Actualizado: 26/06/2019 9:43
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Literatura, Novela, Miami

La otra ciudad que ignoramos

En su estreno como novelista, Carlos García Pandiello ha querido mostrar algunos de los rostros que conforman el crisol cultural y étnico que es hoy Miami, y que no se reducen al cubano

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Carlos García Pandiello (Pinar del Río, 1967) ha debutado como escritor de ficciones con buen pie. Su novela Jaspora (Aduana Vieja, Valencia, 2017, 133 páginas) fue galardonada el año pasado con tres premios literarios: el de mejor novela en español en los 20th Annual Internartional Latino Book Awards, el segundo en la categoría de mejor primer libro en español de los mismos galardones y la medalla de plata de los Florida Book Awards, en el rubro de Literatura en Español.

Se trata de una novela que él define como “un viaje tragicómico por el Miami nuestro de cada día: carnavalesco y disparatado, ardiente como sus veranos y siempre presto a sorprendernos en cada esquina”. Y en ella, a diferencia de lo que suelen hacer los escritores compatriotas suyos que allí viven, ha querido mostrar varios de los rostros que conforman el crisol cultural y étnico que es hoy esa ciudad, y que no se reducen al cubano.

Su protagonista es Ramón González, un exiliado cubano que labora como chofer para una compañía de carga, propiedad de su tío político. Al fallecer su madre, el exitoso empresario se convirtió en su mentor y patrocinador. Esto último fue años atrás, cuando Ramón soñaba con llegar a las Grandes Ligas y jugar para los Yankees de Nueva York. Tenía condiciones suficientes para que su sueño se pudiese materializar, pero una lesión en el brazo de lanzar frustró prematuramente la que pudo haber sido su carrera deportiva. Eso coincidió además con que Alicia, su esposa, quedó embarazada y tuvo que dejar de trabajar. Ramón tuvo que hacerse cargo de la casa, con lo cual abandonó su idea de estudiar alguna carrera. A aquella experiencia traumática que puso fin a su trayectoria como pelotero se sumó la muerte de Alicia, una de las dos mujeres que más ha querido en su vida. La otra es su hija Jennifer, de quien, sin embargo, está distanciado.

Ramón conduce un camión Mack y su trabajo consiste en llevar contenedores del puerto de Miami a distintos almacenes de la ciudad y de otras áreas vecinas. En uno de esos recorridos, al pasar frente al edificio de Inmigración ve a un grupo de inmigrantes haitianos, cuyos familiares van a ser deportados. Para reclamar que se derogue la decisión federal, agitan banderas, cantan y danzan, lo cual hace que Ramón piense que más que una protesta, aquello parecía una celebración.

Uno de ellos lleva una pancarta en la que se lee: “Cubans are not better than Haitians”. El hecho de que los privilegios de sus compatriotas sean cuestionados enfada a Ramón. En respuesta a un comentario suyo, el hombre le dice que los haitianos también son seres humanos y tienen derechos, y recibe de Ramón esta respuesta: “Go back to Haiti if you want to be legal”. Definitivamente, demuestra sentir poca simpatía por aquellos manifestantes, y cuando ya se ha alejado de ellos y ve sus siluetas desde la distancia, “le recuerdan a esas manadas de lémures que aparecen a toda hora en los documentales de Animal Planet: enhiestos, alertas, desafiantes”. Aunque no es consciente de ello, vuelca sobre los haitianos los prejuicios raciales que trajo de Cuba.

Ese racismo se vuelve a poner de manifiesto cuando, en una de sus habituales paradas en el restaurante cubano “El Maleconazo”, descubre que una joven que ha empezado a trabajar allí como camarera es haitiana. “En los años que llevo viviendo en este pueblo jamás había visto algo así”, le comenta a Patricia, una de las propietarias y de nacionalidad colombiana. Recibe de ella esta respuesta: “¿No? What about us? Ni Mike nació en Jaruco ni yo en Quemado de Güines, y ya llevamos cinco años viviendo de las coladas y los cortaditos”. El argumento con el cual Ramón trata de ripostar se reduce a “es distinto”, sin que sea capaz de agregar algo más para convencer a la mujer.

Su vida transcurre entre la rutina, el temor irracional a terminar en la indigencia y la soledad en la que lo ha dejado la viudez. Asimismo, en los tres años transcurridos desde el fallecimiento de su esposa, la distancia entre él y su hija se ha acrecentado, sobre todo ahora que ella ha comenzado la universidad y vive con la abuela. Incluso cuando se reúne con un grupo de amigos a jugar softball, después de un incidente en el cual Ramón se ve envuelto, uno de ellos le dice: “Coño, Ramón. ¿Qué es lo que está pasando, hermano? ¿Qué se hizo de aquel Ramón que no se molestaba con nada? Aquel tipo sin complejos, sin resabios, ¿qué se hizo?”. Alguna vez lo ha tentado la idea del suicidio, razón por la cual nunca ha comprado un arma de fuego. Una de sus terapias contra la depresión es montarse en el camión es conducir hasta agotarse. Algunas tardes de domingo llega hasta Los Cayos, donde espera “el atardecer bebiendo cerveza en la terraza de un tiki bar o tirando el anzuelo en un muelle de Islamorada o Tavernier”.

De esa suerte de infierno en que ha caído lo viene a rescatar Ninja, la muchacha haitiana cuya presencia en El Maleconazo tanto le molestó. Gracias a ella, Ramón empieza a reconciliarse con la vida, aunque la relación entre ellos no está exenta de tropiezos y complicaciones. Entre otras razones, por los miedos y fantasmas de los que él no se ha liberado.

Hasta donde yo tengo noticia, es esta la primera vez que un autor nacido en la Isla aborda el tema de la relación de los exiliados cubanos con la diáspora haitiana de Miami. Constituye un mérito que hay que reconocerle a García Pandiello, quien ha optado por ampliar la imagen que sus compatriotas suelen dar de esa ciudad al incorporar a otras minorías. Para hacer más verosímil esa visión de Miami, también ilustra su carácter bilingüe, lo cual hace a través de las constantes intromisiones de vocablos y frases del inglés en las conversaciones en castellano. Por otro lado, son abundantes las referencias a la cultura popular, especialmente a la música, algo con lo que, ha declarado su autor, quiso establecer una correspondencia intertextual con la narración (Jaspora corresponde al título de una canción del rapero y actor haitiano Wyclef Jean). Conviene anotar, asimismo, que en la novela aparecen otros aspectos afines al tema de la emigración como el del evangelismo y la redención espiritual.

Jaspora está escrita con empeño, pero también posee seriedad y aciertos. Me he referido ya a la novedad que la novela trae a nuestra narrativa en el plano temático. A eso hay que agregar que su autor se ajusta a los patrones del realismo, así como a una prosa clara, concisa, accesible y correctamente redactada, que hace que su novela se lea con facilidad. En ese sentido, hay que decir que busca la comunicación, pero no se desvalúa en fórmulas triviales y en el plano narrativo no hace concesiones a los golpes de efecto. El principal reparo que cabe hacerle a Jaspora tiene que ver, pienso yo, con su brevedad, que hace que lo narrado no alcance a tener un peso y un nivel más profundos. Pero se trata, ya lo dije al principio, del estreno literario de García Pandiello. Y en todo primer libro conviene ver más lo que está por venir que lo que está. En ese sentido, se puede afirmar que hay razones más que suficientes para que aguardemos sus próximas obras con un módico optimismo.