Actualizado: 05/12/2023 2:37
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Cine, Cine cubano

La pasión cinéfila

En la biografía de Ricardo Vigón hay episodios que estuvieron acompañados de matices legendarios. Algo muy propio de una persona que en vida fue una verdadera leyenda

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Tu primavera sigue siendo nuestra como tu muerte. Tu alegría es nuestra como tu desaparición que solo tiene un nombre, que solo tiene un sentido.
José A. Baragaño

Suman ya unas cuantas las figuras de la cultura cubana de las últimas cinco décadas que han caído en un casi total olvido. Las causas son varias, pero dominan las de orden ideológico. A su muerte física, se ha sumado la eliminación deliberada del aporte que nos legaron, de la obra que en vida hicieron. (En El libro de la risa y el olvido, Milan Kundera expresa que “la lucha del hombre y el poder es la lucha de la memoria contra el olvido”.) El lamentable resultado de esa política oficial ha sido que hay varias generaciones que ignoran que esos creadores existieron. De ahí que nunca serán muchos los esfuerzos que hagamos por rescatar a esos compatriotas cuyos nombres se han diluido en el tiempo.

Esta semana quiero rescatar del camposanto de la desmemoria y recordar a una de esas figuras. Viene a propósito porque en estos días se cumplen 55 años de su fallecimiento. En el momento en que eso se produjo, varios amigos y compañeros de trabajo escribieron sobre él. Son esos artículos los que en buena medida me han servido para redactar estas líneas. Hay algunos datos que no he logrado precisar. Por ejemplo, el año de su nacimiento. En su biografía hay además episodios que están acompañados de matices legendarios. Algo muy propio de una persona como Ricardo Vigón, quien en vida fue una verdadera leyenda.

En la edición del 4 de abril de 1960, el periódico Revolución incluyó varios artículos dedicados a su memoria. Pienso que Vigón debe de haber muerto el 31 de marzo, pues fue enterrado el 1 de abril. Despidió el duelo el escritor Pablo armando Fernández, y sus palabras se reproducen en el diario con el título de “Llanto por la muerte de Ricardo Vigón”. El texto más extenso lo firma Guillermo Cabrera Infante, quien en varias ocasiones dejó constancia de su admiración por Vigón. Muchos han de recordar que en las primeras páginas de Un oficio del siglo XX, estampó esta dedicatoria: “Al recuerdo de Ricardo Vigón, que tanto amó el cine”. Y en el prólogo se lee: “Todo lo que sé de cine se lo debo a tres personas: Ricardo Vigón, Germán Puig y Néstor Almendros. Pongo a Vigón en primer lugar, porque es a él a quien debo más”.

El título del artículo de Cabrera Infante, “La breve vida infeliz de Ricardo Vigón”, parafrasea el de un famoso cuento de Ernest Hemingway. Cuenta allí que lo conoció cuando ambos tenían 14 o 15 años y estudiaban en el bachillerato. Y escribe: “La impresión que tuve ese día de Ricardo fue múltiple, imperecedera y nítida (…) Recuerdo su cara pálida, su cuerpo largo, huesudo; recuerdo su voz que se enronquecía y agrandaba por encima de su persona, de sus argumentos; recuerdo la mañana llena de luz y recuerdo la coficola tomada en el viejo Payret, mientras comíamos pastelitos de guayaba, y, por sobre todo, recuerdo haber tenido la impresión de que los argumentos de Ricardo me parecían detestables”.

Acerca de la nitidez de esa evocación, Cabrera Infante comenta: “¿Por qué recuerdo todo esto con tanta precisión, cuando otras cosas agradables y desagradables del bachillerato se me han olvidado totalmente? Simplemente porque en los años venideros Ricardo se convertiría en una leyenda. Y no trato de convertirlo hoy que está vivo en una leyenda, sino digo que se convirtió él mismo en una leyenda mucho antes de morir y mucho antes de que Ricardo era una leyenda público, era una leyenda para todos nosotros”.

Asimismo agrega: “Leyenda fue su amor por el cine, las privaciones que sufrió junto a Germán Puig para crear el primer cine-club que tuvo La Habana, en el sofocante, exiguo local de la Royal News; leyenda el cuadro que le regaló Portocarrero y que él rifó para irse a París, los trajes usados que le dieron algunos amigos con dinero, la heroica travesía en un buque de carga, los cinco pesos con que llegó a París, solo sin conocer a nadie”.

Similar impresión tuvo Jaime Soriano, quien en “Vigón, el mejor de todos nosotros” dice: “Se convirtió en una especie de leyenda para mí”. En ello coincide también el cineasta Fausto Canel: “Era un mito para nosotros cuando lo vimos por primera vez”. En su artículo “Recuerdos de Ricardo”, este último cuenta que tres o cuatro años antes había leído en la revista Carteles un reportaje sobre el Festival de Cannes: “Era un artículo duro, firme, audaz, y no recuerdo haber leído nada hasta entonces en que con tan pocas palabras, con un estilo, con una prosa quizás no tan buena, pero sí directa, se rompía con tantos mitos cinematográficos como los que había en Cuba para la época. Recuerdo que el reportaje me dejó aquella extraña impresión y, sobre todo, una gran curiosidad por conocer al autor del artículo. Pero aquel nombre siempre fue un nombre escrito en letra de molde, y solo tres años más tarde pude concretarlo en alguna persona. Se llamaba Ricardo Vigón”.

En un artículo titulado “Cuando ya podía vivir en su patria”, el músico José Ardévol cuenta que hace muchos años se le presentó en el Aula 12 del Conservatorio Municipal “un joven delgado, con ojos de visionario, de presencia muy poco convencional: era Ricardo Vigón. Quería hablar conmigo sobre algunas cuestiones musicales: le interesaba saber, sobre todo, cómo veía yo el presente de la música cubana después de Roldán y Caturla (…) Aquella conversación, lejana en el espacio y el tiempo, selló una amistad a la que los dos hemos sido siempre leales, cualesquiera que hayan podido ser, según la rosa de los vientos de la sensibilidad, nuestras discrepancias estéticas”.

Acerca de su personalidad, Canel destaca su alegría: “Vigón era todo entusiasmo. Recuerdo que aquello también me impresionó —en este país en que todo el mundo era apático y descreído—, y nunca me podía explicar cómo lograba persistir aquel espíritu de lucha en alguien que como él tantos trabajos, que es decir hambre, que es decir privaciones, que es decir negativas, que es decir desengaños, había pasado”. Por su parte, Jaime Soriano señala que en el orden personal, lo que más le asombró de Vigón “fue su sencillez y la ausencia de toda pose en su trato. Su carácter afable, como de niño grande, se ganaba todo el que lo conocía”.

Una abnegación que no excluía el hambre

De acuerdo a los testimonios de quienes lo conocieron, su pasión por el cine se manifestó desde muy temprana edad. Tendría unos 18 años cuando fundó en 1948, junto con Germán Puig, el Cine-Club de La Habana. En el prólogo a Un oficio del siglo XX, Cabrera Infante recuerda a Vigón “en los días ajetreados, inocentes y perdidos del Cine-Club de La Habana, junto a Germán Puig; ellos dos solos luchando contra la hidra de la indiferencia, el provincialismo y la incultura tan solo con el entusiasmo: es decir, idos con su único dios, el cine”.

Otro de los asistentes a aquellas románticas y heroicas proyecciones, el escritor Roberto Fernández Retamar, evoca aquella experiencia en un trabajo recogido por él en el libro Papelería: “Por 1948 tenían Ricardo y Germán una cinemateca en Consulado y Trocadero, creo que la primera que existiera en Cuba, y luchaban por ella con una abnegación que no excluía el hambre. Allí vimos Eisenstein y la vanguardia, en sillas apretujadas, con la emoción de lo nuevo y lo necesario. Allí se iba reuniendo, junto a algún pintor o poeta mayor, mucho de lo que después sería la nueva hornada de artistas cubanos. Ricardo iba de unos a otros, queriendo limar las asperezas que suelen acompañar al irritable gremio, dando a éste una sonrisa y a aquel un comentario”.

Fernández Retamar narra también cómo había conocido antes a Vigón: “Un día, después de torrenciales elogios hechos por Germán Puig, conocimos a Vigón. Estaba enfermo de una enfermedad recurrente, que al parecer ya no lo dejaría, y que le afinaba hasta el dolor de los sentidos. Recién salido del hospital nos vimos, y su impresionante «ángel» fue más obstinado que las alabanzas. Flaco hasta lo increíble, como seguiría siendo siempre, con el pelo negrísimo cayéndole sobre la ancha frente, y los ojos oscuros, profundos y sobresaltados, mezclaba su voz neblinosa con una risa que no acertaba a tapar su tristeza”.

El proyecto del Cine-Club después tuvo continuidad, con una proyección más amplia y una estructura más definida, en la Cinemateca de Cuba. Fue creada en 1951 y mantuvo una actividad regular hasta 1953. La reanudó en diciembre de 1955, aunque solo pudo proseguirlas por unos seis meses. Además de Germán Puig, que era su presidente, a la junta directiva de la Cinemateca pertenecían, entre otros, Cabrera Infante, Roberto Branly, Néstor Almendros, Rine Leal, Julio Matas, Rodolfo Santovenia y Jaime Soriano. La Cinemateca contó con la entusiasta y decisiva colaboración de Henri Langlois, fundador, junto con George Franju y Jean Mitry, de la Cinémathèque Française. Vigón también ayudó a aquel proyecto, pero lo hacía desde París, donde residía desde comienzos de la década de los 50.

Acerca de la etapa de Vigón en París, en el testimonio que generosamente me envió para mi libro Cercanía de Lezama Lima, Julio Cortázar cuenta una anécdota que pienso vale la pena reproducir aquí. Hacia 1957, el autor de Rayuela se ganaba “la vida y el hastío traduciendo documentos en la UNESCO”. Y narra que “una tarde llegó a mi despacho un joven que se presentó como cubano, y al que le empecé a dictar una larga traducción. Mi aburrimiento databa ya de muchos años y no debía notarse demasiado, pero pronto me di cuenta de que el joven mecanógrafo se distraía a cada momento para mirar por la ventana y que su eficacia y velocidad se resentían considerablemente por su tendencia a interrumpir una frase para hacerme notar que una mariposa amarilla acababa de posarse en el borde de la ventana, o que determinada palabra le provocaba inevitablemente una asociación mental con un verso de Góngora donde curiosamente no figuraba la tal palabra.

“Me di cuenta de que la única cosa interesante por hacer (excluida la de echarlo y llamar a alguien más competente) era ofrecerle un cigarrillo y hablar de lo que evidentemente le importaba, o sea de cualquier tema lo más alejado posible del programa de la UNESCO. Supe entonces que se llamaba Ricardo Vigón, que llevaba un tiempo en París, y que en La Habana vivía un poeta admirable (…) Reconocí avergonzado mi ignorancia, y Vigón volvió al día siguiente con un número de la revista Orígenes; conocí esa noche a Lezama Lima en uno de sus textos más admirables, que en la revista se titulaba Oppiano Licario y que es hoy el capítulo XIV y final de Paradiso. Vigón me había dado la dirección de Lezama, ese famoso «Trocadero 162, bajos», después de asegurarme que algunos de mis cuentos le gustarían y que estaba muy solo en esa Habana donde toda cultura era entonces un riesgo. Pocas veces he sabido escribir a quienes admiro, pero sentí que debía decirle a Lezama que su texto me había dado acceso a un dominio fabuloso de la literatura, y aunque no sé cómo lo hice, un mes más tarde recibí una carta y un paquete de libros; entre ellos estaba Tratados en La Habana, con una dedicatoria casi increíble: «A Julio Cortázar, por su ardido traspasar del paredón en ancho»”.

En París precisamente conoció a Vigón la escritora Nivaria Tejera, quien desde París ha aceptado amablemente sumarse a este modesto homenaje a su compatriota y amigo. “Los primeros pasos al llegar a París hace tanto tiempo, me llevaron a visitar el Louvre y a la Cinémathèque. Y fue en aquel otro museo imaginario de la rue d’Ulm donde conocí a Ricardo Vigón —un maravilloso muchacho de grandes ojos negros y «plein d’ esprit»—, quien era vecino y colaborador de su director, Monsieur Langlois. Y enseguida, por simpatía mutua, y estando yo falta de medios económicos, él me abrió las puertas de aquel centro donde se reunían y confundían talentosos aficionados y cineastas célebres. «Cuenta conmigo para lo que pueda ayudarte en la medida de mis posibilidades», aseguró con una amplia sonrisa muy suya. Y fue ese su pacto de una sagrada amistad siempre disponible, fiel al espíritu cristiano que era el suyo. Por ejemplo, después de cumplir con tarea en la UNESCO, donde trabajaba, se prestó a mudarme a un estudio de la Tombe Issoire, y allí se acercaba con frecuencia, solícito, cargado de calor humano, de selectas anécdotas en excelente conversador, siendo muy cultivado y ameno. Yo me preguntaba cómo había podido absorber a plenitud la febril cultura que emanaba del París de entonces”.

La semana próxima dedicaré un poco más de espacio a la etapa parisina de Vigón. Ahora solo quiero copiar un apunte que aparece en el libro Reborn: Journals and Notebooks, 1947-1963, de la escritora norteamericana Susan Sontag, quien entre 1957 y 1959 vivió en París: “Ricardo Vigón-Cuban; age 30; came to Paris 8-10 years ago; studied at the Cinématèque 2 years, also wrote poetry; last two years has worked as a translator (into Spanish) at UNESCO. Had fervent religious period, + even lives for a short time in a monastery outside Paris. Fought against his homosexuality, then completely surrendered to it”.