crear un mito y rehúsan reconocer a la persona. No se proponen escribir una biografía; les interesa resaltar en exceso las cualidades y virtudes del biografiado. Más que biógrafos, son hagiógrafos. A propósito de este asunto, recuerdo algo que Virgilio Piñera expresó en 1955 en un ensayo:

“En cierta ocasión me decía el escritor Charles Steinberger que nuestra historia era tan cercana, nuestros héroes tan recientes que el también reciente crítico de esa historia si se decidiera a escribir de esa historia y esos héroes produciría de seguro irritación en sus lectores si se decidiera a decir toda la verdad. Esa reciente historia es compromiso paliativo, concesión y acomodamiento a nuestros provincianos procedimientos críticos. Así Martí es puro, Maceo es puro, Gómez es puro y tutti quantti… ¡Cuánta pureza! ¿Y ni una gota de cieno? ¿Ni una? No, ni una, porque esas vidas no son las vidas de esos héroes sino nuestra propia tontería produciendo pureza en gran escala.// Rechazo esa pureza que mancha de blanco hasta dejar sin rostro alguno al poeta, al soldado o al héroe indefensos. Sus amigos olvidan que la mitad de toda pureza es impureza, lucha, espanto, tinieblas y horror”.

Vuelvo a Martí, la justicia infinita. En la introducción, Morán sostiene que “no pocos de los estudiosos martianos han sido en gran medida responsables por la destrucción del objeto central de su pasión: Martí. Lo han destruido alejando de él a los lectores. Si a Martí hay que «divulgarlo» es porque no se lo lee. Si los políticos y los creyentes pueden engatusarnos con las citas, es porque no nos tomamos el tiempo y el trabajo que exige leer a Martí. Casi todos los estudiosos están de acuerdo en que no es un escritor fácil, pero proceden igual como si lo fuera”.

En ese aspecto, su libro se sustenta, ante todo, en una lectura minuciosa, atenta e inteligente de los textos de Martí. Eso además prueba que es posible e incluso iluminador leerlos desde otros ángulos. De ello resultan unas interpretaciones lúcidas y, en muchos casos, muy penetrantes. Como cualesquiera otras, las de Morán admiten la discrepancia y la discusión, pero nunca son arbitrarias ni subjetivas. No limita su lectura a los textos martianos, sino que de igual modo presta atención al contexto, a las fuentes, a la bibliografía complementaria. No se puede, por ejemplo, hacer una valoración justa de la defensa que hizo Martí de Richard T. Auchmuty, si no se investiga de quién se trata. Y cuando digo investigar, conste que no me refiero a la simple y cómoda búsqueda en Wikipedia.

Por el tema que desarrolla y por el rigor académico con que está hecho, Martí, la justicia infinita es un libro denso. Lo es por sus argumentaciones, por las bases teóricas en que apoya el discurso, por la agudeza con que disecciona los textos de Martí y de otros autores. Pero a la vez es una obra personal, que además de asumir riesgos —eso sí, siempre medidos— está muy bien escrita. Sorprende que un estudio tan docto y voluminoso se lea con tanto interés. Al menos, esa ha sido mi experiencia como lector. Morán incluso abandona a ratos el discurso ensayístico y se abre a una escritura más coloquial. Véase, por ejemplo, este fragmento:

“En marcha hacia Ocala, Florida, donde visitaremos Martí City, hojeábamos la esmerada edición del periodismo norteamericano de Martí, En los Estados Unidos, de la Colección Archivos, cuando capturó nuestra atención una carta del cubano, publicada en El Partido Liberal el 8 de abril de 1892. Calculando que el viaje en tren nos tomaría aún algún tiempo, y que a estas alturas resultaría inútil pedirle disculpas al lector por la distancia que lo hemos hecho acompañarnos, pensé que tal vez no le resultaría enojoso que me detuviera brevemente en dicha carta antes de llegar a nuestro destino final, al cabo del cual podrá disfrutar de un merecido descanso”.

En definitiva y como ya apunté, podremos estar de acuerdo o no con este o aquel aspecto de la lectura de Martí hecha por Morán. Incluso sería saludable que diera lugar a una discusión seria, respetuosa, razonada (no obstante, hay que recordar, como señaló Baquero, “el geniecillo y las colerillas que se gastan algunos martianos”). Pero en cualquier caso, es ineludible reconocer el rigor con que Morán expone sus argumentos, así como el gran esfuerzo de investigación, el preciso manejo de los datos y la fidedigna y sólida documentación en que se apoyan.