Actualizado: 17/04/2024 23:20
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Escritor, Literatura, Escritura

Escribir crea hábitos

Para superar los titubeos, incertidumbres y sorpresas a los cuales se enfrentan en su solitaria labor, los escritores crean estrategias y métodos para activar y estimular la creatividad

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En varias ocasiones he leído declaraciones de autores famosos acerca de cuánto disfrutan al realizar su trabajo. “La verdad que escribir constituye el placer más profundo, que te lean es sólo un placer superficial”. Esto lo expresó Virginia Wolf. Y de Julio Cortázar son estas palabras. “Lo que me gusta es escribir y cuando termino es como cuando uno se va dejando resbalar de lado después del goce, viene el sueño y al otro día ya hay otras cosas que te golpean en la ventana, escribir es eso, abrirles los postigos y que entre”.

Pero de igual modo, Carmen Martín Gaite reconoció que “la tarea del escritor es una aventura solitaria y conlleva todos los titubeos, incertidumbres y sorpresas propios de cualquier aventura emprendida con entusiasmo”. Y para conseguir superar esos titubeos, incertidumbres y sorpresas a los que se enfrentan, los autores crean estrategias y métodos para asumir el desafío de la página en blanco.

No existen normas fijas, y lo que a uno le funciona de maravillas a otro no le sirve. Así que cada uno se las ingenia como mejor puede y se inventa mecanismos para activar y estimular la creatividad. Eso incluye una extensa lista de hábitos, costumbres y horarios que van desde los más normales hasta los más peculiares y sorprendentes, y que acaban por hacerse esenciales para realizar su actividad.

Para argumentar lo que digo, me referiré a algunos autores. Comenzaré por el horario que prefieren o tienen como regla para trabajar. Carlos Fuentes confesó que era “un escritor de mañana. A las 8 y media estoy escribiendo a mano y sigo hasta las 12 y media, cuando me voy a nadar”. Edith Sitwell empezaba a trabajar mucho más temprano, a las 5 de la madrugada, porque era cuando había más silencio. Sin embargo, no se levantaba, sino que escribía en la cama. También seguía ese horario Patricia Highsmith, quien trabajaba entre tres y cuatro horas sentada en la cama. No era muy dada a seguir una disciplina fija, pero necesitaba tener al lado suyo café, cigarrillos, una azucarera y una rosquilla. Otra autora nocturna era Simone de Beauvoir, quien escribía de las 10 a la una del día, y tras comer y descansar proseguía de 5 de la tarde a 9 de la noche.

Quien mantiene una disciplina muy estricta es Haruki Murakami, de acuerdo a lo que él mismo reconoce: “Cuando trato de escribir una novela, me levanto a las 4 de la mañana y trabajo durante cinco o seis horas. Al mediodía, corro diez kilómetros o nado mil quinientos metros (o ambas cosas). Después leo un poco y escucho algo de música. Me voy a la cama a las 9 de la noche”. Para él, esa rutina es inviolable, pues constituye la única forma de alcanzar la concentración necesaria para crear.

Por el contrario, George Sand trabajaba de noche. A esas horas producía unas veinte páginas manuscritas, mientras fumaba y comía chocolate. Se cuenta que no era raro que en plena noche se levantara del lecho que compartía con el amante de turno, para comenzar o continuar una novela. Ese horario también era el de Dostoievski, quien escribía mientras caminaba de un lado a otro de su habitación. Y aunque no era el habitual, recurrían al mismo Franz Kafka y William Faulkner cuando estaban bloqueados. Todos ellos seguían el consejo de Rilke: “Sobre todo, pregúntate en la hora más tranquila de la noche: ¿debo escribir?”.

Balzac escribía de doce a dieciocho horas

Hay quienes trabajan de modo regular. Lo hacía León Tolstoi cuando redactaba La guerra y la paz. Lo justificó diciendo que no lo hacía tanto por el éxito de su novela, sino para evadirse de lo rutinario. Su hijo contó que se encerraba en su estudio, y además de mandar que no se le molestase, cerraba con llave las puertas. Mario Vargas Llosa ha comentado que de lunes a sábado se dedica a sus obras de ficción, mientras que el domingo lo reserva a los artículos periodísticos. Labora a partir de las 7 de la mañana y después retoma esa actividad por la tarde.

Uno de los autores que más se concentraba en su faena literaria era Balzac. Acumulaba de doce a dieciocho horas al día. Se acostaba a las 6 de la tarde y, cumpliendo sus órdenes, la criada lo despertaba a medianoche. Entonces se vestía con ropas de monje de color blanco y se consagraba a redactar sus novelas. Eso explica que fuera capaz de crear ese impresionante y monumental ciclo que es La Comedia Humana.

Muchos se preguntan cómo Isaac Asimov pudo publicar más de 500 libros. En primer lugar, porque dedicaba ocho horas diarias a la labor creativa. No dejaba de hacerlo ni los fines de semana ni los días festivos. Gracias a eso lograba que al finalizar cada jornada, tenía concluidas 35 páginas. Pero al terminarlas nunca las revisaba, pues para él significaba una pérdida de tiempo. Para trabajar, las únicas condiciones que exigía era estar aislado en un cuarto pequeño, cerrado, con bombillas y sin ventanas.

Un autor conocido por ser un adicto al trabajo era Michael Crichton. Basta echar una ojeada a su bibliografía para saber que sabía aprovechar el tiempo. Pero eso dio lugar a que cuatro de las esposas que tuvo se divorciaron de él. Dos casos totalmente opuestos a esos novelistas eran Gertrude Stein y Dorothy Parker. La primera se sentía satisfecha con sentarse ante el escritorio una hora diariamente. La segunda admitía que trabajaba con mucha lentitud: “No puedo escribir cinco palabras, pero puedo corregir siete”.

La gran productividad de Stephen King tiene mucho que ver con el riguroso sistema de trabajo que mantiene. De hecho, tiene fijada la tarea de escribir diariamente dos mil palabras. Se levanta a las 8 de la mañana y hace lo necesario para cumplir esa cifra. Todo lo contrario a Susan Sontag, quien reconoció su falta de un hábito de trabajo riguroso: “Yo escribo en acelerones. Escribo cuando tengo que hacerlo porque la presión se concentra y siento la confianza de que algo ha madurado en mi cabeza y puedo escribirlo. Pero una vez algo ya está en marcha, no quiero hacer más que eso”.

Escritores horizontales y escritores verticales

Cuando pensamos en un autor trabajando, nos viene a la mente la imagen de un hombre o una mujer sentado ante su escritorio. Eso se ajusta a la gráfica descripción que acuñó Dorothy Parker, para quien escribir es “el arte de asentar el culo en el asiento”. Es, desde luego, lo más usual, pero no lo es en sentido estricto. Aunque no son la mayoría, también existen escritores que trabajan de pie. Truman Capote se declaraba “un autor completamente horizontal”.

A ese club pertenecen, entre otros, George Orwell, Edith Warton, Mark Twain, Marcel Proust, Juan Carlos Onetti. Pegado en la pared, encima de la cabecera de su cama, el escritor uruguayo tenía un cartel donde se leía: “Se nace cansado y se vive para descansar. Ama a tu cama como a ti mismo. Descansa de día para dormir de noche”. Fiel a ello, pasó sus años finales echado en el lecho. Allí escribía, leía, recibía a sus amigos, daba entrevistas.

James Joyce escribía tumbado boca abajo, con un lápiz azul y ataviado con ropa blanca. En su caso, lo hacía así porque tenía serios problemas de la vista y además padecía una enfermedad reumática. Empleaba un lápiz azul (a veces eran de otros colores) porque de ese modo veía más claro lo escrito, y en cuanto a la ropa blanca aumentaba el reflejo de la luz sobre el papel si trabajaba en horario nocturno. Y como siempre hay ejemplos extravagantes, mencionaré dos: Dalton Trumbo y Agatha Christie escribían tumbados… en la bañera. Trumbo lo hacía acompañado de su loro; la célebre autora de novelas policiales lo hacía mientras comía manzanas. Otras veces trabajaba en la cocina, pues solo necesitaba una superficie donde poner su máquina.

En cambio, Charles Dickens, Lewis Carroll, Fernando Pessoa, John Dos Passos, Eduardo Mendoza, Thomas Wolfe, Vladimir Nabokov y Virginia Wolf forman parte del grupo de los creadores verticales. La autora de Orlando se mandó a construir un escritorio diseñado para trabajar de pie. Dado que no era postura que se puede mantener por mucho tiempo, sus jornadas diarias no excedían las dos horas.

En una entrevista que le hizo George Plimpton para la revista The Paris Review, Ernest Hemingway le contó que escribía de pie. Utilizaba una mesa a la altura del pecho, sobre la cual tenía sus libretas y una máquina de escribir. Era una costumbre que tuvo desde el principio. La adoptó a raíz de una lesión en una pierna que sufrió durante la Segunda Guerra Mundial. Para trabajar con comodidad, usaba unos mocasines y en el suelo había una piel de antílope.

Hemingway le confesó a Plimpton que era un hombre de rutinas: al amanecer se levantaba para trabajar hasta las 11 o el mediodía. A esa hora paraba e iba a nadar. Trabajaba rodeado de libros y siempre estaba leyendo alguno. Y le comentó: “Cuando estoy trabajando en un libro o una historia, empiezo a escribir cada mañana tan pronto sale el sol. Nadie te distrae a esa hora. Hace fresco o frío y te vas concentrando y entrando en calor conforme escribes. Lees lo que has escrito y paras cuando sabes qué va a ocurrir después. Escribes hasta que llegas a un lugar donde todavía estás inspirado. Ahí paras hasta el día siguiente. Empezaste a las seis de la mañana, digamos, y puedes llegar hasta el mediodía. Cuando acabas, estás tan vacío, y a la vez tan lleno, como cuando haces el amor con alguien a quien amas. Nada puede hacerte daño, nada puede pasar, nada importa hasta el día siguiente cuando vuelves a escribir”.

El método para salir del bloqueo de Dan Brown

Por su parte, el entrevistador cuenta que Hemingway retocaba todos los días el texto que había escrito el día anterior. Al leer la obra completa, seguía reescribiendo. Después que alguien le mecanografiaba el manuscrito, incorporaba nuevas correcciones. Hacía todos los cambios que hicieran falta. Para Adiós a las armas redactó treinta y nueve finales, hasta que finalmente dio con uno que lo dejó satisfecho. Otro detalle que revela Plimpton es que diariamente anotaba en una lámina en la pared la cifra de palabras que había escrito. Era su forma de visualizar cómo había ido la jornada de trabajo. Su objetivo era alcanzar unas quinientas o seiscientas. Nunca dijo que escribir fuera ni rápido ni fácil.

Que unos trabajen de pie y otros sentados, es algo que puede aceptarse, pues cabe dentro de los límites de la lógica. En cambio, cuesta imaginar que alguien sea capaz de crear al mismo tiempo que camina. Así se dice que lo hacían Williams Wordsworth y Samuel Coleridge, quienes alababan los aspectos positivos de escribir sus poemas mientras andaban. Lo que nunca se ha sabido es cuáles son esas virtudes.

Acerca de este tema de las dos posturas, los médicos y especialistas han señalado los aspectos perjudiciales de cada una. Trabajar sentado durante varias horas aumenta el riesgo de contraer diabetes, enfermedades vasculares y obesidad. Eso se explica porque al estar en esa posición el cuerpo quema menos calorías y ciertos músculos permanecen inactivos. En cuanto a escribir de pie, es desaconsejable por las varices y la arterioesclerosis. Puesto que quienes se dedican a la actividad literaria y periodística deben elegir una u otra, la recomendación es: quienes trabajan sentados deben levantarse cada cierto tiempo y caminar durante unos minutos; y aquellos que lo hacen de pie, es conveniente que usen un calzado cómodo.

Dan Brown, el autor de bestsellers como El código Da Vinci, tiene un curioso método no para escribir, sino para salir del bloqueo. Lo llama “terapia de inversión”, y consiste en colgarse de los tobillos. Para ello, se ata los pies a una tabla y se deja caer cabeza abajo. De acuerdo a sus declaraciones, mantener esa postura durante varios minutos lo relaja y lo ayuda a concentrarse. A juzgar por la calidad literaria de sus novelas, no parece que lo ayude a mejorar su escritura, pero igual le evita padecer dolores espalda.

Laborioso y disciplinado sí es, pues comienza a trabajar a las cuatro de la mañana. Tiene un reloj de arena en su escritorio y cuando lleva trabajando una hora, hace una pausa para hacer flexiones, abdominales y estiramientos. Eso explica su afirmación de que la vida del escritor “es como ir al gimnasio. Cuando acabas te sientes bien, pero mientras tanto deseas estar haciendo otra cosa”.

García Márquez tecleaba con dos dedos

Hace más de 150 años se patentó la primera máquina de escribir, un invento que de inmediato se convirtió en un invalorable instrumento de trabajo para escritores y periodistas. Sin embargo, hubo y aún hay autores que siguen escribiendo a mano. Uno de ellos es Carlos Fuentes, quien así lo reconoció: “Primero escribo siempre a mano y luego, cuando siento que «lo tengo», lo dejo descansar. Entonces corrijo el manuscrito y lo paso a máquina yo mismo, corrigiendo hasta el último momento”. Conviene apuntar que solo empleaba el dedo de una mano, pues con la otra sostenía un cigarrillo. Gabriel García Márquez tecleaba con dos dedos, un hábito que adquirió durante los años cuando se ganó la vida como periodista.

Miguel Delibes nunca dejó de redactar sus novelas a mano, pese a que durante varias décadas se dedicó al periodismo. Su caligrafía era ilegible y una secretaria que entendía su letra bastante bien se encargaba de pasar sus manuscritos. Sobre esas páginas mecanografiadas Delibes hacía las correcciones. Adolfo Bioy Casares usaba una pluma Pelikan, y sobre eso contó una anécdota: “Los de la Pelikan me hicieron hacer un aviso, pero como decía la verdad no me pareció mal hacerlo. Decía que siempre tengo ganas de escribir cuando tengo una Pelikan en la mano. Así que soy un súbdito de la casa Pelikan”.

En 1994, la revista venezolana Imagen Latinoamericana me pidió que le hiciera una entrevista a Gastón Baquero. Entre las preguntas que le hice, una fue si el primer borrador de sus poemas lo escribía a máquina o a mano. Esta fue su respuesta: “A mano. Todo lo que me interesa tengo que escribirlo a mano. Lo mismo si es un poema o una carta expresiva, escribo siempre a mano y luego lo paso a máquina.

“Yo no puedo escribir un poema directamente a máquina. Me parece absurdo, es algo que no concibo. El poema tiene que salir de los dedos, del calor de la mano sobre el papel. Sea pluma, lápiz o bolígrafo lo que use, ese calor humano es para mí muy importante. Yo pienso que la máquina es un estorbo para la poesía. La poesía hay que escribirla con una palpitación personal, aunque luego se pase a máquina. Y si hay que hacer algunas correcciones, pues se pueden hacer en la copia mecanográfica. Eso es otra historia. Pero el inicio del poema, que por lo general es puramente interior, sonoro casi siempre, hay que escribirlo a mano”.

También entrevisté a Julio Miranda, a quien le hice la misma pregunta: ¿trabajas a mano o empleas la máquina? “No, escribo directamente a máquina. Tengo dos máquinas de escribir, las dos manuales. Una que compré en Bruselas en el año 72, y otra que compré en Caracas, creo que en el año 80 o una cosa así. Escribo además muy duro, y por eso a menudo se me están rompiendo teclas. Entonces necesito tener por lo menos una que funciones. No. A mí me desespera escribir a mano. Escribo directamente a máquina. Creo que eso se nota. Y luego, uso el tipex para corregir, y además voy cortando y pegando y haciendo ese tipo de trabajo artesanal. Necesito usar siempre folios limpios. Es decir, si yo empiezo a escribir y no me gusta lo que he escrito, tengo que sacar la hoja de la máquina y meter otra limpia. Tengo que creerme que estoy escribiendo lo definitivo”.

Poco antes de que muriera, entrevisté a Reinaldo Arenas. Una de las preguntas del cuestionario que llevaba preparado era si acostumbraba escribir a máquina. Su respuesta fue: “Casi siempre. A veces escribo a mano, pero como mi letra es tan imposible de entender y como yo escribo en una suerte de arrebato de inspiración, la mano va a tal velocidad que luego no logro descifrar lo que he escrito”.

Interrogado por mí acerca de si no había pensado usar un ordenador, contestó: “Un ordenador es un sistema tecnológico tan complejo, que la imaginación que voy a dedicar a la creación tendría que dedicarla más bien al manejo, a saber cuál es la tecla que corresponde a la mayúscula, cuál al punto y seguido. Y a lo mejor aprieto un botón que no es y borro todo lo que llevo escrito. No sé, nunca me he planteado el escribir en un ordenador. Creo que a estas alturas ya no podré adaptarme”.

En la escritura a máquina todos los hombres parecen iguales

A propósito de este tema, quiero reproducir unas palabras de Martin Heidegger que vienen a cuento: “Solo de la palabra y con la palabra ha nacido la mano. El hombre no tiene manos, sino que es la mano la que tiene íntimamente la esencia del hombre, porque la palabra, como ámbito esencial de la mano, es el fundamento esencial del hombre. La palabra, en cuanto aquello que se muestra a la mirada, es la palabra escrita, es decir, la escritura. Pero la palabra en cuanto escritura es el manuscrito”. Para el filósofo alemán, “escribir a máquina quita a la mano el rango que había ocupado en el ámbito de la palabra escrita y degrada la palabra a ser un medio de transporte”. Y afirmaba que “en la escritura a máquina todos los hombres parecen iguales”.

En nuestros días, con la llegada de las nuevas tecnologías y el empleo del ordenador la labor del escritor ha perdido lo que poseía de ritual. En cambio, ha simplificado enormemente y hecha más fácil su trabajo. Pero pese a las enormes ventajas que ofrece, quedan autores que no aceptan abandonar la ya obsoleta máquina (por cierto, en 2012 se fabricó en Europa la última). Javier Marías, John Banville, Juan Goytisolo, Umberto Eco, Eduardo Mendoza son algunos de los que se resisten a sentarse ante la pantalla.

Fiel al viejo estilo también se mantiene Don DeLillo, quien argumenta: “Necesito el ruido de las teclas. La materialidad de un tecleo tiene un peso, es como si usara martillos para esculpir las páginas. Es como si labrara el mármol, solo que mis trabajos son bidimensionales: me gusta ver las palabras y las frases cuando van tomando forma. Es un hecho estético. Del ordenador no me gustan ni siquiera las letras”.

Su compatriota Paul Auster tiene tanto cariño a su vieja y querido Olympia SM3, que le dedicó un libro: La historia de mi máquina de escribir. En él hace un homenaje a ese valioso instrumento de trabajo que lo acompañó durante tantos años y con el cual escribió las novelas, cuentos y escritos que ha producido a lo largo de varias décadas. Cuenta que se trata de una Olympia portátil fabricada en la antigua República Federal Alemana, que le compró a un amigo. Recuerda que ese país ya no existe, “pero, desde aquel día de 1974, del teclado de esa máquina ha salido hasta la última palabra que he escrito”. El libro está ilustrado con dibujos y pinturas que Sam Messer le dedicó a él y a su máquina de escribir, y con ellos han conseguido, cito a Auster, “convertir un objeto inanimado en un ser con una personalidad, con una presencia en el mundo”.