Actualizado: 03/07/2020 15:57
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Psicosis, Cine, Hitchcock

Hitchcock el pervertidor

Con Psicosis, el cineasta británico revalidó su condición de director taquillero y, a la vez, de creador de cine de autor. Es además la película suya que más ha permeado la cultura popular

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A estas alturas, intentar redactar unas líneas acerca de Psicosis constituye una faena condenada al fracaso. Por mucho que se afane uno, resulta muy difícil no repetir lo mucho que ya se ha escrito sobre el clásico de Alfred Hitchcock (1899-1980). Pocos filmes han hecho correr tanta tinta como ese. Desde que se estrenó en Nueva York, el 8 de septiembre de 1960, ha sido objeto de estudios cinematográficos, culturales, sociológicos. Sobre el mismo se han publicado decenas de libros, entre ellos Psycho: Behind of the Classic Thriller, de Janet Leigh, su protagonista femenina. Pero a pesar de ello, el hecho de que se cumplan seis décadas de su llegada a las salas de cine es algo que merece la pena ser recordado.

En ese libro maravilloso e imprescindible que es El cine según Hitchcock, el cineasta le contó a François Truffaut que, tras leer la novela homónima de Robert Bloch, lo único que le gustó fue la instantaneidad de la escena de la ducha. Le pareció algo completamente inesperado y por eso se interesó en llevarla a la pantalla. De forma anónima compró los derechos por nueve mil dólares. Y se ocupó después de adquirir todos los ejemplares del libro que le fue posible, para mantener el secreto del final.

La novela se basa libremente en el caso real de Ed Gin, el llamado “Carnicero de Plainfield”. Fue este un hombre que tuvo una extraña y enfermiza relación con su madre. Eso le causó un trastorno mental que lo llevó a convertirse en ladrón de tumbas y asesino de mujeres. Con fragmentos de los cuerpos, fabricaba siniestros objetos: un cinturón hecho con pezones, un corsé elaborado con un torso, unas sillas y una lámpara tapizadas con piel humana. En el cine, Ed Gin también sirvió de inspiración para los personajes de Leatherface (La masacre de Texas) y Buffalo Bill (El silencio de los corderos).

Cuando Hitchcock presentó el proyecto, muchos productores de Estados Unidos se negaron a financiarlo, pues consideraban que la historia era demasiado sórdida y potencialmente ofensiva. Eso hizo que el cineasta determinara financiarlo él mismo. Quienes rechazaron producir Psicosis, debieron de lamentar su gran error. Fue la película con la cual Hitchcock hizo más dinero. En el rodaje invirtió $806.947 y, en cambio, los ingresos de taquilla ascendieron a 32 millones.

De acuerdo a Hitchcock, con Psicosis no se propuso hacer un filme importante, sino que lo asumió como una experiencia para divertirse. Le confesó a Truffaut que el argumento y los personajes le importaban poco. Lo que de veras le interesaba era que la unión de los elementos puramente técnicos (fotografía, música, montaje) creara una emoción de masas e hiciera gritar al público. Fue eso lo que más satisfecho lo dejó, una vez que las proyecciones probaron que lo había conseguido. La manera en que estaba construida y se contaba la historia llevó a los espectadores a reaccionar de un modo emocional. Hitchcock se sentía orgulloso de haberlos impresionado con una obra de cine puro. Por eso consideraba Psicosis como una sus obras más cinematográficas: “un claro ejemplo de la utilización de una película para conseguir que un público responda emocionalmente”. Conviene, pues, repasar algunos de los recursos que empleó para lograrlo.

Desde el arranque del filme, Hitchcock empieza a lanzar pistas falsas. Lo hace con la escena erótica de Janet Leigh y John Gabin, con la cual buscaba desviar la atención hacia el aspecto sexual. Asimismo, y como era su costumbre, hace un cameo, pero lo incluye al principio, porque no quería distraer el interés del argumento. Por otro lado, es poco usual el hecho de que el personaje de Marion Crane, interpretado por Janet Leigh, sea asesinado en el primer tercio del metraje. (En ese sentido, cabe recordar que el cineasta tenía el lema de que la lógica es siempre aburrida.) Al respecto, le comentó a Truffaut que “al mostrar el asesinato al comienzo pretendía introducir en la mente de los espectadores cierto grado de temor por lo que vendría después. En realidad, tal como se desarrolla el filme, cada vez hay menos violencia, porque esta ha pasado al ánimo del público”.

Hitchcock rodó Psicosis con cierto sentido de diversión y para él era una cinta divertida: “Hacemos que el público siga un recorrido, como si le llevásemos por la casa encantada de la feria o en el barco (…) Todo estaba tramado de tal modo que produjese emoción en el público. Probablemente, la auténtica historia de Psicosis no habría sido nada emocionante, sino terriblemente clínica”. A propósito de este último, conviene apuntar que él eludió la explicación psiquiátrica de Norman Bates. Agregó, en cambio, un tratamiento sexual y freudiano, así como ingredientes bastante usados en el género de terror como la noche tormentosa, la casa embrujada, la mujer encerrada en el sótano. Eliminó o bien no llegó a filmar varias escenas que aparecían en el guion de Joseph Stefano, pues las consideraba innecesarias. Psicosis es además una película en la que no hay un solo personaje con quien el público pueda simpatizar o identificarse. Y otro detalle llamativo es que no cuenta con muchos diálogos.

El primer día de rodaje, Hitchcock hizo que el elenco y los miembros del equipo técnico levantasen la mano y prometieran no divulgar ni una palabra sobre la historia. y solo les entregó la última parte del guion cuando estaban a punto de filmarla. Otro aspecto que controló rigurosamente fue la campaña de marketing antes del estreno, algo en lo cual fue pionero. Las principales estrellas, Anthony Perkins y Janet Leigh, no dieron las habituales entrevistas a los medios. Los críticos tampoco fueron invitados a los pases previos. Hitchcock logró que una vez iniciada la proyección, no se permitiera entrar a la sala. Esto hizo que los espectadores debían llegar puntualmente y dio lugar a que se formaran colas para adquirir la entrada. El cineasta además pidió encarecidamente a quienes veían la cinta que no divulgasen el final.

No existe otra escena tan citada e influyente

Y cuando se escribe sobre Psicosis, resulta obligado dedicar unas líneas a su escena más famosa: el mítico apuñalamiento del personaje encarnado por Janet Leigh. A excepción de la de la escalinata de Odessa de El acorazado Potemkin, no existe en todo el arte cinematográfico otra escena tan citada e influyente. Para Hitchcock era tan importante, que la trabajó como si se tratase de un proyecto independiente. De las cuatro semanas que duró el rodaje de la película, una completa fue dedicada a esa secuencia, que apenas dura ¡45 segundos! Fueron, sin embargo, suficientes para marcar la historia del cine.

Una parte de la misma se filmó a cámara lenta. La cámara funcionaba a ralentí y Janet Leigh se movía lentamente para adaptar los movimientos del brazo, el gesto y, también, cubrir las partes inconvenientes de su cuerpo. Es pertinente recordar que entonces aún estaba vigente el código Hays, que determinaba qué se podía ver en la pantalla y qué no. Entre sus restricciones estaban mostrar detalles de asesinatos brutales y desnudos que se tradujeran en exhibiciones inconvenientes u obscenas.

En la escena de marras, Marion Crane es apuñalada una docena de veces cuando se está duchando. Es la más violenta del filme, que, como comentó Hitchcock, después tiene cada vez menos brutalidad. Eso respondía, agregó, a que “el recuerdo de este primer asesinato basta para hacer angustiosos los momentos de suspenso que vendrán después”. Fue una idea nueva e ingeniosa, que contribuyó al intenso impacto que produce su visionado.

Para lograr esa escena, hubo que realizar más de 70 posiciones de cámara y hacer 52 cortes de montaje. Además de Janet Leigh, en el rodaje participó Marli Renfro, una “conejita” de la revista Playboy, de quien es el cuerpo que se ve. Hitchcock y el editor lograron sugerir más de lo que se muestra. Burlaron así a los censores, al demostrarles que todo estaba en sus mentes. Acerca de ello, Janet Leigh expresó en una entrevista que “Hitchcock le permitió al público crear aquello que creían estar viendo. Y cuando la audiencia se convierte en una parte del proceso creativo es imposible que luego lo olviden”.

En el plano cinematográfico, esa escena en un verdadero prodigio de diseño y realización. Se usan unos sorprendentes giros de cámara, que eran insólitos para la época. El montaje es desconcertante e incluye saltos de hasta 360 grados. Esta también la precisión de los encuadres, que muestran estrictamente lo que la censura toleraba que se viera. Otro gran acierto en la música de Bernard Hermann, que Hitchcock definió como “unos violines chillones”. Quedó tan complacido con el trabajo del compositor, que le dobló el salario. Y después expresó que el treinta por ciento del efecto del filme se deben a él. En la breve secuencia, todos esos elementos se combinan maravillosamente. Están tan armoniosamente acoplados, que si se suprimiese uno de ellos, la escena ya no sería la misma y perdería parte de su impacto.

Tras ver la película en un pase previo al estreno, la esposa del cineasta le hizo notar que a Janet Leigh se le veía respirar cuando debía permanecer inmóvil en el suelo. Como no había posibilidad de volver a rodar, Hitchcock resolvió el problema de otro modo: en lugar de la mirada sin vida de Marion Crane, incluyó una imagen de la ducha. Tras el estreno, el cineasta recibió una airada carta del padre de una joven. Le decía que después de ver Las diabólicas y Psicosis, su hija se negaba a ducharse. Hitchcock le contestó simplemente con una nota: “Envíela al lavado en seco”.

Janet Leigh, por su parte, recibió cartas de amenazas en las que describían lo que le harían a su personaje. Hubo una tan grotesca, que se la pasó al FBI. Los culpables fueron descubiertos y le dijeron a la actriz que si recibía alguna carta más se los notificara. A ella no les molestó rodar la mítica escena, pero después que vio el filme quedó profundamente impresionada. Comentó que la hizo darse cuenta de lo vulnerable que es una mujer en la ducha. Y en una entrevista publicada en la revista Woman’s World, confesó: “Dejé de ducharme y solo me baño. Y cuando estoy en un lugar donde solo me puedo duchar, me aseguro de que las puertas y ventanas de la casa estén cerradas. También dejo la puerta del baño y la cortina abiertas. Siempre estoy mirando hacia la puerta, observando, sin importar dónde esté la ducha”.

Uno de los hallazgos de Psicosis consiste precisamente en pervertir la pureza del acto de tomar un baño. En este sentido, Andrew Sarris ha expresado que “cuando el asesinato se comete en el cuarto de baño de un hotel, higiénico y reluciente, mientras se toma una ducha, la inclusión del mal en nuestra existencia sin mácula se hace intolerable. Podemos reírnos nerviosamente o gruñir con disgusto, pero ya no volveremos a ser tan autocomplacientes”.

Hitchcock demostró que el horror puede golpear en cualquier parte, y probó que cualquier cosa puede causar miedo. Eso ha hecho que, para muchos, Psicosis es la mejor película de terror que se ha hecho. Eso pese a que en ella no aparecen monstruos ni demonios, aunque, en cierto sentido Norman Bates es un fantasma. Solo que el del filme es un nuevo tipo de terror. Antes, este era algo concreto, perceptible: un vampiro, una casa embrujada, un ser de otro planeta, un tiburón asesino. Ahora, por el contrario, lo malévolo hemos pasado a ser nosotros. Y la muerte puede sorprendernos incluso en la ducha, el sitio donde somos más vulnerables e indefensos.