Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Béisbol

Entre bolas y strikes

En Cajón de bateo, Norberto Codina desarrolla la idea de que la historia de Cuba y su cultura se pueden escribir desde procesos marginales como los deportes

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“Estos papeles sobre el béisbol (ese «centro del universo»), intentan reivindicar todo lo que de agradecido tiene «un cajón de sastre» convertido en cajón de bateo, como me sugirió un poeta amigo. Aquí se reencuentran, si no todas, varias obsesiones compartidas, y están compiladas algunas claves personales y/o prestadas acerca de la relación entre béisbol, cultura e historia, que al final todo suelo ser lo mismo. Pues parafraseando la conocida sentencia, el destino de la pelota se escribe con líneas —y curvas— torcidas, a mitad de camino entre la verdad y la fantasía y pasión del aficionado”.

Así resume Norberto Codina (Caracas, 1951) el tema y la estructura de Cajón de bateo. Algunas claves entre béisbol y literatura (Ediciones Matanzas, 2012, 255 páginas). Y en efecto, en su libro desarrolla la idea de que la historia de Cuba y su cultura se pueden escribir desde procesos marginales como los deportes. Para ello, toma como punto de partida el béisbol y a través de él analiza cómo también desde esos costados se evidencian algunas de las iluminaciones, angustias y tensiones de Cuba como nación. Para hacerlo, escogió el flexible y acogedor formato del cajón de sastre. Eso le permitió incluir anécdotas, vivencias, citas, curiosidades, testimonios y un enorme caudal de información y conocimiento que, como resulta obvio, ha sido acumulado a lo largo de muchos años. Todo ese variado material está distribuido, como es natural, en nueve capítulos, cifra que corresponde al número de innings que tiene un juego de béisbol.

En la introducción que cité antes, Codina apunta que le queda mucho por conocer y escribir sobre el tema, y que organizar estas páginas solo le sirvió para “calentar el brazo con vistas a un proyecto más ambicioso”. Resulta difícil imaginar esa obra futura que anuncia, pues Cajón de bateo es una amplísima y erudita exploración del imaginario beisbolero y de los entrecruzamientos literarios, cinematográficos, musicales, lingüísticos y teatrales que ha tenido en Cuba y en otros países. Una parte de esas claves son propias, otras Codina las ha tomado en préstamo de otros autores. En ese sentido, su libro es también un homenaje a quienes han dejado testimonio sobre el que, en opinión de Albert Einstein, es el rey de los deportes. De haber contado el libro con un índice onomástico, en él aparecerían, entre otros, los nombres de Eladio Secades, Alejo Carpentier, Roberto González Echevarría, William Carlos Williams, Abelardo Estorino, Gabriel García Márquez, Arturo Arango, José Lezama Lima, Rubén Blades, Julián del Casal, José Antonio Portuondo, Orlando Alomá, Ernest Hemingway, José Martí.

Por supuesto, en el libro también se incluyen homenajes a destacadas figuras del béisbol, como Adolfo Luque, Martín Dihigo, Willy Miranda, Conrado Marrero (a este, Codina lo llama “el Lezama Lima de la pelota cubana”), Orestes Miñoso. El autor de Cajón de bateo cuenta que a este último lo conoció en Estados Unidos, y anota: “Muchas y amenas conversaciones hemos tenido con el hijo ilustre del pueblo matancero de Perico”. Asimismo destaca que Miñoso ostenta el récord insólito de figurar en el libro oficial del Big Show por haber jugado pelota como profesional durante seis décadas. Y escribe: “El «cometa cubano» también quemó la liga americana con tres títulos consecutivos de bases robadas (1951-1953) ganados en una época cuando la velocidad en las bases era un pequeño premio y raramente empleado como una estrategia ofensiva de preferencia. El estilo rápido que él trajo al juego fue la garantía de sedimentar la reputación de Miñoso con fanáticos conocedores, esos espectadores y oponentes que no podían creer ver a tan rápido hombre negro sobresaliendo sobre todos los demás en el campo”.

El libro, ya lo apunté, está lleno de anécdotas, curiosidades, datos, cifras. Codina además incorpora explicaciones y comentarios propios. Pero como señala Omar Valiño en el prólogo, escribe “sin pedantería, como algo natural que él supo alguna vez y viene a cuento ante una situación que se le asemeja”. Eso hace que su escritura tenga el tono de una conversación con un amigo. Eso sí, un amigo que sabe mucho sobre el béisbol y habla de él con tanta autoridad como pasión.

Cajón de bateo es además, por su propio formato y por los numerosos territorios en los cuales indaga, una obra poliédrica. Hay páginas en las que Codina condensa admirablemente su amplio bagaje y es capaz de resumir en unas pocas líneas la trayectoria de un jugador: “Vicente Anglada, que de niño criado a la sombra del estadio del Cerro, fue de Carraguao a la gloria, para ser lanzado después arbitrariamente al desamparo de la cárcel y el anonimato total de su carrera y sus récords, remontó esa tremenda e injusta adversidad, y llegó a protagonizar una leyenda renovada, en un país donde se puede ser más fácil ministro de algunas carteras que director de la selección nacional”.

En otros pasajes adopta un tono narrativo, como en el capítulo IV, donde recuerda su infancia. Allí cuenta: “De niño, rumbo a la casa de tía Chita, nos bajábamos en la entrada de Vieja Linda. Iba a Fornaris 4A, callecita que terminaba en el muro de lo que de antiguo fue un sanatorio antituberculoso. Tenía en ambos extremos dos grandes descampados, con sus pequeños matorrales, y los caminitos hechos al golpe incansable de los pies de los imberbes jugadores de béisbol. Jugábamos con el par de guantes y el solitario bate, o un palo pulido por el uso como sustituto, tesoro de sus privilegiados dueños, y pasaporte para ser escogidos de los primeros a la hora de batear y conformar las «novenas». Estos juegos se extendían mientras la luz natural lo permitía, con pelota de trapo y aserrín, canjeada por botellas; o de cajetillas de Partagás, remedos de la esférica convencional, en sus variantes de pitén o cuatro esquinas. Allí tomó sus fundamentos mi pasión por la pelota. ¡Oh, pelota manigüera, yo te saludo!”.

Pese a que estoy muy lejos de ser fanático del béisbol (de hecho, los únicos juegos que he visto han sido en las películas), he disfrutado el libro de Codina. El hecho de que su tema no sea tanto ese deporte, sino sus interrelaciones y vínculos con el arte y la literatura lo hace atractivo para diferentes capas de lectores. A ello contribuye también la buena escritura del autor, que como comentó otro apasionado del béisbol, el historiador Pedro Pablo Rodríguez, “va desde la frase galana reveladora de sus abundantes lecturas y la imagen del poeta que es, hasta la voz mundana, callejera, popular, sin perder frescura, amenidad, elegancia y buen decir en su estilo”.

La Habana desde los sentidos y la memoria

Al inicio del prólogo de Cajón de bateo, Omar Valiño expresa: “Diría que Norberto Codina tiene grandes pasiones difíciles de ubicar en su pirámide de prioridades. Yo las pondría así: la familia, la amistad, la pelota y La Gaceta de Cuba (…) De las cuatro, Cajón de bateo se detiene en su pasión por el béisbol, pero no excluye las otras”. Pienso que a ese listado bien puede añadirse una quinta pasión: La Habana. Al menos eso es lo que se puede deducir tras la lectura de Ciudades paralelas. La Habana, entre la memoria y los sentidos (Ediciones Matanzas, 2010, 93 páginas).

En la primera página de este singular homenaje a una ciudad que ha hecho suya, Codina cuenta que llegó allí en los primeros días de 1959. En ese viaje, su madre traía un gran pañuelo decorado con alegorías “habaneras” (la rumbera, las peleas de gallos, el jaialai, las carreras de caballos, la fuente de la India, el Capitolio, el Morro). Y expresa que “desde ahí empezaron a tejerse las muchas lecturas de esta ciudad que me han acompañado desde los sentidos y la memoria con su luz irrepetible”. Es precisamente a través de los sentidos y la memoria como va recuperando y armando los fragmentos dispersos de La Habana, que es vista desde la mirada de aquel niño llegado de Caracas.

Anota Codina que entre 1959 y 1962, su madre “coleccionaba” mudadas, que se repartían entre Centro Habana y El Vedado. Rememora algunos de los sitios en los cuales residió, aunque reserva la categoría de paraíso de su niñez para Vieja Linda donde vivía su tía Chita. “Era —escribe— el barrio «del nunca jamás», el refugio donde escapaba liberándome del tráfico capitalino”. La callecita donde se hallaba la casa tenía a ambos lados dos grandes placeres, que eran terrenos naturales para jugar béisbol. Fue aquel el inicio de su afición a ese deporte que, como dice una canción popular, hasta hoy Codina conserva con la misma pasión.

En esa cartografía de la ciudad, hecha a través de los recuerdos de un adolescente asmático que comenzaba su aprendizaje, Codina dedica espacio a evocar lugares ligados a sus vivencias de esos años: el Emerson College, en Águila y Trocadero, donde su madre lo hizo repetir el pre-primario para que se adaptase al sistema escolar cubano: el Hotel Rex, en San Miguel casi esquina a Neptuno, donde comenzó a emborronar cuartillas estimulado por los programas radiales que escuchaba en la habitación de una vecina; el parque de 21 y H, en El Vedado, escala para las tertulias estudiantiles, las improvisadas charlas y algún que otro romance (a propósito de El Vedado, donde ha vivido por más de cuatro décadas, comenta: “Creo que casi todo lo importante que me ha acontecido, incluyendo el nacimiento de mi hija, ocurrió allí”.)

Pero una ciudad no solo son sus edificios, calles, parques, avenidas. Y su descubrimiento de La Habana también estuvo acompañado por percepciones nuevas. “Mi percepción infantil de la ciudad se armó mientras desandaba las casas y los edificios desde el segundo piso, a partir del cual el paisaje varía y la ciudad se hace otra. Tal vez mi actual terraza sea el premio a esa «otra» lectura urbana que con el caleidoscopio del amanecer, día, crepúsculo y noche se multiplica (…) Cada día y cada época del año nos regala una imagen diferente”.

En uno de los varios poemas que va insertando en los capítulos, Codina escribe: “En la ciudad/ la bárbara carpintería de ruidos y voces/ la verdadera música, en fin/ con la orquesta del tránsito y la vastedad humana/ contra el muro del cielo”. Sobre ese aspecto, en el capítulo VI apunta: “Desde esa época me llamó la atención el edificio de la sinagoga colindante, y la música diferente, nada religiosa, que nos arremolinaba junto a la cerca. Tiempo después supe que allí ensayaba parte de la vanguardia del jazz cubano”.

A esa sinfonía urbana se suman los olores y sabores que entonces distinguían a la capital cubana. Al referirse a su etapa en el Hotel Rex, Codina expresa: “Pero mi estancia en ese hotel la asocio sobre todo a la imponente mole que se veía desde mi cama, junto a otras memorias de los sentidos: el olor de la vecina fábrica de tabacos, el gusto en el paladar de la carne asada con papas y los pastelitos de guayaba que vendían en la esquina, y la música de Benny Moré con su presencia irrepetible en los jardines del capitolio, en los bailables que, organizados por el periódico Revolución, se conocían como Papel y Tinta”.

Del mismo modo que menciona el deprimente estado actual en que se encuentran algunos de los sitios de su niñez, al punto de que apenas los reconoce, Codina también se refiere a los olores que se han perdido: “Apenas quedan ya los de las panaderías, fábricas de tabaco, tostaderos, guaraperas, mercados de frutas y especies, o el efluvio a intervalos de las puertas de las tiendas por departamentos, que al abrirse al paso del transeúnte, nos regalaban la ráfaga bendecida del aire acondicionado, con toda una gama de mercancías al ávido olfato de la niñez. Ahora impera el smog, emanaciones indeterminadas, muchas veces hostiles a nuestro apéndice nasal”. Unos olores y unos sabores que para él eran una fiesta para los sentidos, y a través de los cuales fue descubriendo “otra” Habana.

Una idea que Codina aplica en la lectura de su memoria personal es la de que “la Historia con mayúsculas da forma a la bitácora humana de cada quien”. Eso lo lleva a establecer un nexo entre hechos significativos y sitios de la ciudad. Así, para él la desaparición de Camilo Cienfuegos está ligada a la escuelita de Trocadero; el incendio de la tienda El Encanto, a la habitación cerca del Capitolio; la voladura de El Polvorín, al Cinecito; la Crisis de Octubre, a las antiaéreas emplazadas en el área exterior del Hotel Nacional; El Anón de Virtudes, al anuncio del asesinato del presidente Kennedy.

Es a través de esos diversos asedios como Codina ha construido su hermoso homenaje a la capital cubana. La Habana que emerge de esas páginas es así una suma de las “ciudades paralelas” que él descubrió y que forman parte de su imaginario personal. Una Habana, como comenta Ciro Bianchi Ross en el prólogo del libro, que un día él empezó “a aprehender y amar, y que ahora, real e inventada, devuelve con sus colores, olores y sonidos”.