Actualizado: 06/12/2021 17:08
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Artes Plásticas

Juego de interpretaciones

'Una Historia para niños basada en un crimen real', la última exposición de Liliam Domínguez y Rubén Torres Llorca. Ver galería.

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La Historia como argucia para interpretar actos suele regodearse de las experiencias personales de quienes la relatan. Esta afirmación, que funciona en la inmensa mayoría de las ocasiones, descuida la posibilidad de leer esa misma Historia desde las aberraciones personales de quien las lee.

En la exposición Una Historia para niños basada en un crimen real, de Liliam Domínguez y Rubén Torres Llorca, que se exhibe hasta el 10 de agosto en el Centro Cultural Español de Miami, la secuencia histórica se desarrolla como fragmentos continuos, con espacios para la reflexión y el disfrute.

La muestra se estructura en una serie de fotomontajes, collages, que sugieren estados de ánimo. La imagen esboza formas, a veces definibles; en otras, el espectador deberá apoyarse en la intuición. Y en relación paralela a estos fotomontajes, en un contrapunto visual y conceptual, instalaciones, o más bien artefactos que en su independencia discursiva apoyan el todo. Unido a ello, los textos que aparecen elaboran su propio discurso y están ubicados en el espacio como elementos de enlace entre las diferentes "zonas" de la propuesta.

Una Historia para niños basada en un crimen real es un texto en sí misma, que logra reunir tres formas de comunicación visual: imagen, objeto y texto, sin aglomeraciones conceptuales ni abigarramiento discursivo. Es necesario destacar el acto curatorial, la concepción de la muestra como una obra cuyo acierto mayor es lograr un discurso coherente, fluido, "leíble" y, al mismo tiempo, que permite desasociar los elementos y "entenderlos" por separado. El espacio es amplio, deja suficiente aire para contemplar; es clínico, limpio, como las obras, y la tenue iluminación condiciona una dramaturgia que forma parte también de la lectura sugerida.

El juego de la Historia

El acercamiento no puede ser convencional, porque no es convencional la propuesta. Si bien hay una posible continuidad, cada espacio narrativo contiene suficiente fuerza para reescribirse. Eso remonta al receptor a una época en la que el arte se preocupaba por mostrar asideros conceptuales en la propia experiencia, tanto artística como receptiva. Es incatalogable, no es una muestra conceptual, no está basada en un paradigma estético, ni es mixta; no es un discurso lineal y es todo esto al mismo tiempo.

La historia es muy cinematográfica, veloz, de acción, de impacto. Parece por momentos que la ubicación, el orden propuesto, la simetría entre las pieza gráficas y las instalaciones, señala una lectura, y no es así. En una especie de Rayuela visual, la posibilidad de lectura es tan múltiple como cada obra, que no es autónoma, es diálogo con ella misma, con las demás y, sobre todo, con la cultura estética del receptor. Hay una posibilidad de lectura desde una concepción de género, lo masculino y lo femenino, pero es sólo una de las propuestas. No hay un "asunto", no hay una lectura condicionada.

La multireferencialidad juega con diferentes posibilidades. Es un juego dialógico con ella misma y con el espectador, y se queda presa en la retina como el todo que propone. No hay concesiones, no hay truco, es simple, en la simplicidad de las cosas complejas, que siempre exigen de nosotros ese "más" para acceder.

Uno de los elementos más significativos es que los artistas han logrado que el juego de la Historia no se sitúe en un espacio ni momento específico. Es curioso, porque la Historia no hace más que eso: situar hechos en momentos medibles y definibles.

Si el arte del siglo pasado intentó saldar su deuda con la Historia anunciando el fin de la misma, quizás el remate sería la descontextualización absoluta, la pérdida de su razón de ser, el olvido como ciencia y su conversión en relato. Esta muestra es eso, un relato, más allá de la Historia y sus posibles genealogías. La vuelta al origen, de su santificación académica, a la oralidad y el grafismo. Es un juego que disfruta de la ventaja de lo inconsistente, que se regodea en nosotros y propone una partida sin resultado final previsible.

Cuestionar la razón de las cosas

Podría hablarse de la continuidad perfectamente discernible en la obra de Torres Llorca, de elementos visuales que se refieren a otras obras, de madurez, limpieza creativa, incluso daría para muchas cuartillas hablar de cada elemento por separado, pero en el caso de esta muestra sería una traición a lo que ella misma es.

Una Historia para niños basada en un crimen real es la primera de una serie de tres, Los nombres han sido cambiados para proteger al culpable, que se inaugurará en el Museo de Arte de Puerto Rico en noviembre de este año, y La habitación de nuestros hijos, que podremos ver en el espacio Sara León de las Palmas de Gran Canaria, donde continuará el juego de las interpretaciones. La inversión, la necesidad de cuestionar la razón de las cosas y la relatividad del discurso, conviven en las tres exhibiciones, que en su coherencia convierten esta primera en fragmento de un todo y dejan a la espera.

Con la exposición de Torres Llorca y Domínguez nos queda clara la ignorancia, nuestra ignorancia, se desmonta el mito de la seguridades establecidas, nos sitúa en nuestro peligro y deja con la sensación, por una vez, que son mucho más importantes las preguntas que las respuestas que podamos buscar.


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'Una Historia para niños basada en un crimen real'