Actualizado: 27/01/2022 17:36
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Galicia, Mañón, Cuba

El saber que iluminó las aldeas

Una exposicion celebra el centenario de las escuelas americanas de Galicia. Una noble y ejemplar iniciativa, con la cual sus inmigrantes contribuyeron al progreso cultural y la mejora educativa de su tierra y de sus gentes

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“Llegaron cuando pensar en un sistema público de educación
para toda la ciudadanía rozaba la quimera. Y nacieron como
muestra del agradecimiento hacia la tierra de origen cuando
las cosas marchaban bien en lugares apartados del planeta,
en latitudes en las que la dispersión y el apego al pueblo
no se guían por las costumbres gallegas”.
Raúl Salgado.

Desde el año 2013, se está exhibiendo en Galicia la exposición itinerante Luces de alén mar. As escoas de americanos en Galicia. Fue preparada para celebrar el centenario de la fundación de las Sociedades Gallegas de Instrucción, radicadas en tierras de ultramar, y de las escuelas creadas y costeadas a través de ellas. Continuando ese recorrido, el pasado fin de semana la muestra recaló a Mañón, el municipio más septentrional de España. Allí se puede ver hasta mañana sábado en la antigua escuela de Barreiros, hoy convertida en el alojamiento Abeiro do Sor.

Para acoger Luces de alén mar, el Concello de Mañón tuvo la iniciativa de incluirla como parte de las Jornadas Culturales “La Emigración y la Enseñanza en la Relación Mañón-Cuba”. La inauguración de la muestra estuvo precedida por una conferencia sobre quien es el inmigrante más famoso de esa región: el escritor Lino Novás Calvo. Tuve el honor de ser invitado a ofrecerla, lo cual me dio la oportunidad de regresar a Galicia y disfrutar de su proverbial hospitalidad. Esta vez me tocó conocer la húmeda dulzura del norte, a través de Barqueiro, la hermosa capital del municipio, asomada al mar y resguardada por la montaña. Es, como dijo ese criollo de raíces galaicas que fue Jorge Mañach, uno de esos pueblos “donde a menudo se encuentra la vida más espontánea, la gracia más pura, la tradición o el carácter más definidos y hasta los momentos más interesantes”.

Antes de pasar a ocuparme de la exposición objeto de estas líneas, voy a referirme a otra anterior que ayuda a comprender mejor el tema de las escuelas americanas en Galicia. Se titula Nós mesmos. Asociacionismo gallego en la emigración. Fue organizada por el Archivo de la Emigración Gallega, el Consejo de Cultura Gallega y la Secretaría General de Emigración de la Junta de Galicia, y sus comisarios fueron Pilar Cagiao Vila y Vicente Peña Saavedra. La muestra contó con un magnífico catálogo, del cual proviene buena parte de la información que a continuación resumiré.

Aunque sus primeros conatos datan del siglo XVIII, fue entre 1870 y 1930 cuando la emigración cobró en Galicia un carácter masivo. En esas décadas tuvo lugar una gran corriente migratoria hacia América, que tuvo a Cuba, el Río de la Plata y Brasil como principales destinos. En esa etapa fue cuando surgió el gran movimiento de asociaciones gallegas, que favorecieron la unión entre paisanos y dieron pie a nuevas fórmulas de sociabilidad. Conviene apuntar, no obstante, que anteriormente ya habían sido creadas algunas: la Congregación de Naturales y Originarios de Galicia, fundada en Madrid en 1741, a la cual siguieron otras similares en México (1786), Buenos Aires (1790) y La Habana (1805). Pero fue en los años señalados cuando esas asociaciones adquirieron su verdadera dimensión y las características que las distinguieron.

La primera que respondió a las nuevas necesidades se fundó en La Habana en 1871: la Sociedad de Beneficencia de Naturales de Galicia, creada a partir de los modelos de la que los catalanes habían constituido en 1840. Encabezaban la lista de países con mayor número de asociaciones Argentina con más de 50, Cuba con más de 25, Brasil con 8 y México con 7. Ese mismo modelo organizativo se propagó a la península ibérica, donde la mayor concentración correspondió a las ciudades de Madrid, Barcelona y Lisboa.

Los recursos de las asociaciones se destinaban a la atención de las necesidades y a las educaciones de los emigrados. Esos fueron los principales ejes alrededor de los cuales operaban los grandes centros asociativos. Entre sus actividades se contemplaba la asistencia sanitaria en clínicas y hospitales muy modernos. Un ejemplo representativo fue la sociedad Solidaridad Pontevedresa, iniciativa promovida en 1912 por un grupo de activistas feministas. Surgió como alternativa, pues el poderoso Centro Gallego de La Habana solo prestaba asistencia sanitaria a los hombres. En 1917 se transformó en Hijas de Galicia, Sociedad Sanitaria y de Auxilio Mutuo, que atendía a mujeres y niños. En 1924 pudieron comprar un terreno donde edificaron el sanatorio Concepción Arenal, que llegó a contar con 6 pabellones de dos plantas, 10 salas de especialidades y una flotilla de 6 coches para el traslado de enfermas y pacientes.

Entidades de gran poder social y económico

Las asociaciones mantenían los vínculos con los lugares de origen de los inmigrantes y realizaban también actividades recreativas, culturales y de instrucción, y contribuyeron a fomentar la construcción de escuelas y centros de enseñanza. Llegaron a ser entidades de gran poder social y económico, y se convirtieron en espejos en los cuales Galicia se miraba. Entre las sociedades más importantes estuvieron la Hermandad Gallega de Venezuela, así como los centros gallegos de Buenos Aires, Montevideo, México y La Habana. Este último disponía de un presupuesto anual superior al de la propia Galicia.

Si bien en los estatutos fundacionales se declaraba que esas asociaciones tenían carácter asistencial, muy pronto pasaron a abarcar otras finalidades de carácter cultural e incluso político. Adquirieron así un tejido más denso y complejo, e hicieron que Galicia se convirtiese en una comunidad de proyección universal. Eso hizo además que los gallegos se ganaran el respeto y la consideración de la opinión pública de sus países de residencia.

Esas asociaciones llegaron a ser verdaderas pequeñas repúblicas dentro de las repúblicas americanas. Y en varias de ellas se integraron por completo. Es significativo que el actual himno de Galicia fue interpretado por primera vez en América. Tuvo lugar el 20 de diciembre de 1907, en el Gran Teatro Tacón de La Habana. Asimismo, la Real Academia Galega, como se lee en la página web de la Xunta, fue “creada en Cuba por un grupo de patriotas de la cultura, entre los que destacan Xosé Fontenla Leal, por su entusiasmo y capacidad organizadora, y Manuel Curros Enríquez, por su auctoritas de poeta civil. Es bien posible que la Academia no llegase a nacer y consolidarse sin el empuje y ayuda económica permanente de los gallegos emigrados a Cuba”.

A propósito de ese hecho, en un artículo que publicó en 1949 Jorge Mañach escribió: “Es decir, que los gallegos de Cuba no solo sostienen aquí lo que sostienen —toda esa obra de cooperación social magnífica, mil veces ponderada—, sino que sacan fuerzas de la morriña hasta para velar por esas instituciones lejanas en que se mira la prosapia de su cultura y se preservan las más finas calidades de su alma creadora. Bien hacen los gallegos de Cuba, y ojalá que sean cada vez más los que ayuden de un modo continuo a esa Asociación Iniciadora y Protectora de la Real Academia Gallega”.

Los beneficios que reportaban las asociaciones a la Galicia de ultramar pasaron a extenderse a la Galicia territorial. Los inmigrantes se sintieron obligados con sus pueblos natales y se comprometieron a mejorar las condiciones de vida de sus compatriotas. Desde mucho antes los gallegos no dejaban de enviar remesas destinadas a ello. Pero esta acción se intensificó de manera notoria durante el período de auge de la labor de las asociaciones, esto es, a partir de las últimas décadas del siglo XIX y durante el primer tercio del XX.

Es oportuno decir que hasta entonces existían las aportaciones personales de los filántropos, hechas en forma de donaciones y de legados testamentarios. Asimismo, hubo iniciativas locales: en 1882 los vecinos de San Sebastián de Devesa, Ortigueira, residentes en La Habana, contribuyeron a sufragar las obras del cementerio de su parroquia. Pero ahora la variante de la intervención escolar mancomunada maduró y se extendió. Las asociaciones afrontaron la instrucción primaria gratuita, para acabar con el estado secular de analfabetismo e ignorancia que perduraba en las clases más pobres, víctimas del abandono al cual las sometía el caciquismo.

Y ahora paso ya a referirme a Luces de alén mar. Fue comisariada por el profesor e investigador Vicente Peña Saavedra, quien durante varios se ha dedicado a estudiar la emigración transoceánica y la educación popular en la Galicia rural. Una apretada síntesis de la documentación acumulada por él está plasmada en los cuarenta paneles que conforman la exposición, que abarcan 15 módulos temáticos. Hacen un recorrido panorámico que pasa por los pilares del éxodo, el asociacionismo, la construcción de escuelas, los programas de estudio, cómo era el día a día en aquellos colegios y la situación de estos en la actualidad. Organizada por las mismas instituciones a las cuales se debió Nós mesmos, Luces de alén mar cuenta igualmente con un estupendo catálogo, que a la valiosa información que recoge suma un abundante material fotográfico.

La Galicia que quienes emigraron a América dejaron atrás era una región rural con características casi feudales. Entre sus principales carencias estaba la paupérrima calidad de las escuelas, a las cuales los niños más afortunados asistían con desigual regularidad. Las consecuencias de esa situación se reflejaban en los altos índices de analfabetismo, que lastraban el desarrollo de Galicia. En 1860 solo el 21,14 por ciento de la población a partir de los diez años sabía leer y escribir, aunque en el caso de las mujeres esa cifra se reducía al 4,54 por ciento.

Educar a los compatriotas que se habían quedado

Los hombres y mujeres que emigraron en busca de mejores horizontes eran conscientes de la importancia que tiene la instrucción. Debido a la falta de estudios, se les reducían las oportunidades para competir en el mercado laboral de las urbes transoceánicas donde se asentaron. Algo que los condenaba a hacer los peores trabajos. Era necesario, por tanto, evitar que esa situación continuara repitiéndose indefinidamente. Pero los emigrados sabían que para ello no podían contar con la ayuda de los gobiernos centralistas, a los cuales el progreso de Galicia les preocupaba poco o nada.

Los gallegos residentes en América dieron entonces una lección viva de solidaridad y altruismo, al asumir la responsabilidad generosa de educar a los compatriotas que se habían quedado. Eso dio lugar a un caso único en la historia de las colectividades de emigrantes. Y que, en palabras de Peña Saavedra, constituye “lo que merece ser definido sin hipérbole, ficción ni ufanía de ningún tipo, como la experiencia de educación y escolarización popular más sobresaliente que se registra en la Galicia contemporánea”.

En las asociaciones microterritoriales surgieron a comienzos del siglo XX las asociaciones de instrucción, que se encargaron de financiar, implementar, costear y sostener las “escuelas americanas” en las zonas rurales de Galicia. Se creó así una alternativa complementaria y renovadora a la red oficial de centros públicos que ya existía. A la vuelta de unos años, ese esfuerzo hecho con desinterés y constancia logró que las parroquias se poblaran de escuelas.

Eso fue posible gracias a las ayudas económicas y el aliento moral de miles de hombres y mujeres que, allende el mar, deseaban un futuro más próspero y esperanzador para las tierras de donde habían partido. El dinero laboriosamente ganado que aportaron se materializó en unos 250 colegios, provistos de 336 aulas, que funcionaban en edificios de nueva construcción, así como en otros reformados expresamente para fines docentes. En 1929, Lois Peña Novo comentó que casi no había municipio que no contase con una escuela fundada y sostenida por las sociedades de emigrados en América.

En esos años se construyeron tanto edificios modestos y accesibles como otros más monumentales. En muchos casos se diseñaron en América, desde donde se enviaban los planos. Se inspiraban en las construcciones existentes en los países de acogida e ilustraban las pujantes corrientes arquitectónicas. Esas edificaciones transformaron el paisaje de muchos pueblos, y entre ellas hay varias que constituyen verdaderas joyas. Muchas están hoy en perfecto estado de conservación, debido en buena medida a la buena calidad de los materiales empleados, y continúan desempeñando las funciones educativas para las cuales se fundaron. Otras han pasado a acoger centros sociales y culturales, asociaciones de vecinos, museos, juzgados y registros civiles y sitios de asistencia a drogodependientes.

Las asociaciones de instrucción se encargaron del pago de los maestros y maestras, dotaron a los colegios de infraestructuras dignas y los proveyeron del equipamiento indispensable. Se ocupaban también de suministrar el material escolar, que a menudo era enviado desde América y que al igual que las clases era gratuito. Las escuelas disponían de mobiliario, biblioteca, talleres, museos. Tenían espacios para el recreo, la práctica de deportes y campos de experimentación agrícola. Muchas, asimismo, poseían viviendas para el personal docente. Todos esos recursos eran poco comunes en los centros escolares de su tiempo. A menudo las escuelas indianas eran gestionadas por delegaciones locales nombradas por las entidades centrales de ultramar. Pero hubo casos en que, una vez construidas y equipadas, se entregaban a los municipios.

Seguían los nuevos métodos pedagógicos

En el número de marzo de 1913, Suevia. Revista Gallega Regionalista, que se editaba en Buenos Aires, publicó este artículo que apareció sin firma: “La escuela número 1 que esta patriótica sociedad gallega de Buenos Aires estableció en Freixeiro, ayuntamiento de Silleda, inaugurada el 5 de diciembre último, viene funcionando admirablemente, bajo la dirección de un distinguido pedagogo compostelano. En la actualidad hay matriculados unos ochenta niños, los que reciben una esmerada educación, lo cual dice mucho a favor de tan filantrópica asociación, porque demuestra que la enseñanza de las primeras letras en aquella comarca, era de imperiosa necesidad.

“Esta escuela se sostiene con una cuota especial que abona, desinteresadamente, cada socio, aparte de la con que mensualmente contribuye para la institución, y de esa manera no mermar el ya fuerte capital social.

“Nosotros nos enorgullecemos de poder consignar en estas columnas noticias tan simpáticas, porque ellas demuestran de un modo fehaciente que todavía las buenas almas, llenas de honradez y cariño a la tierra, no han desaparecido. Y también nos satisface poder decir que en breve, se procederá a establecer otras nuevas escuelas.

“¡Adelante, bonísimos paisanos! Es así como se hace patria. Como se dignifica a Galicia. Como se la hace grande. Y rica. Y fuerte. Y pujante… Sociedades como esta merecen ir siempre arriba. Muy arriba. Para, así, colaborar al engrandecimiento patrio”.

Se daban clases diurnas y nocturnas, estas últimas dirigidas a los adultos. A ellas podía asistir la población femenina, lo cual supuso un hecho sin precedentes: fue el primer momento en que las mujeres de las áreas rurales de Galicia tuvieron acceso a la educación. Según las declaraciones programáticas, los colegios debían funcionar de acuerdo a las demandas de los nuevos métodos pedagógicos. Con ello se trataba de aplicar una manera moderna de entender la enseñanza.

Su modernidad no se limitaba a los idearios pedagógicos y los planes de estudio. Se extendía a los materiales usados para enseñar, al cuerpo profesoral calificado, a las actividades complementarias, a la concepción práctica y utilitaria y a la apertura a la vida y el mundo. En ese sentido, esos centros representaron una bocanada de aire fresco en un sistema educacional que permanecía anclado en los viejos moldes.

Esa concepción adelantada entró en confrontación con el sistema establecido por el gobierno y la Iglesia. Al ser las escuelas en su mayor parte laicas o neutras, cada vez que se inauguraba una era preciso superar un calvario de obstáculos sembrados por el poder eclesiástico desde el Ministerio de Instrucción Pública y el gobierno civil. El hecho de seguir planes laicos hizo que la Iglesia convirtiese en una cruzada el impedir que aquellos colegios siguieran funcionando. Sin embargo, eso no consiguió detener la apertura de ese nuevo camino, que acercó a las clases más humildes de las pequeñas parroquias un bien básico que entonces casi tenía la condición de lujo.

Pocos pueblos pueden vanagloriarse de tener hijos que, desde allende el mar, escribieran una página tan admirable para mejorar las condiciones de vida de sus paisanos. Con su noble y ejemplar iniciativa, aquellos inmigrantes contribuyeron al progreso cultural y la mejora educativa de su tierra y de sus gentes. Actuaron como agentes modernizadores de la Galicia rural y por eso esta hoy está en deuda con ellos. Así lo expresó en 1905 Manuel Curros Enríquez en una publicación que editaban sus compatriotas en La Habana: “Para ellos no habrá estatuas en vida, porque ni las piden ni habrán de aceptarlas aunque se las concedieran; pero habrá siempre un altar en los corazones patrióticos y bendiciones de gratitud en la posteridad y en la Historia”.


Exposición itinerante «Luces de alén mar. As escoas de americanos en Galicia»Galería

Exposición itinerante Luces de alén mar. As escoas de americanos en Galicia.

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Catálogo de la exposición itinerante «Luces de alén mar. As escoas de americanos en Galicia»

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