Actualizado: 26/11/2022 10:59
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Literatura, Literatura cubana, Poesía

Escrito desde el páramo

En su último poemario, Oscar Cruz propone un tour por las zonas esenciales de la herrumbre de un país, que existe a contrapelo de lo que sugiere su propia consistencia

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Interrogado acerca de su más reciente poemario, La Maestranza (Ediciones Unión, La Habana, 2013, 101 páginas), el santiaguero Oscar Cruz (1979) expresó que en el mismo “pretende dar una visión de la sexualidad, la política y los patrones literarios y culturales de las personas asentadas en las zonas marginales de Santiago de Cuba. Me inspiré en la realidad santiaguera, sus calles, su imaginario y algunos personajes variopintos”.

A sus palabras, se puede añadir como complemento el penúltimo poema del libro, titulado “Lo que usted leerá”, y que copio a continuación: “poemas/ sin la debida observancia/ de sus reglas y sus leyes./ contrarios a la legalidad/ y al Buen Muñeco.// poemas/ 1. que tienen manchas e impurezas./ 2. que te ensucian fácilmente./ 3. que producen suciedad./ 4. deshonestos y/ u obscenos en acciones y palabras./ 5. turbios./ 6. con daños, infección e imperfecciones.// poemas/ que contienen además:/ carambola/ manos muertas/ y alguna que otra/ lengua sucia”.

Todo lo anterior, sin embargo, no creo que alcance a preparar al lector para lo que va a encontrar en La Maestranza: una escritura franca y desafiante, que nace de la inconformidad y la cólera ante una realidad desoladora. Ese talente crítico, enjuiciador y ácido es precisamente lo que da al libro de Oscar Cruz su carácter de obra singular dentro de la poesía cubana contemporánea. En esta difícilmente podrá hallarse una voz como la suya, que habla desde otros postulados, y que adopta de manera consciente un discurso en los antípodas del esteticismo. De hecho, en varios textos el poeta proclama su postura antiesteticista.

La Maestranza está integrado por 55 poemas, que están distribuidos en tres bloques numerados. Estos van precedidos por “El Mal y la Montaña (Apuntes para una Teoría de la Invasión)”, que sirve de introito y adelanta el contexto en el cual se moverá el libro. El título, como es obvio, remite al del famoso poemario de Regino Boti, que aquí aparece recontextualizado: “la Montaña/ tal y como fue: sin vacas/ sin Reginos ni rebeldes.// la Montaña/ que yo sigo y que me sigue/ y que extiendo tras de mí/ al caminar.// miro en dirección del Basurero/ y sé que por allí se extiende/ la Montaña// (…) nada como un sitio/ que cada día asciende un escalón/ en el camino de su propia decadencia;/ una región cada vez más provinciana,/ gobernada por equipos sucesivos/ de incapaces”.

En ese entorno carente por completo de belleza, el sujeto poético tiene su educación sentimental y sexual. Un entorno que lo acosa con su miseria, su desolación, su violencia. Eso lo lleva a aprender tempranamente a través de personajes como Dayana, la prostituta cincuentona que cuida con esmero de sus niñas: “comencé a vivir de sus lecciones./ me enseñó ese sol del mundo inmoral,/ un sol oscuro y destrozado./ en sus nalgas yo aprendí el camino recto./ me compraba ropas y zapatos/ y me hablaba como a un jefe./ las niñas me decían tío y yo era un no sé qué/ de quince años, que apenas sabía masturbarse”. Ese aprendizaje también le sirve para comprender que allí los sentimientos no tienen cabida: “el amor en estos tiempos es así:/ una hembra concebida para el goce/y un trabajo sexual/ que dura poco más de seis semanas”.

Relectura cuestionadora de la tradición

Además de Dayana, forman parte de la galería de personajes variopintos que aparecen en el libro la vecina cuyo marido se dedica a fabricar jabones (“Jabones”), Margala, la joven que murió aplastada por un silo de concreto (“Forever”), Carmenza, quien con tan solo quince años se inició en la prostitución (“Tramontina Inox Standless Brazil”), Maia, “una hembra concebida para el goce” (“El amor en los tiempos del Barça”), el negro alto y de complexión fibrosa que cada tarde salía a revender panes a cinco pesos (“El amor”), los matarifes clandestinos para quienes el sujeto poético pide un homenaje: “en el nombre de esos y otros que aún/ cumplen internos en condena, propongo/ levantar un monumento al Matador Desconocido./ el mismo llevaría un bloque acerado de forma/ piramidal, semejante a un gran cuchillo.// en el frontis/ contendría dos piezas que representen:/ 1) a un toro provincial mal alimentado/ 2) a un cebado matarife con puñal” (“La excavación”).

Esa mirada crítica y enjuiciadora se dirige también a los altares y panteones culturales y literarios de la Isla. Esto se pone de manifiesto con más claridad en poemas como “20 de Octubre”, “Pájaros de Manduley”, “Nómina”, “Lezama/ el pacto”, pertenecientes al segundo bloque. Asimismo hay una relectura cuestionadora de la tradición y de la inutilidad de su retórica. En el último de los textos antes mencionados, el sujeto poético fija así su posición: “y no es que deseche sus notables instrumentos. es/ que ahora, y aquí, mientras alzo/ las vigas de mi propia Catedral,/ los querría utilizables”. Se trata, pues, no tanto de su rechazo o su negación, sino de la necesidad de readaptar esos instrumentos a la nueva poética.

Ligado a eso, hay una reflexión sobre la un tanto perdida función de los poetas, en cuanto a abordar la realidad que los circunda. Así, en “O. Cruz”, se lee: “busqué/ en la suma general de sus poemas/ y me vi de pronto parado en mitad/ de la basura.// su trabajo consistía en procesar/ esa basura y convertirla en alimento./ yo habito el interior de esa basura/ y/ sé// que no es fuera sino dentro de ti/ donde esplende con luz propia el Basurero/ que sostiene y da potencia/ a la poesía”. Estos versos vienen a confirmar lo que Javier L. Mora sostiene en su inteligente análisis de La Maestranza: “Este cuaderno ha sido configurado desde el páramo, contra todo aquello que falsea la realidad, porque no persigue otro objeto que la realidad misma, que es el páramo”.

Con La Maestranza, su autor recupera una perspectiva esencialmente cívica y moral, que se echaba en falta en la poesía que se escribe hoy en Cuba. Para ello, se vale de un sistema expresivo que cobra acentos muy radicales, tanto formales como de contenido. Al lado del libro de Oscar Cruz, el resto de la poesía escrita en Cuba suena a canción de cuna. La suya es una escritura realista, ligada a elementos y datos de la materialidad inmediata, y lejos de esquivar aquellos especialmente desagradables, los incorpora. Todo eso está plasmado mediante un lenguaje a veces prosaico y con registros vulgares y de signo coloquial. El resultado es, y cito de nuevo a Javier L. Mora, “un tour por las zonas esenciales de la herrumbre de un país que existe a contrapelo de lo que sugiere su propia consistencia”.