Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Marta Valdés, Música, Música cubana

El sagrado deber de hacer memoria

La compositora Marta Valdés ha recogido en un libro una recopilación de crónicas y semblanzas sobre temas y figuras de la música cubana

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Entre las experiencias como lector de las que guardo un grato recuerdo, está la de Donde vive la música (2004). Hasta entonces conocía a Marta Valdés como una de nuestras mejores compositoras musicales. Autora de canciones antológicas que sentaron pauta por su calidad musical y poética, puede presumir de un impecable catálogo que incluye joyas imperecederas como Llora, En la imaginación, Tú no sospechas, Hacia dónde, José Jacinto y otras tantas. Pero aquel libro me reveló a una Marta Valdés que yo desconocía. Me refiero a la crítica que desde inicios de los años 60 publicó artículos, notas de discos, reseñas y entrevistas en diarios y revistas. En esos textos, como señala Radamés Giro en su Diccionario Enciclopédico de la Música Cubana, ponía de manifiesto un pensamiento coherente y un conocimiento profundo sobre lo que escribe.

Es poco usual, más bien todo lo contrario, que una creadora que se expresa a través del pentagrama, sea también capaz de hacerlo mediante la escritura. Y más insólito aún que lo haga bien, con una prosa diáfana y un estilo llano y directo, pero no exento de elegancia. Esa fue una de las razones por las cuales disfruté tanto la lectura de Donde vive la música, libro que en su momento reseñé en las páginas de este periódico. Hoy vuelvo a ocuparme de su autora, para dar noticia de la publicación de un nuevo título con su firma: Palabras (Ediciones Unión, La Habana, 2013, 269 páginas).

En el texto introductorio, la periodista Rosa Miriam Elizalde cuenta que fue la cineasta Rebeca Chávez quien le sugirió le pidiese a Marta Valdés que redactara una colaboración semanal para el sitio web Cubadebate. Eso fue en el año 2009, y para su sorpresa la compositora le dijo que sí. Incluso escogió para nombrar su columna el título de la primera canción escrita por ella: Palabras. El primer trabajo apareció el 8 de noviembre de aquel año, y desde entonces Marta Valdés continúa colaborando regularmente. Elizalde apunta que en sus más de veinte años como editora de periódicos y sitios web, nunca ha conocido a “un profesional con un sentido tan atento a su audiencia y con tanto respeto por la dignidad de la comunicación”. Prueba de ello es el modo con que los lectores le expresan su gratitud: “No hay una sola edición de Palabras que no tenga comentarios amorosos y agradecidos al final de la página”.

El libro objeto de estas líneas recopila las colaboraciones redactadas por Marta Valdés hasta el 9 de octubre de 2011. En total, 59 textos, en los que escribe sobre temas y figuras de la música cubana. En esas páginas se ocupa de compositores como Piloto y Vera, Silvio Rodríguez, Margarita Lecuona, Adolfo Guzmán, Enriqueta Almanza, Teresita Fernández, María Teresa Vera, José Ardévol, Ñico Rojas, Sindo Garay, César Portillo de la Luz; de instrumentistas como Carlos Emilio, Ahmed Dickinson, Pancho Amat, Emiliano Salvador; de intérpretes como Omara Portuondo, Miriam Ramos, Ángel Díaz, Elena Burke, Bola de Nieve, Celina González, Vicentico Valdés.

En la presentación de Palabras, su autora declaró: “Este no es un libro de investigación. Todo lo que está ahí lo he vivido o ha salido de lo que he pensado”. Y en efecto, en esos artículos el rico caudal de información que posee está combinado con ingredientes vivenciales y experiencias vividas por ella. Eso es gracias a su prodigiosa memoria, y hace posible que sus amplios conocimientos sobre nuestra música se plasmen en unas crónicas personales, que rebozan naturalidad y encanto.

Esto que digo lo ilustra el primer texto que escribió y con el cual se abre el libro. Se titula “Bebo en la memoria y Chucho al doblar”, y en el mismo narra cómo Bebo Valdés “hizo su entrada en mi casa y el reino de mis recuerdos”. Corría el año de 1957, ella ya había empezado a componer, y cuenta que en las visitas al hogar de su familia “aquel hombre distinguido y caballeroso —como se decía entonces—, se sentaba al piano y, despojado de toda arrogancia, me invitaba a tomar mi guitarra e irle cantando poco a poco cada canción, mientras anotaba melodía y acordes con toda fidelidad, en una actitud humilde y respetuosa que, al colocarme en posición de igual a igual, me hacía sentir sobrecogida a la par que me resultaba aleccionadora”.

Admiración, cariño y respeto

En “Se marchó Angelito, la gran sonrisa del feeling”, escribe sobre Ángel Díaz, quien acababa de fallecer: “Angelito, así me enseñaron a llamarlo. Cuando lo conocí en 1957, me impresionó su manera tan especial de articular las palabras mientras entonaba, apoyándose en la guitarra con un acompañamiento sencillo, transparente a la vez que fiel a la armonía, canciones que no se escuchaban en la radio porque no pertenecían al repertorio más disquero o victrolero del momento, sino que rodaban de boca en boca en las voces de sus autores o de algunos intérpretes tan jóvenes e impresionantes como desconocidos sobre quienes, algún día, descansaría toda la gloria de nuestra canción. Angelito cantaba, con una gracia que no he encontrado en otras criaturas, aquellos raros mambos nuevos repletos de ingenio en sus letras y tupidos en sus armonías, aquellas guarachas que nada tenían que ver con las de toda la vida. De pronto, abandonaba la guitarra y tomaba la tumbadora para acompañarse. Siempre, absolutamente siempre, sonreía”.

En ese encantador recorrido por lo mejor de nuestra música, hay también espacio para sacar a la luz curiosidades. En uno de los artículos, Marta Valdés escribe sobre Drume, Mobila, la canción de cuna que compuso Bola de Nieve y que en su brillante carrera constituyó “un episodio musical sin antes ni después”. Rastrea sus orígenes en libros de Emilio Grenet y Ramón Fajardo y le sigue la pista hasta que fue incluida en el concierto efectuado en el Teatro Auditórium para celebra el Día de la Canción Cubana. Asimismo hace notar el hecho de que en 1933, en una reunión entre amigos en casa del poeta Gustavo Sánchez Galarraga, Bola de Nieve interpretó la canción. El libretista Federico Villoch y el compositor Jorge Anckerman, allí presentes, se la pidieran para incorporarla a un sainete que se iba a estrenar en el Teatro Alhambra, donde la interpretaría Blanca Becerra. Ese de haber sido, apunta Marta Valdés, el estreno en público de Drume, Mobila.

En las semblanzas y crónicas que dedica a grandes figuras de nuestra música, Marta Valdés habla de ellas con mucha admiración, mucho cariño y mucho respeto. Asimismo se muestra generosa al reconocer a los nuevos valores, y además se ocupa de comentar libros sobre música escritos por autores como Leonardo Acosta, Mireya Reyes Fanjul, Carmela de León. De sí misma y de su obra, en cambio, escribe solo en una ocasión. Se trata del artículo titulado “José Jacinto: de mi historia propia y verdadera”, en el cual cuenta la génesis de su hermoso homenaje al poeta y dramaturgo matancero.

Era el 5 de noviembre de 1974. Ella iba en el tren de Hershey, que cubre el trayecto de Casablanca a Matanzas. Cuenta que a partir de cierto momento empezó a sonar en su cabeza “el nombre del poeta, engarzado en un esquema melódico que no paraba de reclamar mi atención. No pude resistirme (…) Un hilillo de música persistía por entre los matojos que, con tanta frecuencia, cubrían el camino a diestra y siniestra, haciendo pareja con la línea del tren. No pude resistirlo y me dejé llevar. A la altura de las dos terceras partes del trayecto había crecido, casi completa, aquella conversación con el poeta que, por amor, enmudeció durante los últimos veinte años de su vida. Acababa de hacerse el milagro que venía deseando, con el anhelo de abrir caminos nuevos para mi canción”.

Cuando presentó Donde vive la música, su autora confesó que le fascina la idea de hacer memoria. En Palabras, incluye un artículo que lleva precisamente ese título, y en el cual expresa: “A través de los años, he practicado ese juego, como el ejemplo más elevado de lo que puede ser un pasatiempo. Es el juego delicioso de hacer memoria desde el presente, echando el vistazo oportuno, dando la palabrita de aliento o ayudando a hacer reparable los efectos de un resbalón inocente”.

Eso es lo que Marta Valdés ha hecho en estos textos: cumplir el sagrado deber de hacer memoria. Lo ha hecho además con amenidad, con gracejo criollo y con la claridad y la concisión del buen comunicador. Estamos, en suma, ante unas páginas que rezuman conocimiento, perspicacia, encanto y talento.