Actualizado: 29/11/2022 11:37
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Homenaje al escritor desconocido

Si la naturaleza pudiese dar gracias a un hombre, por haber penetrado en sus secretos y celebrado su belleza, esa gratitud debería corresponder, en primer lugar, a Mijaíl Prishvin

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En la primera mitad de la década de los 60, las librerías de Cuba se vieron inundadas por una verdadera avalancha de obras de la literatura rusa. La nómina era muy ecléctica y aunque incluyó a algunos clásicos, comprendía sobre todo a los autores contemporáneos. Así, al lado de León Tolstói, Iván Turguéniev, Nikolái Gogol y Vladimir Korolenko, figuraban Valentín Katáiev, Máximo Gorki, Konstantín Fedin, Dmitri Fúrmanov, Emmanuil Kazakévich, Alexéi Tolstói, Konstantín Símonov, Boris Gorbátov, Mijaíl Shólojov, Ilya Ehernburg, Alexander Bek, Serguéi Smirnov, Elmar Grin, Boris Polevoi, Anatoli Kuznetsov, Alexander Serafimovich, Vasili Grossman…

Entonces muchos eran —algunos aún lo siguen siendo— desconocidos en el ámbito hispano. Ese era el caso de Grossman, hoy mundialmente famoso, de quien en aquellos años fueron editados en Cuba dos títulos, Por una causa justa y El pueblo es inmortal. Todas las adiciones a las que me refiero por lo general no llevaban ningún tipo de presentación o prólogo, por lo cual cabe preguntarse sobre la recepción que esos escritores tuvieron entre los lectores de la Isla.

Entre aquellos libros, recuerdo uno cuyo autor era totalmente inédito en nuestro idioma. Se trataba de un volumen de cubierta azul oscuro, con una sencilla ilustración en amarillo que tenía que ver con el título: La alcancía del sol. Tenía 150 páginas y recogía cuatro cuentos: “La miel de la tundra polar”, “El dueño y señor del bosque”, “Vasia Visiolkin” y el que daba su nombre a la colección. El volumen estaba firmada por Mijaíl Prishvin y hasta la fecha es el único libro suyo que se puede leer en castellano. Hablo hipotéticamente, pues aquella edición hoy es innencontrable. Fue editado en 1962 por la Biblioteca del Pueblo, de la Imprenta Nacional de Cuba. No se daba ningún otro dato ni crédito, ni siquiera el de la persona que realizó la traducción.

Lo más probable es que reproducía la versión al español que las Ediciones en Lenguas Extranjeras, de Moscú, habían publicado en 1950. El uso del castizo vosotros, en lugar de ustedes, y de ciertos términos, denota que fue hecha por uno de los exiliados españoles que se refugiaron en la extinta Unión Soviética, tras la Guerra Civil. Pero en esos años en la Isla se juraba y perjuraba que la revolución era verde como las palmas, de modo que no era conveniente reconocer esa colaboración con los soviéticos.

El desconocimiento de Prishvin no se limita al mundo de habla hispana. En otros ámbitos, su obra ha tenido poca o ninguna difusión. El único idioma al cual se han traducido cinco o seis de sus libros es el inglés (el primero apareció en Nueva York y data de 1936). No obstante, eso no significa que Prishvin haya sido leído más allá de unos pocos (entre esos pocos están el crítico británico Herbert Read y el novelista norteamericano John Updike). Un hecho elocuente es que esas ediciones hoy se pueden comprar a precios muy bajos en las librerías de segunda mano. Pero incluso en su propia patria, no se puede decir que Prishvin sea debidamente apreciado. No quiero decir con esto que no se publique y que no cuente con lectores. Me refiero a que su obra no ha recibido una adecuada valoración, ni ha sido suficientemente estudiada. Eso a pesar de que en la literatura rusa no existe otro escritor como él.

No menos singular que su obra fue su vida. Nacido el 4 de febrero de 1873, Prishvin era hijo de un comerciante. Creció en el campo y asistió a la escuela en Yelets y Tiumen, Siberia, hasta 1893. Entre ese año y 1897, estudió en el instituto politécnico de Riga. Esos estudios se vieron interrumpidos cuando lo detuvieron por su vinculación con los círculos marxistas, en esa época algo muy común entre los estudiantes. Debido a eso, debió cumplir un año en la cárcel. Después se fue a Leipzig, donde se graduó como agrónomo en 1902. Ejerció esa profesión hasta 1905, al mismo tiempo que publicaba artículos sobre agricultura y cuentos en revistas.

En 1902 viajó al norte de Rusia (Olonets, Karelia), así como a Noruega. Narró sus experiencias en su primer libro, En la tierra de los pájaros que no se asustan (1907), obra mitad científica, mitad literaria. En 1908 publicó En pos de la hogaza encantada, que al igual que el título anterior, fue premiado por la Sociedad de Geografía y que le ganó al aprecio de los amantes de la naturaleza. Agrónomo de profesión, Prishvin era además etnógrafo, folclorista, fotógrafo y cazador como pasatiempo. Viajó por el Asia central y recorrió toda Rusia, sobre todo el norte, con su rifle y su cuaderno de notas. Escuchaba “la voz del bosque, la roca y el agua”. Conversaba con los viejos campesinos y los jóvenes cazadores, y se dedicaba a recopilar información sobre animales, plantas y seres humanos.

Un caso peculiar de “emigración interior”

Entre 1908 y 1912, se vinculó a los círculos literarios de San Petersburgo, nucleados en torno a los escritores Alexéi Remizov y Dmitri Merezhovski. En esa etapa, los textos neorrealistas del primero influyeron en él. Sus otros maestros inmediatos fueron Iván Bunin y Vladimir Arseniev. La atención de esos autores a la pureza y las enigmáticas riquezas del lenguaje ruso, lo estimularon a esforzarse en alcanzar tanta diversidad verbal como le fuera posible. Cuando se produjo el triunfo de la Revolución de Octubre de 1917, no estuvo entre los escritores que la saludaron. Antes bien, se opuso a ella. Atacó duramente al poeta Alexander Blok, cuando este publicó en enero de 1918 un artículo titulado “Inteligencia y revolución”.

Sin embargo, no se fue al exilio como hicieron otros, sino que optó por quedarse en Rusia. El suyo constituye un caso peculiar de “emigración interior” bajo el régimen soviético. A partir de los años 20, estuvo apartado de los grupos literarios y a través de la era de Stalin logró conservar su voz individual. Debido al carácter de su literatura, pudo trabajar relativamente libre de presiones. Bajo aquel estado totalitario, que controlaba y restringía las libertades individuales, Prishvin fue capaz de vivir como le gustaba y escribir de lo que le apetecía, al mantenerse distante de las exigencias ideológicas de los comisarios de la cultura.

No se libró de recibir algunos ataques. Pero eso no impidió que, a pesar de que nunca fue abiertamente popular, en vida fuera amado por muchos lectores. Ese público lo conquistó a partir de la década de los 20, cuando alcanzó la madurez como escritor. A los cincuenta años, ocupaba un lugar importante en las letras rusas. Y aunque se negó a que lo considerasen un maestro, varios escritores aprendieron mucho de él. Parte de la popularidad se debió a sus textos de literatura infantil, que forman parte del fondo de oro de esa manifestación. Eso, sin embargo, ha llevado a que muchos lo tengan como un autor predominantemente para niños. El absurdo de tan inadecuada reputación es, en buena medida, culpa del esfuerzo que los críticos y las publicaciones oficiales pusieron para desvalorizar a un magnífico escritor, al reducirlo a inofensivo autor de cuentos con animalitos.

A Prishvin lo ayudó en cierto modo el apoyo de Máximo Gorki, quien lo consideraba un autor de primera línea. “No conozco otro escritor ruso en quien el conocimiento y el amor por su tierra estén tan armoniosamente unidos”, declaró. En su libro Retratos literarios, Gorki incluyó un texto dedicado a Prishvin. Allí lo reconoce como “un artista original que ha estado haciendo un espléndido trabajo en la literatura rusa en los últimos veinte años”. Apunta que en sus libros no se ve a “un hombre obedeciendo a la naturaleza. De hecho, no siento que usted escribe sobre la naturaleza, sino sobre algo que es más grande: la Tierra, nuestra Gran Madre. Yo nunca me he sentido tan impresionado, nunca he sentido en los trabajos de ningún otro escritor ruso esa armoniosa combinación de amor a la tierra y conocimiento de ella, como lo he sentido en sus textos”. Y concluye: “Aunque comencé a escribir más temprano que usted, sin embargo, como lector atento he aprendido mucho en sus libros. No piense que digo esto por educación o falsa modestia. Es la verdad. He aprendido de usted. Aún sigo aprendiendo”.

Prishvin se protegió bajo la máscara de abuelo bondadoso e ingenuo, que creó para ocultar a un pensador radicalmente humanista. Se abstuvo de participar en actividades sociales y vivió buena parte de su existencia en el campo, en consonancia perfecta con sus convicciones. Esa independencia no fue obstáculo para que lo premiaran dos ocasiones. Esos galardones contribuyeron a que ganara el estatus de clásico, lo cual lo convirtió en intocable para los perros guardianes del realismo socialista. Consiguió así mantener su integridad artística durante la era de Stalin, y continuó produciendo trabajos finamente escritos y estilizados. Ni la fama ni el éxito económico alteraron su estilo de vida itinerante. Siguió residiendo en pueblos remotos, y solo al final se estableció en Moscú. Se mantuvo escribiendo hasta su muerte, a una avanzada edad. Por estos días se cumplen precisamente 60 años de su fallecimiento, ocurrido el 16 de enero de 1954.

A excepción de sus libros para niños, el resto de la obra de Prishvin está dedicada casi exclusivamente a sus experiencias en el campo ruso. El tema de la naturaleza y su conservación domina en esos textos, que además destilan un joie de vivre. Su acercamiento estaba influenciado por el panteísmo griego, así como por los textos de Goethe y Knut Hamsun (a este último lo veía como su hermano en espíritu). Amaba todo lo natural y orgánico que no había sido tocado por las manos humanas.

Antes que él, otros autores rusos habían reflejado al mundo rural: Turguéniev, Antón Chéjov, Tolstói, Iván Bunin, Serguéi Aksakov. Pero en lo que en ellos es ambiente y decorado, en Prishvin es tema. Bunin y Turguéniev además concebían la naturaleza como una fuerza hostil al hombre. En su novela Padres e hijos, el primero dijo por boca del nihilista Bazárov: “La naturaleza es una pequeñez, en el sentido en que tú la interpretas. La naturaleza no es un tempo, sino un taller, y el hombre, en ella, es un trabajador”.

A Prishvin, sin embargo, le horrorizaba la charla vacua sobre “la belleza de la naturaleza o los milagros de la creación”. Creía que al observarla y entenderla, los seres humanos podían comprender las grandes verdades de la vida. “Siempre entro en el bosque para aprender y salgo enseñado”, expresó en uno de los cuentos de La alcancía del sol. Y en otro texto apuntó: “No necesito ir a la iglesia, pues todo me es revelado por Dios en la naturaleza”. Asimismo ya entonces dijo que por el bien de la sobrevivencia de la humanidad, cuando el hábitat natural sea destruido se debe comenzar por plantar árboles.

Sus historias sobre cacerías y animales sorprendían por contraste

Prishvin, a quien Konstantín Paustovski llamó “el bardo de la naturaleza rusa”, ha sido comparado con el norteamericano Henry David Thoreau. En efecto, sus poéticas y filosóficas reflexiones a veces hacen recordar al hirsuto provinciano, cuya obra estuvo muy influida por la visión de los campos, bosques y ríos de Nueva Inglaterra. “Como hojas de otoño, las palabras de la sabiduría caen sin esfuerzo”, anotó Prishvin. Algo que puede aplicarse perfectamente a su escritura. Pese a ser un gran estilista, su vocabulario es sencillo, su sintaxis es clara y condensada. Un buen escritor, sostenía él, “tiene que usar términos que sean absolutamente necesarios y comprimir las palabras en unidades de fuerza física”. Su sabiduría demás emanaba de su “interminable alegría de descubrimiento constante”.

Aunque siempre evitó las temáticas políticas, en el panorama literario de la Rusia soviética sus obras desentonaban. La vuelta al mundo natural preconizada por Rousseau y Tolstói estaba condenada por la ideología oficial. Una idea similar defendía Prishvin, para quien la comunión con la naturaleza proporciona al ser humano felicidad y sabiduría. Con eso arrojaba un balde de agua fría sobre los Planes Quinquenales, que entre sus metas principales tenían “la conquista de la naturaleza por el hombre”, mediante la construcción de canales y centrales eléctricas.

Prishvin, por el contrario, pensaba que el camino del saber pasaba por trabajar con la naturaleza, en lugar de hacerlo contra ella y defendía un acercamiento empático y nada agresivo. A través de sus libros, expresó que con ello se olvidaba que el supremo conocimiento está oculto en la serenidad del cielo y el silencio del bosque. En una época como la de los años 20 y 30, en la que dominaba la narrativa de boy-meets-tractor y de la victoria del hombre sobre la naturaleza, sus historias líricas sobre cacerías y animales sorprendían por contraste.

En sus primeros libros se advertía ya a un escritor de acusada personalidad. Eso se confirmó en sus obras posteriores: En las paredes de la ciudad invisible (1909), El árabe negro (1910), La cadena de Kaschéi (publicada en forma de folletín entre 1923 y 1929), Los manantiales de Berendéi (1925), Diario de la naturaleza (1925), La patriade las grullas (1932), Jen Sheng: la raíz de la vida (1936), Farelia (1940), La alcancía del sol (1943), Deshielo en el bosque (1943), El camino del Zar (1957). Son textos de difícil encasillamiento, que combinan información factual, motivos folclóricos, experiencias personales, narraciones, reflexiones morales y filosóficas. Todo ello pautado por la capacidad poética y la admirable percepción para hacer descripciones auténticas de la naturaleza y la vida cotidiana. Viajero apasionado, experto en etnografía, botánica, zoología, Prishvin logró una perfecta simbiosis de lirismo y realismo, de la mirada del poeta y la observación precisa del científico.

Sus descripciones del campo ruso capturan y comunican el ritmo lento de las estaciones y el recurrente e imperceptible movimiento del tiempo. Sus textos poseen la capacidad de transformar lo externo en imágenes significativas y extraer un orden interno de la diversidad de las impresiones. A lo largo de sus viajes recopiló una abundante información que luego empleó en sus libros para hablar de la vida con serenidad y extraordinaria perspicacia. En la literatura rusa, sus magistrales escritos solo se pueden comparar con las Notas de un cazador con rifle (1852), el clásico de Serguéi Aksakov.

“Eres un amigo del hombre”, le expresó Gorki. Es cierto. El tratamiento de la naturaleza de Prishvin nunca está divorciado de las actividades humanas. Sus textos transpiran un humanismo sano y sencillo, despojado de sentimentalismo y sofisticación. En ese aspecto, Marc Slonim ha comentado que en sus libros Prishvin “habla de animales, estaciones y seres humanos como manifestaciones iguales de una y la misma esencia vital, aunque su visión no tiene una vaguedad mística y su panteísmo está libre de generalizaciones excesivas”.

En esencia, Prishvin es un moralista y un filósofo lírico. El ensayo informal fue la forma que prefirió para expresarse. Muchas veces esas páginas se disfrazan de cuentos que, por lo general, tienen poca acción. A pesar de eso, no resultan aburridos ni pesados, gracias a un delicioso sentido del humor que el escritor emplea para reírse amablemente de las debilidades humanas. Pero como ha señalado Slonim, lo que hace tan cautivadora la prosa de este racionalista pagano, de este científico poeta, es su genuino amor por todo lo que existe. Prishvin siempre está haciendo descubrimientos, y el regocijo que siente al hacerlos es contagioso, pues comunica al lector la alegría de vivir.

Alcanzó un alto grado de elaboración y síntesis

En sus libros, encontramos desgranados los conocimientos y secretos sobre la naturaleza que aprendió y recogió de los campesinos y cazadores: “El color rojo asusta a los lobos, el olor de la tela los espanta. Temen, sobre todo, cuando el vientecillo, al correr por el bosque, sacude, aquí y allá, los banderines”; “Para aquellos que observan la naturaleza días tras día, la llegada de la primavera es anunciada por más luz”; “La kliuvka, baya ácida y muy beneficiosa para la salud, crece en los pantanos durante el estío, pero se recoge a fines de otoño. Sin embargo, no todo el mundo sabe que la mejor kliuvka, la kliuvka dulce, como nosotros la llamamos, es la que ha pasado todo el invierno bajo la nieve”.

Bunin dijo de él que era uno de los pocos escritores que sabían el lenguaje de los campesinos rusos. El habla popular, cuyo colorido y riqueza Prishvin recreó maravillosamente, fue precisamente una de las fuentes de su prosa fluida y rítmica. Alcanzó un alto grado de elaboración y síntesis, que se materializó en una escritura que se distingue por su encanto y su sencillez: “Antípich miró al perro de manera muy particular, y el animal comprendió enseguida al hombre: lo había llamado como se llama a un amigo, por cariño, y no porque necesitara algo de él; lo había llamado, simplemente, para bromear, para jugar. Travka meneó la cola, fue echándose más y más sobre sus patas y cuando alcanzó, de esta guisa, las rodillas del viejo, se tendió de espaldas y volvió hacia arriba su claro vientre, con seis pares de negros pezones. Y apenas Antípich tendió la mano para acariciarla, la perra se levantó de un salto, le puso las patas en los hombros y empezó a lamerle la nariz, las mejillas, los labios…”.

En el prólogo a la edición en inglés de Diario de la naturaleza, John Updike cuenta que en 1964 pasó dos meses en la Unión Soviética. Al final de la estancia, su incansable traductora le obsequió un ejemplar del libro de Prishvin, publicado por la Editorial en Lenguas Extranjeras. La mujer, apunta Updike, no pudo haber escogido un regalo más agradable. Desde las primeras páginas, expresa, se sintió transportado a la inmensidad maternal del país, por una prosa unas veces límpidamente transparente, otras casi ruda. Updike recuerda que el libro apareció en 1925, cuando Lenin agonizaba y tenían lugar las primeras luchas por el poder, con un Stalin que emergía triunfante. Pero el comunismo raramente se cuela en la vida en el lago Pleshcheyevo, que Prishvin pinta líricamente a lo largo de las cuatro estaciones.

En los años 80 y 90 del siglo pasado, vieron la luz en Rusia los voluminosos diarios que Prishvin llevó desde 1904 hasta su muerte. Los concibió como una parte central de su trabajo y de manera consciente volcó en ellos sus mayores energías creativas. Para él, no eran un mero cuaderno de apuntes efímeros, sino un medio de autoconocimiento y una fuente de autenticidad e inmediatez. Más aún, el diario constituía un desafío subversivo a una sociedad en la cual cualquier manifestación de individualismo era considerada una desviación de las normas colectivas. Para Prishvin era, como ha comentado Orlando Figes en su libro Los que susurran, una afirmación de individualidad, un lugar donde podía hablar con su propia voz. Asimismo revela que el escritor redactaba sus diarios con una letra diminuta, apenas visible con una lupa. Con ello trataba de ocultar sus ideas a la policía, en caso de que fuera arrestado y le confiscaran el manuscrito.

Figes reproduce algunos fragmentos de los diarios que dan idea de sobre qué temas escribía Prishvin. Copio esta anotación correspondiente al 29 de noviembre de 1937: “Nuestro pueblo ruso, como árboles cubiertos por la nieve, está tan sobrecargado con los problemas de la supervivencia, y desea tanto conversar entre sí sobre ellos, que simplemente carece de la fuerza necesaria para seguir resistiendo en silencio. Pero en cuanto habla, algún otro escucha lo que dice… ¡y el que habló desaparece! La gente sabe que puede meterse en graves problemas por una sola conversación y por eso sellan una conjura de silencio con sus amigos”.

Pocos días antes, el 9 de octubre, había anotado: “La enorme masa de la clase baja simplemente se ocupa de sus tareas y susurra con toda clama. Algunos ni siquiera tienen nada que susurrar: para ellos «todo es como debe ser». Otros susurran para sí mismos, en soledad, refugiándose silenciosamente en su trabajo. Muchos han aprendido a quedarse completamente callados… como si yacieran en una tumba”. Para la comunidad literaria, la publicación de esos diarios significó un descubrimiento. Reveló que el aparentemente inofensivo autor de cuentos y ensayos semi ficcionales, era completamente consciente de la esencia destructiva del régimen comunista, al cual no le perdonó que hubiese aniquilado a los campesinos.

Si la naturaleza pudiera dar gracias a un hombre, por haberla amado, haber penetrado en sus secretos y haber celebrado su belleza, esa gratitud correspondería, en primer lugar, a Mijaíl Prishvin. El autor de La alcancía del sol tiene además el mérito de haber desarrollado una trayectoria de varias décadas en un tormentoso período de la historia de Rusia. Eso lo hizo, y es lo más admirable, sin que sus obras fueran afectadas por las presiones ideológicas ni el realismo socialista.