Actualizado: 30/10/2020 18:17
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Literatura, Literatura cubana, Arte

La eficiente laboriosidad

En los libros publicados últimamente por Carlos A. Aguilera se pone de manifiesto su afán justiciero por las ausencias, por los excluidos. O, como él prefiere definirlo, por lo que ha sido marginado y vive en el perímetro

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“Para mí no trabajar en mi obra es estar muerto en conciencia”. Lo proclamaba Juan Ramón Jiménez. Y esa misma divisa parece haberla hecho suya Carlos A. Aguilera. Trabajador tenaz e incansable, viene conociendo una etapa de gran productividad. Tengo ante mí los últimos libros que ha publicado, a un ritmo de uno por año. Dos de ellos son de su autoría, y en los otros tres aparece como compilador o como responsable a cargo de la edición.

Me atengo al orden cronológico de acuerdo al cual salieron de la imprenta, y voy a comenzar refiriéndome a Cuaderno del Bag Boy (Editorial Casa Vacía, Richmond, 2016, 90 páginas). Es uno de los libros inéditos que al morir dejó Lorenzo García Vega (1926-2012) y que han ido viendo la luz póstumamente. Tanto en vida de él como tras su fallecimiento, Aguilera ha realizado una noble y sostenida labor para que la obra del autor de Los años de Orígenes tenga la presencia y el reconocimiento que merece. Esa faena incluye la redacción de un ensayo dedicado a él (Lorenzo García Vega. Apuntes para la construcción de una no-poética), la compilación de entrevistas que le hicieron otros autores (La Patria Albina. Exilio, escritura y conversación en Lorenzo García Vega) y, como es el caso de Cuaderno del Bag Boy, la preparación y el cuidado de textos suyos para la publicación.

Se trata de una obra fragmentaria, un cuaderno, tal como lo indica el título, en la cual García Vega fue registrando, en anotaciones sucintas, reflexiones, sueños, recuerdos de otras épocas y las incidencias de su día a día en la Playa Albina, como llamaba a Miami. Sin embargo, no utiliza la primera persona, sino que se enmascara tras un narrador objetivo para hablar de un hombre sesentón que trabaja llenando las bolsas de los clientes y llevando el carrito con las compras en un supermercado: “Sábado; turno de 4 a 9 de la noche. El hombre del carrito considera que este turno no está mal, pero lo amarga el catarro que tiene; el catarro no se le acaba de quitar. Caída de la tarde, Playa Albina. En el crepúsculo del Publix, grandes franjas cremitas sobre fondos rosados. Él, el bag boy, es una naturaleza muerta, pero una naturaleza muerta que no se puede tocar. Quizás él no es”. Para la contraportada del libro, Aguilera redactó un breve texto en el que expresa que en Cuaderno del bag boy, García Vega, “con su socarronería habitual (…) desmantela el tradicional chantaje sentimentaloide bajo el cual son escritos casi todos los libros de memorias en español”.

En Escenas del yo flotante. Cuba: escrituras autobiográficas (Bokeh, Leiden, 2017, 139 páginas), Aguilera comparte el crédito de compilador con Idalia Morejón Arnaiz. Ambos, además, aportan sendos textos, que aparecen junto con los que firman Néstor Díaz de Villegas, Omar Pérez López, Reina María Rodríguez, Roberto Uría Hernández y Rolando Sánchez Mejías. Asimismo, se reproducen seis obras plásticas de Sandra Ramos, precedidas por una breve presentación de Eugenio Valdés Figueroa. La poesía, el relato fabulador, el testimonio lacerado son las opciones expresivas adoptadas por los sujetos autobiográficos. En esas páginas, apunta Adriana Kanzepolsky en el prólogo, “algo sigue flotando, ya no la isla como paisaje imaginado, sino un conjunto de yoes, pero unos yoes que se autofiguran como indistinguibles de la historia cubana de las últimas décadas, como una metonimia, por lo menos, de aquella historia que se instala en el 59, unos años antes o pocos años después del nacimiento de sus autores”. El yo flotante en el título de la antología, a más de remitir a la factura misma de los textos, habla de “la relación con lo insular, de los exilios e insilios, de unos yoes sin raíces ni asideros”. Y el hecho de que la mayor parte de los colaboradores vivan fuera de la Isla no es, desde luego, casual.

El mundo de García Vega, sostiene Aguilera, no sería el mundo de García Vega sin sus diarios. Su afirmación debe aceptarse como autorizada, pues proviene de alguien que conoce a fondo la obra de la cual habla. Suya es precisamente la edición, así como el texto introductorio de Rabo de anti-nube. Diarios 2002-2009 (Almenara, Leiden, 2018, 653 páginas), un voluminoso libro que viene a cerrar el diarismo de García Vega llevó, y que completan Rostros del reverso (1977) y El cristal que se desdobla (2017).

Las rutas de sus lecturas, también de ciertos afectos

Más allá de su abundancia en páginas, es una obra de notable valor e interés, que constituye la cartografía de las obsesiones, los temores, las remembranzas y los sueños de García Vega. Estos últimos, en particular, aparecen de modo recurrente, y para él significan “variaciones sobre un mismo tema: el jodido pasado”. Eso lo lleva a preguntarse: “¿Es que aquello nunca se va a disolver? ¿Y si el Infierno, un Infierno con las sombras y con lo feo, fuera lo único que nos espera?”. Para Aguilera, Rabo de anti-nube y sus diarios en general “son un caso único dentro de la literatura de la Isla (…) porque crean tópicos inéditos para el canon cubensis: el del viejo edípico o anciano que aún se siente perseguido por su madre; el de la autobiografía como fecundidad, resto, autismo; el de la vejez como ejercicio de locura, el de la «atención» como neurosis o miedo”.

Como autor, Aguilera incrementa su bibliografía con Archivo y terror. Operaciones entre literatura, política, teatro y arte (Editorial Casa Vacía, Richmond, 2019, 328 páginas). En la contraportada, Michel H. Miranda anota que el escritor “ha recorrido media Europa como quien traza su infinito particular y el resultado es esta cartografía, las rutas de sus lecturas, también de ciertos afectos”. El libro recopila siete ensayos y doce entrevistas, aunque esa división aquí resulta un tanto inapropiada. El propio Aguilera se encarga de confirmarlo, al expresar que la entrevista que le interesa es una de las posibilidades “trans” del ensayo, esto es, “una de las maneras que tiene este de leerse o colocarse a sí mismo en otro lugar. Uno más plural incluso, ya que no solo implica pensar en soledad —en una habitación o atravesando un bosque, por ejemplo—, sino en dicotomía, en eso que en buceo llaman deep diving”.

En los ensayos, aborda figuras como Virgilio Piñera, Osvaldo Lamborghini y Lorenzo García Vega, y temas como la construcción de los discursos utópicos y del nacionalismo en literatura. Como es habitual en quien los firma, son textos poco convencionales, escritos con una firme voluntad de rebasar las estrechas adscripciones de ese género. Autor de registro más amplio, Aguilera plasma sus reflexiones y sus juicios, a menudo novedosos y fecundos, en una escritura de estilo desenvuelto y, a las veces, lúdico. Fustiga sin piedad y carga contra las convenciones más anquilosadas, sean literarias o políticas. Su carácter heterodoxo y su irreverencia nada gratuita es algo que, en algunos trabajos, se advierte nada más iniciarse su lectura. Para ilustrarlo, reproduzco las primeras líneas de “Lamborghini y el cadáver de Perón”:

“No sería difícil imaginar un Lamborghini prostituto.

“Un Lamborghini gamberro, mascador de pijas, atracador de culos.

“Un Lamborghini extasiado ante el olor de la leche, tal y como de alguna manera él se ha diseñado en sus libros. Esos libros orgiásticos donde alguien casi siempre se inclina para que lo claven”.

La concepción que Aguilera tiene de la entrevista queda diáfanamente materializada en las que reúne en Archivo y terror. En ellas, el ensayista abandona la reflexión en solitario y se coloca, en efecto, en un espacio plural, en un espacio compartido. El suyo no es un asedio periodístico, sino que tiene que ver más con la entrevista en profundidad, con la conversación que no responde a la mecánica consabida de preguntas formales y respuestas tensas. Para esa inmersión a fondo, llega cargado con un arsenal de interrogantes que denota una meticulosa preparación previa y un conocimiento cabal de la obra del dialogante. Quienes acudan a esas entrevistas no deben esperar, por tanto, preguntas previsibles o manidas. Pedro Marqués de Armas, Heiner Müller, Rosa Ileana Boudet, Carlos M. Luis, Coco Fusco, Jorge Luis Arcos, Miñuca Villaverde, Herta Müller y Santiago Sierra, son algunos de los nombres con quienes Aguilera ha dialogado.

Autorretrato construido entre dos

Justamente, una entrevista es la columna vertebral de Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos (Zuiderkok, Leiden, 2020, 149 páginas). Es la segunda vez que su autor explora y escudriña en el campo de las artes plásticas. La anterior fue la monografía Luis Cruz Azaceta. No exit (2016). En esta ocasión, le viene a hacer justicia a un creador que ocupa un lugar privilegiado e indiscutible como pintor y como diseñador gráfico, aunque la primera de esas facetas siga siendo hasta hoy escasamente conocida. Las causas tienen que ver en gran medida con las incomprensiones y las censuras que Peña sufrió debido a su obra, que, como expresa Aguilera, “en un momento de romantiquería y Hombre Nuevo, narra la contraparte de lo ideológico. Narra a ese sujeto no-sublime que va al baño, eructa, siente peste, se lava los dientes, caga. Muestra a ese sujeto que ante los lemas y movilizaciones que secuestran su realidad se convierte en fisiología, órgano disfuncional, tráquea”.

Las palabras que antes cité pertenecen a la introducción del libro, en la que Aguilera hace una lectura muy personal de la obra de Peña. Pone énfasis en la escatología que la alimenta, lo cual lo lleva a preguntarse: “¿No era entonces lo más lógico que este discurso desmadrado, pingofílico, escrotal e irreverente más tarde o más temprano cayera en silencio (como cayó el de muchos otros, dicho sea de paso) ante la cuchillita moral de la revolución, de su bofetada reductora y policial?”.

Tras esas páginas, sigue la larga conversación con el pintor, que es una suerte de autorretrato construido entre dos. A través de sus respuestas, por lo general cargadas de prudencia, Peña va repasando su itinerario vital y su ejecutoria artística. Comienza en su infancia, que como confiesa fue tranquila y arropada por el cariño de sus padres y su hermana menor, y concluye refiriéndose a sus trabajos más recientes, que él caracteriza como más espaciales, tal vez oníricos y, por momentos, abstractos. Al final del libro, hay un bloque con la lista de las exposiciones individuales y colectivas, las publicaciones y una bibliografía acerca de él.

Pero un libro de, sobre o con un pintor resulta incompleto si no lleva ilustraciones que lo complementen. Por eso este que aquí se reseña incluye casi un centenar de imágenes que proporcionan una muestra de la faena de Peña. Es una selección en extenso de óleos, acrílicos, litografías y collages creados entre 1960 y 2013, que cubre tanto las distintas etapas de su obra como las técnicas que ha empleado. El formato del libro y la buena calidad de las reproducciones son dos aspectos a elogiar, pues permiten una mejor apreciación de esas piezas.

Umberto Peña. Bocas, dientes, cepillos, restos es uno de esos libros atípicos que su autor suele regalarnos. Con él prosigue, además, algo señalado por Elvira Rosa Castro: su afán justiciero por las ausencias, por los excluidos. O, como él prefiere definirlo, por lo que ha sido marginado y vive en el perímetro. Un proyecto, dicho sea de paso, que Aguilera ha realizado sin el apoyo de mecenas o fundaciones y con un reducido presupuesto. Y que realizó, nunca mejor dicho, por amor al arte.