Actualizado: 22/11/2017 12:21
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Hollywood, Cine, Cine estadounidense

La dulce venganza de una octogenaria

Frederica Sagor Maas escribió un valioso y revelador testimonio que muestra el funcionamiento interno de los inicios del cine en Estados Unidos. Unas fascinantes memorias sobre una era que es espeluznantemente parecida al ambiente destructivo del Hollywood actual

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Cuando ya contaba la provecta edad de 88 años, Frederica Sagor Maas recibió con insistencia la petición de conceder una entrevista. Quien lo hacía fue Kevin Brownlow, ganador de un Oscar honorífico por su trayectoria. Había dirigido famosos documentales sobre Charles Chaplin, Abel Gance, Buster Keaton, Lon Chaney, D.W. Griffith y Harold Lloyd, y era autor del libro The Parade’s Gone By, que recibió críticas entusiastas. Tras conversar con la octogenaria señora, la convenció de que debía escribir sobre sus experiencias en Hollywood. Según él, ella sabía cosas que nadie más sabía y podía contar historias que nadie más podía contar.

Ante un hombre con las credenciales de Brownlow, no tenía demasiado sentido discutir. Así que Sagor Maas cogió la pluma y empezó a escribir su vida en Hollywood tal como la recordaba. Diez años le tomó la redacción de sus memorias, que finalmente se publicaron en 1999 con notable acogida y bajo el título de The Shocking Miss Pilgrim. Existe ya una traducción al español de su libro: La escandalosa señorita Pilgrim (Seix Barral, Barcelona, 2013, 397 páginas).

Al emprender la escritura del libro, Sagor Maas tenía mucho terreno que recorrer. Nacida con el siglo, era hija de inmigrantes rusos de origen judío. Vivió las dos guerras mundiales, la Gran Depresión de 1929, la cacaería de brujas de la era McCarthy y dieciocho administraciones presidenciales. Estuvo en Hollywood desde 1920 hasta 1950. Fue guionista en los años dorados del cine mudo y continuó trabajando cuando llegó el sonoro. Guiones suyos sirvieron para lanzar a estrellas de la época como Clara Bow, Constance Bennett y Louise Dresser. Ganó dinero y lo perdió. Conoció el éxito y el anonimato, la vida cómoda y las estrecheces económicas. Estuvo con Ernest Maas, con quien permaneció desde 1927, año en que se casaron, hasta que él murió en 1986. Falleció a los 111 años y entonces era la cuadragésima cuarta persona más longeva del mundo.

La escandalosa señorita Pilgrim posee un indudable mérito como testimonio, por todo lo que aporta para establecer la verdadera historia del cine rodado en Hollywood en ese período. Su autora tuvo la suerte de que vivió más que nadie para poder narrar sus experiencias en la industria cinematográfica. Fue además una mujer que lo vio todo, lo cual la convierte en una testigo excepcional. Cuando redactó su libro, era posiblemente la única persona que podía contar cómo fueron los inicios del cine en Nueva York y Hollywood. Es increíble además que, pese a su avanzada edad, conservara una memoria tan fresca y una mente tan clara. Era inteligente y observadora y su labor como guionista le dio un dominio de la escritura, que se plasma en una prosa elegante, jugosa, divertida, que combina similares dosis de ingenio y mala uva.

En el prólogo, Sagor Maas apunta: “En conjunto, esta historia habla de la frustración, la desilusión y la pena: momentos que quizá es mejor dejar en barbecho o en el olvido. Sin duda, así es como me sentía en 1950, cuando me despedí por fin, sin lágrimas, de la industria hollywoodense que me había envuelto y atrapado en su red de promesas. Había decidido olvidar y continuar con otras búsquedas. Lo hice, y nunca miré hacia atrás. Hasta ahora”. La decepción y la amargura que dice sentir tienen que ver con la misoginia y la discriminación a las que se vio sometida por su condición de mujer. Aunque era más lista que muchos de sus colegas, fue ninguneada, plagiada, acosada sexual y profesionalmente. En su libro cuenta cómo logró sobrevivir en un mundo de juegos de poder, envidias y traiciones. Ella se hallaba en franca desventaja porque lo dominaban “unos analfabetos sexistas, alcohólicos, trepas, mentirosos y tramposos”. No, Hollywood no la trató bien y le hizo pagar su rebeldía e inconformismo. Pero ya en la vejez, pudo ajustar cuentas con aquella etapa y decirles a aquellos peces gordos a los que plantó cara: “Todos vosotros, panda de sinvergüenzas, estáis ya bajo tierra, mientras que yo sigo aquí, vivita y coleando”.

Quería ser médico, pero terminó matriculando periodismo en la Universidad de Columbia. Cuenta que las clases la decepcionaron, pues los profesores eran del montón. Un día leyó un anuncio en el New York Times que le llamó la atención. Era para una posición de Ayudante de Coordinador de Desarrollo en las oficinas que Universal Pictures tenía en Nueva York. Se presentó y un señor explicó en qué consistía el contenido del puesto: “en parte como secretaria y en parte como lectora de guiones. Debía ayudarle en general y tendría toda la libertad necesaria para convertir el trabajo en lo que quisiera que fuese. Yo estaba entusiasmada. Era una oportunidad para desarrollarme, para expandirme a un campo nuevo. ¡Películas! ¡Fantástico! Acepté el trabajo, sabiendo perfectamente que tendría que abandonar Columbia antes de licenciarme”.

Fue el inicio de su carrera en la industria cinematográfica. Aunque solo era secretaria, se llevaba a casa los guiones, los manuscritos y las sinopsis y los leía hasta más allá de la medianoche. El coordinador de quien era ayudante le dio un consejo: “Si quieres aprender la técnica del cine, estudia las películas”. La acompañó a las salas y le explicó planos y técnicas para contar una historia de forma económica y dramática. Esa fue su verdadera escuela y allí aprendió todo lo que necesitaba saber. Veía tres o cuatro veces cada filme que le gustaba y lo estudiaba fotograma a fotograma.

No era justo, pero así funcionaba Hollywood

De esa etapa recuerda que cada día se encontraba en la sala de montaje a Erich von Stroheim, quien a la sazón estaba montando Esposas frívolas. Escribe que a menudo se sentaba y “hacía sugerencias a ese hombre medio enloquecido, que pensaba que cada centímetro de película que había rodado era sagrado. Carecía del coraje y el juicio necesarios para separarse de la menor parte de ellos. Autocrático, irracional e impulsivo en el rodaje, ante los directivos era sencillo, dulce, humilde y —sí— incluso modesto, extremadamente, cuando hablaba con la joven entusiasta, de ojos grandes y hambrientos, que trabajaba en el departamento de desarrollo y estaba ávidamente interesada en lo que él hacía”.

En 1924 se mudó a Los Ángeles, donde rechazó ofertas para que probase suerte como actriz. Logró un contrato por un año en la Metro-Goldwyn Mayer, que tenía la reputación de hacer cintas de calidad. El primer encargo que recibió fue la reescritura de un guion, una labor que dejó a su jefe muy satisfecho. Pronto supo que los guionistas tenían pocas compensaciones. Su recién creado sindicato no era muy poderoso. Si un guionista presentaba una queja, se limitaba a protestar tímidamente. Además, había que ser muy cauteloso con las protestas, porque rápidamente circulaba —de un estudio a otro, de un ejecutivo al siguiente— el rumor de que la persona era conflictiva. Por otro lado, si faltaban meses para el inicio del rodaje el primer guion era rechazado, aunque fuese perfecto. Se contrataba entonces a otros guionistas para que redactaran otro, y después otro y otro, hasta que finalmente llegaba el día de la verdadera producción. En ese momento, el último guionista contratado se llevaba el crédito. Acerca de esto, Sagor Maas comenta: “No estaba bien y no era justo, pero así funcionaba Hollywood”.

Pudo conocer y tratar a numerosos directores, artistas y ejecutivos, acerca de los cuales habla sin tapujos. De Norma Shearer expresa que “era una chica de aspecto anodino, realmente, con una mancha en un ojo que era la pesadilla de los cámaras. Aunque era poco atractiva en persona, tenía una cualidad prodigiosa bajo las luces klieg. La magia de la cámara la transformaba por completo. No era una chica lista, pero tenía sentido común y unos estupendos orígenes familiares”. A Joan Crawford la conoció desde que fue recibida como nueva aspirante “a la ristra de starlets de la MGM”. La impresión que entonces le dio fue la de “una tipa que mascaba chicle, muy maquilada, con la falda hasta el ombligo, el pelo rizado y en desorden. Un putón, realmente (…) Una ambición obvia por todas partes. Ordinaria como era, todo en ella parecía decir: «Mira, tengo prisa. ¡Hazme sitio!»”. Y de Louis B. Mayer, fundador de la MGM, apunta que era alguien en quien era imposible confiar.

Un día le dieron un título a partir del cual debía escribir un guion: La secretaria. La protagonista del filme sería Norma Shearer. Presentó la sinopsis de una comedia de ritmo rápido y a su jefe le pareció soberbia. Redactó el guion y cuando volvió, tras haber sido mecanografiado, decía: La secretaria. Adaptación y guion de Carey Wilson. Frederica Sagor Maas anota: “Así me usaron para varias de las películas de Norma Shearer. Todas éxitos de taquilla. Las escribí todas, prácticamente desde cero, y no recibí crédito por ninguna. Ninguna. Lo peor era que no podía hacer nada”.

Asistió a una fiesta invitada por Clara Bow, “una cría hambrienta de amor y obsesionada con el sexo”. Lo último que recuerda de aquella noche “es ver a Clara sobre una mesa, quitándose la ropa y bailando desnuda ante los gritos de la entusiasmada y embriagada audiencia”. Otra fiesta a la cual confiesa le habría gustado no asistir fue la que la MGM dio en honor del redactor jefe de la revista Cosmopolitan. Tras el postre, entró un grupo de bailarinas de la danza del vientre en clubes nocturnos. Pronto los hombres empezaron a desaparecer con una o dos de las chicas, en dirección a los bungalós. De esas experiencias sacó algo positivo: “Se me cayeron las anteojeras para siempre. Había visto de primera mano que Hollywood podía derribarte si lo permitías y yo (…) tenía suficiente respeto elemental por mí misma como para impedir que eso ocurriera”.

En 1926 quiso liberarse del jefe del equipo de guionistas al cual pertenecía e hizo algo extremadamente imprudente: pidió a otro jefe que la destinara a su unidad. Ignoraba que en la política del estudio eso era inadmisible. “Los productores podían robarse unos a otros y apuñalarse por la espalda, pero, a la hora de tratar con guionistas insatisfechos y desdichados, eran hermanos que seguían unidos, especialmente cuando un humilde guionista desafiaba su soberanía”. No la transfirieron a la otra unidad y cuando llegó el momento de renovar el contrato, fue despedida por su arrogancia. Reconocieron su talento, pero la calificaron de conflictiva. Esa la peor evaluación que se podía hacer en esa época en el negocio del cine. Fue así como, tras un prometedor comienzo, se vio sin trabajo.

Tras una sequía de seis meses, la contrataron para escribir el guion de dos películas que iba a financiar una productora de segunda división. Ambas recibieron buenas críticas y estuvieron mucho tiempo en cartelera. Con el dinero que ganó, pudo liquidar sus deudas y le quedó dinero suficiente para abrir una nueva cuenta en el banco. Pero la idea de pasar el resto de su carrera escribiendo cosas ligeras —por no hablar de enfrentarse con la política de estudio o la locura de la vida en Hollywood— se le había vuelto insoportable. Pensaba que quizás su vocación era escribir novelas y cuentos y olvidarse de la industria del cine. Fue entonces cuando conoció a Ernest Maas, un nuevo productor, director y guionista de la Fox, con quien estableció una duradera relación amorosa.

Guiones robados, reescritos y plagiados

Algunos años después, consiguió un contrato de un año en la Paramount. Aparte, empezó a escribir a cuatro manos con su esposo. Lograron vender uno de sus guiones a la Fox, pero fue robado por la MGM. Se dio la paradoja de que una misma historia tuvo dos versiones cinematográficas. En 1928 ella y su esposo pasaron cuatro meses en Europa y al regresar, a Ernest le ofrecieron un contrato en los Estudios Astorias de la Paramount. Por esa misma época se estrenó El cantor de jazz, la primera película sonora. Sagor Maas comenta que “era un momento fantástico para ser guionista y darte cuenta de que ahora se les podía dar a los personajes una dimensión auténtica a través del diálogo, en vez de intentar igualar las emociones acartonadas del celuloide con títulos torpes e inadecuados”.

Una vez más, un guion redactado por los dos fue robado por la Paramount. Pero los Maas no demandaron, pues de hacerlo estarían acabados en ese y en todos los demás estudios cuando se corriese la voz. “La industria —anota Sagor Maas— no miraba con afecto a los guionistas que eran lo bastante temerarios para oponerse al robo de los productos de su creatividad”. Se produjo entonces el crac financiero de 1929 y el matrimonio perdió diez mil dólares, algo que coincidió con su regreso a Los Angeles.

En 1934, era claro que los Maas no tenían gran éxito en Hollywood. En cinco años solo habían encontrado trabajo haciendo breves encargos para los estudios y puliendo guiones ajenos, mientras que habían fracasado al vender los suyos. Decidieron volver a Nueva York y allí les encargaron cubrir para Hollywood Reporter los estrenos de las obras más prometedoras de Broadway. Tuvieron así los mejores asientos en las temporadas entre 1934 y 1937. No obstante, continuaron preparando proyectos para la pantalla. En ese sentido, la industria aún reservaba a la pareja otra sorpresa: el robo de otro guion suyo.

En esos años, Sagor Maas conoció a varias figuras que entonces iniciaban su carrera. Una de ellas fue John Huston, quien “solo tenía veintisiete años, pero ya mostraba indicios del brillante director y guionista en que iba a convertirse”. Otro joven que andaba buscando oportunidad era Dalton Trumbo. Sobre él, Sagor Maas comenta: “Los dos teníamos sintonía en nuestros gustos literarios y, lo que era más importante, en nuestras opiniones políticas sobre la dirección que había tomado nuestra gran nación. Al igual que John Howard Lawson, Trumbo era un estadounidense sólido, que solo quería lo mejor para su país”.

En 1941, a ella y Ernest se les ocurrió la historia de una joven que entra al mundo de los negocios, un terreno eminentemente masculino en la época. Estaba ambientada en 1873, cuando se inventó la máquina de escribir. No era un argumento trillado, y además de la singularidad del período y de las posibilidades cómicas innatas de la eterna batalla de los sexos, tenía implicaciones más profundas. El guion era realmente estupendo y cuatro estudios se interesaron en él. Lo adquirió la Twenty Century-Fox, pero después lo dejó amarillear en sus estudios. En 1947 decidieron filmarlo y lo primero que hicieron fue cambiarle el título: de El progreso deMiss Pilgrim pasó a llamarse La escandalosa señorita Pilgrim, más adecuado para el sex-appeal de Betty Grable, que iba a ser la protagonista. El guion fue además reescrito y lo que originalmente era un tratamiento serio del trabajo femenino a finales del siglo XIX, se transformó en un musical frívolo (hoy es famoso porque supuso la primera aparición, por unos segundos, de Marilyn Monroe). El matrimonio tuvo que soportar impotente el asesinato de su criatura. Su argumento merecía algo mejor. Pero como escribe Sagor Maas, “¿quién eran ellos para decirlo? Solo eran los autores. No tenían derechos, ni otra elección que soportar y superar esa dolorosa desilusión”.

A pesar de lo ocurrido con El progreso de Miss Pilgrim, continuaron redactando guiones originales. Uno al cual dedicaron mucho trabajo y en el que tenían mucha ilusión se centraba en la figura de Matthew B. Brady, un fotógrafo que dejó miles de imágenes de la Guerra de Secesión. Tras cinco años de preparación y escritura, ofrecieron el guion a varios productores y directores, pero para su sorpresa recibieron rechazo tras rechazo. Los magnates que controlaban el dinero de los estudios tenían una misma opinión: al público no le interesaba la época de la Guerra de Secesión. Habían apostado por un sueño y sus cinco años de dedicación no sirvieron para nada.

Por otro lado, el FBI los empezó a acosar. ¿Por qué estaban suscriptos a Soviet Life y The Daily People’s World? ¿Sabían que fulano era comunista? Les dijeron que si cooperaban y daban algunos nombres, se ahorrarían muchos problemas y demostrarían que no eran comunistas ni simpatizantes del comunismo. La pareja sabía sin asomo de dudas que sus días en Hollywood habían terminado. A partir de entonces, vivieron precariamente: Ernest gracias a la redacción de artículos y a la corrección de textos ajenos y ella, como empleada de una compañía de seguros.

Sagor Maas sobrevivió veintiséis años a Ernest. En 1999, aquella mujer sorprendente, generosa, valiente y humilde, era una anciana elegante. Fue cuando pudo ajustar cuentas con la industria que le robó y plagió sus ideas y no respetó sus guiones originales. Su dulce venganza fue este libro en el cual no deja títere con cabeza y que la crítica recibió con entusiasmo. “Unas fascinantes memorias sobre una era que es espeluznantemente parecida al ambiente destructivo del Hollywood actual” (Booklist). Su valioso y revelador testimonio es de referencia obligada para conocer el funcionamiento interno de los inicios del cine en Estados Unidos. Un mundo glamoroso, pero que albergaba a feroces depredadores capaces de todo con tal de medrar.