Actualizado: 20/11/2018 18:13
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Hablar en cubano

Un diccionario en dos tomos recoge 8 mil palabras y expresiones pertenecientes al inventario léxico del español empleado popularmente en la Isla

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“Al margen de la literatura están estas faenas abnegadas, sin las cuales la literatura no medra. Los escritores artistas desdeñan al lexicólogo, al gramático, al retórico, al colector de frases célebres, al antologista; pero ¿les ocurrirá alguna vez pensar en la cantidad de genuino y humilde amor literario que tales empresas suponen? Un espíritu agudamente justiciero, nunca podrá mirar sin respeto esas obras de literatos malogrados: ellas son como tributos de adoración íntima a una beldad ofrecidos por amadores feos. El beso furtivo y distante del Jorobado de Notre Dame a su Esmeralda…”.

He decidido iniciar este trabajo con un fragmento del artículo que mi admirado Jorge Mañach publicó en el diario habanero El País a fines de 1925. Y lo he hecho porque pienso que, aunque esas palabras no fueron escritas a propósito de ellas, constituyen un elogio mucho más justo y más hermosamente escrito que el que yo pueda pergeñar sobre los dos libros que esta semana y la próxima voy a reseñar. Ambos son esfuerzos muy loables que se deben mirar con respecto, pues en ellos se invirtió una cantidad ingente de amorosa faena.

Ante los dos voluminosos tomos del Diccionario ejemplificado del español de Cuba (Editorial Ciencias Sociales, La Habana, 2016, 544 y 593 páginas), lo primero que se me ocurrió pensar fue: ¿cuántos años llevó a Antonia María Tristá Pérez (1940-2006) y Gisela Cárdenas Molina (1930-2010) realizar este libro? Seguro que unos cuantos, aunque ya no lo sabremos con exactitud. La edición ni siquiera incluye una breve nota en la contraportada. Es cierto que cuenta con una extensa introducción de las autoras, pero es de carácter puramente técnico y expone la motivación y finalidad del diccionario.

En esas páginas, las investigadoras, quienes durante varios años laboraron en el Instituto de Literatura y Lingüística, señalan que el presente libro tuvo como antecedente directo el Diccionario de español de Cuba (2000), confeccionado por ellas para la Universidad de Augsburgo, Alemania. Después que la terminaron, agregan, se imponía “la elaboración de una obra que no solamente incluyera vocablos y acepciones no registradas en el diccionario contrastivo, sino también que registrara los usos con su contextualización, cuestión de suma importancia para el usuario que necesite entender la realidad cubana”.

Respecto a sus características generales, las lexicólogas definen el suyo como “un diccionario sincrónico, en sentido amplio, pues comprende desde principios de siglo hasta la década de los años noventa”. Asimismo, especifican que es descriptivo porque se limita a informar sobre el inventario léxico, a definir su significado de acuerdo al uso, “pero sin pretender establecer criterios normativos acerca de la corrección o incorrección de dicho uso”. Su objetivo es, por tanto, registrar lo que es y no lo que debería ser; “servir de decodificador del discurso cubano”.

En cuanto a sus destinatarios, Tristá Pérez y Cárdenas Molina expresan que el diccionario está concebido para un público amplio: profesores de lengua, traductores, intérpretes, filólogos y lectores no especializados, tanto nativos como extranjeros, que necesiten conocer el universo lexical de la variante cubana. De esto debe deducirse que el diccionario es una obra complementaria, “y, en ningún caso, está llamada a sustituir los diccionarios de lengua que se utilizan diariamente”.

No voy a extenderme más en explicaciones sesudas, pues pienso que un par de ejemplos han de da dar más precisa y gráfica del diccionario. El primero corresponde a una palabra que ha caído en desuso, aunque es posible que ocasionalmente aún se pueda escuchar: “achujar v. 1 tr. coloq. Incitar una persona a un perro para que ataque: Pero un cuñao le achujaba los perros y los perros lo mataron (Feijóo, S., 1965: 300). | 2 tr. coloq. Incitar a alguien a pelear o a tomar partido en una disputa: Primero siento unos gritos del público que avisan el final de una pelea, y después la voz de Gastón achujando al Caña (Viera, F.L., 1989: 205) |enchufar”.

Anoto el significado de las abreviaturas, aunque algunas son fáciles de deducir: v, verbo; tr. transitivo; coloq., indica que el vocablo es propio de un estilo informal (marca estilística). Las otras que acompañan los fragmentos citados para ejemplificar remiten a la bibliografía que aparece al final del segundo volumen: Samuel Feijóo. Sabiduría popular, Universidad Central, Las Villas, 1965, página 300; y Félix Luis Viera. Con tu vestido blanco, Ediciones Unión, La Habana, 1989, página 205. En cuanto a la inclusión de enchufar, obedece a que ese cubanismo tiene, entre otras acepciones populares, una similar a la de achujar, que lo convierte en su sinónimo.

Una palabra que se escuchaba mucho en la década de los 60 del pasado siglo era ñángara, que después fue cayendo en el olvido. Significa “persona que tiene ideas izquierdistas o milita en el Partido Comunista de Cuba. Obs.: Es usada por quienes sustentan ideas contrarias a estas personas: —Siempre has sido el más estúpidoentre los estúpidos. ¿No te das cuenta que los contra pusieron una bomba hoy y mataron a cuatro, y los ñángaras están que arden? (Moya, R., 1985a: 189)”. Se empleaba indistintamente como sustantivo y como adjetivo, y uno dos de sus sinónimos eran ñángara y comecandela. Tristá Pérez y Cárdenas Molina registran ambos, pero de este último no incluyen esa acepción.

Vivacidad y gracejo de nuestro lenguaje popular

Como dejaron señalado las autoras, su diccionario puede interesar a un amplio espectro de lectores. Cada cual lo consultará o simplemente se asomará a sus páginas con distinto propósito. Quien esto escribe hizo un primer repaso de sus 8 mil entradas con el mero ánimo de curiosear. Eso me ha permitido verificar, en primer lugar, la vivacidad y el gracejo que caracteriza a nuestro lenguaje popular. Hace pocos días conversaba con unos amigos y recordamos, entre risas, lo ingeniosamente gráfico que es el vocablo bajaychupa, que se aplicaba a una blusa que dejaba al descubierto los hombros. Y qué decir de matapasiones, con el cual los jóvenes conocían a los calzoncillos de pata que les disgustaba usar.

Igualmente creativas son expresiones como dar matarile (matar), pegarse a la chupeta (desempeñar un cargo público bien remunerado), echar una alpargata (marcharse precipitadamente de un sitio), jugar ambo y diestro (lavarse solo las axilas y las partes pudendas), caerse para atrás (quedar estupefacto por asombro o sorpresa), no ser baúl (ser indiscreto, no guardar los secretos ajenos), buscarse los billetes (ganarse la vida), pararse bonito (adoptar una actitud firme y decidida), coger una calentada (irritarse, ponerse de mal humor), al canto del pitirre (muy temprano por la mañana), caminar con los codos (se dice de una persona que es tacaña y cicatera), pensar en la inmortalidad del cangrejo (estar distraído, sin pensar en nada serio o importante), tirar un llorado (tratar de convencer a una persona por la vía sentimental), hacerse la manuela (masturbarse un hombre), a la marchita (sin prisa ni precipitación), el que más mea (persona de mayor influencia, autoridad o poder de decisión), estar flojo de vientre (tener diarrea), coger entre primera y segunda (sorprender a alguien cuando está haciendo algo indebido o que quiere ocultar), poner un telegrama (evacuar el vientre).

Asimismo, cuando se echa una ojeada u hojeada al diccionario se advierte la movilidad del español que se habla en la Isla. Ya se sabe que los idiomas experimentan un permanente proceso de evolución y transformación, de acuerdo con el tiempo y las necesidades de la población. Son un hecho vivo, están en constante cambio y nunca van a dejar de hacerlo. Dado que el libro objeto de estas líneas cubre casi todo el siglo XX, he hallado términos que conozco, pero presumo que no lo han de ser para los más jóvenes.

Dudo, por ejemplo, que una muchacha de hoy sepa qué son las cocalecas, aquellas sandalias con dos tiras que se ajustaban dando vueltas a las piernas en forma de cruz. Ni tampoco el bobito, que aparte de ser el diminutivo de bobo, nombraba una prenda de dormir femenina, holgada y escotada, que solo llegaba hasta la parte superior del muslo. Mucho menos aquel camisón corto, generalmente de tela transparente, que se designaba con el anglicismo baby-doll. No digamos ya hacerse el croquinol, procedimiento que permitía ondular artificialmente el pelo durante largo tiempo. Es lógico que esos vocablos en la actualidad no se empleen, pues correspondían a prendas de vestir y hábitos que ya pasaron de moda.

En cambio, hay otros que designan cosas que se mantienen vigentes, pero a los que la falta de uso ha jubilado y recluido en el asilo lexicográfico. Muchos los decía este cronista cuando era un chamaquito, pero duda que hoy se utilicen. ¿Se sigue diciendo fiñe a un niño? ¿Fricandó al frío? ¿Combo a un grupo musical? ¿Meter el delicado a cometer un error? ¿Bofe a una persona antipática o pesada? ¿Apolismada a una fruta magullada? ¿Comefana para insultar a alguien?

Por otro lado, a otras palabras y expresiones la realidad del país las ha convertida en obsoletas. A ningún niño o niña se le ocurriría pedir la contra o la ñapa tras comprar algo, en un país que está en la fuácata y donde en las tiendas ni siquiera dan un cuartucho o una bolsa para llevar los productos adquiridos. Tampoco es extraño que hayan dejado de escucharse vocablos como garapiña, chicha o cusubé, puesto que se trata de dos bebidas y un postre, respectivamente, que se preparaban con la piña que venía de Uzbekistán y con la yuca que mandaban de Moldavia.

A partir de que esta gente llegó al poder, el corpus del español hablado en Cuba incorporó una cantidad considerable de palabras y expresiones. Ilustro con algunas: integrado, gusanera, concientizar, ausentismo, pugilatear, camilito, barbacoa, anapista, microbrigada, becado, lista de fallos, antisocial, camilito, asamblea de balance, sábado corto, alzadora, y, más recientemente, jinetera, cuentapropista, fula, quimbe, cocotaxi, almendrón. Algunos términos ya existentes sumaron nuevas acepciones. Así, libreta pasó a ser además el cuadernillo en el que se apuntan las entregas de los productos alimenticios racionados. A su significado tradicional, aspirina agregó el de autobús pequeño que, a fines de la década de los 80, se empleó para reforzar el servicio de transporte en la hora pico. De igual modo, una expresión como quemar el plástico solo se entiende en el contexto de la etapa en que se distribuyeron los zapatos hechos de ese material (recuerdo que popularmente se les llamaba ollas de presión, por el fuerte calor que desprendían).

Preparar un diccionario como este constituye una tarea ciclópea, que además tiene la dificultad adicional que implica reunir un material de carácter oral. Eso explica que a las autoras se les quedasen sin registrar algunos vocablos. Personalmente, he echado en falta narra (chino), bolo (ruso), echar un palo (tener relaciones sexuales), dar el piojito (asumir una actitud humilde o sumisa). Pero como ya digo, es algo que resulta comprensible dada la vastedad del campo que el libro cubre. Hay, sin embargo, algunas inclusiones que sí me parecen refutables. Jacket, all right, rating, short, cold cream, cake, bullpen, background y tráiler, entre otros, pertenecen al inglés y en Cuba se usan con el mismo significado que poseen en la lengua original. Incluirlos como cubanismos carece de sentido, pues en otros países también se emplean tal cuales. Por otro lado, he consultado el diccionario de la Real Academia y exitoso, coctel, estancia, desempeñar, campismo, enojo, almíbar, camarógrafo, batuta, esgrimista, aparecen con idéntica acepción a la registrada por Tristá Pérez y Cárdenas Molina. De manera que tampoco pueden considerarse como ejemplos del español hablado en Cuba.