Actualizado: 01/06/2020 20:01
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Literatura

Entre maullidos y ronroneos

Pocos animales pueden vanagloriarse de unos orígenes tan remotos y aristocráticos y de contar con una tradición literaria tan rica, como los gatos

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Un gato no es exigente, mientras usted recuerde que le gusta beber la leche en el plato rosa y comer el pescado en el plato azul, de donde lo sacará para saborearlo en el suelo.
Arthur Bridges

Si les ocurre que un día su gato(a) les reclama mejores condiciones de vida, argumentando el rancio abolengo de los abuelos de los tatarabuelos de sus padres, les doy gratuitamente un consejo sano: no lo contradigan. Aceptar o no sus exigencias, es ya otra cuestión y toca a ustedes decidir. Pero por nada del mundo le contesten que de linaje aristocrático nada, que fue recogido en la calle y que de no haber sido por ustedes hubiese muerto apedreado por unos niños. Tan pronto como el felino empiece a hablar, los dejará mudos.

Poquísimos animales y no muchos seres humanos pueden vanagloriarse de poseer unos orígenes tan remotos y con tanta solera como los gatos. Los vestigios más lejanos datan del Antiguo Egipto, donde eran idolatrados. Se cuenta que los egipcios perdieron la ciudad de Pelusio (hoy Puerto Saíd) porque los persas sostuvieron gatos delante de sus escudos. Sabían que sus adversarios eran incapaces de lastimarlos, porque los consideraban sagrados. Entre sus dioses, estos tenían una llamada Bastet, que era representada por un gato, y que se encargaba de proteger los hogares y otorgar armonía y felicidad. Asimismo era la protectora de las embarazadas y los nacimientos y se ocupaba de alejar las enfermedades. En el capítulo XVIII del Libro de los muertos se puede leer: “Yo soy el gato cerca del cual se abrió el árbol Iched en Heliópolis la noche en que fueron destrozados los enemigos del Señor del Universo”.

Los egipcios inoculaban gotas de su sangre para proteger a esos animales de las enfermedades y los malos espíritus. Entre ellos estaba prohibido matarlos y quienes lo hacían, eran castigados con la pena de muerte. Tanto era el respeto que sentían, que cuando un gato caía enfermo recibía tantos cuidados y atenciones como los que se daban a los niños, y si moría las personas de la casa se vestían de luto y se afeitaban las cejas en señal de duelo. (Este último detalle fue recogido por Herodoto en Los nueve libros de la historia.) Al morir, eran momificados y enterrados en tumbas especiales. Junto a ellos, colocaban además ratones embalsamados. En 1890 fueron encontrados en Butastas (hoy Zagazig) unos 300 mil gatos momificados. Curiosamente, los antiguos egipcios nunca dieron al gato un nombre especial, sino que preferían llamarlo por su onomatopeya: Miw.

Pero eso no solo ocurría en Egipto. Mahoma, el fundador del islam, tenía un gato llamado Muezza que era su favorito. Sobre él existe una leyenda muy hermosa. Una vez se quedó dormido sobre la manga de la túnica de su dueño. Este fue llamado a orar y para no despertar a Muezza, tuvo un noble gesto: prefirió cortar esa parte de su prenda. Tan atado estaba Mahoma al animal, que incluso le permitía descansar en su regazo mientras él daba los sermones. Según se dice, la causa de esa adoración es que en una oportunidad había sido salvado por un gato. De acuerdo con la leyenda, Mahoma dio a Muezza siete vidas, así como la habilidad de caer siempre de pie. (Esto último, por cierto, aceptado hoy por muchos, no es del todo cierto. Para que un gato pueda hacerlo, necesita caer de una altura que le permita darse vuelta en el aire.) Por todo eso es que en el mundo islámico maltratar a un gato se considera un pecado severo e igualmente se enseña que no se le debe vender por dinero u otro bien de cambio.

Altamente considerados hasta el siglo XIII

Curiosamente, en la Biblia hay 40 menciones del perro, pero ni una sola referida al gato. En cambio, este sí aparece en la leyenda sobre el diluvio universal y el arca de Noé. Según esa historia, tan pronto zarpó la embarcación los ratones comenzaron a reproducirse de manera tan alarmante, que Noé tuvo que acudir ante Dios en busca de ayuda. Dios le indicó que acariciara tres veces la cabeza del león. Noé lo hizo, el león estornudó y de sus fosas nasales salió una pareja de felinos que, de inmediato, estableció el orden en el arca.

Algo similar sucedió realmente en el Antiguo Egipto. Hacia el año 3.000 antes de Cristo había allí una enorme plaga de ratones. Los gatos eran entonces animales salvajes y los egipcios empezaron el proceso de domesticarlos. Aunque no perdieron su naturaleza divina, así fue como los gatos pasaron a convivir en las casas. Los griegos intentaron comprar una pareja para dedicarla a la cría, pero los egipcios se negaron. A pesar de ello, aquellos lograron robar dos que se llevaron a su tierra. Y fue a partir de ahí que ese animal se extendió por toda Europa.

Los gatos fueron altamente considerados hasta el siglo XIII, cuando la Iglesia, por lo general torpe e ignorante, pasó a asociarlos a las brujas y al diablo e inició una terrible persecución contra ellos. Incitó de tal modo la cacería, que su quema llegó a convertirse en un espectáculo durante la noche de San Juan. Como consecuencia de aquel salvaje felinicidio, cuando la peste negra se desató en Europa en el siglo XIV, quedaban muy pocos gatos para eliminar los ratones, que eran los principales propagadores de la enfermedad.

De aquellos siglos supongo que provienen la mayoría de las creencias que se han tejido alrededor de estos enigmáticos y solemnes animales (a propósito de este último adjetivo, hay una frase que a mí me encanta por lo gráfica y certera: “ser más serio que un gato haciendo pis”). Copio a continuación un par de ellas. Los celtas creían que los ojos de los gatos representaban las puertas que conducen al reino de las hadas. Los galos penalizaban el matar un gato con el pago de una oveja con su cordero, o bien con la cantidad de trigo necesaria para cubrir totalmente el cadáver del gato suspendido por la cola y con el hociquito tocando el suelo.

Particular mitología existe sobre el gato negro, que comparte por igual el ser símbolo de la divinidad y de la encarnación demoníaca. Si se cruza con una persona de derecha a izquierda, es un vaticinio nefasto. Si se le encuentra camino de la iglesia el día de la boda, en algunos países es sinónimo de buena suerte, mientras que en otros anuncia desgracias conyugales. Existe la tradición de que trae buena suerte en los juegos de azar, sobre todo si antes de empezar se le toca. En el pasado, los marineros consideraban que tener uno en el barco traía buena suerte. Eso sí, no se podía pronunciar la palabra gato (supongo que también cat, chat, kater, kot, olena, koshka, pisca…), pues acarreaba grandes desgracias. En Kentucky se pensaba que la visita de un gato negro a una casa era una buena señal, excepto si decidía quedarse. En tal caso, vaticinaba infortunios. Y en algunas regiones sureñas de Estados Unidos aún se cree que si se permite a un gato, sea del color que sea, acercarse al cadáver de una persona, una horrible desgracia caerá sobre la familia del finado.

Asimismo hay quienes atribuyen poderes de adivinación a estos animales. Si se halla boca arriba sobre el suelo, anuncia lluvia. Si está sentado de espaldas junto al fuego, predice frío y mal tiempo. Si se lava las orejas, avisa una visita, masculina si es la oreja derecha, femenina si es la izquierda. Y puestos a hablar de sus aspectos positivos, para curar la tos ferina se prepara un brebaje con agua, se cortan 9 pelos de la cola de un gato negro, se remojan en el agua y esta se le da a beber al enfermo. Por mi parte, recuerdo que cuando era niño se pasaba la cola de un gato por los párpados para curar los orzuelos. Eso sí, lamento no poder dar fe de la eficacia del método.

Gautier, Chandler y otros gatófilos famosos

Decir que el gato es un animal literario por naturaleza no implica ningún riesgo, ni necesita demasiadas evidencias. Los gatos, afirmó el francés Theóphile Gautier, “se complacen en el silencio, el orden y la quietud, y ningún lugar les conviene mejor que el escritorio de un hombre de letras”. No estoy seguro de que el sitio donde trabajan los escritores sea en todos los casos silencioso, ordenado y tranquilo. Pero es cierto que el gato ha sido y es la mascota favorita de muchos de ellos.

El propio Gautier los adoraba, tuvo varios y se preocupó de que muchos de ellos aparecieran descritos en La Ménagerie Intime. Cito algunos: Childebrand; Cléopatre, a la que le gustaba pararse en tres patas; Don Pierrot de Navarre, que tenía el hábito de robar la comida; Enjoras; Eponine, que comía en la mesa con Gautier y que según él, lo hacía con la delicadeza de un niño bien educado; Gavroche; Séraphite, reservada y adicta al perfume; y Madame Theóphile, una gata roja y blanca que le arrebataba la comida al escritor cuando iba del plato a la boca.

Otro que adoraba los gatos fue el norteamericano Raymond Chandler. Les atribuía toda la sabiduría y estaba convencido de que estimulaban la explosión creadora. Esa misma idea defendió el argentino Osvaldo Soriano, quien expresó: “A mí un gato me trajo la solución para Triste, solitario y final. Un negro de mirada contundente, muy parecido a Taki, la gata de Chandler. Otro, el negro Vení, me acompañó en el exilio y murió en Buenos Aires. Hubo uno llamado Peteco que me sacó de muchos apuros en los días en que escribía A sus plantas rendido un león. Viví con una chica alérgica a los gatos y al poco tiempo nos separamos. En París, mientras trabajaba en El ojo de la patria, en un quinto piso inaccesible, se me apareció un gato equilibrista caminando por la canaleta del desagüe. Para sentirme más seguro de mí mismo puse un gato negro al comienzo y uno colorado al final de Una sombra ya pronto serás”.

También fue famoso por el amor que sentía por los felinos el mexicano Carlos Monsiváis. Al respecto, declaró: “Sé que es una pasión que no puede transmitirse verbalmente, que quien la tiene, la expresa con el fervor posible, pero que cuando se tiene es inútil querer erradicarla”. Según él, la literatura y los gatos eran las dos únicas cosas de las cuales no podría prescindir. Llegó a convivir con doce mininos, a los que además llamaba por sus nombres. Unos nombres, por cierto, muy singulares: Fray Gatolomé de las Barbas, Evasiva, Nana Nina Ricci, Chocorrol, Posmoderna, Fetiche de Peluche, Monja Descatecada, Nonoalco, Carmelita Romero, Zulema Moraima, Voto de Castidad, Peligro para México.

Otro gatófilo fue Ernest Hemingway, quien en su quinta habanera de La Vigía llegó a tener 50 gatos. Como eran tantos, les tenía reservada una habitación en la planta superior. Para bautizarlos, recurría usualmente a nombres que llevaran la letra s, pues le agradaba su sonido silbante. Un marinero le regaló uno al cual puso Snowball, que sufría de polidactilia, una anomalía poco común incluso entre los seres humanos. Pese a que Snowball tuvo una madre sana, sus descendientes heredaron esa singularidad de poseer seis dedos en las patas.

De los felinos que tuvo Jorge Luis Borges, por lo menos dos se han hecho famosos. Uno era Odín y el otro Beppo. Este último, un fiel gato blanco, era su preferido y lo llamó así en honor del personaje del poema homónimo que Lord Byron escribió en 1817. A Beppo, el escritor argentino le dedicó un poema que lleva ese título: “El gato blanco y célibe se mira/ en la lúcida luna del espejo/ y no puede saber que esa blancura/ y esos ojos de oro que no ha visto/ nunca en la casa son su propia imagen”.

Es, en fin, interminable la lista de autores que cumplieron algo que expresó Osvaldo Soriano: “Todos los escritores con corazón se han ganado un gato que los sigue y los protege”. Quiero mencionar a propósito un caso que lo ilustra, aunque admito que tiene su arista controversial: el del francés Louis-Ferdinand Céline. En la para él aciaga etapa que va desde que huyó de París hasta que fue encarcelado en Copenhague por colaborar con los nazis, el creador de Viaje al fondo de la noche contó con la fiel compañía de su gato Bébert. Lo llevaba dentro de una mochila y compartió con él esos años de hambre, cansancio, miedo. Esa relación incluso ha dado lugar a un libro, Bébert: Le chat de Louis-Ferdinand Céline, publicado por Frédric Vitoux en 2008.

Felinos literarios

Se puede armar una antología con los homenajes de los escritores a los gatos con los que han convivido. Entre ellos no puede faltar el de Julio Cortázar, “La entrada en religión de Teodoro W. Adorno”, que aparece en Último round. Otro texto infaltable en esa selección es “Offenbach”, que Guillermo Cabrera Infante recogió en su libro O. Allí cuenta de manera tan deliciosa como entrañable la historia del gato siamés que encontró en su casa el hogar definitivo. Según el autor de Tres tristes tigres, su vida se puede dividir en antes y después de Offenbach: “El cambio con la llegada de Offenbach fue totalmente inesperado: yo estaba dispuesto a tolerar un gato en la casa, pero nunca imaginé una asociación tan intensa como la que hemos trabado Offenbach y yo (…) Para mí el mundo se ha dividido en dos clases de personas: las que aman a los gatos y las otras. Las otras personas no saben lo que se pierden con no tener relaciones con un gato. A estas últimas les recomiendo adoptar un gato desde ya y, de ser posible, adoptar un siamés, que son a los gatos lo que los perros satos a los otros: los que dan más pidiendo menos”.

También pueden dar lugar a un voluminoso libro los que podríamos denominar felinos literarios. Ahí deben estar poemas como “Los gatos”, de Charles Baudelaire, “Un gato que no volvió”, de Eliseo Diego, “Canción novísima de los gatos”, de Federico García Lorca, “A un gato”, de Borges, “La gata mira llover”, de Sigfredo Ariel, “Cabildo de los gatos”, de Francisco de Quevedo, “Mientras contemplo a mi gata Billy”, de Pío Serrano, “Oda al gato”, de Pablo Neruda, “Acerca de gatos”, de Eugénio de Andrade, “Gato negro”, de Rilke, “Gatos de Roma”, de Jorge Guillén, “Elegía para una gatita gris”, de Orlando González Esteva, “La gatomaquia”, de Lope de Vega, así como los textos de T.S. Elliot que dieron origen al famoso musical Cats. Y en narrativa, en la lista no pueden faltar títulos como El gato con botas, de Perrault, El gato negro, de Edgar Allan Poe, Los gatos de Ulthar, de H.P. Lovrecraft, Opiniones del gato Murr, de E.T.A. Hoffmann, Yo, el gato, de Natsume Soseki, El gato que andaba solo, de Rudyard Kipling. Tampoco pueden quedar fuera por nada del mundo el misterioso gato Cheshire de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll, y Popota, el gato parlante que anda en dos patas y pretende pagar el tranvía de El maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov.

Debido a ser mucho menos conocidas que las anteriores, quiero referirme a un par de obras igualmente significativas. Una es El gato. Observaciones fisiológicas morales (1845), del italiano Giovanni Raiberti. El autor hace una atenta descripción de las costumbres de este animal, aunque su intención en realidad es proponerlo como modelo de comportamiento para los humanos. Según él, “por la persuasión de que la verdadera originalidad es dote exclusiva de los animales, mientras que los hombres siempre son más o menos imitadores”. Así, por ejemplo, la pereza del gato le da ocasión a Raiberti para diferenciar el ocio torpe del ocio filosófico: “El primero parece consistir en no hacer nada; el segundo, en no tener nada que hacer”. A lo cual añade con airosa y bonachona ironía: “El ocio no es ya el padre de los vicios, sino el hijo de todas las virtudes, premio de las honradas fatigas”.

La no superada costumbre de haber sido dioses

El otro libro es El idioma de los gatos y resulta mucho más accesible para los lectores de habla castellana (fue editado en Argentina en 1994 Ediciones de La Flor). Se publicó por primera vez en 1971 y su autor es el norteamericano Spencer Holst. Se trata de una pequeña joya, que reúne 20 encantadoras fabulas modernas, y que poco a poco ha alcanzado la categoría de obra de culto. El cuento que comentaré es el que da título al libro. En el mismo, un científico tenía “un hermoso siamés de cola azul que hablaba mucho; es decir, maullaba, maullaba, maullaba, maullaba todo el tiempo”.

El gato se convirtió en el centro de su vida, en su única compañía, y el científico quiso comunicarse con él. “Tapizó las paredes de su garaje con mil jaulitas y en cada una de ellas puso un gato. La mayoría de los gatos los compró, a otros los recogió directamente de la calle, y algunos hasta los robó a amigos casuales, tan imbuido estaba este hombre de ciencia de su proyecto. En un magnetófono empezó a recopilar todos los sonidos gatunos (…) Registró todos los sonidos que los gatos hacían al aparearse, pelear, morir y parir. Entonces abandonó su trabajo gubernamental y comenzó a estudiar ansiosamente los miles de gritos y ronroneos que había grabado y, después de un tiempo, los sonidos empezaron a adquirir significado”. Una noche entró en su departamento, colgó su saco, se volvió hacia su gato y le dijo: “¡MIAU!”. El gato, sin embargo, no se mostró sorprendido. Contestó: “Mrrrrouarroau”, que quiere decir: “Ya era hora”.

El científico pudo saber así que hace miles de años los gatos tenían una tremenda civilización, con un gobierno mundial, con naves espaciales, plantas que utilizaban una energía que no era atómica, comunicación telepática y otros portentos. “Pero una cosa que los gatos descubrieron fue que la importancia de cualquier experiencia dependía de la intensidad con la cual era vivida. Se dieron cuenta de que su civilización se había vuelto demasiado compleja, de modo que decidieron simplificar sus vidas”. Como no pretendían “volver a la naturaleza”, pues habría sido demasiado, crearon una raza de robots para que los cuidaran. “Estos robots eran un progreso, mecánicamente estaban por encima de cualquier cosa producida por la naturaleza. Un par de sus más grandes inventos fueron el ‘pulgar oponible’ y la ‘postura erguida’. No quisieron molestarse en arreglar los robots cuando se rompían, de modo que les dieron una inteligencia elemental y la facultad de reproducirse. Por supuesto, nosotros somos los robots a los que el gato se refería. Y ahora el científico entendió por qué los gatos habían parecido siempre tan desdeñosos de sus amos”.

Supongo que tras leer las líneas anteriores, habrán comprendido por qué les aconsejé no contradecir a su gato. Incluso me atrevo a afirmar que han de compartir mi idea de que, después de todo, se merecen algunos privilegios. Por ejemplo, que a partir de ahora tengan un sitio para comer en la mesa, junto al resto de la familia. Que puedan disfrutar a menudo de sus comidas y bebidas favoritas: las aceitunas, la valeriana, el caviar. O que dispongan de un sillón propio en donde sentarse a ver confortablemente Los aristogatos o Una gata sobre el tejado de zinc caliente. No hay que olvidar que si nos piden demasiado, es porque en el fondo no han superado la costumbre de haber sido dioses.