Actualizado: 18/10/2019 17:37
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El sacrificio que inspiró a una nación

HBO Europa produjo una miniserie de tres capítulos acerca de la inmolación de Jan Palach y del impacto que tuvo en el clima social y político de la antigua Checoslovaquia

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En los últimos años las series de televisión han pasado a ocupar un lugar muy destacado dentro de la oferta audiovisual. Eso se justifica por la excelente calidad que tienen muchas —no todas. Y cuando digo series de televisión, ya sé que muchos solo pensarán en las norteamericanas. Es lógico, por el magnífico nivel que suele distinguirlas, pero también, todo hay que decirlo, porque son las que más se difunden. De hecho, por el solo hecho de ser norteamericanos ya tienen garantizada de antemano la distribución en el mercado internacional. Pero lo cierto es que en otros países también se realizan buenas series, aunque la mayoría son desconocidas para el gran público. Cuando cuentan con la suerte de que se proyecten fuera del ámbito donde fueron producidas, apenas tienen promoción. Resultado: pasan casi de tapadillo y muchos televidentes ni siquiera se enteran de su paso por la pequeña pantalla. Una pena, porque, insisto, hay unas cuantas realmente estupendas.

Ese preámbulo viene a cuento porque hace pocos días pude ver, gracias a Netflix, una miniserie producida por HBO Europa. Se titula Burning Bush (2013) y confieso que no tenía noticia de su existencia. La pedí tras leer la breve sinopsis que aparece en la página web de esa plataforma audiovisual. Consta de tres capítulos, de 160 minutos los dos primeros y de 80, el último. Fue realizada en la República Checa y se estrenó en la televisión de ese país a comienzos de 2013. Aunque fue hecha para la pequeña pantalla, ha tenido proyecciones especiales en los festivales de Rotterdam, Toronto, Karlovy Vary y Nueva York. Contrariamente a lo que cabría esperar, en Estados Unidos HBO nunca la ha incluido en su programación. No obstante, se editó una versión para cine en dos partes que tuvo aquí un estreno limitado.

Burning Bush (el título se puede traducir como La zarza ardiendo) se basa en hechos históricos, aunque una parte de sus personajes son reales y otros de ficción. El 16 de enero de 1969, un estudiante universitario de 20 años, llamado Jan Palach, llegó a la emblemática Plaza Wenceslas, en el centro de Praga. Llevaba dos baldes con gasolina. Entonces se los vertió encima y se prendió fuego. En una nota que dejó, expresaba que se auto inmolaba para protestar contra la invasión soviética de su país. En agosto del año anterior, los tanques habían entrado en Checoslovaquia para poner fin violentamente al experimento de socialismo reformista conocido como la Primavera de Praga.

Algunas personas trataron de socorrer al joven y lo trasladaron a un hospital. Llegó en condiciones críticas, con quemaduras de segundo y tercer grados en el 85 % del cuerpo. Pero pese a los cuidados de la doctora que lo atendió, falleció tres días después. Leonid Brezhnev, secretario general del Comité Central de la extinta Unión Soviética, y Alexei Kosiguin, jefe del Consejo de Ministros, enviaron una carta a sus homólogos checos, en la que expresaban su profunda preocupación por lo ocurrido y calificaban a Jan Palach como “una víctima de los instigadores”. El acto de heroísmo protagonizado en solitario por el joven marcó un punto de giro en la historia de esa nación, pero fue la excusa final que las autoridades del Kremlin necesitaban para asumir el completo control del gobierno checo. Comenzó así el período eufemísticamente llamado de “normalización”.

La miniserie comienza cuando Jan Palach llega al centro de Praga. Es una secuencia que dura pocos minutos. Incluso en esas imágenes no hay ni un solo close-up de su cara. A partir de ese momento, el joven pasa a ser una presencia evanescente, un fantasma que recorre la historia. El inteligente guión escrito por Stepan Hulik no sigue las convenciones del biopic. Y en lugar de romantizar la vida del joven, se concentra en el impacto y las secuelas que su auto de inmolación tuvo en el clima social y político del país.

Al principio, aparecen muchos personajes: estudiantes, policías, miembros de la seguridad, miembros del gobierno. Pero a medida que avanza la acción, la miniserie se centra en unos pocos. A partir del segundo episodio, dos mujeres asumen el protagonismo: Lubesa Palachova, la madre del joven que se quemó a lo bonzo, una señora viuda que vende caramelos en la estación de trenes de un pueblo de provincia; y Dagmar Buresová, una joven abogada madre de dos niños, que arriesga su seguridad y la de su familia al embarcarse en una quijotesca lucha contra el régimen comunista. En la vida real, esta última dedicó buena parte de su vida a representar a disidentes y líderes opositores. Tras la caída del comunismo, se convirtió en la primera persona designada para ocupar el cargo de ministro de Justicia de la Checoslovaquia libre. Hasta hoy es una activa defensora de los derechos humanos.

Insulto a la tragedia de la familia

Como se muestra en Burning Bush, la heroica muerte de Jan Palach tuvo un gran impacto en la sociedad checa. A su funeral asistieron miles de personas. La Unión de Estudiantes quiso que se le enterrara en el panteón Slavín, donde descansan los restos de muchas figuras importantes. Pero las autoridades no lo permitieron. Al final, se le dio sepultura en el cementerio Olšany. Su mascarilla mortuoria se exhibió en el Karolinum de la universidad, donde igualmente miles de personas pasaron a darle el último adiós.

El acto de heroísmo de Jan Palach sirvió de inspiración a los estudiantes, que lucharon por organizar una huelga general junto con los sindicatos. Por otro lado, corrió el rumor de que el joven era solo el primero de varias antorchas humanas. Eso devino un problema para los órganos de seguridad y la policía, aterrorizados de que se produjesen otros incidentes similares. Uno de los personajes ficticios de Burning Bush es Jires, un investigador de la policía que se lanza a buscar a los posibles mártires. Aunque es un representante del régimen, se considera un nacionalista y no acepta que el sistema judicial esté controlado por los soviéticos. Se da cuenta de que su trabajo es fútil y se verá pervertido por la política. Por eso decide tomarse unas largas vacaciones en el extranjero, acompañado de su familia. Ivan Trojan, quien interpreta al investigador, ganó por ese trabajo la Ninfa de Oro al mejor actor de una miniserie en el Festival de Televisión de Montecarlo.

La tragedia íntima de la madre que ha perdido a un hijo no es respetada por la burocracia oficial. Esta trata de despojar la muerte del joven de su significado político y presentarla como una supuesta conspiración. Apoyándose en la teoría apuntada por Brezhnev y Kosiguin en su carta, Vilém Nový, un viejo aparatchik del Comité Central, con un pasado ideológicamente marcado por el cambio de casaca, anuncia públicamente la existencia de una conspiración contrarrevolucionaria de estudiantes radicales aliados con poderes extranjeros. Con el fin de difamar el legado de Jan Palach y debilitar la fuerza de su martirologio, dice que este fue engañado para que usara un producto inflamable que no lo quemaría, una suerte de fuego frío que no existe. Su muerte se debió a que uno de sus compañeros lo sustituyó por gasolina.

Sin embargo, la vil campaña se vuelve contra el régimen. La madre y el hermano de Jan Palach, hasta entonces unas personas apolíticas, determinan acusar a Vilém Nový por propagar tal calumnia. Inicialmente, Dagmar Buresová se niega a hacerse cargo de la demanda, pero luego acepta. Su intrépida decisión se guía por un afán de justicia y no por la vana esperanza de triunfar legalmente. Algo que de antemano estaba condenado al fracaso, pues significaba poner en el banquillo de los acusados al propio régimen comunista.

A partir de ese momento, de ser un drama histórico Burning Bush pasa a ser un thriller político. La abogada y su joven ayudante tratan de conseguir suficientes evidencias que apoyen la acusación. Lo tienen que hacer en una verdadera carrera contra el tiempo y contra las numerosas trabas que el gobierno se encarga de ponerles. Durante varias semanas, el funcionario acusado rehúsa recibir la notificación para el juicio. Considera que responde a una campaña premeditada contra el socialismo, el Partido y la alianza con la Unión Soviética. Sostiene asimismo que sus palabras habían sido distorsionadas groseramente por los periodistas. Y cree que como miembro del Comité Central debería aplicársele la inmunidad legislativa y exonerársele del juicio.

El gobierno pone entonces en marcha su maquinaria de amedrentamiento y terror. Las muestras de cobardía y coraje pronto empiezan a emerger. Un colega y mentor de la abogada, pese a ser un hombre de principio, se presta a robar y entregar un documento que iba a servir de evidencia. Tiene un punto débil, una hija que es activista, y un siniestro agente de la policía secreta lo usa para chantajearlo. Un estudiante que fue amigo de Jan Palach es forzado a aparecer en la televisión y declarar que antes de morir, el joven pidió que nadie siguiera su ejemplo. A aquellos que no pueden ser intimidados a colaborar, se les castiga o margina. Inexorablemente, como una enfermedad que se propaga, el virus de la sumisión gana sus víctimas: muchos ciudadanos comienzan a colaborar e informar sobre otros, desesperados por conseguir un poco de seguridad personal. El gobierno sabe que su arma más eficaz es precisamente la sumisión de la población.

La abogada se siente frustrada por la intransigencia del régimen y el acoso de la policía. Es un poco como la cineasta que protagoniza El hombre de mármol y El hombre de hierro, de Andrzej Wadja. Tras conseguir superar el obstruccionismo de las autoridades, logra que por fin se celebre el juicio, que en el último momento es trasladado a otro local con acceso restringido. Durante un receso, se produce un breve diálogo entre el acusado y la abogada que quiero reproducir.

Abogada: Quiero saber por qué lo hizo.

Vilém Nový: Por la verdad.

Abogada: Pero si usted sabe que todo es mentira.

Vilém Nový: La verdad es aquello que es bueno para el pueblo.

Abogada: ¿Tiene usted el coraje de decirle eso a la señora Palachova?

A la magistrada que conduce el juicio le entregan un documento donde le dicen explícitamente cuál tiene que ser el veredicto. Ella lo cumple con obediencia, para no ver truncada su carrera. Cuando concluye la secuencia de esa farsa, uno recuerda que el término kafkiano fue inspirado por un hombre nacido en Praga.

Jan Palach inspiró a una nueva generación

A la madre y el hermano de Jan Palach aún les quedaba por sufrir otro ultraje de las autoridades checas. A estas les preocupaba el hecho de que la tumba del joven fuera visitada por muchos compatriotas, que acudían a depositarle flores y encenderle velas. Argumentaban que eso servía como sitio de reunión para realizar actividades antisociales y que incluso extranjeros con visa de turista iban allí con intenciones de provocar. En 1973, después de fuertes presiones, la familia del joven muerto aceptó le exhumación y posterior cremación de los restos de Jan Palach. La urna con las cenizas fue entregada a la madre, pero no se le permitió enterrarlas en el cementerio de Všetaty hasta varios meses después.

En la coda con la cual finaliza Burning Bush, se dice que aunque los participantes de las protestas contra la invasión soviética perdieron la batalla, más tarde ganaron la guerra. El aniversario de la muerte de Jan Palach inspiró a una nueva generación de jóvenes para comenzar las protestas que condujeron a la eventual caída del régimen. Esa victoria tuvo lugar en 1989. En 1990 las cenizas de Jan Palach fueron trasladadas al cementerio Olšany, de Praga. Al año siguiente, el presidente Vaclav Havel le otorgó póstumamente la Orden Tomáš Garrigue Masary de primera clase, en reconocimiento a su extraordinaria contribución a la democracia y los derechos humanos.

Burning Bush tiene un magnífico nivel. En mi modesta opinión, eso en gran medida se debe al hecho de que el equipo técnico y artístico que la realizó es enteramente checo. La única persona de otra nacionalidad es la polaca Agnieszka Holland, a quien se responsabilizó de la dirección. Su elección, sin embargo, no obedeció únicamente a su destacada trayectoria como cineasta. Durante aquel tumultuoso período de Checoslovaquia, ella residía en Praga, pues estudiaba en la Academia de Cine, Televisión y Arte Dramático. Entonces fue arrestada por unas semanas, por apoyar el movimiento disidente que reclamaba reformas y liberalización política. Asimismo está casada con un eslovaco. Por otro lado, por haber vivido bajo el comunismo en Polonia sabe muy bien cómo operan los regímenes totalitarios.

Aunque internacionalmente se le conoce a través de filmes como Europa, Europa, Eclipse total, El jardín secreto e In darkness, cuando asumió la dirección de Burning Bush Holland había trabajado ya en series de televisión. En HBO dirigió tres episodios de The Wire y dos de Tremé, y en AMC dos de The Killing. Este año su nombre aparecerá en los créditos de dos capítulos de House of Cards, producida por Netflix. A esas experiencias y a su probado talento como realizadora, se sumaron la impecable factura y el alto nivel de profesionalismo que son el sello distintivo de las producciones de HBO.

A Holland le tocó convertir en imágenes un guión que cuenta la historia de unos personajes que tratan infructuosamente de hallar sentido a lo que está ocurriendo fuera de sus ventanas. Miran a través de estas y solo ven peligro, ya sea porque permanentemente frente a la casa hay un auto parqueado con unos hombres dentro; o porque ver tanques por las calles se ha convertido en algo normal. Holland comprendió que la fuerza de Burning Bush tenía que descansar en la propia historia. Era además un guión idóneo para una directora a la que le gusta rodar películas sobre seres humanos auténticos, enfrentados a situaciones límite.

La directora evita conducir Burning Bush hacia lo épico y prioriza los dramas humanos sobre el espectáculo. En lugar de los cuentos de hadas seudo históricos en los que Hollywood se especializa, se preocupa por dar una convincente visión de los groseros abusos de poder en la Checoslovaquia comunista. No presenta una historia simplista sobre la lucha entre el bien y la maldad, sino que se apoya en el guión para hacer un descenso a los oscuros abismos de la desconfianza, la represión y la paranoia bajo un régimen totalitario. Asimismo con algunos personajes, como el mentor de la abogada, no se busca la condena del espectador, sino su reflexión: cómo me comportaría en esas circunstancias; qué haría yo; cuánto estaría dispuesto(a) a sacrificar.

Un aspecto a destacar es que a lo largo de los tres capítulos, Holland y su equipo logran que la trama se siga con interés. Conseguir ese nivel permanente de tensión no era tarea fácil, pues hay que considerar que parte del segundo capítulo y todo el tercero descansan mayormente en conversaciones privadas y en el proceso judicial. A eso contribuye el buen ritmo y la fluidez narrativa de la puesta en escena, así como una música tensa y unos rápidos cortes que crean una atmósfera de claustrofobia y paranoia. La directora además asigna una gran responsabilidad a los actores, de quienes lo menos que se puede decir es que todos están muy bien. No son artistas conocidos fuera de su país, de modo que no tiene sentido mencionar nombres. Pero como ya digo, realizaron un estupendo trabajo.

Por supuesto, Burning Bush nunca va a alcanzar ni por asomo el número de espectadores de series como Game of Thrones, Breaking Bad o Homeland. Tampoco creo que eso estuviese en el ánimo de sus realizadores, lo cual no obsta para que desde aquí la recomiende como una miniserie sumamente interesante y muy bien hecha. Unos valores a los cuales suma el de ser una muy buena lección de cómo abordar la historia en la pantalla, sea esta grande o pequeña.


Imagen de Burning BushGalería

Imagen de Burning Bush.

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Tráiler de la miniserie de HBO “Burning Bush”, dirigida por Agnieszka Holland

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