Actualizado: 20/10/2017 18:43
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Literatura, Mañach, La Habana

Itinerario sentimental de La Habana

Jorge Mañach dedicó a nuestra capital uno de sus libros más entrañables, quizás el más entrañable de todos los escritos por él

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Cincuenta y cinco años después de su fallecimiento en Puerto Rico, Jorge Mañach (1898-1961) sigue sin tener en nuestra cultura el sitio y la presencia que merece. Las reediciones de sus principales obras son escasas y varias de ellas son, desde hace años, inencontrables. Sin ir más lejos, uno de sus libros más importantes, Historia y estilo, se publicó por última vez en 1994. Y no hablemos de su caudalosa faena periodística, que continúa dispersa en los diarios y revistas en los que colaboró con asiduidad. Esos miles de artículos y ensayos son esenciales para poder hacer una valoración completa y cabal de su compleja personalidad y de su ejecutoria. Constituyen además parte esencial del riquísimo acervo que nos dejó quien no solo fue uno de nuestros pensadores más brillantes, sino también el que introdujo en el periodismo cubano el buen gusto, el estilo primoroso, el rigor en el pensamiento, la mesura.

Cualquier ocasión es por eso idónea para recordar a Mañach, para recomendar la lectura de sus libros. Y la que hoy aprovecho es la de que este año se cumplen nueve décadas de la publicación de Estampas de San Cristóbal (Editorial Minerva, La Habana, 1926, 283 páginas). Su autor había dado a conocer antes un par de títulos, Glosario (1924) y La crisis de la alta cultura en Cuba (1925) y posteriormente sumó otros más. Pero entre todos los libros que integran la bibliografía de Mañach, este al cual estará dedicada esta columna posee un carácter especial. De todos los suyos es, como anotó Mario Parajón, uno de los más entrañables, quizás el más entrañable. En él, su autor rindió tributo a La Habana, ciudad donde pasó buena parte de su existencia. Recordemos que Mañach había nacido en Sagua la Grande, a la que él rebautizó como Sagua la Máxima.

En las primeras páginas de Estampas de San Cristóbal se aclara que “estas impresiones habaneras se escribieron y se publicaron diariamente en El País, durante los meses de julio y agosto de 1925”. Ese mismo origen tuvo Glosario, armado a partir de artículos que habían visto la luz en los periódicos El País y Diario de la Marina. Mañach volvió a hacer algo similar en Pasado vigente (1939) y Visitas españolas: lugares, personas (1960), en los que reunió textos periodísticos previamente escritos por él. Pero aparte de lo que antes apunté, Estampas de San Cristóbal se distingue de esos títulos por ser un libro más orgánico.

En los textos que escribió por esos mismos años en el Diario de la Marina, Mañach se dirige en algunas ocasiones a una interlocutora anónima e imaginaria, una mujer inteligente y de edad madura. En una de las crónicas, recogidas más tarde en Glosario, describe el entierro de un señor llamado Luján, a quien llama “el último de los criollos”. Allí además anticipa: “Algún día, señora, si Dios me da oportunidad y arrestos, he de cumplir el último ruego —que fue también el único— de Luján, moralista, coleccionando en un libro los pensamientos que hizo mientras fue dómine y portero”.

Mañach cumplió lo que entonces dijo y en las crónicas que luego reunió en Estampas de San Cristóbal convierte a Luján en protagonista. El joven que escribe en primera persona mantiene una charla ininterrumpida con él, mientras ambos pasean por las calles de La Habana. Luján es procurador, pobre de recursos, pero opulento de salud y de buenos humores. Ha llegado a la vejez soltero, sin familia ni ahorros, y vive en una casa de huéspedes. Tanto en verano como en invierno, usa un corbatín de piqué o de hilo blanco. A veces anda sin cuellos limpios, pero siempre, eso sí, con el espíritu lleno de sonrisas y de piedades. En compañía del joven cronista, sale a pasear, por lo general a “la hora meridiana y burda, o bien por la tarde, cuando ya refresca”.

La lectura de los títulos de las 59 impresiones habaneras da una idea del abanico temático que en ellas se trata: “Obispo”, “El Morro”, “El bodeguerito”, “Fritas a media noche”, “Miramar”, “La morenita presumida”, “El Vedado”, “El son”, “Pregones”, “Mercaderes”, “Las aceras y las azoteas”, “La guagua y el carácter”, “El cañonazo”, “La china María la O”… Calles, barrios, personajes y costumbres aparecen vistos a través de las pupilas alertas de Luján y el cronista, en lo que constituye un itinerario sentimental de nuestra capital. A propósito del nombre con que se refiere a ella, Mañach declaró que era un homenaje al hoy olvidado escritor norteamericano Joseph Hergesheimer. Este visitó varias veces La Habana e incluso escribió sobre ella un hermoso libro, San Cristóbal de La Habana (1920), acerca del cual publiqué un trabajo en este mismo periódico, hace ya varios años.

Mirar absolutamente las cosas

Como se puede deducir fácilmente del listado anterior, esas crónicas tienen mucho de fresco costumbrista. Algo, por cierto, que Mañach hizo en más de una ocasión en su ejercicio periodístico. Pero ese registro realista se enriquece notablemente gracias a la mirada caladora, el comentario reflexivo, la meditación psicológica o sociológica. Eso es posible, en parte, por la filosofía que Luján adopta en los paseos y que él resume con estas palabras: “Todo es abstraerse. Cada día me convenzo más de que el mejor turismo está en mirar absolutamente los cosas; absolutamente, sin relacionarlas”.

En una de las habituales caminatas, al llegar a la Calzada de Monte, “la vía comercial más cargada a la vez de tradición y de futuro con que la Villa cuenta”, Luján le comenta a su compañero de andanzas: “Obispo es conservadora, recalcitrante: defiende su viejo prestigio con un celo conmovedor. Muralla, no digamos. Ni Mercaderes, con su perenne olor a saco y a cargadores en camiseta. Ni Oficios, siempre curiosa de mar. Son calles decididamente pretéritas. San Rafael, en cambio, es arribista y nueva rica. Galiano y Belascoaín no aciertan a definirse: calles sin vocación. Pero esta, esta vieja y siempre nueva Calzada de Monte… (“Calzada”: ¿no te encanta ya esa misma denominación clásica, románica?), al par que retiene un sabroso criollismo entre burgués y plebeyo, finge modestamente que no se percata de su porvenir, un porvenir de vanguardia y elegancia”.

A lo largo del libro, hallamos numerosas muestras de la capacidad de su autor para condensar en unas pocas palabras una definición ingeniosa y gráfica. Así, el castillo de la Punta es una “especie de fortaleza de salón”; la línea del ten, el “espolón progresista con que la ciudad moderna hiende el regazo colonial”; la cantina, “la comida de la digna pobreza”; el Muro del Malecón, un sitio democrático que “no reconoce castas”. Igualmente lúcida es esta opinión expresada por Luján: “Clasicismo es, sobre todo, desdén de la moda, respeto al tiempo que no se ha de vivir”.

El joven cronista señala que él y Luján casi nunca están de acuerdo, “más que en ese suave y antojadizo dejarnos ir”. Y precisa: “Él es viejo y yo soy joven; él ama sobre todo la tradición; yo, el progreso, él es irónico y caudaloso; yo, directo y sobrio; él en ninguna hechura de los hombres se ilusiona ya, y yo todo lo tomo en serio”. Los une, sí, una genuina amistad y el hondo amor que le tienen a La Habana. En el comentario sobre el libro que publicó en la revista Social, Fernando Lles apuntó que de ese contraste que hay entre ambos nace el equilibrio; del equilibrio la serenidad, y de esta la justa proporción del fondo y la forma.

A lo anterior, resulta oportuno agregar que en muchos de los pensamientos de Luján se pueden reconocer los del propio Mañach. Al respecto, quiero citar unas palabras de Andrés Valdespino, quien en su libro Jorge Mañach y su generación en las letras cubanas afirma que “la aspiración a una armónica conciliación entre la tradición y el progreso, entre lo viejo y lo nuevo, entre el ideal y la realidad, que ya desde su temprana juventud, y a pesar de ciertos ocasionales radicalismos, caracteriza la personalidad de Mañach y su actitud ante la vida”.

Estampas de San Cristóbal es además un libro permeado de una visión melancólica y de un lirismo tenuemente nostálgico. Pese a que de soslayo ironiza los comentarios y modera las vehemencias verbales y sentimentales del candoroso Luján, el joven cronista no deja de compartir la tristeza que su amigo siente ante los cambios que sufre la ciudad con la modernización. En uno de los paseos se lamenta de que el desarrollo del comercio marítimo ha impuesto a La Habana “una zona de hampa y vulgaridad junto al regazo de la bahía”. Y le comenta a su amigo: “No lo dude usted; los paseos de ahora llegarán también a caer en desgracias. Fíjese cuántos cines y modistas y… Juzgados hay ya en el Prado ilustre. Es el avance predatorio e implacable del utilitarismo, que arrasa con todas las elegancias de la ciudad, igual que con la íntima elegancia espiritual de sus habitantes”.

Definida voluntad de estilo

En otra de las impresiones, le habla a Luján sobre la calle donde vivió en su infancia, y que entonces “no era la vía franca, oronda y codiciosa de modernidad que va siendo hoy”. Reconoce que no es tan tradicionalista como él, y que piensa que “al pasado ―según enseña cierto nuevo filósofo de España― hay que amarlo como tal pasado y no deseando que fuese todavía presente”. Pero exceptúa de ese criterio su pasado personal: “Por eso me entristece, como usted no se imaginará, el trastrueque de la calle de San Juan de Dios. Ha crecido, ha evolucionado a la par que yo. Y, como yo, ha perdido su vieja inocencia”. Asimismo, en una nota a pie de página, a propósito de una glorieta demolida después que se escribió un texto en el que se la describe, se lee: “Gajes del Progreso, que no respeta ni los intereses creados de los autores”.

En Estampas de San Cristóbal estaba ya presente el excelente prosista con una definida voluntad de estilo que era Mañach. En esos textos pasa del lenguaje coloquial y llano al léxico de sonoridad barroca, de los vocablos de raigambre criolla al español más castizo. Emplea también la musicalidad y el cromatismo, que son huellas tardías del modernismo. Mañach muestra también un gusto por los pequeños detalles, por lo humilde y lo íntimo, que hace recordar a Azorín. Todo ello hace que uno salga de la lectura del libro con el espíritu pletórico de satisfacción. Una satisfacción que emana del placer que se experimenta al leer textos como este:

“Allá enfrente los edificios orondos de los ricos, con la barroca arbitrariedad de su perfil quebrado y de sus fachadas veleidosas. Allá están los soportales donde los niños gorditos que tienen grandes automóviles de verdad y pequeños automóviles de mentira, juegan —aburridos de unos y de otros— los villanos juegos de los negritos junto al muro [del Malecón]; los soportales donde las señoritas casaderas, ahítas de lejanía de mar, exponen tentadoramente sus medias color carne, mientras las criadas de delantal y cofia platican, fingiendo seseos criollos, a la vera de las columnas. Por aquella acera pasan las señoras de sociedad que están a plan para adelgazar. Un mundillo de homogéneo ringorrango vive, pues, en aquella orilla del Malecón que el famoso «rayo verde» acaricia fantásticamente a la hora del véspero, dándole un decorado de revista”.

Leído noventa años después, el libro de Mañach se disfruta como un conjunto de encantadoras estampas de costumbres que nos permiten asomarnos a una Habana que ya no existe. A eso se suma el valor esencial de sus notables méritos literarios. Pero tras revisar algunas de las reseñas escritas cuando el libro apareció, pienso que los contemporáneos de Mañach hicieron otras lecturas un poco más trascendentes. Para justificar lo que digo, me apoyaré en “Luján Siboney. Carta abierta a Juan Mañach”, que Ramiro Guerra publicó en el Suplemento Literario del Diario de la Marina.

Para el historiador, Luján representa “la estampa de una generación de criollos buenos para nada”. Siente por él una pena que dimana del hecho de reconocer que “su actitud obedece a causas congénitas y de educación irremediables”. Luján, expresa, “es un hombre sin voluntad y sin ambición —¡sin ambición, Mañach, en un mundo como el nuestro!— incapaz de crear ni de hacer, bueno solo para discurrir, rozando la superficie de las cosas”. Guerra se pregunta si los Lujanes criollos podrán resistir el empuje del inmigrante español, de alma firme y recia, “con una resuelta ambición de ser y de sobresalir”, y del “yanqui ágil de inteligencia y de músculos, de voluntad tirante como la cuerda del arco en tensión, presto a disparar la flecha”.

Y luego apunta: “Yo quiero a Luján, siento por él una suerte de conmiseración fraternal; un impulso de simpatía profundo, instintivo, que parece venir de lo pasado, de la historia, me mueve a descubrir un parentesco espiritual entre él y usted, y yo y todos los cubanos, y me inquieta cada vez más, porque mientras sigamos un poco ensimismados por las calles contemplando a San Cristóbal y filosofando sobre pequeñeces, los «frailes de la calle Mercaderes» amontonan sus sacos de grano y de tasajo en las alcobas donde rezaban el rosario nuestras abuelas, y los «patos de la Florida», con la misma irrespetuosidad con que penetran en la Catedral, movidos por su curiosidad entre insolente e ingenua, invaden el aristocrático Prado y se pasean como dueños y señores por los más ricos y lujosos repartos. Estamos siendo despojados de todas partes, Mañach, y me temo que si no reaccionamos a tiempo, ni Lujanes tendremos en lo porvenir”.

San Cristóbal de La Habana, escribió Fernando Lles, encuentra en Mañach “su glosador verídico por excelencia. Vive la ciudad panorámicamente en estas páginas que la abarcan sin reducirla ni falsearla. Viven en ella los seres tal como son: en la ciudad radiante y clamorosa del Trópico que, por artes de taumaturgo, se traslada al libro cabalmente. Así la verán allá lejos, desde la distancia de extranjeras playas, los lectores de otros climas. Así, como un lejano punto inolvidable y luminoso de la zona tórrida, quedará encendida para siempre en el recuerdo de los que leyesen esta obra perdurable”.

No sé si estas líneas han sido suficientemente convincentes para hacer comprender al lector de por qué los cubanos debemos leer y releer a Jorge Mañach. A ellas quiero sumar un argumento más, que pertenece al ensayista Jorge Luis Arcos: fue un escritor “en quien el desvelo por la cubanidad y la nación fue el centro mismo de su obra”.