Actualizado: 16/10/2017 9:39
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Erotismo, Literatura, Literatura española

La llaga secreta

La férrea censura de la Inquisición dio lugar en España a un aborrecimiento de la expresión escrita del sexo, pero no impidió que se escribiesen textos que abordaban la sexualidad con libertad y desparpajo

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Pedro Salinas comentó en una ocasión que la española era una literatura de la cintura para arriba. Lo fue durante muchas décadas, como también lo fueron las otras literaturas que comparten ese idioma. Hubo un aborrecimiento de la expresión escrita del sexo, que data de la etapa posterior a la expulsión de los moros de la península ibérica. Se inició con el reinado de Isabel la Católica y fue implantado por instituciones como la Inquisición, la Iglesia Católica y la censura. Eso atropelló la libertad del escritor y tuvo, como sostiene Juan Goytisolo, ese efecto castrador que durante años y años ha ejercido la mentalidad represiva. Un ejemplo que lo ilustra es la actitud asumida por Marcelino Menéndez Pelayo respecto a La lozana andaluza. Consideraba la novela de Francisco Delicado un libro de “frívolas apariencias y vergonzoso contenido”. Y suscribía sin reservas el criterio de Manuel Milá de que es de esas obras que “no deben salir nunca de lo más recóndito de la necrópolis científica”.

El férreo control de la Inquisición impedía la publicación de los libros que, de acuerdo a su Reglamento, “tratan, cuentan y enseñan cosas de propósito lascivas, de amores u otras cualesquiera, como dañosas a las buenas costumbres de la Iglesia Cristiana; aunque no se mezclen en ellas herejías y errores: mandando que los que los tuvieren, sean castigados por los Inquisidores severamente”. Pero esa severa vigilancia impidió que se editaran, mas no que se escribiesen. Al desaparecer la Inquisición, empezaron a imprimirse en tiradas limitadas algunas de esas obras que habían circulado de tapadillo por España. Eso dio lugar a que salieran a la luz facetas hasta entonces ignoradas de varios autores famosos.

A Félix María Samaniego (1745-1801) se le conoce —tal vez conviene decir se le conocía: dudo que hoy tenga lectores— por sus Fábulas morales, que escribió, con fines ejemplarizantes, para los alumnos del Seminario de Vascongadas. Pero tenía otra faceta que no se vino a descubrir hasta después de su muerte. Era también autor de “cuentos lúbricos y alegres”, que corrían de mano en mano, a veces adulterados. Algunos fueron reproducidos en dos antologías hoy de difícil acceso, Álbum de Príapo (1820) y Fábulas futrosóficas (1821). Una muestra mucho más numerosa de esos textos fue recogida en la colección titulada Cuentos y poesías más que picantes (Barcelona, 1899). Asimismo, Joaquín López Barbadillo incluyó después varios de ellos en Cancionero de amor y de risa (Madrid, 1920). Ese mismo compilador los recopiló en un libro independiente, El Jardín de Venus, que llevaba como subtítulo Cuentos burlescos de Don Félix María Samaniego. Poseo una edición posterior (Ediciones Siro. S.A., Madrid, 1976), en la que, en el interior, debajo del título, aparece en letra más pequeña: Y otros jardines de verde yerba.

Según Emilio Palacio Fernández, el mérito de El Jardín de Venus reside en haber introducido en la literatura española el cuento breve, en verso, de contenido erótico. Los textos de Samaniego son divertimentos que carecen de inmoralidad, debido al tratamiento deformado y a su vena satírica y jocosa. De acuerdo al especialista antes citado, algunos deben ser de propia invención, en especial los más breves, que no hacen sino escenificar un chiste o agudeza popular. Otros bien pueden ser trasuntos de experiencias del escritor o de la realidad popular circundante.

En un viaje de placer que hizo a Francia, Samaniego se entusiasmó con los enciclopedistas y se quedó allí por mucho tiempo. Esa estancia le contagió la crítica mordaz a la política y la religión, y también cierto espíritu libertino que se pone de manifiesto en sus narraciones versificadas. De entre ellas, escojo la titulada “Soneto a Manuel”, que copio a continuación:

“Ardiente una muchacha el otro día/ en tanto que su madre en misa estaba,/ llena de miedo y turbación dudaba/ si a su amante Manuel se lo daría.// Temiendo si preñada quedaría/ entre darlo y no darlo vacilaba,/ y el valiente mozuelo la animaba/ diciendo que al venir lo sacaría.// Fueron tan poderosos los ataques,/ que consiguió, por fin, verla en el suelo,/ y dijo al derramar de los zulaques:// —Qué suave es la sustancia del ciruelo:/ por tu vida, Manuel, no me la saques,/ y más que llegue la barriga al cielo”.

Tomás de Iriarte (1750-1791) compartió con Samaniego el título de ser considerado el mejor fabulista español. Pero lo de compartir es un decir, pues ambos protagonizaron una violenta enemistad que ha pasado a la historia de la literatura de su país. Samaniego dio a leer a Iriarte el tercer libro de sus Fábulas morales, que compuso a instancias de su tío. Cuando unos años después el otro entregó a la imprenta sus Fábulas literarias, las presentó en el prólogo como la primera colección de su género. A partir de ahí, los dos se enzarzaron en una prolongada y agria polémica que dio lugar a la publicación de numerosos libelos.

Pero Iriarte tiene en común con su enemigo el haber compartido su faena de fabulista con la de rimador gracioso, procaz y desvergonzado. Escribió una serie de sonetos, redondillas, décimas y epigramas a los que dio el título de Poesías lúbricas. No tengo noticia de que exista un libro que reúna esos textos. Los que conozco aparecen en el Cancionero de amor y de risa. Allí se puede leer la “Respuesta de don Tomás de Iriarte a una dama que le preguntó qué era lo mejor que hallaba en su cuerpo”. Interrogante a la cual el escritor contestó de este modo:

“Con licencia, señora, de ese pelo/ que en rubias ondas llega a la cintura,/ y de esos ojos cuya travesura/ ardor infunde al pecho más de hielo;// con licencia del talle, que es modelo/ propuesto por Cupido a la hermosura,/ y de esa grata voz cuya dulzura/ de un alma enamorada es el consuelo,// juro que nada en tu persona he visto/ como el culo que tienes, soberano,/ grande, redondo, grueso, limpio, listo;// culo fresco, suavísimo, lozano;/ culo, en fin, que nació, ¡fuego de Cristo!/ para el mismo Pontífice romano”.

Aconsejar a quienes se estrenan en el acto carnal

También tenía una faceta oculta como escritor Nicolás Fernández de Moratín (1737-1780). Ya desde su época datan las primeras referencias a su Arte de las Putas, un largo poema dividido en cuatro cantos. La primera noticia sobre el mismo proviene de un edicto de la Inquisición, fechado en junio de 1777. De acuerdo a ese documento, el poema fue prohibido enteramente, “aun para los que tengan licencia de leer libros prohibidos, por estar lleno de proposiciones falsas, escandalosas, provocativas a cosas torpes, injuriosas a todos los estados del Cristianismo, blasfemas, heréticas, y con sabor de Ateísmo, y Politeísmo”. En consecuencia, se le incluyó en el Índice último de libros prohibidos y mandados a expurgar, publicado en Madrid en 1790. También apareció en los carteles impresos colocados en iglesias y lugares públicos. Sobre su autoría no cabe albergar dudas, pues en su Vejamen satírico (1779), Iriarte escribió: “Moratín compuso un Poema intitulado Arte de las Putas, que se ha prohibido”. Y en los versos que cierran el poema, se lee: “el gran corsario, el práctico y el diestro,/ el dulce Moratín, fue mi maestro”.

Otro que conocía el poema fue el ínclito Menéndez y Pelayo, aunque dada su proverbial pudibundez evitaba nombrarlo. El género erótico era corriente en el siglo XVIII, por lo cual en su voluminosa Historia de los heterodoxos españoles anota que Fernández de Moratín “algún tributo pagó en sus mocedades a la poesía licenciosa”. Y añade: “No en sus obras impresas, sino en cierto poema inédito, cuyo título no puede estamparse aquí, aunque lo está con todas sus letras en un edicto… Las copias son raras, afortunadamente”. Menéndez y Pelayo deja clara su oposición tajante a ese tipo de literatura, que consideraba la “llaga secreta” del siglo XVIII, cuando afirma que “no es lícito sacar a plaza ni los títulos siquiera de composiciones infundas que, por honra de nuestras letras, hemos de creer y desear que no estén impresas”.

En una edición de 1977 del Arte de las Putas, Manuel Fernández Nieto ha hecho notar el extraño título del poema: “Arte; don Nicolás debió pensar que al igual que se enseñaba un «arte poética» ¿por qué no un arte para acercarse a las putas escrito con la misma irónica intención de Ovidio?”. La educación era clave en el siglo XVIII y en la literatura neoclásica, y al escribir su poema Fernández de Moratín tenía como propósito adiestrar a los jóvenes para que pudieran satisfacer la “necesidad” amorosa de forma económica y sin perjuicio de su salud.

En el primer canto, su autor adelanta su intención de ser consejero de quienes se estrenan en el acto carnal con prostitutas, para que no caigan en trampas. Pasa revista a la historia del oficio más antiguo del mundo. Da consejos de cómo negociar el precio y cómo evitar el contagio de enfermedades venéreas. Indica también los lugares de Madrid donde encontrar mujeres. Enseña astucias y, en resumen, ofrece una guía secreta de Madrid, en la que proporciona con pelos y señales referencias a lugares y personas:

“Los vecinos que habitan la alta calle/ que acuerda el lugarcillo de Hortaleza,/ están hechos a hallar en sus zaguanes/ cuatro patas a oscuras. Se tropieza/ y se pasa tragando callandito/ envidia y miedo de ambos un poquito./ De Jerónimo el Magno la Carrera,/ en la Puerta del Sol todas las noches,/ y en la calle también de la Montera,/ al son de los chasquidos de los coches/ se enfada la salada Calesera,/ la bosquiñuela que al revés se pone/ de miedo de emporcarla tantas veces,/ y la Rita, arrugando en mil dobleces/ la mantilla y las sayas que hace almohadas,/ aquella a la cabeza, estas al culo,/ con la una mano y grande disimulo/ te toma los testículos en peso/ y al verte absorto con el rabo tieso/ dirige a tu bolsillo esotra mano/ y de raíz te arranca si no aprietas/ con tus manos las suyas, y sus tetas./ Y en fin, todo Madrid al ser de noche/ le da a un hombre de bien mil portaleras”.

El tema del que aquí me ocupo da para mucho y podría escribir varias páginas más. Pero no quiero abusar del lector y concluiré esta crónica con las líneas que siguen. Se relacionan con un libro que compré en una librería de segunda mano hace ya varios años. Aunque lo había leído, no fue hasta mucho tiempo después que me di cuenta de un detalle: se editó en una imprenta de Toledo y solo se hizo una tirada de 300 ejemplares para bibliófilos. Su título ha de despertar suspicacias: El auténtico Espronceda pornográfico y el Apócrifo en general. Al mismo le sigue un subtítulo que contrasta con lo anterior: Estudio crítico vindicativo al que precede la biografía del gran poeta. Su autor, o más bien su compilador es José Cascales Muñoz, y la copia adquirida por mí tiene estampado un cuño que identifica a su anterior propietario: J.A. Tamayo, Catedrático, Madrid.

Las primeras sesenta páginas las ocupa el estudio biobibliográfico del poeta español. Sigue después un bloque en el que Cascales Muñoz comenta el “Poema o fragmento burlesco sobre Dido y Eneas”, que en su opinión es “la mejor demostración de la ineptitud de Espronceda para el género pornográfico”. El calificativo es exagerado, pues al lado de los textos de Samaniego, Iriarte y Fernández de Moratín es más bien comedido. Solo en las últimas estrofas Espronceda se permite escribir versos como estos: “Soy en todo del dictamen/ que tú eres Miguelito;/ y consiento sin examen/ en que la pija me mamen/ Vera y Bernardo, el precito.// Al desnudarla verás/ y luego te admirarás/ del nabo que Dios me dio./ Díjome este: ¿quieres más?/ y le respondí que no”.

Tras ese texto, el compilador reproduce otros cinco que corresponden al Espronceda pornográfico apócrifo. Aclara que ofrece reunidas esas poesías, “en su mayoría nauseabundas”, para que aquellos que se interesen no se molesten en buscarlas. Pero espera que tales lectores “no tengan el mal gusto de conservarlas en sus bibliotecas, para no exponerse a que las lean sus hijos, y se envenenen con la ponzoña que algunas destilan”. Confía en que “puedan arrancarlas y quemarlas, una vez que las examinen, a imitación del médico que analiza las llagas de los cuerpos corrosivos por los vicios sobre la mesa del anfiteatro, de la que pasan después al Cementerio”. Este cronista confiesa el pecado de haber contravenido el pedido del buen señor, pues le pareció un crimen destruir un libro por el cual además pagó la nada despreciable suma de 36 euros.

De entre esos cinco poemas, he escogido el titulado “Un buen consejo”, que como firma lleva las iniciales C.V. (¿Cristóbal Vidal?). Anticipo a los lectores que se trata de una muestra de erotismo de sal muy gruesa. Quedan, pues, advertidos, y como dice el refrán, el que avisa no es traidor.

“Si alguna vez encuentras buen Canales/ una mujer así, con disimulo/ Paséale tu miembro por el culo/ (Si de mierda está limpio y otros males)./ Y para demostrarle que te sales/ de los vulgares moldes de la vida,/ Que a meterla y gozarla te convida,/ Recítale primero con respeto,/ El siguiente hermosísimo soneto/ Con la verga potente, enhiesta, erguida./ UN SONETO O COSA ASÍ/ ¡Oh, mujer, sin igual!, lindo retoño/ De la mujer primera (o primeriza);/ Ideal, de chepén, dulce, castiza,/ De pelo crespo, levantado moño,/ De ojos de cielo, empeine no bisoño,/ Que, aunque siempre mojado, bronco riza,/ Natura misma; tiéndete deprisa,/ Y abriéndote de piernas dame el coño.// En él te meteré mi ardiente picha,/ Y después de movernos breve rato,/ Verteremos de semen dos cuartillos;/ Y a fin de completar tamaña dicha,/ Preséntame tu ano, y arremato/ Guardándotela en él, ¡gozo sencillo!// Y como dos chiquillos/ acabarás de gusto medio loca,/ mamándomela y guardándotela en tu boca”.

Concluye aquí este brevísimo repaso a ese arte literario procaz, desvergonzado y bienhumorado, con el cual este cronista espera no haber ofendido al cielo y alegrado un poco la vida de quienes habitan en este valle de lágrimas.