Actualizado: 19/10/2017 11:37
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¡Habemus Papa!

El cineasta italiano Paolo Sorrentino ha dirigido para la televisión una miniserie irreverente, entretenida e inteligente, que narra la historia ficticia de la llegada al Vaticano del primer pontífice norteamericano

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Lo comentaba hace pocos días el periodista argentino Emanuel Respigui: en el mundo de la televisión estamos viviendo un futuro que llegó hace rato y sin pedir permiso. La pequeña pantalla se transforma y se adapta a los tiempos actuales. Ensaya nuevas posibilidades, incorpora estilos y contenidos nuevos, apuesta por la experimentación y la innovación y se diversifica con proyectos que, años atrás, hubiesen sido impensables. Eso ha llevado a que la actual se califique como la época dorada de la televisión.

Hasta no hace mucho, la televisión era vista como la prima menor del cine. Hoy, en cambio, dirigir en ese medio ha dejado de ser algo peyorativo. Siguiendo el ejemplo de los ya lejanos precedentes de Alfred Hitchcock (Alfred Hitchcock presents), Rainer Werner Fassbinder (Berlin Alexanderplatz) y David Lynch (Twin Peaks), son ya unos cuantos los cineastas que se han sumado a esos insignes nombres: Jane Campion (Top of the Lake), Steven Soderberg (The Knick), Cary Fukunaga (True Detective), Guillermo del Toro (The Strain), Gus Van Sant (Boss), Michael Mann (Luck), Agniezka Holland (Burning Bush, Treme), Amy Heckerling (Read Oaks, Clueless)… Han dado el salto estimulados por la excelente acogida de público y de crítica lograda por series como The Wire, The Sopranos, Band of Brothers, Game of Thrones y Breaking Bad, y también tentados por una exitosa franquicia que, si bien no reporta muchos premios, hace que cada semana millones de personas se sienten ante el receptor.

El último en sumarse a la lista anterior es, de momento, el italiano Paolo Sorrentino (1970). Lo ha hecho con The Young Pope, una miniserie que viene a ser una película de 512 minutos. Eso es lo que duran los 10 capítulos de que consta la temporada, a la que, de acuerdo a lo que ya se anuncia, seguirá una segunda. Fue rodada entre 2014 y 2016 como una coproducción, a la cual aportaron financiación Canal +, Sky Atlantic, Mediapro y HBO. Los dos primeros capítulos se pudieron ver en el Festival Internacional de Venecia, donde tuvo una excelente recepción crítica. Se proyectaron fuera de concurso, naturalmente, por tratarse de una obra televisiva y no cinematográfica. De haber competido, se habría alzado con alguno de los premios, seguramente el de actuación masculina a su protagonista, el británico Jude Law. En Europa la miniserie tuvo su premier, en el mes de octubre, en Italia, Inglaterra e Irlanda. En Estados Unidos, ha sido estrenada en enero de este año por HBO (al escribir estas líneas, han pasado ya seis capítulos).

Algunas personas que no tenían ninguna referencia sobre la miniserie creada y dirigida por el cineasta italiano, creían que se basaba en la vida del papa Francisco. Craso error. Basta ver los primeros minutos del capítulo 1 para darse cuenta de que el protagonista es todo lo opuesto al actual pontífice. El guion, escrito por Sorrentino junto con tres colaboradores, desarrolla una historia totalmente ficticia. Lenny Belardo, de 47 años, es elegido en el cónclave como candidato de compromiso: los cardinales que le pusieron al frente del Vaticano pensaban que, dada su juventud, iba a ser manipulable. Su error fue llevar a ese puesto a alguien que no conocen. El que pasa a ser así el primer papa norteamericano resulta ser un hombre decidido y más conservador que todos los papas desde Pío XII. Precisamente al escoger por nombre Pío XIII, se declara continuador de aquel controvertido pontífice, que tras la Segunda Guerra Mundial excomulgó a todos los católicos italianos que apoyaran a los candidatos comunistas y condenó públicamente el alzamiento húngaro de 1956.

Muy al principio del primer capítulo, Sorrentino empieza engañando al televidente. Luego de levantarse y vestirse, el nuevo papa se dirige a pronunciar su primera homilía, frente a la multitud de fieles que se han congregado en la Plaza San Pedro, pese a que está lloviendo. Pío XIII abre los brazos, mira al cielo y, cual si fuese un milagro de Moisés, el cielo se despeja y deja de llover. ¿De qué nos hemos olvidado?, pregunta. Y luego da esta insólita respuesta: de la masturbación, del divorcio, de aceptar el aborto, de tener sexo no solo para procrear, de admitir el matrimonio homosexual. Suena entonces el despertador: era una pesadilla.

La elección del joven Lenny Belardo le gana de inmediato la franca hostilidad del cardenal Spencer, hasta entonces su mentor. Este ve cómo su discípulo pasa a ocupar el puesto con el que siempre soñó y por el cual tanto había luchado. Para él, ser papa significaba su destino y lo acusa de habérselo destruido. Pero el verdadero antagonista de Pío XIII es Voiello, el secretario de Estado. Se trata del hombre más poderoso dentro del Vaticano, sobre quien se han publicado dieciocho libros (el último se titula El hombre detrás de la escena). Tiene ideas tradicionalistas y luchará para conservar su poder. Pero con el recién llegado como enemigo, va a necesitar mucha suerte para lograrlo.

Pío XIII es de origen humilde y, desde los siete años, huérfano de padre y madre. Estos lo dejaron en un orfanato atendido por monjas y nunca más ha sabido de ellos. Allí tuvo como protectora a la hermana Mary, quien ahora es traída por él para que sea su mano derecho en el Vaticano. Algo que representa una tremenda contravención de las reglas que allí han regido durante siglos. Pero el recién nombrado pontífice no demora nada en evidenciar que ser tradicional no es lo suyo. El primer día rehúsa los manjares que le han preparado como desayuno y pide que le traigan una Cherry Coke Zero. Igualmente, reacciona con aspereza ante las manifestaciones de cariño de la monja que será su cocinera: no admite la familiaridad. “Las relaciones amistosas —expresa— son peligrosas. Soy un gran admirador de las relaciones formales”.

Otras de sus rarezas son la decisión de recuperar el uso de la tiara papal y la negativa a que su imagen sea expuesta al público: no permite que le tomen fotos y su primera homilía a los feligreses reunidos en la Plaza San Pedro la dice, para desesperación de fotógrafos y camarógrafos, envuelto en sombras. Para explicar su postura a la jefa de marketing del Vaticano, le pregunta por el cineasta, el artista y el escritor más importantes de la historia moderna. Su respuesta: Stanley Kubrick, Banksy y Salinger, es decir, aquellos que protegieron su imagen. En realidad, su postura responde a una estrategia de marketing: para los católicos él devendrá presente al estar ausente. Con su negativa a mostrar su imagen busca aumentar el aire de misterio y el poder en torno a él.

Devoción total a Dios y obediencia al papa

Interrogado por el padre confesor —a quien, por cierto, obliga a que le cuente todos los secretos que le revelen— acerca de qué se propone hacer como papa, Pío XIII contesta: “Una revolución. Planeo iniciar una revolución”. Es probable que inicialmente el espectador simpatice con sus transgresiones de las osificadas tradiciones del Vaticano. Pero pronto se dará cuenta de que los valores que quiere imponer son cualquier cosa excepto progresistas. Su extrema homofobia es claramente medieval. Su falta de compasión, su arrogancia y su despotismo son incongruentes con los preceptos del cristianismo.

La pregunta quién es Pío XIII que todos se hacen, empieza a despejarse cuando se dirige por primera vez a los cardinales. En primer lugar, su entrada en la Capilla Sixtina constituye la antítesis de la austeridad: va ataviado con zapatos y guantes rojos, con un fastuoso traje y con la tiara que mandó a traer de Washington. Llega sentado en un sillón que le han construido y que va sobre unas andas cargadas por doce hombres. Su discurso además no deja lugar a la menor duda respecto a cómo será la Iglesia con él.

Declara que no tiene interés en la evangelización ni el ecumenismo, pues eso ya lo cumplieron. Tampoco en la tolerancia, que “ya no vive aquí”. Asimismo, no más volcarse hacia afuera: desde ahora deben cerrar las puertas y ser prohibidos, inaccesibles y misteriosos, pues es la única forma de hacerse deseables. Defiende también el fanatismo, pues lo considera sano. Exige a todos amor absoluto y devoción total a Dios. Y enfatiza: “No hay nada fuera de su obediencia a Pío XIII. Nada, excepto el infierno. Un infierno del que ustedes no saben nada, pero yo sí, porque lo construí para ustedes”. Como se ve, su mensaje nada tiene que ver con las prédicas de amor y hermandad del papa Francisco.

Acerca de la miniserie, Paolo Sorrentino ha comentado: “Las señales claras de la existencia de Dios. Las señales claras de la ausencia de Dios. Cómo puede buscarse y perderse la fe. La grandeza de la santidad, tan grande que se vuelve insoportable cuando combates las tentaciones y cuando todo lo que puedes hacer es rendirte a ellas. La lucha interior entre la enorme responsabilidad de la cabeza de la Iglesia Católica y las miserias del hombre sencillo a quien el destino (o el Espíritu Santo) ha elegido Pontífice. Por último, cómo manejar y manipular el poder en un estado cuyo dogma e imperativo moral es la renuncia a ese poder y el amor altruista al prójimo. De todo ello trata The Young Pope”.

The Young Pope esboza un retrato institucional de ese pequeñísimo pero poderoso Estado que es el Vaticano. En la miniserie se muestran las luces y las sombras de la vida del clero, así como las intrigas palaciegas de la más alta jerarquía. Alguien ha dicho que es House of Cards de la Iglesia, y no le falta razón. Encontramos conspiraciones, maniobras y secretismos similares a los que Sorrentino recreó en Il Divo, su filme acerca de la caída política de Giulio Andreotti.

Pero la miniserie es, sobre todo, el estudio de un carácter, el de su personaje principal. Pío XIII es caprichoso, arrogante, autoritario, manipulador, narcisista (cuando se está vistiendo para dirigirse a los cardenales, se escucha “Sexy and I know it” de LMFAO). A menudo humilla a sus subordinados y los trata con crueldad y desdén. Fuma, maldice y le gusta que los demás no sepan lo que piensa. Pero como él mismo se define, es una contradicción. Es a la vez renovador y primitivo, resoluto e inseguro, inteligente e ingenuo, conservador pero lleno de compasión por los pobres y débiles. Carismático, radical e impredecible, desafía el orden establecido sin temor a las consecuencias.

Es, no hay duda, un hombre terrorífico, pero de igual modo hay algunas ocasiones en las cuales resulta encantador. Todo eso queda estupendamente plasmado gracias al excelente trabajo actoral de Jude Law. Este lo convierte en un personaje misterioso, complejo y convincente, y le da las notas exactas de solemnidad, dureza, y humor. Este cronista no duda en calificar su Pío XIII como un verdadero prodigio de interpretación.

Sorrentino rodó la miniserie como si fuese una película, solo que de 10 horas de duración. Desde las primeras imágenes reconocemos su sello distintivo. Hablo de su estilo sardónico y de gran inspiración visual, con elegantes movimientos de cámara, composiciones preciosistas, perspectivas osadas. Las monjas jugando fútbol, los cardenales con iPads, el canguro que anda por los jardines, el letrero que se lee en el camisón que usa por las noches la hermana Mary (I am a virgin. But this is an old shirt), son también detalles inequívocos de que estamos en el territorio de Sorrentino. Pero a diferencia de La gran belleza, que estaba armada fragmentariamente como un collage de recuerdos e impresiones, aquí el cineasta opta por una narrativa más lineal y clara, y también por un estilo menos sobrecargado y esteticista.

Otra de los aciertos es el guión, lleno de diálogos inteligentes y de humor. A eso hay que agregar la magnífica fotografía de Luca Bigazzi y la estupenda banda sonora, que mezcla con desparpajo música clásica, pop y rock. Por último, es también de elemental justicia apuntar que The Young Pope cuenta con elenco de lujo, que incluye artistas de sólido prestigio como Diane Keaton, James Cromwell, Javier Cámara. Al lado de ellos, intervienen otros que al menos fuera de su país no lo son tanto, pero que igualmente están muy bien, como el italiano Silvio Orlando.

Pese a lo que cabría esperar, la reacción del Vaticano ha sido más bien tibia. A propósito de ello, Sorrentino declaró que la Iglesia “es demasiado inteligente para criticarme y perder el tiempo conmigo. Tiene cosas más importantes que hacer antes de ponerse a pensar en mi serie”. Y agregó: “Si tienen la paciencia de verla hasta el fondo, verán que no trata de ser una provocación, no es intolerante, no tiene prejuicios. Indaga con honestidad y curiosidad las contradicciones y dificultades de todo lo fascinante que hay en el clero y en un sacerdote que es un poco diferente a otros, que es el papa”, Eso sí, a los realizadores no les abrieron las puertas de la Santa Sede para que pudiesen filmar allí. Debido a eso, estos tuvieron que recrear el Vaticano en otros sitios (Roma, Venecia y los estudios de Cinecittá). Lo que vemos, por tanto, es un Vaticano ficticio, pero que es increíblemente creíble.

The Young Pope ha tenido, lo dije antes, una magnífica acogida. En el diario londinense The Guardian, Peter Bradshaw escribió que “es entretenida, estimulante y traviesa. Tiene todos los ingredientes para ser un éxito de culto”. Para Jay Weissberg (Variety), la miniserie “encuentra el equilibrio entre la extravagancia y la mordacidad”. Y desde las páginas de The Hollywood Reporter, Deborah Young la calificó como “una irreverente fantasía que te mantiene en vilo”. Debemos agradecer, pues, su estreno en HBO y regocijarnos, como es de rigor, de que “¡Habemus Papa!”.