Actualizado: 13/05/2021 18:11
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Cine, Documental, Oscar

La heroica lucha por la verdad

En la próxima edición de los Oscar, el rumano Alexander Nanau competirá en dos categorías con Collective, un documental poderoso, convincente, realizado con maestría y con las armas del mejor periodismo de investigación

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En el libro de Margo Rejmer Bucarest. Oro y barro, un hombre llamado Octavio expresa: “Creíamos en un cambio. Creíamos en que por fin alguien ventilaría esta estancia estancada y rancia llamada Rumanía, pero han pasado ya muchos años y seguimos con el aire viciado”. Y una mujer cuyo nombre es Ramona agrega: “¿Ve usted lo que pasa ahora en Rumanía? ¿Ve lo arrogante que son los políticos? No hay nadie que los controle, y ellos hace tiempo que han dejado de fingir que hay alguien que les importe. Aquí el latrocinio se considera de buen gusto. Si estás en la cúspide y no robas, significa que eres un primo redomado y que estás ahí por error”.

Esos testimonios tienen su confirmación más irrebatible y brutal en los hechos que se registran en el documental Collective (Colectiv, Rumanía-Luxemburgo-Alemania, 2019, 109 minutos), que desde que se proyectó fuera de concurso en el Festival de Venecia de 2019 no ha parado de acumular galardones internacionales. Cuenta ya con 24 y en la próxima entrega de los Oscar su director, Alexander Nanau, competirá en dos categorías, mejor documental y mejor película extranjera. En la producción del filme participó HBO Europa y se puede ver en esa plataforma.

El incidente del cual parte el documental ocurrió el viernes 30 de octubre de 2015. En una discoteca de Bucarest llamada Colectiv tenían lugar un concierto de rock de la banda Goodbye to Gravity. Una pirotecnia empleada por el grupo provocó un incendio en una zona del techo, revestida de espuma de poliuretano, un material altamente inflamable. Al principio del documental, se muestran unas breves imágenes grabadas con un teléfono móvil en las que se ve la rapidez con que las llamas se propagaron. La discoteca estaba en el sótano de una vieja fábrica. Solo contaba con una única y estrecha salida, carecía de sistemas de aspersores antiincendios y disponía de un solo extintor. Había además entre 200 y 400 personas en un local con aforo para 80. En caso de un fuego, era una verdadera trampa. Y en efecto, 27 personas murieron quemadas o asfixiadas por el humo y otras 180 sufrieron heridas y traumatismos de consideración.

En los siguientes días, el número de muertos aumentó. Entre los sobrevivientes hospitalizados se produjeron 36 fallecimientos inexplicables. Se trataba de personas con quemaduras en el 10 y el 15 por ciento del cuerpo, lo cual en un principio no suponía un peligro grave. Un equipo de periodistas, encabezado por Catalin Tortolan, inició una investigación para averiguar qué pudo ocurrir en los hospitales para que esas personas fallecieran. Descubrieron que se debió a infecciones contraídas durante el internamiento.

Alexander Nanau, nacido en Bucarest pero que emigró en 1979 a Alemania, donde estudió cine, siguió desde el comienzo la investigación de los periodistas. Curiosamente, estos trabajan en el diario Gazeta Sporturilor, la publicación deportiva más popular y leída del país. A propósito de eso, el cineasta declaró en una entrevista: “Un periódico deportivo, por su condición de no partidista y alejado del ruido de la política del día a día, fue el que destapó todo. En realidad, solo ellos pueden investigar algo en Rumanía. El resto depende del dinero de la gente que no quiere que nada se investigue”. Y añade: Cuando la prensa se inclina ante la autoridad, la autoridad maltrata a los ciudadanos”.

Lo que salió a la luz tras el incendio fue aún más aterrador. Los periodistas destaparon una auténtica olla podrida de corrupción y gansterismo. A través del chivatazo de una fuente se enteraron de que el líquido desinfectante empleado en los hospitales estaba diluido diez veces más de lo necesario. Sus efectos higiénicos, por tanto, eran nulos, con lo cual perdían la efectividad para combatir las infecciones y las bacterias. Por otro lado, los heridos más graves tuvieron que ser trasladados a hospitales de otros países, al no tener Rumanía suficientes centros para quemados. Algunos traslados se retrasaron por problemas burocráticos, y eso costó la vida a varios pacientes.

Tras producirse el incendio en la discoteca, el ministro de Sanidad compareció ante los medios y declaró que los heridos iban a ser tratados “tan bien como en Alemania”. Pero la televisión y los periódicos se sumaron a las denuncias y contribuyeron a agravar la crisis política. La población expresó su indignación ante los hechos en protestas públicas, las más grandes desde 1989, cuando el dictador Nicolae Ceasescu fue derribado. Marcaron un punto de inflexión en la historia del país e hicieron que pocos días después el gobierno del socialdemócrata Víctor Posta se viera forzado a dimitir. Eso dio paso a un gobierno de tecnócratas de transición.

Sistema sanitario podrido hasta la médula

A medida que el documental avanza, el caso del incendio es desplazado para ceder el foco de interés a la investigación sobre el sistema de salud, que los periodistas llevan hasta sus últimas consecuencias. Los desinfectantes eran suministrados por Hexi Pharma a 350 hospitales, que sumaban 2 mil quirófanos. El dueño de la empresa, Dan Condrea, era una figura clave en el escándalo, pues podía revelar nombres de los implicados en esa red de corrupción. Algo de lo cual el gobierno, como asegura un funcionario, estaba al corriente desde hacía años. Pero dos días antes de ir a declarar a la fiscalía, Condrea falleció en un misterioso accidente de tráfico. ¿Fue un suicidio o un crimen? En el documental se ve a su esposa cuando declara: “Dan era capaz de matar, pero no de matarse”.

Los valientes testimonios de varias personas permiten que salgan a la luz nuevas revelaciones. Emerge así un sistema sanitario podrido hasta la médula, que es fiel reflejo del estado disfuncional que lo ampara. La empleada de un hospital declara que un exgerente de un hospital posee una clínica privada en Suiza construida con el dinero que robó. Con esa suma, apunta, se podría edificar en Rumanía un hospital ultramoderno equipado con tecnología de última generación. Asimismo, cuenta que ese señor le pasaba facturas que tenía que pagar de inmediato. Ella y otros trabajadores van a llevar el caso a la Junta Anticorrupción y han acudido a los periodistas para que no se pueda archivar u ocultar.

Los testimonios continúan. La doctora Camelia Roui, que labora en el único hospital para quemados del país, relata casos de médicos que emplean las instalaciones de los quirófanos para realizar operaciones de cirugía plástica a pacientes privados. Eso se complementa con el relato de otra denunciante, que comenta que muchos doctores piden a los gerentes que los asignen a los quirófanos, pues es allí donde se pueden cobrar los sobornos más altos. El documental no da tregua y cuando estamos seguros de haber escuchado las cosas más terribles, la doctora Roiu filtra un aterrador video tomado por ella que es un ejemplo de la negligencia en las salas. En el mismo se ven las quemaduras de un sobreviviente del incendio cubiertas de gusanos. De paso, aprovecha para comentar el acoso que ha sufrido por dar a conocer verdades como esa.

Algo que tiene mucho que ver con la falta de integridad administrativa es el proceso de selección de los gerentes de hospitales. Estos se escogen políticamente, y las escuelas de salud están tan corruptas que los títulos para ejercer ese cargo se pueden comprar sin asistir a clases. Esas prácticas de médicos y administradores forman parte de un sistema enviciado, que está atado a los poderes políticos de turno y a una red de ignominiosos vínculos con farmacéuticas y laboratorios deshonestos. Constituye todo un engranaje que permite a los doctores que actúan como mafiosos y a los gerentes que se comportan como banqueros tener amigos en las altas esferas. Por eso, cuando comenzaron a salir las denuncias, los teléfonos empezaron a sonar.

En buena parte de la segunda mitad del documental, Nanau se dedica a seguir a Vlad Voicolescu, un joven cargado de nobles intenciones que es nombrado ministro de Sanidad del gobierno de transición. Llegó con un historial de activista por los derechos de los pacientes y trató de cambiar radicalmente el gangrenado sistema sanitario. Una tarea que será mucho más enrevesada de lo que él supone. Le da acceso al cineasta a sus reuniones, donde se ve cómo va dándose cuenta de que muy poco podrá hacer en un ministerio donde al 90 por ciento de los empleados les importa una mierda lo que está pasando.

Hay una secuencia en la cual habla con una doctora, en la que tras escuchar el testimonio de ella se pregunta: “¿Cómo diablos se puede arreglar esto? ¿Cómo han acabado tan mal los hospitales y los médicos?”. A lo cual la doctora comenta: “Pues, como diría mi madre, ya no somos humanos. Los médicos ya no somos humanos. Solo queremos dinero”. Es la triste realidad de un sistema sanitario en el que prima el enriquecimiento personal. Como era de esperar, Voicolescu ese vio impotente para darle alguna solución en su efímera etapa como ministro, durante la cual el partido socialdemócrata, afincado en el poder, le dificultó el trabajo.

Al referirse al tema de su documental, Nanau expresó: “Es un relato sobre la corrupción, pero también lo es sobre la incompetencia. En realidad, las dos cosas van siempre unidas. Los corruptos necesitan incompetentes al mando para poder influir en ellos y los incompetentes sólo pueden mantenerse en el poder con una red de corrupción eficaz. Y eso atañe a todo: a los medios de comunicación, al sistema judicial, a la sociedad civil y a la política misma. Los jueces, por ejemplo, no actúan contra los médicos porque en el futuro puede que necesiten sus servicios, y los médicos y gestores de hospitales se pueden permitir corromperse y lucrarse con la compra de desinfectantes fraudulentos porque saben que ningún juez va a ir contra ellos. No es sólo una cuestión política, es todo”.

Todo sucede el tiempo real

En su magnífico y estremecedor documental, Nanau retrata una sociedad que otros cineastas rumanos han recreado en sus largometrajes de ficción: Cristi Puiu (La muerte del señor Lazarescu), Cornelio Porumboiu (Policía, adjetivo), Cristian Mungiu (Los exámenes). Sin embargo, lo que muestra en Collective no es metáfora, sino una realidad que se ha limitado a seguir con precisa objetividad. Estamos ante un filme en el cual el director adoptó un riguroso acercamiento observacional. Su idea fue precisamente no intervenir, no juzgar, no comentar, sino limitarse a acompañar a los hechos lo más cerca posible. Él mismo fue uno de los camarógrafos y con la cámara pegada al cuerpo le pisó los talones a los periodistas, al joven ministro de Sanidad, a los denunciantes, y filmó en oficinas gubernamentales, estudios de televisión y salas de reuniones.

Todo lo que vemos en la pantalla sucede en tiempo real, algo sobre lo cual el cineasta declaró: “Todo ha sido filmado mientras ha ido sucediendo. Todo es documental. No hay ficción. Comenzamos según empezó la crisis. Es lo que llamamos cinemarealité. Grabamos a esta gente según hacía este trabajo”. Y respecto al método de limitarse a filmar sin participar, comenta: “No es fácil hacerlo y necesitas mucha suerte para hacer esa observación pura donde los personajes están absorbidos por lo que hacen y simplemente les grabas”.

Al comenzar el documental, en la pantalla aparece un breve texto informativo acerca del incendio en la discoteca. A partir de ahí, no hay testimonios dirigidos a la cámara, ni narración en off, ni letreros para identificar a las personas. La historia se va desarrollando a través de las imágenes, así como de las noticias de televisión en los monitores. Esa renuncia a las ayudas narrativas actúa a favor del filme, pues le da agilidad y también parte de su eficacia cinematográfica.

Otro acierto de Nanau, quien además firma el guion junto con Antoaneta Opris, es centrarse en la red de corrupción oficial, soborno y malversación que el incendio sacó a flote. La experiencia personal de los sobrevivientes y los familiares de los fallecidos ocupa unas pocas secuencias, filmadas con respeto y sin asomo alguno de morbo. Un buen ejemplo de esto son las escenas en que se muestra a Teddy Ursulesco, una joven que se salvó gracias a que la trasladaron a Viena, aunque le tuvieron que amputar los dedos de la mano izquierda y parte de los de la derecha. Tras recuperarse, ha permitido que le fotografíen el cuerpo quemado y lo muestren en exposiciones, como arte-denuncia y recordatorio del trágico suceso.

Todos esos valores cristalizan en un relato poderoso, convincente, realizado con maestría y con las armas del mejor periodismo de investigación. Pese a que se trata de un documental, Collective se sigue con el interés de un thriller político. Abre los ojos al desenmascarar la realidad, pero lo hace sin caer en idealizaciones. No entrega respuestas fáciles, ni tiene un final con el tono optimista de que las cosas que hemos estado viendo finalmente han cambiado. Hasta hoy, las víctimas aún aguardan justicia. Nadie fue condenado, nadie ha recibido una compensación.

En la secuencia final, Tolontano y su equipo comentan la siniestra advertencia que un miembro de la Inteligencia les ha comunicado extraoficialmente: deben tener cuidado, pues sus familiares pueden estar en peligro. Pasan después a la noticia del día: la alcaldesa de Bucarest ha nombrado gestor a un hombre que no cuenta con certificado legal para ocupar ese cargo. Tendrá a su cargo 19 hospitales y dispondrá de un presupuesto de mil millones de lei. Seguramente es la historia que empezarán a investigar estos hombres y mujeres que ejercen el periodismo con compromiso e integridad, como una heroica lucha abierta por la verdad.