Actualizado: 20/05/2022 11:41
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Teatro

'La noche de los asesinos': cuarenta años de una premonición

Con esta obra de José Triana se demostró cómo acabar con los censores, con los maquilladores a priori del rostro nacional.

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"La sala ya no es la sala/ la sala es la cocina. El cuarto ya no es el cuarto/ el cuarto es el inodoro…". Con esta cantata de apariencia infantil, el dramaturgo cubano José (Pepe) Triana se adentra en el mundo mágico de sus personajes. A cuarenta años del Premio Casa de las Américas por La noche de los asesinos, la permanencia de sus premoniciones se mantiene intacta.

El conflicto de Lalo, Cuca y Beba no está en el hecho mismo de matar a sus padres. El asesinato no resuelve nada. En el libro hay una imposibilidad real y más fuerte y está basada en la caducidad del sistema que emplean los padres para criar a los hijos, echarlos al mundo y permitirles hacer sus vidas.

La obra cumbre de José Triana se torna universal desde el mismo momento en que se plantea un motivo mayor para sus fantasmas: la necesidad de autodecidir sus vidas.

Escrita en los años cincuenta del pasado siglo XX, La noche… fue un anticipo ante el dilema de la revolución cubana. La gesta rebelde, desde sus inicios, puso coto a toda acción de cambio contra sí misma y enfiló las armas al pecho de quien se planteara cualquier tipo de transformación.

Pero Triana es el escritor, el aeda, el brujo de una tribu que son los dramaturgos y los poetas. Su misión fue avizorar la tragedia desde la Tragedia y ahí está el tiempo, imperturbable, justo como se ha mantenido la obra, de tal modo que es la pieza teatral cubana más montada en los últimos años. Sus puestas en escena se suceden de continente en continente, corren, recorren las vidas de otros Lalos, Cucas y Bebas en el ansia de arrancar de cuajo a unos padres, un sistema que vulgariza, a la vez que clausura, la necesidad del cambio.

Con el exilio en Europa de este dramaturgo se dispersa así aquella "trilogía maldita" sobre los hijos o los padres, formada además por las piezas Aire frío, de Virgilio Piñera, y La casa vieja, de Abelardo Estorino, junto a la celebrada de Triana.

Desde el silencio del exilio

Desde el esbozo inicial a la culminación en su escritura, esta obra sufrió diversos avatares. Triana comenzó a escribirla en el Madrid de 1958, pero no conseguía conciliar el sueño de los que creen haber llegado a puerto seguro. Los Lalos y Bebas de esa versión no solamente eran seres fantasmagóricos o alucinaciones que estaban por salir, sino que después de casi cinco años volvió con fuerza a tomar las riendas de su dramaturgia más trágica. La emprendió con la obra maldita de su vida. La sonoridad de aquellas voces, aquellos infelices personajes enclaustrados en una casa sin salida, les hacían centrar sus fuerzas en un final definitivo.

Sin embargo, tuvo que esperar la largura y ansiedad que significan tres años para que tomaran cuerpo de dramaturgia. Así era el camino: largo y tortuoso. Por esa razón, la primera versión dio al traste con un solo acto, en tanto que la segunda la llevó hasta tres y la tercera fue de dos actos de manera definitiva, cuando la envió al Premio Casa de las Américas (1965). Siete años de larga espera para llegar al sumum de su dramaturgia.

En cambio, el lastre de lo prohibido, la condición de exiliado del autor y el texto en sí —lleno de imprecaciones y mordacidades, amén de lo adivinatorio y previsivo en lo que a futuro se refiere—, fueron las razones para el silencio escénico y editorial. Con una puesta inmediata en 1966, a cargo de Vicente Revuelta, y otras fugacidades entre 1968 y 1969, hicieron que la década negra de 1970 ahogara la oxigenación necesaria a toda obra, que es el intercambio con el público, o los públicos para los que fue escrita.

Desde entonces no volvió a ver la luz hasta finales de los años noventa, cuando el audaz director Julio César Ramírez y su grupo Teatro D'Dos la pusieran bajo la presión de la censura, unido a las amenazas de interrumpir el montaje.

Una de las principales cartas de triunfo de este veterano dramaturgo, es que sus obras —principalmente La noche…— dejan atrás todo marco de microlocalización histórica y barre con la huella realista de sus antecesores. La noche… es un hueco a donde van a parar los sueños de los más fértiles creadores de la Cuba de la segunda mitad del XX. Con esta obra se demostraba cuánto y cuántos deberían acabar con los censores, con los maquilladores a priori del rostro nacional. Bien pronto, los años setenta y los subsiguientes comenzaron a demostrar la validez de la obra de Triana. Ahora mismo debería estar otra vez en el candelero, pero en el año de sus cuatro décadas muy poco se ha dicho o comenzado a decir en los medios o en los círculos teatrales de la Isla.

Autor además de otras obras como El Mayor General hablará de teogonía, Medea en el espejo, El Parque de la Fraternidad y La muerte del Ñeque, entre otras, José Triana puede erguirse desde el silencio del exilio, del olvido en que lo quiere seguir sumiendo una ideología oficial empeñada en la filiación obligatoria, y salta y anda otra vez en busca de un teatro nuevo, limpio, hecho de preguntas espinosas y no de las complicidades con las mordazas ordenadas desde un cuartel.