Actualizado: 20/09/2019 11:30
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Artes Plásticas

Ilha-Isla

Un vídeo-performance de las artistas Ania Valle y Kiki Vassimon resume la incapacidad de establecer atención en un intercambio entre sujetos con vivencias diferentes.

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¿Cuáles son las bases para la (in)comunicación humana? ¿El diálogo personal existe a partir de la necesidad de priorizar nuestro universo filosófico interior, rico, complejo, superior? ¿Será que varios discursos (figurativo, concretista) estandarizados en materia de estética consiguen cohabitar en un mismo espacio y tiempo cuando dos personas relacionan sus motivaciones vitales?

Tales cuestiones quedan planteadas ante el espectador que asistió a la presentación del vídeo-performance de la artista cubana Ania Valle y la brasileña Kiki Vassimon en el marco de Verbo 2006, encuentro de realizadores del arte del performance, de teóricos y publicaciones especializadas en esta modalidad en Brasil y el resto del mundo. Producida por la Galería Vermelho de São Paulo, esta edición bajo la curadoría de Daniela Labra, alberga artistas de varios países; entre ellos Finlandia, Gales, Francia, Cuba y Brasil.

Escasos días para asistir a esta muestra resultó la semana del 2 al 7 de Julio, pues la cantidad de obras (más de 30), entre vídeos y perfomances realizados en el lugar, que se fueron sucediendo en los días que duró el evento, dio apenas oportunidad para apreciar parte de ellos a causa de los horarios indistintos en que se organizaron.

'Ilha': espacio de tierra menor que un continente

La obra Ilha consiste en un vídeo de 30 minutos de duración, en que las dos artistas hablan al mismo tiempo, sin detenerse a escuchar; es apenas el impacto visual primero, que a decir de las autoras y de los propios asistentes, resume la incapacidad de establecer atención, comprensión e interpretación en un simple intercambio de criterios entre sujetos con tradiciones culturales y vivencias "urbanas" diferentes.

En este caso no se trata de un simple intercambio; ha sido colocado en el banquillo la explicación del conocimiento que hemos adquirido en la vida, nos referimos a nuestra experiencia, específicamente a la parte intelectual; conceptos como ética, estética, el estudio como medio o la realización personal se cuestionan a la vez que se plantean como argumentos de movilidad.

Este complejo vertido filosófico muestra un lado en que las personas para priorizar su ordenamiento espacial se retraen dentro de sus propios cánones. Llámese a este proceso, más que "formación": "escuela", "casa" o "calle", como comúnmente llamamos a la escuela popular, la que se vive fuera de los límites y que contribuye de manera casi decisiva a modelar nuestro ideológico, nuestra concepción de las cosas. Y es que no queremos reducir a unas pocas palabras, como "diferencia de valores" o "cada hombre es un mundo", esta interesante obra, de grandes pretensiones conceptuales.

'Ilha': Superficie de tierra rodeada de mar

En esencia, el "disparar sin recibir" es sólo el fruto logrado de una de las propuestas. La necesidad de comunicarnos está presente, se siente, así como una especie de controversia en que delimitan sus respectivos territorios, donde cada una comenta con fluidez los patrones que de manera personal las han motivado durante diferentes etapas de la vida para hacer y mover cosas. Al ser ésta una opción presente en todos nosotros, también se siente, aunque no sea evidente a primera vista.

La paranoia de la cultura de masas, que todos los artistas cubanos de estos tiempos tenemos en cuanto a "forma y contenido" —y que acaba por crear dependencia—, ha sido superada tranquilamente por un conjunto de inquietudes universales y un oportuno trabajo de edición que libera hacia una mística visión de la realidad unas escenas manipuladas por el montaje: las artistas-personajes tras unos filtros de luz y color entre tonos terracota y carmín, aparecen más y/o menos acentuadas durante el supuesto diálogo; mientras hablan, sus voces varían de valor, enriquecimiento adicional al efecto de otra dimensión, pues se percibe que se filmó a cada una por separado y luego se montó, quedando como resultado un elaborado producto, a partir del uso de los recursos cinematográficos y del vídeo, que recuerda en alguna medida a las postales de varias dimensiones.

Ania, que ha tenido un contacto mayor con la danza contemporánea y proviene de la generación de los noventa en Cuba, aprovecha su expresividad corporal para apostar en un medio como el video-arte; unida a Kiki Vassimon, quien produjo la pieza y cuenta con experiencia en arte digital, esta concepción a cuatro manos permite ganar la versatilidad de que varios estilos de trabajo confluyan de manera interdisciplinaria, ajustándose de manera singular, a través del soporte digital, que registra la obra como documento, a los presupuestos artísticos del evento Verbo 2006, que presenta performances "tradicionales" —en los que el cuerpo representa y se torna efímero en su gesto— como principal modalidad.

Al final de Ilha se lee, en un lenguaje para náufragos, el último capítulo que sintetiza una conversación entre un continente y una isla.