Actualizado: 17/04/2024 23:20
cubaencuentro.com cuba encuentro
| Cultura

Elogio del escribidor

Esta vez, la Academia abandonó las cuotas de minorías raciales y equilibrios geopolíticos y finalmente ha premiado a uno de los escritores más talentosos que ha dado la América hispánica

Enviar Imprimir

Este año, el anuncio del ganador del Premio Nobel de Literatura no ha suscitado entre periodistas y lectores la sorpresa y la perplejidad de otras ediciones. Nadie ha tenido que preguntar: ¿Elfriede qué? O: Y el tal Gao Xingjian, ¿qué libros ha publicado? En esta ocasión, por el contrario, se ha reconocido la sobresaliente trayectoria de un escritor que no sólo es altamente valorado por una minoría intelectual, sino que además ha sido leído por millones de personas en una treintena de idiomas. En esta ocasión, como comentó alguien, la Academia abandonó las cuotas de minorías raciales y equilibrios geopolíticos y ha pensado en la mayoría, ese público lector que constituye el destinatario natural de todo libro.

En realidad, el Nobel no viene a agregar nada a una trayectoria literaria que, como apuntó Enrique Vila-Matas, es un sendero largo y atractivo, lleno de grandes hallazgos. Viene, a lo sumo, a consagrarla, a ubicarla en el ámbito que le corresponde. De hecho, ya desde La ciudad y los perros (1963) la obra de Mario Vargas Llosa (Arequipa, 1936) empezó a tener resonancia internacional, al recibir en España el Premio Biblioteca Breve y ser traducida de inmediato a catorce idiomas. Vinieron después novelas como La casa verde (Premio Nacional de Novela, Premio de la Crítica Española, Premio Rómulo Gallegos), Conversación en La Catedral, La tía Julia y el escribidor, La guerra del fin del mundo (Premio Ritz París Hemigway), El hablador (Premio Scanno), ¿Quién mató a Palomino Molero?, Lituma en los Andes (Premio Planeta) y La fiesta del chivo, en las que su autor nunca deja de sorprender y fascinar y en cada una de las cuales sabe dar nuevos pasos e ir más allá.

Asimismo son numerosos los temas que aborda Vargas Llosa y es muy variada la gama de registros que maneja. En La casa verde traza una imagen mítica del Perú, en una caótica sinfonía que mezcla historias, voces, épocas y escenarios. (Cuando se publicó en Estados Unidos la traducción al inglés, el New York Times vaticinó: “He aquí un futuro Premio Nobel”.) En los dos volúmenes de Conversación en La Catedral un joven periodista y un negro viejo que trabaja en el Depósito Municipal de Perros de Lima charlan, y durante cuatro horas desgranan la vida de una comunidad. El resultado, en opinión de Carlos Fuentes, es la mejor novela política que jamás se ha escrito en Latinoamérica. Después Vargas Llosa desconcertó a lectores y críticos con la inesperada incorporación del humor en Pantaleón y las visitadoras y La tía Julia y el escribidor. Reescribió luego la campaña de Canudos, contada antes por Euclides da Cunha en Los sertones, en La guerra del fin del mundo, una novela histórica única. Adopta el formato policial en ¿Quién mató a Palomino Molero?, para retomar uno de sus temas recurrentes, la dificultad de ser honesto en una sociedad donde impera la corrupción. En Elogio de la madrastra y Los cuadernos de don Rigoberto, incursiona en la narrativa erótica para indagar los misterios del placer sexual. Y en La fiesta del chivo hace un descenso al régimen de Trujillo, para hacernos reflexionar sobre cómo las dictaduras pueden llegar a erosionar los cimientos morales de un pueblo.

De La ciudad y los perros a El sueño del celta, que se pondrá a la venta a principios de noviembre, Vargas Llosa ha cimentado así una extensa bibliografía que, talento aparte, da cuenta de su vocación infatigable, de su asombrosa laboriosidad, de su férrea disciplina y de un modo de concebir la literatura no como una actividad profesional, sino como una pasión. Todas esas novelas vienen a constituir un inmenso e impresionante mural en el cual abarca un universo riquísimo, Su modelo es la novela realista del siglo XIX, a la cual Vargas Llosa incorpora las técnicas narrativas modernas.

Admirador de Flaubert, Tolstoi, Dostoievski, en sus libros mantiene como ellos un permanente vínculo con la realidad. A pesar de que también ha dedicado obras a recrear figuras y hechos históricos (La guerra del fin del mundo, El paraíso en la otra esquina), muestra una clara preferencia por los asuntos contemporáneos, incluidos los más controversiales. Un rasgo que lo desmarca notoriamente de otros escritores contemporáneos suyos, como José Donoso, Gabriel García Márquez y Jorge Edwards. Sin embargo, aunque nunca se aparta de la realidad, Vargas Llosa no se dedica a reproducirla ni fotografiarla, sino que a través de su escritura la trasciende. Eso llevó a otro Nobel, el español Camilo José Cela, a definir al autor de Historia de Mayta como “un hombre que con su imaginación, con su arte y con su lengua es capaz de conseguir lo que pocos mortales alcanzan: crear una realidad verbal que renueva, enriquece o trasciende la realidad misma”.

Portada del libro Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas LlosaFoto

Portada del libro Travesuras de la niña mala, de Mario Vargas Llosa. Publicado en mayo de 2006 por Alfaguara.

Creador de estructuras narrativas tan complejas como eficaces, Vargas Llosa tiene la poco usual capacidad de haber escrito obras que pueden satisfacer tanto al público intelectual como al no especializado. Los escritores acuden a ellas para aprender de su maestría técnica. En este sentido, son muy elocuentes las palabras que expresó el novelista cubano Leonardo Padura, cuando lo interrogaron sobre las razones para leer a Vargas Llosa: “Supongo que existen miles de razones para leer las novelas de Vargas Llosa. A mí me ocurre algo levemente distinto: no lo leo, sino que lo releo. Y lo hago, justamente, cuando estoy a punto de empezar a escribir una de mis novelas. Entonces busco mi ejemplar de Conversación en La Catedral y, sin importarme ya demasiado cuándo se jodió el Perú, trato de captar la respiración, el tejido, la malicia narrativa y apunto mis armas hacia esa altura inalcanzable pero tentadora: Vargas Llosa es la meta, el reto, «la imagen y la posibilidad», como dijera Lezama”. Por su parte, el público común acude a sus textos porque leerlos es casi siempre un placer, porque nunca nos defraudan en cuanto a narrar cosas interesantes, y porque aunque sean obras de ideas, sus novelas nunca dejan de ser también de personajes, de historias apasionantes y de sentimientos.

Unas convicciones honestas e insobornables

Además de su producción narrativa, Vargas Llosa ha publicado varios ensayos que lo acreditan como un lúcido y agudo pensador del género novelesco. El primero fue García Márquez: Historia de un deicidio (1971), un estudio de las novelas y cuentos del escritor colombiano. Más que un análisis de su vida y obra, lo que allí se propone, como él aclara, es mostrar algo tan simple y tan atrevido como qué es un novelista y cómo nace un mundo de ficción. La primera y elogiosa referencia que tuve sobre ese libro me la dio en Cuba un autor que entonces era una joven promesa, pero que hace ya mucho que no promete nada. Durante varias décadas Vargas Llosa se negó a reeditar aquel título suyo y era prácticamente imposible de conseguir. En mi última visita a Caracas, creo que a comienzos de los 90, fui a los puestos callejeros de libros que están bajo el puente de las Fuerzas Armadas, y allí pude adquirir un ejemplar de uso, aunque en perfecto estado, de la edición de Monte Ávila, que reproduce hasta en el diseño de la cubierta la de Barral Editores.

A aquel brillante ensayo se fueron sumando luego Carta de batalla por Tirant lo Blanc, La orgía perpetua. Flaubert y Madame Bovary, José María Arguedas: entre sapos y halcones, Cartas a un joven novelista, La verdad de las mentiras, La utopía arcaica: José María Arguedas y las ficciones del indigenismo, La tentación de lo imposible. Víctor Hugo y Los miserables y El viaje a la ficción. El mundo de Juan Carlos Onetti. En ellos Vargas Llosa demuestra un especial talento para sumergirse en la obra de otros autores (hizo lo mismo con la propia en Historia secreta de una novela). Crítico elegante, inteligente y claro, sabe abrir nuevas puertas para acceder a esos textos. Son además ensayos que destilan un profundo amor por el sentido de la ficción y por la literatura, algo que Vargas Llosa logra contagiarle al lector.

El teatro es el otro género de creación que Vargas Llosa ha frecuentado. De hecho, en una fecha tan lejana como 1952 estrenó una obrita titulada La huida del Inca. Años después retomó, ya de manera profesional, esa pasión juvenil que hasta hoy mantiene. La recepción desfavorable o poco entusiasta que han tenido sus piezas teatrales no han conseguido que renuncie a sus ambiciones como dramaturgo. Ha estrenado así La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga, El loco de los balcones, Ojos bonitos, cuadros feos y Al pie del Támesis. Incluso se ha atrevido a subirse al escenario junto con la actriz Aitana Sánchez Gijón, en Odiseo y Penélope: Las mil y una noches. Acerca de esa experiencia, comentó que con ella ha podido vivir la ficción y dar un paso más adentro, encarnándola, gracias al teatro.

Desde los años 60, cuando se dio a conocer como novelista, Vargas Llosa se distinguió por ser el más político de los autores de su generación, algo a lo cual hasta ahora se mantiene fiel. Siguiendo su concepto del escritor como un hombre que debe tomar partido y pronunciarse, nunca ha dejado de expresar lo que piensa. No acepta convertir el pensar y el escribir en una actividad aséptica e insulsa. Lo ha hecho a través de sus artículos periodísticos, sus intervenciones en conferencias y eventos, sus declaraciones en las entrevistas. Esas opiniones fueron bien recibidas mientras Vargas Llosa se mantuvo dentro de los límites de la corrección política. Pero pasaron a molestar cuando empezó a asumir una postura a contracorriente de buena parte de la intelectualidad latinoamericana y europea. Molestó, por ejemplo, su denuncia de los regímenes totalitarios, sin distinguir, como hacen otros, que sean de izquierda o de derecha. “Romper con la superstición totalitaria fue un acto no sólo de claridad intelectual, sino de valentía moral”, comentó otro Premio Nobel, el mexicano Octavio Paz. Hoy resulta algo pueril, pero hacerlo en los años 70 exigía mucho coraje, pues en el caso de un escritor podía afectar negativamente la difusión y acogida de sus libros.

Portada de la novela La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas LlosaFoto

Portada de la novela La Fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa. Publicada en febrero de 2006 por Alfaguara.

En un artículo que publicó en 1990 en The Paris Review, Vargas Llosa cuenta: “Recuerdo el día en que celebramos el cumpleaños de Neruda en Londres (…). En esa época, un artículo (…) me había alterado e irritado porque en él se me insultaba y se decían mentiras sobre mí. Se lo mostré a Neruda. En la mitad de la fiesta, él profetizó: «Te estás volviendo famoso. Quiero que sepas lo que te espera: cuanto más famoso seas, tanto más te atacarán. Por cada elogio recibirás dos o tres insultos. Yo tengo un cajón lleno de todos los insultos, villanías y maldades que un hombre es capaz de soportar. No me ahorraron ninguno: ladrón, pervertido, traidor, delincuente, cornudo… ¡todo! Si te haces famoso, tienes que pasar por eso». Su predicción resultó completamente acertada. No sólo tengo un cajón, sino varias valijas llenas de artículos que contienen todos los insultos posibles contra un hombre”.

El contenido de esas valijas debe haber aumentado en estos últimos veinte años, debido a los que algunos llaman la reversión o viraje ideológico y doctrinal de Vargas Llosa. Hablo de la evolución que lo llevó de las ideas izquierdistas a su adhesión al liberalismo democrático. Mentiría si debido a lo mucho que admiro su obra literaria, dijese que comparto en su totalidad sus ideas políticas. Siempre me ha resultado muy difícil entender, por ejemplo, su elogio de Margaret Thatcher, lo mismo que su defensa de la política de Israel. Pero esa discrepancia nunca me va a llevar a negarle el derecho a tener un pensamiento independiente. En primer lugar, porque tiene la valentía de defenderlo contra viento y marea. En segundo, y es para mí lo más respetable, porque nace de unas convicciones que se pueden diferenciar de las mías, pero que ante todo son honestas e insobornables. Quiero reproducir unas palabras suyas que no muchos de los que lo critican podrían expresar: “A mí me pueden insultar, pero nunca nadie podrá decir jamás que he tomado una posición política por intereses inconfesables. Puedo haberme equivocado, pero siempre en función de mis convicciones”. Y hace apenas unos meses, a propósito de los motivos por los cuales aún no le habían concedido el Nobel declaró en una entrevista: “No cambiaré mis ideas por premios literarios”.

Decir de él que se pasó a la derecha es la manera más fácil y cómoda de sacarle el cuerpo al debate, algo a lo cual él siempre está abierto (ahí están, entre otras, las polémicas que sostuvo con Mario Benedetti y Gunter Grass). Al respecto, me parece pertinente recordar lo que apuntó Jorge Edwards: “La descalificación majadera es una de las máscaras del dogmatismo. Es decir, de la barbarie”. Ocurre además que para criticarle su desvío ideológico, los argumentos que se esgrimen aparecen intencionadamente sesgados. Mencioné antes su apoyo al gobierno de Israel. A eso es justo añadir que después que recorrió los territorios de Gaza, Vargas Llosa criticó públicamente el trato que se da a los palestinos. De igual modo, la inteligencia bienpensante de medio mundo se rasgó las vestiduras cuando él defendió la democracia frente a la instauración del sandinismo y censuró el cierre del diario La Prensa. Pero no se tomó en cuenta que Vargas Llosa se apresuró a protestar por la ayuda de 100 millones de dólares aprobada por el Congreso de Estados Unidos, por considerar que era “la intolerable agresión de un país poderoso contra la soberanía de un país pequeño”. (Por cierto, el tiempo terminó dándole la razón al escritor: hoy nadie se atrevería a defender a uno de los regímenes más corruptos y autoritarios del continente.) Y aunque hay quienes se obstinan en olvidarlo, es un hombre que ha fustigado los nacionalismos, la xenofobia, la intolerancia religiosa.

Pero he dedicado más espacio del debido a comentar las ideas políticas de Mario Vargas Llosa, cuando se trata de hablar de los valores literarios que justifican que, para regocijo de muchos, se le haya concedido el postergado Premio Nobel. Para concluir esta nota, reproduzco algo que dijo el olvidado Mao Tse Tung y que un teatrista peruano citó para expresar su alegría por el reconocimiento a su compatriota: “Qué importa el color del gato. Lo importante es que cace ratones”.