Actualizado: 10/12/2018 18:40
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Teatro

Estimado Antón Pavlovich

Desde que se montó por primera vez en 1941, el teatro de Antón P. Chéjov ha tenido una presencia intermitente en los escenarios cubanos, con una marcada preferencia por las piezas breves

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El aniversario 150 del nacimiento del escritor y dramaturgo ruso Antón P. Chéjov (1860-1904) me despertó la curiosidad por indagar sobre la presencia que sus textos teatrales han tenido en los escenarios cubanos. Chéjov, no está de más recordarlo, fue uno de los creadores que sentó las bases del teatro moderno, aunque cuenta también con una producción narrativa que es igualmente importante. “Para mí”, ha dicho sobre él el director alemán Meter Stein, “es por lo menos tan importante como la tragedia griega y Shakespeare. Estas son las tres columnas básicas del teatro europeo: los griegos inventaron el teatro, Shakespeare lo reinventó para los tiempos modernos y Chéjov lo reinventó para el siglo XX”.

Acerca de sus piezas dramáticas, el teatrista catalán Ricard Salvat comentó que representan “la vida de cada día de la gente normal y corriente, pero esta representación es de tal manera que el elemento de cotidianeidad está iluminado por la luz interior de la poesía. Esto salva a la obra de Chéjov del naturalismo fotográfico. Sin este elemento poético, Chéjov posiblemente quedaría como simple obra descriptiva”. Pero de igual modo, Salvat señala que ahí reside la gran dificultad de llevar a escena sus textos: “Existe el peligro de la fácil caricatura si no se hace demasiado bien. Y si hiciésemos un análisis psicológico demasiado fuerte, como muy bien decía Stanilavski, Chéjov perdería aquella neblina poética que le es propia. Y, en cambio, una falta de claridad en la psicología privaría a los actores del punto de apoyo que les queda en su actuación”.

Paso a referirme ahora a los montajes de obras de Chéjov que se han visto en Cuba, aunque antes creo pertinente advertir que las líneas que siguen no pretenden ser ni deben tomarse como un rastreo exhaustivo y completo del tema. Eso hubiera requerido una búsqueda paciente y minuciosa en diarios y revistas, tarea para la cual harían falta recursos económicos y tiempo, dos cosas de las cuales quien firma estas líneas no puede presumir. Se deben leer, por tanto, como un modesto acercamiento a un aspecto que en algún momento encontrará el investigador idóneo.

Chéjov demoró algunas décadas en ser conocido por el público cubano. Éste tuvo el primer contacto con su producción dramática a través de un elenco español, la Compañía de Comedia Díaz-Collado, que en febrero de 1940 presentó en La Habana la pieza breve El duelo. Otra compañía extranjera, la de la actriz mexicana Magda Heller, llevó en julio de 1946 El patán, que usualmente se conoce con el título de El oso. El primer montaje hecho por artistas cubanos fue El aniversario, estrenado en 1941 por la Academia de Artes Dramáticas de la Escuela Libre de La Habana (ADADEL). Lo dirigió Ludwig Schajowicz, teatrista austriaco discípulo de Max Reinhardt, que llegó a la Isla durante la ola de exiliados provocada por el nazismo. El elenco lo integraban Marisabel Sáenz, Teté Casuso, Alejandro Lugo y Manuel Estanillo. Este último dirigió pocos años después, con ADAD, El oso, en la cual trabajaron como actores Marisabel Sáenz, Eulogio Peraza y José de San Martín.

Tahimi Alvariño y Georbis Martínez, en una escena de La gaviota, de Teatro El PúblicoFoto

Tahimi Alvariño y Georbis Martínez, en una escena de La gaviota, de Teatro El Público.

En febrero de 1943 tuvo lugar el estreno de la primera pieza larga de Chéjov, La gaviota. La produjo el Patronato del Teatro, que Rine Leal calificó como la más burguesa y sofisticada de todas las instituciones creadas en ese período. La puesta en escena fue de Luis A. Baralt, y entre sus intérpretes figuraban Juanita Caldevilla, Rosa Felipe, Marisabel Sáenz, Antonio Hernández y Enrique Santiesteban, quien se incorporó como actor invitado. En su libro Por amor al arte. Memorias de un teatrista cubano (1940-1970), Francisco Morín incluye este comentario sobre La gaviota: “La puesta en escena fue muy cuidadosa, pero un cierto tedio se fue apoderando de la representación a medida que avanzaba. Beristein, un popular fotógrafo de reconocida sensibilidad, salió de la sala murmurando: ‘¡Qué obra, parecía una boca de lobo!’. Se le había dado una pobre iluminación al escenario, tratando de conseguir la atmósfera de fines del siglo XIX en Rusia”. Asimismo, a fines de los años 40, el Grupo Escena Libre (GEL) representó la ya conocida pieza corta El aniversario. De igual manera, en marzo de 1949 Prometeo presentó en el Lyceum Petición de mano, dirigida por Andrés Castro y con las actuaciones de Leonor Borrero, Armando Soler y Vicente Revuelta. Bajo el seudónimo de Selma Barberí, Matilde Muñoz comentó en el periódico El Siglo el montaje, y expresó que “el choque de estas tres personalidades dio una brillantez y agilidad extremadas al transcurso de la pieza, que pareció en todo momento demasiado breve y que se gustó con verdadero regocijo”.

En la década de los 50, Chéjov siguió estando presente a través de sus textos cortos. En junio de 1953, Helena de Armas estrenó con el Teatro Universitario Petición de mano, El aniversario y El oso. Esta última obra también fue llevada a escena, en julio de 1956, por Julio Martínez Aparicio. En agosto de ese mismo año, Vicente Revuelta montó Petición de mano, producida por la Sociedad Nuestro Tiempo. Durante la llamada etapa de las salitas, la atención de los directores se dirigió más a la dramaturgia contemporánea de Estados Unidos y Europa. No obstante, a esos años corresponde el montaje de Andrés Castro de El tío Vania (1954), por Las Máscaras, que se ofreció en el Teatro de los Yesistas. Una vez más acudo al libro de Morín, quien allí expresa que en aquella producción “la compañía de Andrés Castro dio pruebas de su madurez, sobre todo por la notable dirección; pero la representación se lastimó por la notable juventud de sus actores. Resultaba muy difícil, a pesar de los buenos maquillajes, hacerlos aparecer como personajes agotados física y espiritualmente, excesivamente trabajados por la vida”.

Montajes equívocos y caricaturescos

Durante los primeros años de la década de los 60, el nombre de Chéjov apareció con frecuencia en las carteleras. En 1960, Modesto Centeno dirigió la producción del Teatro Nacional de El jardín de los cerezos, que muchos consideran la obra maestra de su autor. Contó con las interpretaciones de Herminia Sánchez, Raúl Selis, Ángel Espasande, Parmenia Silva, Pedro Martín Planas y un jovencísimo Héctor Quintero, y con escenografía y vestuario diseñados por Andrés. Desde las páginas del periódico Revolución, Matías Montes Huidobro comentó el montaje, del cual apuntó que en todo momento fue decoroso, pero la atmósfera creada por Centeno fue incapaz de resistir un análisis profundo. Asimismo, según él las actuaciones de Herminia Sánchez (Liubov Andreievna) y Raúl Selis (Lopajin) lastraron la obra.

Imagen de Las tres hermanas, llevada a escena por el Teatro Taganka, de MoscúFoto

Imagen de Las tres hermanas, llevada a escena por el Teatro Taganka, de Moscú.

Ese año se celebraba el centenario del natalicio de Chéjov, lo cual dio lugar a que además de El jardín de los cerezos, otros textos suyos se representaran. Así, Teatro Estudio montó Petición de mano y El aniversario, con las cuales debutaron como directores Roberto Blanco y Gilda Hernández, respectivamente. En la Sala Arlequín, Rubén Vigón presentó un espectáculo titulado Humorada, compuesto por El aniversario, Sobre el daño que produce el tabaco y El oso. En el elenco estaban Pedro Álvarez, Verónica Lynn, Parmenia Silva, Emilio Rodríguez, Juan Bradman (El aniversario), David Camps (Sobre el daño…), Pedro Álvarez y Verónica Lynn (El oso). Asimismo, Luis Carbonell interpretó dos cuentos de Chéjov, “Ilegalidad” y “Una bromita”, dentro de un programa ofrecido por el Departamento Nacional de Cultura y la Comisión Cubana de la UNESCO. En opinión de Montes Huidobro, publicada también en Revolución, Carbonell “dramatizó los cuentos, si no de modo brillante, al menos de un modo ponderado y correcto, hasta el punto que podemos decir que su actuación ha resultado uno de los aportes más certeros en la interpretación de un texto chejoviano llevado a escena entre nosotros”.

Un dato a consignar es que el suplemento cultural Lunes de Revolución dedicó su número 91 (enero 16 de 1961) al escritor ruso. Recogía colaboraciones de Guillermo Cabrera Infante, Heberto Padilla, Montes Huidobro y varios textos de Chéjov, entre ellos una selección de su cuaderno de apuntes, con traducción y notas de Virgilio Piñera. Allí también apareció “Las piezas cortas”, un ensayo en el cual Antón Arrufat hace un inteligente análisis de esa parte de la producción teatral de Chéjov.

En los años inmediatos, las piezas breves de Chéjov (o más bien algunas de ellas; nunca se han estrenado En el camino real y El espíritu del bosque) se escenificaron en numerosas ocasiones, sobre todo por grupos estudiantiles y de aficionados. En el ensayo que antes mencioné, Arrufat se refiere a El oso como “un pequeño estudio de la fidelidad”, a El canto del cisne como una pieza hábil y conmovedora, a La boda y El aniversario como “dos obritas terribles, verdaderos torneos de sarcasmos”. Muchos de esos valores se perdían en unos montajes equívocos y caricaturescos que, como entonces comentó Montes Huidobro, nos hacen dudar de la absurda perdurabilidad de Chéjov, a menos que lo leamos. Y agregaba que “a veces nos parece que el autor ruso está interpretado por sus enemigos”. Aparte del montaje de esos textos breves, en 1973 Héctor Quintero incluyó dentro del espectáculo Paisaje blanco una adaptación del cuento de Chéjov “La obra de arte”. Ese mismo año la Editorial Arte y Literatura recogió en un volumen El tío Vania, Las tres hermanas, El jardín de los cerezos y La gaviota, aunque se tomaron traducciones hechas anteriormente en Rusia, España y Argentina.

Hubo que aguardar casi tres lustros para que otra de las obras largas de Chéjov llegara a los escenarios cubanos. Fue en 1974, cuando Vicente Revuelta montó con Teatro Estudio Las tres hermanas, en la cual trabajaron Raquel Revuelta, Ana Viñas, Marta Farré, José Antonio Rodríguez, Adolfo Llauradó, Silvano Rey, Frank Negro y Michaelis Cué. Originalmente, se montó en la Casona de la calle Línea, donde se escenificaba en varios de los salones, y después pasó a ponerse en la Sala Hubert de Blanck. He escuchado a varias personas asegurar que Vicente reconoce Las tres hermanas como su mejor puesta en escena. A él se debe también El canto del cisne (1984), que hizo dentro de la programación experimental de Teatro Estudio, y donde actuaban Elio Mesa y Pedro Álvarez.

Imagen del montaje de El jardín de los cerezos, del Piccolo Teatro de MilánFoto

Imagen del montaje de El jardín de los cerezos, del Piccolo Teatro de Milán.

Al ser interrogado por Norge Espinosa acerca de cómo se gestó el montaje de Las tres hermanas, Vicente contestó: “Lo primero que me tocó fue la comprensión que tuve de Chéjov, me sentía como si esa obra fuera algo que yo tenía que hacer, incluso a priori. La lectura de su teatro, de los autores rusos, me animó. Encontré la posibilidad, también, de trabajar con actores muy buenos. Ahí estaba Ernestina Linares, que después no pudo hacerlo, Leonor Borrero, Raquel, Ana Viñas, Martha Farré. Toda esa gente aportaba mucho, y tal vez como herencia de lo que había hecho ya, tenía un instrumental muy claro de lo que yo quería hacer. Algo muy importante fue el seminario que hicimos antes de montar la obra, en el cual la gente no sabía ni siquiera qué papel iba a tener, porque de ahí iba a surgir incluso el elenco. Eso fue muy afortunado, porque cada uno era un mundo, había una empatía y una desempatía a la vez muy extraña. Fue mágico, formidable, hacerlo en la Casona, creaba un ambiente, había un duende ahí. Luego seguí haciendo algo que descubrí como mi propia onda, algo que tenía que ver con Brecht, con Stanislavski, conmigo mismo y mi idea del espacio, y empecé a hacer La dolorosa historia del amor secreto de José Jacinto Milanés, pero ahí se armó un chisme y no se estrenó. Es una pena, porque yo mismo me quedaba maravillado con el uso de los cuartos, las locaciones por toda la casa, como hizo ahora, hace poco, Carlos Díaz”.

Fue precisamente gracias a Carlos Díaz que los espectadores de la Isla pudieron tener el siguiente contacto con la obra de Chéjov. Fue a mediados de 1991, a través de un espectáculo del Ballet Teatro de La Habana titulado ¡A Moscú!, del cual sólo se dieron en La Habana tres funciones. Fusionaba, a modo de lectura alternativa, escenas de El jardín de los cerezos, Las tres hermanas y La gaviota, y todos los personajes eran interpretados por cuatro actores-bailarines. A juicio de Norge Espinosa, ¡A Moscú! “fue una suerte de homenaje no sólo al teatro chejoviano, sino a toda esa parte de la realidad aún no exactamente digerida entre nosotros, que marcó la irrupción, aquí, de un canon ruso, eslavo, o mejor, soviético, desde los primeros años de la Revolución”. En cuanto a su recepción, expresa que el espectáculo “arrancó aplausos en plena representación a un público que conmovido por los últimos aires de la perestroika y la glasnot, validaba su sed de afirmaciones acerca de tales procesos en el enfrentamiento con este proyecto de pequeño formato”.

¡A Moscú! quedó como el anuncio o el esbozo de una trilogía chejoviana que Díaz ha prometido. Hasta ahora, esa cuenta pendiente sólo se ha materializado en el estreno en 2001 de La gaviota, con el Teatro El Público. En el elenco reunió a actores de distintas generaciones: Susana Pérez, Georbis Martínez, Paula Alí, Fernando Echevarría, Tahimi Alvariño. El dramaturgo Abel González Melo, quien colaboró en la escritura de la versión del texto, escribe en su libro Festín de los patíbulos: “La puesta comienza con la entrada de la procesión, el entierro de la gaviota que, al final, queda disecada y única tras los tules del teatrito. Concluye del mismo modo, aunque ya sin el ataúd que antes portaban los criados. Muerte de la gaviota, de Nina que marcha a algún vagón de tercera clase para vender su arte en las montañas. Muerte de Kostia que recién se ha disparado. Muerte de Soria a quien, ya dormido, ha llegado su hora. Muerte, quizá, de un Antón Chéjov que Teatro El Público se ve obligado a enterrar para celebrar su posible victoria avanzando en el siglo XXI”.

Cuando ya había concluido la redacción de este trabajo, leo que se han estrenado en La Habana dos montajes. Uno es Tío Vania, que Doris Gutiérrez ha dirigido con la Compañía Hubert de Blanck. El otro es Esquinas, montaje de Julio César Ramírez con el Teatro D´Dos, que es una versión de esa misma obra. Con este dato, queda actualizada esta nómina de los textos del dramaturgo ruso que han pasado por los escenarios de la Isla.

Otra imagen de El jardín de los cerezos, que Giorgio Strehler montó con el Piccolo Teatro de Milán en 1974Foto

Otra imagen de El jardín de los cerezos, que Giorgio Strehler montó con el Piccolo Teatro de Milán en 1974.

Este repaso a los montajes cubanos de Chéjov me ha llevado a echar también una ojeada a las puestas más famosas hechas en otros países. Son muchas, y se deben a directores tan famosos como Peter Zadek, Anatoli Efros, Peter Brook, Galina Volchek, Andrei Serban, Lluís Pascual, Gueorgui Tovstonogov, Antoine Vitez, Jean-Louis Barrault, Klaus Michael Grüber, Matthias Langhoff, Otomar Krejca, Robert Sturua, Trevor Nunn, Eimuntas Nekroŝius, Oleg Efremov. Voy a referirme brevemente a dos. Una es El jardín de los cerezos que Giorgio Strehler montó con el Piccolo Teatro de Milán en 1974. La obra se representaba en un espacio escénico todo blanco (escenario, paredes, vestuario), concebido por Luciano Damiani. Encima colgaba una gasa transparente, especie de membrana viviente que era una representación mágica de los cerezos en flor. Nada hacía recordar el naturalismo stanislavskiano. Por el contrario, Chéjov adquiría una perspectiva universal y simbólica, aunque sin caer en la abstracción. Hay una imagen memorable del segundo acto, que se puede encontrar reproducida en revistas y libros. El escenario aparece inclinado, y sobre él los personajes, unos sentados, otros de pie, miran un trencito de juguete que cruza de un lado a otro.

El segundo montaje es el de Las tres hermanas, que Yuri Liubímov dirigió en el Teatro Taganka, de Moscú, en 1981. Su preparación coincidió con las obras realizadas en la sala, que además de contar con mejores condiciones técnicas, pasó a tener dos escenarios más. En el mayor (773 butacas) Liubímov montó la obra de Chéjov, en un espacio abstracto cargado de símbolos. Durante buena parte de la representación, el auditorio estaba iluminado y a la derecha había unos enormes espejos en los que los espectadores se veían reflejados. El director enfatizó la presencia de los soldados (desafiante alusión a la militarización de la sociedad soviética) y, con su pesimismo característico, privó a los personajes de la confianza en el futuro. Hizo, además, un radical desmantelamiento de los estereotipos chejovianos y trabajó unos subtextos cargados de sarcasmo. El futuro anticipado por Chéjov era ya el presente, un presente sin esperanzas. Fue el último montaje que Liubímov pudo estrenar con Taganka. En 1984, cuando estaba dirigiendo en Londres Crimen y castigo, fue despojado de la ciudadanía soviética.

Al final del segundo acto, Irina, sola y con tristeza, dice: “¡A Moscú! ¡A Moscú!”. En ese momento del espectáculo de Taganka, un panel metálico móvil que cubría una pared se desplazaba lentamente, al ritmo de la banda de un regimiento, y aparecía una vista de las calles de Moscú. En sus memorias, tituladas El fuego sagrado, Liubímov cuenta que una noche, al producirse ese efecto, pasaban por la calle tres hombres, con un pedazo de salchichón y una botella de vodka. Y comenta: “Los espectadores rompieron a reír y los tres individuos desaparecieron a la carrera, sin que yo pudiera agradecerles por haber aportado a mi espectáculo esa escena callejera típicamente moscovita”.