Actualizado: 22/09/2020 8:54
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Literatura, Literatura cubana, Novela

La novela de toda una generación

La editorial Hypermedia ha reeditado la novela de Carlos Victoria La travesía secreta, una obra que un día ocupará el lugar que le corresponde en el canon literario de la Isla

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La situación que actualmente vivimos es de esas que sirve como barómetro para medir cómo reaccionamos ante ellas los seres humanos. Unos lo hacen sacando de sí lo peor. Otros, por el contrario, ponen de manifiesto sus valores más nobles. A los primeros no les voy a dedicar ni media línea, pues sostengo el principio de que a los hijoeputas no hay por qué darles propaganda: que se la den ellos si quieren o que la paguen. En cambio, quiero recordar a quienes están contribuyendo a que nuestros días de confinamiento sean un poco menos duros. A la mente de quienes lean esto han de venir a la mente de inmediato los médicos y sanitarios, los agentes encargados de mantener el orden, los empleados de los supermercados y otras personas que desde se declaró la pandemia, no han dejado de trabajar ni un solo día. Todos ellos merecen nuestro reconocimiento y nuestra gratitud, y no debemos olvidar expresárselos.

Pero además de ellos, es de recibo mencionar igualmente las muestras de solidaridad que se han dado en áreas que cubren otras necesidades, aquellas que en otra época se denominaban espirituales. Así, hay grupos de teatro que han colgado en la red grabaciones de sus espectáculos; museos que han incorporado en sus páginas web recorridos virtuales por sus salas; distribuidoras de cine que han compartido algunas de sus películas; bailarines profesionales danzan desde sus balcones para los vecinos y conocidos músicos e instrumentistas ofrecen recitales que cuelgan en la red. Asimismo, algunas instituciones y editoriales se han sumado a esas iniciativas altruistas y han puesto algunos de sus títulos al alcance de los lectores. Una de ellas ha sido Hypermedia, que durante varios días permitió la descarga gratuita de, hasta donde este cronista conoce, tres libros de su catálogo. Acerca de uno de ellos escribiré esta semana: La travesía secreta, del escritor cubano Carlos Victoria (Camagüey, 1950-Miami, 2007). Se trata, lo apunta Carlos Aguilera en la contraportada, de “un clásico”, una obra que “un día ocupará, sin dudas, el lugar que le corresponde en eso que los cubanólogos llaman el canon literario (y político) de la isla”.

A diferencia de varios de los escritores que, como él, salieron de la Isla a través del éxodo masivo del Mariel, Carlos Victoria demoró algunos años en editar su primer libro. Fue el volumen de cuentos Las sombras en la playa (1992), al cual se sumaron en 1994 dos novelas, La travesía secreta y Puente en la oscuridad. La primera fue seleccionada en Francia por el jurado del Premio al Mejor Libro Extranjero, como la mejor novela del mes de noviembre de 2001. La segunda recibió el Premio Letras de Oro correspondiente a ese género. Conviene apuntar, no obstante, que las fechas en las que aparecieron esos tres libros no corresponde al orden en que fueron escritos.

Lo primero a señalar en La travesía secreta es que se trata de una obra de una extensión infrecuente entre los narradores cubanos (la edición original de Universal tiene 476 páginas). Un empeño de envergadura que se materializó en uno de los títulos emblemáticos de ese período y en una excelente novela. Carlos Victoria realizó un ajuste de cuentas con el pasado inmediato, a través del retrato de una peripecia existencial que es, al mismo tiempo, una crónica de su generación. Aquella que a mediados de la década de los 60 andaba por los veinte años y para la cual “lo imprescindible era sobrevivir, liberarse de la cárcel, no delatar a otros ni ser delatado, conservar una pizca de dignidad ante los que intentaban sin cesar cambiarnos, o para hablar con más exactitud, humillarnos” (la cita la he tomado de un texto que Carlos Victoria redactó a propósito del cincuentenario de la revista Orígenes).

A esa generación aniquilada pertenece Manuel Marcos Velazco, el protagonista de la novela, cuya acción se ubica en la Cuba de finales de los 60. Es un joven camagüeyano con inquietudes literarias, que llega a La Habana lleno de esperanzas y sueños. En los años en que se adentra en un laberinto artístico, religioso, político y sexual, vive numerosos tropiezos y aventuras: tiene sus primeras relaciones sexuales, entabla amistad con un grupo de actores, se ve involucrado en una frustrada tentativa de salida clandestina del país, descubre el escape de la bebida, ingresa en la universidad, de la cual es expulsado por “críticas malintencionadas al gobierno, atuendo exhibicionista, amistades de mala reputación, pereza en las labores agrícolas, comportamiento antisocial, apatía”. También participa en el movimiento hippie habanero y, como colofón, es arrestado por la Seguridad del Estado. El Marcos Manuel que al final regresa a Camagüey es otro bien distinto. No solo porque la adolescencia ha dado paso a las primeras manifestaciones de la edad adulta, sino además porque ha cubierto un tramo decisivo de su etapa formativa.

En esos años, contó con dos amigos que lo guiaron en su travesía: Eulogio, director de un grupo teatral de aficionados, nihilista, lúcido, burlón; y Elías, uno de los actores, culto, inteligente y de carácter más estable. Ambos marcan la trayectoria de ese joven romántico, inexperto, sexualmente indeciso y con tendencias autodestructivas, en el que Carlos Victoria creó lo que Georg Lukács llamaba un héroe problemático. La novela está poblada además por otros caracteres llenos de vida y de gran verosimilitud y complejidad psicológica. Entre todos, merece destacarse ese estupendo personaje que es Eulogio.

Sorprende por su madurez estilística

En el registro de esa aventura vital, Carlos Victoria logra un magnífico despliegue argumental e imaginativo. Su poderoso discurso narrativo se ve favorecido por la consistencia de una prosa que se sostiene sobre varios recursos. Es una escritura vigorosa, cuidada, lúcida, sacudida por estremecimientos de deleite verbal, salpicada de referencias culturales, y que sorprende por su madurez estilística:

“Marcos sonrió complacido, se desbrochó dos botones de la camisa y echó a andar, pavoneándose, mientras trataba de precisar mentalmente quién y qué había llegado a ser en los últimos tiempos. Sus pensamientos giraban en bandadas, pero entre el choque de extraviadas ideas podía intentar aún autodefinir su persona y su estado: Marcos Manuel Velazco, poeta inconforme, genio incomprendido, espíritu generoso y romántico, joven poco afortunado en el amor, pero dueño de una cabellera abundante, de una camisa de flores, de un jeans desteñido (aunque fuera prestado) y un par de botas rústicas; expulsado de la universidad por tener ideas propias, y lo que era peor, decirlas en voz alta; autor de varios cuadernos de poesía, y de una obra de teatro inconclusa; en fin de cuentas, nada del otro mundo; pero esta noche satisfecho porque, aparte de sentirse ligeramente ebrio, podía exhibir sin trabas ni pudor su galardón más preciado en este instante: su apariencia moderna de joven de la onda, su porte audaz de seudohippie cubano”.

Como novelista, Carlos Victoria se reconocía heredero de tres autores cubanos: Lino Novás Calvo, Carlos Montenegro y Calvert Casey. Afirmaba, asimismo, que como a ellos le interesaba “contar historias que puedan llegar a la gente”. Fiel a esa concepción realista, La travesía secreta se ajusta a los moldes y patrones de la novela realista. El suyo es, resulta pertinente aclararlo, un realismo profundizado y enriquecido con la psicología, marcado por las introspecciones y las complejas relaciones entre los personajes, que se beneficia además con una estructura flexible.

En un inteligente ensayo que dedicó a la novela, Reinaldo García Ramos comentó que La travesía secreta podría convertirse en LA novela de toda una generación, a la cual “se le rinda culto por su valor testimonial”. En efecto, en la obra de Carlos Victoria está muy bien recreada esa fantasmagórica atmósfera de miedo, hipocresía, duplicidad y delaciones que llegó a alcanzar proporciones totalizadoras, cuando lo que en un inicio fue un proyecto social hermoso terminó convertido en una pesadilla orwelliana. La denuncia política está, sin embargo, subyacente y no lleva al autor a hacer un retrato banal y maniqueo de aquellos años. Se trata, como advierte García Ramos, “de una creación literaria de gran calidad y no de un libro de historia. Por lo tanto, es presentado con una particular energía, como si procediera de la imaginación y estuviera intocado por la estrechez de la objetividad. Las vivencias colectivas reales se inscriben en un sistema regido por fuerzas genuinamente literarias”.

Obra que literariamente está muy cerca de la excelencia y que enriquece significativamente la narrativa cubana, La travesía secreta es una estupenda muestra de cómo escribir una literatura crítica sin menoscabo de la calidad estética. Quienes lean estas líneas, harían mal en renunciar al enorme disfrute que proporciona su lectura.