Actualizado: 17/10/2017 10:31
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Beltrán, Diseño, Pintura

La inteligencia hecha visible

Félix Beltrán, uno de los diseñadores gráficos de mayor prestigio internacional de América Latina, habla de sus inicios y de su etapa de formación y estudios en Nueva York

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Es uno de los diseñadores gráficos de mayor prestigio internacional de América Latina. En su currículum profesional se registran 65 exposiciones individuales y 456 colectivas. Hablo de Félix Beltrán (La Habana, 1938), a quien tuve la oportunidad de conocer en mi último viaje a la capital mexicana. Entonces me asombró encontrar a un hombre amable, bromista, que con su trato llano, su bonhomía y su afabilidad desmiente la imagen que por lo general se tiene de las personas famosas.

Eso hizo que a los pocos minutos de haber empezado a hablar con él, me hizo sentir como si estuviese con un viejo amigo. De buena memoria y buen conversador, ameniza su charla con detalles de un humor que nunca es irónico ni agresivo. El segundo detalle que me admiró de él es su bagaje teórico. Es inusual encontrar a un artista de su especialidad que no solo ha leído, sino que además cita con total normalidad a Erich Fromm, Theodor Adorno, San Agustín, Jean Piaget, Herbert Marcuse, Marshall McLuhan, Santo Tomás, Kant…

El propósito de mi encuentro con él era aprovechar mi corta estancia en el Distrito Federal para entrevistarlo. Llegué a nuestra cita con un cuestionario que había preparado previamente. Tras los saludos y el preámbulo de rigor, comencé mi asedio periodístico. Lo primero que quise saber fue si en su casa tuvo un ambiente familiar que despertara y estimulase su interés por el arte. Esto fue lo que me contestó:

“Debo comenzar diciendo que yo soy de una familia de extracción social humilde. Mi padre era un hombre de una creatividad extraordinaria. Incluso pintaba, aunque no en la tendencia que es más frecuente, la pintura naturalista, sino que era una pintura bastante surrealista, bastante onírica. Mi madre era muy racional, pese a que no pudo ir a la escuela. Ella siempre me alentaba a que me preparara. Me insistía mucho en la superación, pero con un sentido práctico. Recuerdo una frase suya que, en esencia, sería: el conocimiento es poder. Tenía además otra: que la injusticia no esté de tu lado. A propósito de eso, en una ocasión me quedé con el lápiz de otro estudiante. Cuando aquello, a los lápices se les marcaban las iniciales con un cuchilla. Eran unos lápices amarillos, el nombre creo que era Mirado. Ella lo vio y me dijo: Este lápiz no es tuyo. Tuve que confesarle que realmente era de otro alumno. Me dio algunos manotazos por las piernas y al día siguiente me llevó a devolver el lápiz. Fue una lección que nunca olvidé, al punto de que yo nunca me he robado un libro.

“Sí, mis padres fueron determinantes en mi formación. Me enseñaron a escuchar música clásica, lo cual no significaba que estuviera de espaldas a la música popular. Rectifico el término clásica, que se puede sustituir por culta, para la cual hace falta una preparación más amplia. Pero no solo la música. En varias ocasiones me llevaron a los museos. Recuerdo haber ido a una exposición que se improvisó en el Parque Central, donde pude apreciar cuadros de Wifredo Lam. Mis padres tenían además amistades que también influyeron en mi formación. Una de ellas fue un arquitecto llamado José Antonio Reguera, un hombre de extracción humilde que tenía un apetito insaciable por la música. A través de él, me inicié escuchando música clásica. Así que yo diría que siendo un adolescente empecé a estar en contacto con la literatura, la música y las artes visuales en su sentido más amplio”.

En 1953, a los quince años, empezó a trabajar como practicante en la agencia de publicidad McCann Erickson. Me intereso sobre esa experiencia, pero antes de referirse a ella Félix Beltrán me confiesa: “En realidad, inicialmente yo pretendía estudiar psiquiatría. En mí siempre fue una constante el interés, la curiosidad por conocer y entender lo que nos rodea, sobre todo desde una perspectiva ética. Y por cierta intuición, estaba convencido de que todo sale de ese cuarto de máquinas que es el cerebro”. Le pregunto: ¿Cuándo surgió entonces tu interés por el diseño? “Desde mi adolescencia dibujaba bastante. Pero mi interés se bifurcaba tanto hacia la pintura, como la literatura y la música. Inclinarme al diseño, que entonces se definía como publicidad, se debió porque este propiciaba la estabilidad económica, algo que era bastante difícil en la pintura”.

Entre 1953 y 1956 trabajó en McCann Erickson, y de esa etapa datan sus inicios en el diseño. Lo interrogo acerca de cómo llegó allí: “Entré gracias a que me presentaron casualmente a uno de los ejecutivos, Fernando Calvo. Vio mis dibujos y me propuso que fuera asistente del director de arte”. Y luego añade: “Entrar a McCann Erickson fue para mí un paso importante. La compañía contaba con clientes poderosos como la Esso Standard Oil, la General Motors, Teléfonos de Cuba. Para mí fue una experiencia muy aleccionadora, porque allí todo tenía que ser muy práctico”.

Formación en Nueva York

Asimismo se refiere a lo que en otro sentido le aportó su labor como practicante en McCain Erickson. “Fueron circunstancias muy fructíferas, determinadas por el interés en la cultura de varios de sus empleados. Entre ellos hubo dos, en particular, que fueron importantes para mí. El director de arte, de quien yo fui asistente, era un español, José Luis Rivera Chacón, pintor, nacido y educado en Madrid. Había estudiado pintura, pero como ocurría entonces con bastante frecuencia, y hoy aún se sigue dando, tuvo que dedicarse al diseño. Claro, en esa época se le llamaba publicidad, pero era lo mismo.

“También trabajaba allí Glenn Jones, un inglés que había sido aviador en la fuerza aérea de su país. Recaló en Cuba y, como era de suponer, se enamoró de una cubana y se quedó. Juntos íbamos al cine a ver las películas del neorrealismo italiano. Películas como El ladrón de bicicletas, que para mí es una lección extraordinaria de cómo se puede hacer arte sin recursos. A través de ellos dos yo descubrí a Saul Steinberg, a Pablo Picasso, a Marc Chagall, a Piet Mondrian. Eran de un apetito hacia la cultura poco frecuente en otras circunstancias. Por otro lado, en McCann Erickson se recibían publicaciones de interés como Graphis, las cuales eran un excelente material de consulta”.

En 1956 decidió irse a Estados Unidos. Sobre esto, cuenta: “Me fui con una mano adelante y tres manos atrás. Como no tenía dinero, tuve que hacer el viaje en ferry. Lo hice en etapas. Primero fui de La Habana a Cayo Hueso. Después continué hasta Miami por transporte de superficie. Allí tuve una espera de seis o siete horas para tomar luego un resplandeciente autobús de la Greyhound, que hoy se ha deteriorado mucho, pero que entonces era una línea muy buena y moderna. El autobús entró a Nueva York tarde en la noche por el sur, que corresponde a Brooklyn. El paisaje que yo tenía en mi mente, derivado de las postales turísticas, fue totalmente distinto al que vi. Había infinidad de fábricas, con el ladrillo al descubierto, pero exteriormente muy deterioradas. Yo pensé: ¡Dios mío, qué es esto!

“Los primeros días me quedé en el departamento de una señora cubana, María Corrales, a quien yo no conocía, pero que se brindó a hospedarme. Vivía en Manhattan y tenía un hijo que estudiaba pintura. Allí estuve hasta que pude encontrar un cuarto donde instalarme. El paso siguiente fue tratar de establecer contacto con personalidades de las que yo tenía referencias, como Leo Leoni, Louis Dorsman y Saul Steinberg. Visité también la School of Visual Arts, donde unos meses después empecé a estudiar por las noches”. Conviene apuntar que en esos años, esa escuela tenía un gran prestigio internacional, que en buena medida se debía a los talentosos artistas europeos que habían emigrado a Estados Unidos en los años 40, trayendo conceptos vanguardistas que reinventaron el diseño gráfico norteamericano. Sobre su ingreso en la School of Visual Artes, Félix Beltrán comenta:

“Tuve la claridad de ir allí por la calidad de los profesores, que en su mayoría eran pilares del diseño gráfico de ese momento. Te hablo de figuras como Henry Wolff, Bob Gill, George Tscherny, Ivan Chermayeff. Este último era hijo de Serge Chermayeff, un ruso que sustituyó a Lazlo Moholy Nagy en la New Bauhaus. Imagínate qué historial. Fuera de la escuela, pude conocer a Herbert Bayer, Lester Beall, Will Burtin, Paul Rand y Herbert Matter, quien era profesor en la Universidad de Harvard y del cual, además de discípulo, fui asistente por algunos años. Ahora yo pienso en esa etapa y me doy cuenta de lo increíble que fue”. Sobre Félix Beltrán, uno de sus profesores, Herbert Bayer, comentó: “Fue uno de mis estudiantes más destacados. Su capacidad de trabajar duro y su deseo de ser un especialista de integridad fue lo que inspiró a otros estudiantes”.

Aparte de la School of Visual Arts, su talento y su seriedad le permitieron obtener una beca en la New School for Social Research, donde tuvo entre otros profesores a Alexey Brodovitch. Asimismo en esos años sus trabajos se empezaron a difundir en publicaciones como la emblemática revista Print. Paralelamente a los estudios, para mantenerse empezó a laborar como freelance, una práctica que él considera fue igualmente importante en ese período. “Primero trabajé en una fábrica de juguetes inflables, esos que se llevan a la playa. Después pasé a una tienda donde se enmarcaban cuadros, porque el sueldo era un poquito mejor. Allí tuve la oportunidad de enmarcar, con mis manos temblorosas, un aguafuerte de Rembrandt. También hice lo mismo con dibujos de Victor Brauner, Serguei Poliakoff, Pablo Picasso y Roberto Matta, a quien después conocí y traté”.

Otro de los empleos con los cuales se ganó la vida fue como director de arte en las editoriales Cypress Books y Las Americas Publishing Company. Cuenta que a fines de los años 50 le tocó diseñar una antología con la que se quería dar a conocer al público norteamericano al poeta español Antonio Machado. “Yo sugerí a la editorial que escribiera a Picasso para que él permitiera reproducir en la cubierta el dibujo que le había hecho a Machado. Aquel libro quedó muy bien. Si tú quieres introducir, por ejemplo, a Virgilio Piñera como el mejor dramaturgo cubano del siglo XX y lo presentas con una foto de Cartier Bresson, eso es un sello al portador. Uno de los problemas del diseño es que muchos de los diseñadores tienen talento, pero son muy incultos. Puede haber un pintor naif, pero no puede haber un diseñador naif, porque en el diseño todo debe estar muy controlado”.