Actualizado: 18/10/2018 9:35
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Cine, Cine húngaro, Holocausto

El vergonzoso pasado aún latente

En la película húngara 1945, la llegada de una pareja de judíos, con su sola presencia, hierática y ceremoniosa, pone patas arriba a todo un pueblo y reabre una herida que sus habitantes creían cicatrizada

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A juzgar por varios filmes que han circulado internacionalmente con muy buena acogida —Dios blanco, de Kornél Mundruczó, En cuerpo y alma, de Ildikó Enyedi, El hijo de Saúl, de Laszló Nemes—, la cinematografía húngara atraviesa hoy por un buen momento. Eso se viene a corroborar con 1945 (2017, 91 minutos), el sexto largometraje de Ferenc Török (Budapest, 1971). Al igual que los títulos antes citados, tras su paso por los festivales de Berlín, Los Ángeles, Miami, Jerusalén, San Francisco y Washington, ha llegado a las pantallas de varios países.

Aunque formal y argumentalmente son cintas muy distintas, 1945 comparte con El hijo de Saúl el abordar el tema del Holocausto. Ese interés de sus respectivos directores por aquel exterminio masivo que aún hoy cuesta digerir se justifica por un hecho: a comienzos del siglo pasado, Hungría era uno de los países con mayor proporción de habitantes judíos. Estos estuvieron expuestos a un antisemitismo que se recrudeció con la entrada de Hungría en la Segunda Guerra Mundial, como aliado de Hitler. Resultado de ello fue que durante aquellos años medio millón de personas fueron asesinadas, una cifra que representaba el 70 por ciento de la población judía. Pero a diferencia del filme de Nemes, el de Török se sitúa en el momento inmediato tras el fin del conflicto bélico. Una etapa que ha sido poco atendida por la literatura y el cine húngaros. El sobrio y simbólico título ya deja claro cuál es su contexto histórico: se ambienta en un año crucial para Europa, aquel al cual Rossellini aludía en Alemania, año cero.

El filme de Török es un retrato profundo de la sociedad húngara de la postguerra. Es el verano del año 1945 y la Segunda Guerra Mundial acaba de finalizar. Los habitantes de un pueblo se preparan para la boda del hijo de un funcionario del ayuntamiento. Dos hombres, uno joven y otro mayor, vestidos de negro y con el atuendo de los judíos ortodoxos, llegan en tren a esa pequeña localidad. Transportan dos misteriosas cajas. Todo el mundo cree que se trata de familiares de aquellos judíos a los que delataron y desposeyeron de sus propiedades. El funcionario teme que los hombres sean hijos de los judíos que fueron deportados, que vienen a reclamar las propiedades que ahora tienen ellos de manera ilegal, y que sus dueños perdieron durante el holocausto nazi. Otros lugareños tienen miedo de que vengan más supervivientes y de que éstos representen una amenaza para las tierras y las posesiones que ahora reclamen como suyas. Los dos hombres no dicen nada, solo caminan en dirección al cementerio. Pero su sola presencia, hierática y ceremoniosa, pone patas arriba a toda la comunidad y reabre una herida que todos creían cicatrizada.

1945 vuelve la mirada al pasado para develar una historia dolorosa, pero necesaria para comprender lo que entonces sucedió. La llegada de los dos personajes viene a poner en evidencia la endeblez de las ruinas morales del pueblo. Sin proponérselo y sin hacer nada, inician un proceso de autodestrucción de sus habitantes. La prosperidad que disfrutan estos fue obtenida mediante el robo de tierras, comercios y demás propiedades de los judíos, a quienes, con su silencio y su colaboración, enviaron al exterminio. La aparente calma se viene abajo cuando se ven confrontados con el vergonzoso y aún latente pasado.

Ninguno de ellos está exento de culpa, a excepción de las más jóvenes, los únicos que deciden abandonar el pueblo. Nunca llegan a mencionar aquel horror, pero la sombra de los deportados se cierne sobre ellos. El tranquilo deambular de la pareja de hebreos aumenta su inquietud y su miedo y hace que reaparezcan las heridas que creían cicatrizadas y los traumas nunca superados. Todo ese tiempo han malvivido entre el remordimiento y el secreto que comparten. Solo hacía falta un detonante para que su vergüenza, su culpa, sus traiciones y su mala conciencia aflorasen.

Török realiza un acercamiento fresco e inteligente a un tema difícil. En parte del metraje, su película posee aires y un punto de partida del western clásico. Algo que, como él ha explicado, estaba presente en el relato de Gábor T. Szantó en el que se basa 1945 (este coescribió el guion con el director). Hay así dos personajes que llegan en tren a un pueblo, una carreta y una trama que se desarrolla en unas tres horas. Por otro lado, la dramaturgia es similar a la de las tragedias griegas, con sus unidades de acción, tiempo y lugar. El desarrollo del filme es pausado, pero implacable. La intriga es sosegada. Török recurre a los silencios, las miradas tras las cortinas de las ventanas, los detalles implícitos. Crea la tensión sin caer en estridentismos ni dramatismos engañosos. Pero pese a ello, el filme logra mantener el interés hasta su anticlimático final.

Quienes hayan visto la excelente cinta polaca Ida, echarán en falta en 1945 una mirada más incisiva y profunda en su visión de las miserias humanas. Asimismo, hay algunos personajes construidos de manera estereotipada, algo de lo cual el mejor ejemplo es el funcionario del ayuntamiento. Pero es una película honesta y cinematográficamente efectiva, que expone el tema del miedo y la culpa de modo convincente. Posee además hallazgos estéticos indudables, como lo son una depurada y contrastada fotografía en blanco y negro y una magnífica dirección artística. Incluso se puede decir que su carencia de pretensiones juega a su favor, y la película brilla más por lo que sugiere que por lo que muestra. Todo eso hace de la cinta de Törok una obra de méritos muy notables.

1945 permite además otra lectura, que viene dada por el problema de la migración en la Europa de hoy. Con el crecimiento del nacionalismo en países como Hungría, las víctimas han pasado a ser satanizadas y se les presenta como invasores peligrosos. En ese sentido, la situación no ha cambiado mucho respecto a la que se muestra en el filme de Törok: el miedo al otro aún subsiste y si ayer era a los judíos, hoy es a los inmigrantes.